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Mientras pedaleo

¿Qué quiero hacer? Poco a poco, la idea se fue abriendo paso en mi cabeza: me gustaría que la novela fuera de alguna manera un fresco de una época apasionante y olvidada, históricamente compleja y, a mi juicio, muy importante para comprender el devenir de España.

¿Cómo lo puedo hacer? Me enfrentaba a diferentes retos, alguno de ellos de envergadura: el escenario global, la pluralidad de personajes, la creación de una trama atractiva que se incardinase con naturalidad en los acontecimientos históricos, la recreación de la época y la utilización del lenguaje con un doble objetivo: que el relato fuese creíble para el lector y que coadyuvara a introducirlo, como un testigo más, en cada una de las escenas.

"¿Qué quiero hacer? La época, en sí misma, supuso un gran desafío"

¿Qué técnica voy a utilizar? Ahí lo tenía claro: una estructura formal rígida de dos libros, cada uno de ellos dividido en tres partes, de cuatro capítulos cada una, divididos, a su vez, en escenas. Esta columna vertebral formal tiene mucha importancia para mí en la construcción del relato. Son como un conjunto de páginas en blanco que me sirven de guía para modular los tiempos a lo largo de los aproximadamente 18 meses de escritura.

¿Qué quiero hacer? La época, en sí misma, supuso un gran desafío, porque el XI, como bien decía don Ramón Menéndez Pidal, “es el siglo de nuestra Historia más rico en acontecimientos gravemente decisivos”.

¿Cómo lo puedo hacer?

Escenario global: la acción se iba a desarrollar en los seis reinos cristianos —Galicia, León, Castilla, Pamplona y Aragón, más el condado de Barcelona— en los que entonces se dividía el norte peninsular, y en algunas de las más importantes ciudades del sur mahometano —Toledo, Granada, Sevilla…— lo que ya de por sí es un enorme reto para el novelista. Pero es que, además, pronto llegué a la conclusión de que, para comprender los acontecimientos que por aquel entonces sucedieron, era necesario ampliar el escenario todavía más para incluir Roma, Cluny y el Magreb. La tarea de recopilación de datos, documentación y síntesis iba a ser ingente, y realmente lo fue.

Pluralidad de personajes: Al igual que los escenarios, los personajes protagonistas tenían que ser varios. Es decir, me enfrentaba a la escritura de una novela coral como otra dificultad. Para hacerlo, además de reyes, nobles y prelados —también Rodrigo Díaz, aunque con un papel menor, como se corresponde con el que jugó en esa época (1067-1076)— construí cinco personajes. Tres que existieron en realidad y dos producto de mi imaginación. Sus vidas se iban a entrelazar a lo largo de las 450 páginas de la novela para dar un sentido unitario al rompecabezas: Fernán Díaz, el guerrero asturiano; Adelmo de Ávalon, el novicio de Cluny; Yosef Ferruziel, el médico judío; Ánazar ibn Yahya al Lamtuní, el monje guerrero del ribat, y Vellido Areulfi, también conocido como Guarniero Pietrapennata, el matarife normando.

"La clave de bóveda siempre fue el intentar conseguir que el lector, al terminar la novela, se preguntase, incrédulo: ¿Qué más cosas pueden pasar?"

La trama: tenía que ser respetuosa con los acontecimientos y los tiempos históricos. Quizás, no sé muy bien por qué, iba a ser la parte más sencilla. Por alguna razón que desconozco, pronto la pluralidad de personajes y escenarios fue cobrando sentido por sí mismo para formar un todo unitario. La clave de bóveda siempre fue el intentar conseguir que el lector, al terminar la novela, se preguntase, incrédulo: «¿Qué más cosas pueden pasar?». Porque entonces, y siempre, la realidad supera en intrigas, crueldad, emoción y alternativas a la ficción.

La recreación de la época desde el punto de vista social no fue lo más complicado. He procurado alejarme de fantasías y ceñirme a la realidad de cómo eran las cosas en aquel tiempo —es decir, no hay dragones y eso—, un entorno que ya era familiar para mí por la redacción de la anterior novela de la saga, Reinos de Sangre.

"Lo más placentero del proceso creativo es para mí el momento en el que imagino una escena"

El lenguaje: fue, quizás, el reto capital del proceso creativo. Se trataba de que fuese creíble para el lector sin resultar ridículo; épico al mismo tiempo que real. No sé si lo he conseguido, aunque le he dado muchísimas vueltas. Por otro lado, siempre tuve claro que la redacción tenía que ser en presente de indicativo como medio para despertar en el lector ese mecanismo cerebral que lo sitúa en el medio de la escena que está leyendo.

Por último, os dejo un secreto: lo más placentero del proceso creativo es para mí el momento en el que imagino una escena. Ese instante íntimo en que la veo con claridad en mi cabeza, casi como si la estuviera viviendo. Esos momentos deliciosos —pasmaos— se producen casi siempre mientras pedaleo por el campo sobre mi bicicleta.

Autor: Óscar Eimil. Título: Reinos de ambición: El precio de un imperio. Editorial: Almuzara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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