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Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson

Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson

En este relato repleto de romance, idealismo, intriga y conspiración, historia intelectual a gran escala, Edmund Wilson rastrea las ideas revolucionarias que dieron forma al mundo moderno desde la Revolución francesa hasta la llegada de Lenin en 1917 a la estación de Finlandia en San Petersburgo. Es una crónica viva y de gran envergadura bajo la que subyace una idea singular y capaz de cambiar la historia: que es posible construir una sociedad basada en la justicia, la igualdad y la libertad. Anarquistas, socialistas, nihilistas y utópicos cobran vida en estas páginas, y sus ideas permanecen tan provocadoras y relevantes hoy como lo fueron en su tiempo.

Zenda reproduce la presentación de Mario Vargas Llosa a esta obra.

Descubrí a Edmund Wilson el año 1966, cuando pasé de París a vivir en Londres. Las clases en Queen Mary College, primero, y luego en King’s College, no me tomaban mucho tiempo y podía pasar varias tardes por semana leyendo en el bellísimo Reading Room de la British Library, entonces todavía dentro del Museo Británico. Había dos críticos que era indispensable leer todos los domingos en Londres: Cyril Connolly, el autor de Enemies of Promise y The Unquiet Grave, cuya columna versaba a veces sobre literatura, pero más a menudo sobre pintura y política, y las críticas teatrales de Kenneth Tynan, una maravilla de gracia, ocurrencias, insolencias y cultura en general. El caso de Tynan es muy apropiado para advertir la gazmoñería de la Gran Bretaña de entonces (en esos mismos años desapareció). Tynan era inmensamente popular hasta que se supo que era masoquista, y que, de acuerdo con una muchacha sádica, habían tomado un cuartito en el centro de Londres, donde una o dos veces por semana ella lo flagelaba (y aportaba también el árnica, me figuro). Que lo hicieran no importaba tanto; que se supiera, era otra cosa. Tynan desapareció de los periódicos después del éxito de Oh! Calcutta! (él decía que era una traducción inglesa del francés: «Oh! Quel cul tu as!») y dejó de hablarse de él. Partió a Estados Unidos, donde murió, olvidado de todos. Pero sus inolvidables críticas teatrales están todavía ahí, en espera de un editor audaz que las vuelva a publicar.

Edmund Wilson sigue siendo famoso y, espero, leído, porque fue el más grande crítico literario de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y no solo en Estados Unidos. Acabo de releer por tercera vez su Hacia la estación de Finlandia y he vuelto a quedar maravillado con la elegancia de su prosa y su enorme cultura e inteligencia en este libro que relata la idea socialista y las locuras y gestas que engendró, desde que Michelet en una cita a pie de página descubre a Vico y se pone a aprender italiano, hasta la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa.

Hay dos tipos de crítica. Una universitaria, que está más cerca de la filología, y trata, entre otras cosas, del indispensable establecimiento de las obras originales tal como fueron escritas, y la crítica de diarios y revistas, sobre la producción editorial reciente, que pone orden y echa luces sobre ese bosque confuso y múltiple que es la oferta editorial, en la que los lectores andamos siempre un poco extraviados. Ambas están de capa caída en nuestro tiempo, y no por falta de críticos, sino de lectores, que ven mucha televisión y leen pocos libros, y andan por eso muy confusos, en esta época en que el entretenimiento está matando las ideas, y por lo tanto los libros, y descuellan tanto las películas, las series y las redes sociales, donde prevalecen siempre las imágenes.

Edmund Wilson, que nació en 1895 y murió en 1972, estudió en Princeton, donde fue compañero y amigo de Scott Fitzgerald, pero se negó siempre a ser profesor universitario y hacer ese tipo de crítica erudita que solo leen los colegas y a veces ni siquiera ellos. Lo suyo era el gran público, al que llegaba en sus extraordinarias crónicas semanales, primero en The New Republic, luego en The New Yorker y finalmente en The New York Review of Books. Después solía reunirlas en libros que nunca perdían actualidad. Y no se crea que escribía solo sobre los modernos. Yo recuerdo como uno de sus mejores ensayos el largo estudio que dedicó a Dickens. Su prodigiosa capacidad para aprender idiomas, vivos y muertos, era tal que, se decía, cuando The New Yorker le encargó escribir sobre los manuscritos del mar Muerto, pidió unas semanas de permiso para aprender antes el hebreo clásico. Y yo recuerdo haber leído en las páginas del desaparecido Evergreen su polémica con Nabokov sobre la traducción que este había hecho de Eugenio Oneguin, la novela en verso de Pushkin, que versaba sobre todo acerca de las entelequias y secretos de la lengua rusa.

¿Quién descubrió a la llamada «generación perdida» de grandes novelistas norteamericanos entre los que figuraban Dos Passos, Hemingway, el soberbio Faulkner y Scott Fitzgerald? Fue Edmund Wilson, que, en sus artículos y ensayos, fue promoviendo y descifrando los grandes hallazgos y las nuevas técnicas y maneras de narrar del genio literario norteamericano, sin dejar de mencionar que habían sido aquellos los que aprovecharon mejor que nadie las lecciones del Ulises de Joyce.

Los grandes críticos han acompañado siempre a las grandes revoluciones literarias, y, por ejemplo, en América Latina, el llamado «boom» de la novela no hubiera existido sin críticos como los uruguayos Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, el peruano José Miguel Oviedo y varios más. No es extraño, por eso, que en Francia Sainte-Beuve y en Rusia Visarión Belinski acompañaran el periodo más creativo y ambicioso de sus revoluciones literarias y les dieran un orden y unas jerarquías. La función de la crítica no es solo descubrir el talento individual de ciertos poetas, novelistas y dramaturgos; es, también, detectar las relaciones entre aquellas fabulaciones literarias y la realidad social y política que expresan transformándola, lo que hay en ellas de revelación y descubrimiento, y, por supuesto, de queja y de protesta.

Yo estoy convencido de que la buena literatura es siempre subversiva, como lo estaban los inquisidores y censores que prohibieron durante los tres siglos coloniales que se publicaran novelas en las colonias hispanoamericanas, con el pretexto de que esos libros disparatados —pensaban seguramente en las novelas de caballerías— podían hacer creer a los indios que esa era la vida, la realidad, y, por lo mismo, desconcertar y amolar la evangelización. Por supuesto que hubo mucho contrabando de novelas y debía de ser formidable, en esos tiempos, leer aquellas novelas prohibidas. Pero si el contrabando permitió la lectura de novelas, la prohibición se aplicó estrictamente en lo relativo a su edición. Durante los tres siglos coloniales no se publicaron novelas en América Latina. La primera, El periquillo sarniento, salió en México solo en 1816, durante las guerras de la independencia.

Aquellos inquisidores y censores que creían que las novelas eran subversivas estaban en lo cierto, aunque no en prohibirlas. Ellas expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones. El marqués de Sade, por ejemplo, detestaba el mundo tal como era en su tiempo porque no permitía a los pervertidos como él saciar sus gustos, y sus largos discursos, tan aburridos, lo que piden es una libertad irrestricta para la lujuria y la violencia contra el prójimo. Lo que las buenas novelas no aceptan es la realidad tal cual es. En ese sentido, son los permanentes motores del cambio social. Una sociedad de buenos lectores es, por eso, más difícil de manipular y engañar por los poderes de este mundo. Eso no está claro en las democracias, porque la libertad parece disminuir o anular el poder subversivo de las novelas; pero, cuando la libertad desaparece, las novelas se convierten en un arma de combate, una fuerza clandestina que va en contra del statu quo, socavándolo, de manera discreta y múltiple, pese a los sistemas de censura, muy estrictos, que tratan de impedirlo. La poesía y el teatro no siempre son vehículos de aquel secreto descontento que encuentra siempre una vía de escape en la novela, es decir, son más plegables a la adaptación al medio, al conformismo y la resignación. Todo eso deben señalarlo y explicarlo los buenos críticos, como hizo a lo largo de toda su vida Edmund Wilson.

Wilson publicó decenas de libros: artículos, ensayos críticos, polémicas, un largo estudio sobre la literatura de la guerra civil de Estados Unidos, Patriotic Gore, y sus diarios personales, bastante sicalípticos. En toda esa obra extraordinaria destaca Hacia la estación de Finlandia, que lleva como subtítulo «Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia», aparecido en 1940. Se trata de un libro absolutamente actual, que se puede leer y releer como las grandes novelas, y que, con los años transcurridos desde su publicación, ha ganado encanto y vigor, igual que las obras maestras literarias.

Su propósito es narrar, como lo haría una novela, la idea socialista, desde que el historiador francés Michelet descubrió a Vico y sus tesis de que la historia de las sociedades no tenía nada de divino, era obra de los propios seres humanos, hasta que, dos siglos más tarde, una noche lluviosa, Lenin desembarca en la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa. Es un libro de ideas, que se lee como una ficción por la destreza y la imaginación con que está escrito, y la originalidad y la fuerza compulsiva de los caracteres que figuran en él —Renan, Taine, Babeuf, Saint-Simon, Fourier, Owen, Marx y Engels, Bakunin,  Lassalle, Lenin y Trotski— que, gracias al poder de síntesis y la prosa de Wilson, se graban en la memoria del lector como los personajes de Los Miserables, Los hermanos Karamazov o Guerra y paz. Se trata de una obra maestra que, por razones políticas, fue marginada, pese al altísimo valor que tiene desde el punto de vista literario

La idea socialista es la idea de un paraíso sobre la tierra, de una sociedad sin pobres ni ricos, donde un Estado generoso y recto distribuiría la riqueza, la cultura, la salud, el ocio y el trabajo a todo el mundo, según sus necesidades y su capacidad, y donde, por lo mismo, no habría injusticias ni desigualdades y los seres humanos vivirían disfrutando de las buenas cosas de la vida, empezando por la libertad. Esta utopía nunca se materializó, pero movilizó a millones de personas a lo largo de la historia, y produjo huelgas, asonadas y revoluciones, violencias y represiones indecibles, y, además, un puñado de personajes fascinantes que trabajaron hasta la locura por encarnarla en la realidad. El resultado de esta odisea irrealizable fue que, en gran medida, gracias a las luchas que motivó, ella sirvió para corregir buena parte de las injusticias feroces de la vieja sociedad, y para que la clase obrera y sus sindicatos renovaran profundamente la vida social, adquirieran derechos que antes se les negaban, y fueran transformando la economía y las relaciones humanas de manera radical.

Probablemente el hombre más odiado por Lenin fue Eduard Bernstein, el líder de los socialdemócratas alemanes, a quien acusaba de «oportunismo» y «reformismo», palabras terribles en la jerga marxista. ¿Por qué ese odio? Porque Bernstein, en efecto, pasó de revolucionario a reformista, gracias a las concesiones que el poderoso movimiento obrero alemán había ido arrancando a la burguesía: mejores salarios para los obreros, colegios y hospitales, niveles de vida que se confundían con los de la baja clase media, reconocimiento y protección legal para los sindicatos. En este entorno era un delirio seguir postulando la revolución total. Pero Rusia no era la Alemania socialdemócrata. Allí había un zar y una policía que asesinaban y torturaban a mansalva y campos de concentración en el polo ártico, donde los revolucionarios pasaban muchos años si sobrevivían a la hambruna y al frío. Lenin y la increíble Krúpskaya estuvieron detenidos allí.

En este contexto, las tesis socialdemócratas de Bernstein no tenían razón de ser, prevalecían las de Lenin: un partido de militantes revolucionarios que exigía «todo el poder» para hacer las reformas que cambiarían la sociedad rusa de raíz y, esto lo añado yo, crearía la sociedad totalitaria más perfecta de la historia. Esta es solo una de las innumerables rupturas y enemistades que la lucha por la idea socialista generó. Y, acaso, no sea tan luminosa y novelesca como la que separó a Marx y Bakunin, o a Marx y Lassalle. El anarquista Bakunin fue inmensamente popular; en las cárceles perdió los dientes y los músculos, pero no la convicción y, caminando por media Europa, divulgó —y le creyeron— su doctrina básica: que «la destrucción» era una idea fundamentalmente creativa.

Otras páginas inolvidables en el libro están dedicadas a la extraordinaria amistad que unió a Marx y a Engels; la descripción que hace Edmund Wilson de la generosidad y la entrega de Engels a Marx y su familia, convencido de que este cambiaría la historia de la humanidad, es imperecedera. Engels no solo mantiene a los Marx por largos años; llega a escribir las crónicas para el periódico norteamericano que contrató a Marx como colaborador. Es imposible, leyendo este capítulo, no sentir por Engels la misma simpatía y reconocer su discreto heroísmo, como hace Edmund Wilson en páginas conmovedoras. Engels odiaba ser empresario en Mánchester y se sacrificó varios años a ese oficio, para que Marx pudiera escribir el primer volumen de El capital. El segundo, fallecido Marx, resultó más difícil de redactar, pese a que este había dejado muchas notas y fragmentos. Inició la tarea el propio Engels, pero no pudo terminarla, abrumado por la enormidad de la empresa, y la concluyó, finalmente, Karl Kautsky. Todos estos episodios tienen, en el libro de Edmund Wilson, color, gracia, la convicción de que detrás de esos oscuros y minúsculos acontecimientos se daban pasos decisivos para la transformación de la historia humana. No era exactamente así, pero en el libro lo es, y uno de sus grandes méritos es convencernos de ello.

Al mismo tiempo que creaban tipos extraordinarios, fuerzas de la naturaleza, como el anarquista Bakunin y el socialista Lassalle, las luchas sociales iban renovando Europa y los sindicatos y partidos políticos obreros transformaban la sociedad, volviéndola menos injusta.

Salvo Rusia, donde, sobre todo el zar Alejandro III, no hizo nunca la menor concesión y prosiguió con la ferocidad de antaño la persecución de adversarios, moderados o intransigentes. De este modo cavó su propia tumba y embarcó a su país y al mundo en la aventura más ruinosa. Todo esto ocurre en Hacia la estación de Finlandia sin que Stalin adquiera todavía poder ni la revolución haya mostrado su cara más horrible: la liquidación de los disidentes, reales o inventados. En sus últimas páginas Lenin y Trotski son amigos, se respetan mutuamente, y este último acaba de publicar un ensayo vibrante: 1905.

Trotski no tenía la convicción fanática de Lenin, ni estaba dispuesto a los más trágicos sacrificios para sacar adelante la revolución; era más culto y mejor escritor. Pero las revoluciones no las hacen los hombres de cultura sino los revolucionarios y Lenin lo fue en cuerpo y alma, con la ayuda de Krúpskaya, exigiendo a los militantes que no olvidaran un solo instante la idea de la revolución y estuvieran dispuestos a hacer por ella todos los sacrificios.

El libro da cuenta de las teorías encontradas, las rivalidades y enemistades, las vanidades en juego, las intrigas y pellejerías que regulaban la vida de esos grandes hombres, y, al mismo tiempo, cómo, trabajando por la justicia, se iban cuajando las futuras injusticias. Ese equilibrio difícil entre tipos humanos y conductores de masas Edmund Wilson lo resuelve de manera soberbia, destacando, por ejemplo, en el caso de Marx, la miserable vida que él y su familia llevaron viviendo en dos cuartitos del Soho y la fantástica transformación social de la que aquel tenía la absoluta convicción de ser portaestandarte.

Hubo una antigua edición de Hacia la estación de Finlandia en español, que pasó casi desapercibida. Ahora, en una edición perfeccionada, Debate la publica de nuevo. Preparémonos a recibir dignamente esta obra excepcional.

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Autor: Edmund Wilson. Título: Hacia la estación de Finlandia. Editorial: Debate. Venta: Todostuslibros y Amazon

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