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Mi vecino Montaigne, de Juan Malpartida

El poeta, ensayista y narrador Juan Malpartida se introduce en la vida y en la obra del gran escritor francés Michel de Montaigne (1533-1592), “el más amable de todos los filósofos”, siendo fiel a la premisa misma del ensayo: probar. Zenda adelanta las primeras páginas.

Así pensada, la vida no tiene más peso que el de una hoja apenas sostenida por un instante gracias al viento que, de pronto, al cesar, cae atraída por la gravitación. Desasida del árbol, su presencia en el suelo, junto a numerosas otras hojas verdinegras, ramillas diversas y algunos troncos ya podridos, formará un manto que luego se sumirá, presencia ya diminuta, en la tierra. Mi vida, o la tuya, mi vida y la tuya, la del recolector de frutos del Neolítico, la del guerrero en la zanja de barro y sangre de la batalla del Marne, la de la hetaira y su huella en la playa, sígueme, la de Leonardo y su mente incansable e imaginativa, o la de Stalin y su terrible destino, que no fue el suyo sino el de millones de hombres y mujeres perseguidos, acosados, destruidos ya antes de morir. ¿Todo lo que nos asiste y nos consiste es un poco de suerte y el deseo proyectándose sobre un hilo de agua en la tarde? Al ser nada le falta, parece que dice Parménides en su poema, llegado hasta nosotros incompleto, que es como debería llegarnos toda obra, porque todas son, en rigor, inacabadas, salvo la de la muerte. Pero para que el ser sea necesita la nada, aunque se presente como idea, como esta que ahora me acompaña: la nada que da forma, la nada que pone un antes y un después, un no o una ausencia que perfilan una y otra vez mis construcciones, que son las tuyas. El viejo huracán del ser, seminal, proliferante, el calor remoto del deseo, explosiones de espacio hacia la conformación de la materia, que en el fondo no es lo que parece, pero hace su tarea, construye, según para qué, realidades, opacidades resistentes, el viejo prestigio de la duración. El humus de los bosques, los hombres, yo, este nuevo orgullo en la vigilia nocturna de los números, la proporción, el tiempo. Todo condicionado, sin causa primera, nada por sí mismo, salvo la idea de lo incondicionado, que, sin embargo, ay, buscadores de la salvación, a su vez se apoya en «todo condicionado», sin lo cual la entelequia llamada «sí mismo» no se entiende, cerrada en su concha, mónada sin ventanas por las que asomarnos al vecindario. Pero hay experiencias, dicen los maestros, o los santos, algo que no es el logos sino aquello que cada cual logra vivir y experimentar, unido ya el pensamiento, al teatro afectivo de la sangre, disueltas las palabras y sus formas en presencia viva. Aparece lo uno, como si la salsa antes dispersa se hubiera emulsionado; pero más que un presente, esa unidad nos parece un recuerdo, porque el tiempo, porque el ser, que es devenir, siempre lleva a lo otro, o más bien, siempre lleva lo otro, y así sea poco o mucho, los años luz o los días que contamos con cucharitas de café, todo se vuelve camino que, como cantó Manrique, va a dar a la mar, que es el morir. Un pétalo que se piensa en la corriente, una gota de agua que, dijo otro poeta mientras caminaba, grita al mar soy el mar, una movilidad sin descanso que avanza y siempre ha estado en el mismo lugar, apenas peso y, sin embargo, como el resto de la materia, tejida por partículas invisibles, atraída por el viejo diálogo del sí y el no, de sí es no, hoy, solsticio de invierno del año 2017, en una ciudad situada en las coordenadas 40° 26’ 0’’ N, 3° 41’ 0’’ O. Quiero decir, para mayor orientación, en la ciudad de Madrid.

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Autor: Juan Malpartida. Título: Mi vecino Montaigne. Editorial: Fórcola. Venta: Todostuslibros y Amazon

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