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Cuentos solidarios y emocionales

Cristina Sánchez-Andrade es una narradora de gran personalidad. Con calma y a ritmo regular viene haciendo desde hace un decenio un trabajo muy interesante, que ya ha tenido reconocimiento, aunque todavía no ha logrado la difusión merecida en comparación con otros escritores de su hornada, quizás porque sus libros se escapan de los estándares más habituales en la prosa española del presente siglo. Sus novelas y relatos ofrecen, por otra parte, una ideación narrativa muy unitaria. La escritora gallega anda siempre en el filo de la espada del realismo. Observa la realidad, de la que deja constancia en sus páginas, pero la esquiva con un quiebro de la imaginación y sitúa sus ficciones en el territorio de la inventiva o, tout court, de la fantasía. Ese mundo suyo se avecinda, además, en una geografía con rasgos mágicos situada en su tierra natal, y de esta proceden elementos legendarios que se insertan con toda naturalidad en el relato. Por ello, en su escritura conviven en buena armonía el misterio un tanto poetizador del mundo y una brutalidad de raíces naturalistas.

"En tensión entre ambos límites, lo extraordinario y lo cotidiano, se mueve El niño que comía lana, y justo por ello resulta bastante unitario a pesar de las diferencias entre sus sorprendentes anécdotas"

El libro de relatos El niño que comía lana continúa esa poética, lo corriente y lo extraño juntos, aunque también indica un cambio: acentúa ahora Cristina Sánchez-Andrade una alerta sobre las condiciones materiales de la vida que anda solo a un paso de la literatura social en varias de las quince piezas reunidas, y el conjunto del volumen produce intensa impresión de testimonio crítico acerca de una realidad degradada en su dimensión material, económica.

En tensión entre ambos límites, lo extraordinario y lo cotidiano, se mueve El niño que comía lana, y justo por ello resulta bastante unitario a pesar de las diferencias entre sus sorprendentes anécdotas. Lo es, además, porque existen notorios vínculos entre sus piezas. Algunas comparten protagonismo. El marqués de Alcántara del Cuervo coprotagoniza “La Libertad del escarabajo” y a la marquesa la encontramos en “La olla exprés”. Un ama de cría obligada a emigrar a América por la pobreza familiar y local encontramos tanto en “Manuela das Fontes” como en “La niña del palomar”. Un motivo simbólico, conservar en un bote las amígdalas del hijo, se repite nada menos que en cuatro piezas (“Manuela das Fontes”, “Melocotones en almíbar”, “La niña del palomar” y, por supuesto, según anuncia el título, “Las amígdalas de Pepín”). Otro motivo de corte testimonial, dedicarse a engarzar ojos en muñecas, lo hallamos en “Manuela…”, “Las amígdalas…” y “La niña del palomar”. Aunque más ocasional, la llamativa onomástica apunta en la misma dirección: Onesíforo, Olinda, Tranquilino. Y, sobre todo, Galicia forma parte de la sustancia misma del libro; Galicia está en primer plano o como telón de fondo de todas y cada una de las historias. Por eso disiento de la decisión de haberle puesto al libro el título de uno de sus cuentos —atractivo por su misteriosa historia, aunque no más afortunado que otros— cuando habría sido preferible rotularlo con un marbete que señalara o sugiriera el ámbito común a la mayor parte de sus textos.

"Este retablo de gente mísera engasta estampas de dolor, soledad, desesperación o impotencia"

La impresión de estar visitando un mundo imaginario en sustancia semejante se produce a pesar de la apreciable variedad de las anécdotas. Muchas tienen en común trasladarnos a otra era, a una época primitiva, ancestral, en la que perviven usos y mentalidad feudales. Es como si viajáramos en el tiempo a una realidad colectiva de extremadas desigualdades sociales: pobres y ricos, lavanderas de dedos corroídos por el trabajo (“en las sábanas que limpian se oye palpitar la noche de los ricos”), desgraciados a quienes tiraniza un déspota, enfermos desatendidos por el médico si no pueden pagarle… Este retablo de gente mísera engasta estampas de dolor, soledad, desesperación o impotencia. Unos personajes caen abatidos por las circunstancias. Otros conocen en viva carne el fracaso y la desilusión: un oficinista que busca novia por catálogo. Alguno reacciona como no le queda otro remedio: la emigrante Manuela —“por mis hijos”, repite como una letanía— tira por la borda del barco todo, los fetiches que lleva con ella, el baúl y hasta el perrito que la acompaña, para librarse de la miseria y tentar nueva vida en La Habana, donde “no huele a aceras fregadas ni a sopa de fideos”.

El retablo también abunda en violencia. La niña Puriña, abandonada y explotada por los padres. Un grupo de viajeros en un vapor a los que el hambre incita a la antropofagia. El viejo avariento que organiza una trama familiar de asesinos para robarles a los muertos la dentadura que luego vende. Esa visceralidad ambiental se recrea literariamente con códigos tributarios del más estricto naturalismo, incluidos en ellos la imaginería del mal, el feísmo, lo revulsivo y la escatología. La autora no rinde con ello tributo a fórmulas viejas y desacreditadas sino que se socorre con tales recursos para definir un mundo oscuro y brutal que provoque rechazo en el destinatario.

"El Pacheco es un gran cuento, digno de pasar a una exigente antología. Sánchez-Andrade recupera una figura tradicional, el tonto del pueblo..."

No es el naturalismo, sin embargo, un registro excluyente de Sánchez-Andrade. En sus cuentos también aparece lo bufo tratado a la manera de farsa. Y, además, en dos magníficos cuentos, se decanta por la mirada sentimental. En ambos, curiosamente, la clase social de los personajes, el espacio y el tiempo se diferencian de lo común en las otras piezas. Ocurre en “Mar de altura”. Aquí no hay gentes bárbaras y primitivas, tampoco miseria. Se nos presenta a una mujer, Sixta, de clase media profesional, hija de un juez, culta y sensible, pianista. Sixta comete muchas extravagancias motivadas por una ensoñación de amor. La autora pone en juego la tecla cálida con un resultado conmovedor. La misma fibra maneja en “El Pacheco”.

“El Pacheco” es un gran cuento, digno de pasar a una exigente antología. Sánchez-Andrade recupera una figura tradicional, el tonto del pueblo. Su perfil resulta logradísimo por el equilibrio entre la tradición literaria y el reflejo realista. Tiene mucha gracia la naturaleza rijosa del personaje, la afición a palpar muslos y pantorrillas y mirar la ropa interior de las mujeres en la iglesia, minucias del fuego sexual que requiere tratamiento médico. Los detalles inventivos puestos en su actividad de recadero añaden originalidad. El personaje cuenta con un punto exacto de ternura, y, en las antípodas del menosprecio hiriente con que Cela trataba a los retrasados, inspira piedad.

"El niño que comía lana reúne relatos solidarios y afectivos, duros testimonios de la vida y zozobras del corazón"

La plástica estampa humana del subnormal la recrea un narrador que evoca en la distancia temporal un episodio infantil. También utilizó de mensajero a El Pacheco para declararle su amor a una niña. El tonto le trasladó la respuesta de la chica, en la que admitía que él también le gustaba a ella. No puedo referir el insospechado desenlace para no destrozarle el disfrute a un hipotético lector. Solo diré que es un cierre redondo, magistral, en la más pura tradición del cuento literario clásico. La sencilla anécdota atrapa por su ameno contenido, a la vez que se carga de intensidad emocional. Se quejaba Clarín con razón de la sequedad sentimental de nuestros escritores. “El Pacheco” enseña qué grado de intensidad comunicativa se alcanza cuando una buena historia se galvaniza con latidos cordiales.

El niño que comía lana reúne relatos solidarios y afectivos, duros testimonios de la vida y zozobras del corazón. Empareja documentos de una realidad miserable e incursiones en la fantasía y la extrañeza. Lo grave y lo humorístico participan en el empeño final de recrear la experiencia humana. Es, creo, el mejor libro de Cristina Sánchez-Andrade. Los aficionados al cuento disfrutarán con esta recopilación que coloca a la autora gallega en primera línea de un género que está alcanzando en nuestro país una importancia con frecuencia regateada.

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Autora: Cristina Sánchez-Andrade. Título: El niño que comía lana. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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