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Miguel Ángel Aguilar: “Mi generación no tuvo maestros, todos estaban fusilados o en el exilio”

Miguel Ángel Aguilar: “Mi generación no tuvo maestros, todos estaban fusilados o en el exilio”

Escribió desde Londres para el diario Madrid, narró los días finales de la dictadura de Salazar en Portugal y estuvo en el vestíbulo de la clínica La Paz cuando Franco agonizaba. Presenció los últimos fusilamientos del régimen, en septiembre de 1975, y contó los hechos del 23-F desde la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados. Tras sus años de reportero, dirigió la Agencia EFE. Qué no ha hecho Miguel Ángel Aguilar, un hombre nacido para la física y que degeneró, dice él, en periodista. Así lo cuenta en Silla de pista (Planeta), una memoria personal que retrata la vida política e intelectual de España.

Educado en una familia chapada a la antigua —así lo describe él—, Miguel Ángel Aguilar está tocado por una mezcla de indisciplina y corrección. Siempre de traje y corbata, el periodista y escritor se presenta a las once de la mañana en la sede de la Asociación de Periodistas Europeos, de la que es secretario y desde donde impulsa encuentros y debates semanales con políticos y líderes de la vida nacional, además de premios como el Salvador de Madariaga, este año concedido a Carlos Alsina, o el Cuco Cerecedo, que Javier Cercas recibirá este mes de noviembre.

Aguilar lleva en la mano una diminuta taza de café. Luce una cabellera platinada, brillante como su humor y su ironía. Su mirada, inyectada de asombro y curiosidad —siempre tiene los muy ojos abiertos, muy atentos a todo—, se vuelca sobre los asuntos de la cosa pública con agudeza. Ya se encarga luego su prosa relojera, afeitada de adjetivos y cursilerías, de fijarlos en el papel de prensa o las ondas de radio, a las que a diario envía un Telegrama. No importa si está en un aeropuerto o en una comida, Aguilar encontrará la forma de hacerlo llegar a La SER. No lo tiene fácil, porque odia los móviles.

Vivió aquellos tiempos en los que las discrepancias se saldaban colocando una pistola sobre la mesa. Compartió amistad y empresa intelectual con figuras como Javier Pradera o Jesús de Polanco. Escribió para las páginas de Madrid, Diario de la Noche, El Sol y El País, también para los semanarios Posible y Cambio 16. En la actualidad escribe para Vozpopuli. Hace ya casi un lustro puso en marcha el diario Ahora al tiempo que impulsó la Fundación del diario Madrid y la Carlos de Amberes. Miguel Ángel Aguilar es, cómo no, un humanista contrarreloj. Un hiperactivo irredento.

Vio el último fusilamiento del franquismo, el 23-F, la muerte de Franco, la caída de Salazar. ¿Qué fue más importante, haberlo vivido o haberlo contado?

—Haber podido contarlo. Se pueden vivir de manera más o menos inerte muchas cosas, pero vivirlo para contarlo o contarlo mientras lo estábamos viviendo es distinto. Ese sentirte sumergido en los acontecimientos, con el deber y la misión de contarlos, cambia completamente cómo los experimentamos.

¿Se dejó algo en el tintero en estas memorias?

—El criterio de selección fue elegir las cosas que tenían interés más allá de la manera en que yo las viví. Cuando me preguntas si me dejé algo en el tintero, sobre si me autocensuré u opté por ser un bienqueda, como se dice, creo que no. Como me han zurrado mucho en muchos sitios, probablemente porque habré hecho para merecerlo, imagino que mucha gente se sentiría defraudada, porque no hago ningún ejercicio de venganza ni de ajuste de cuentas. Me resulta cansino. Tener que salir con la mochila de todos los agravios que te han hecho es espantoso y no me compensaba.

Usted que ha sido reportero y jefe, ¿qué se parece más a la jungla: un despacho o una redacción?

"Las noticias no van a la redacción, están en los bares. Ahí nos enterábamos de muchas cosas de las que no nos hubiésemos enterado estando en la redacción"

—Son dos junglas distintas. La de la redacción es muy apasionante, porque estamos entre la cooperación y la competencia. Los periodistas, en conjunto, compartiendo un espacio, viven con pasión la profesión en la que están. Al menos en mi tiempo fue así. No hay manera de volver a casa después de cerrar unas páginas, y por eso los periodistas, como los buzos cuando salen a la cubierta del barco, necesitan una cámara de descomprensión y un tiempo para volver en sí antes de reintegrarse a la vida doméstica. Ese tiempo que se consume en otros espacios los periodistas lo consumimos en los bares. Las noticias no van a la redacción, están en los bares.  Ahí nos enterábamos de muchas cosas de las que no nos hubiésemos enterado estando en la redacción. Ahora todo eso ha cambiado.

¿Y el despacho?

—También es otra jungla porque, inmerso en ese mismo ambiente, está conectado con muchos otros. Luego están la empresa y la sociedad editora. El director de la publicación tiene que hacer encaje de bolillos con todo eso. Debe intentar no dejarse esclavizar, mantener y defender sus fueros, procurar que el periódico no se doble ante las presiones que vienen de todas partes. Porque, además de las presiones que vienen de esos despachos, están las que vienen de fuera. En muchas ocasiones ni siquiera provienen del poder político, vienen también del poder económico, religioso, sindical o deportivo. Porque en cuanto alguna actividad se nuclea como poder, lo primero que hace es segregar una oficina de prensa para presentar la cara más amable de la institución y conseguir que los medios contribuyan a difundir su buena nueva. Por cada periodista que está trabajando para un medio, es decir, que está intentando decodificar todas esas presiones o maquillajes, hay cien o doscientos que están en la labor contraria.

El reportero debe emplear el lenguaje preciso, hacer elipsis, abstraer, dosificar. Es un escritor a pie de obra, un novelista consagrado a la verdad.

"Las mejores escuelas de periodismo son las agencias de prensa, que son ejemplares en la economía del lenguaje"

—El periodismo tiene todos esos deberes que acabas de enunciar, pero a veces se descuida el idioma. El buen manejo del idioma es la primera cortesía que el periodista debe al lector, o al oyente. Las palabras, el uso de los verbos, el tiempo verbal que se utiliza, pero también los adjetivos, en los que debe ser muy escueto. Las mejores escuelas de periodismo son las agencias de prensa, que son ejemplares en la economía del lenguaje. Hay que evitar del lucimiento a base de adjetivos, no ser barroco, introducir las cosas que no están claras, averiguar el testimonio de los demás, con toda diligencia e insatisfacción, sin darse por enterado a las primeras de cambio. Hay que buscar otros puntos de vista y hacerlo con limpieza, no buscar el sesgo que anticipa o que induce de manera lamentable.

¿Qué piensa de la censura alguien que la vivió en su propio pellejo durante el franquismo?

—La censura nos obligaba a ser más diligentes. En ocasiones, como cuando aparcas el coche con muy poco espacio, lo haces mejor, justo por tener que hacer ese esfuerzo. La posibilidad infinita es desorientadora. El límite con el que te encuentras, a veces, puede llegar a ser incentivador. No quiero jamás tener de nuevo esas limitaciones, pero, habiendo pasado por ahí, puedo decir que era muy duro. Renunciábamos a las exclusivas.

Le contaban a Le Monde aquellas cosas que la censura no les permitía publicar, ¡y luego los citaban!

"El régimen temía mucho a la prensa extranjera, y por eso para nosotros era muy importante. Cuando no podíamos publicar, se los pasábamos a ellos"

—Era mejor ir acompañado en una información o dársela a una agencia de prensa. Cuantos más publicaran aquello, menos presión podía hacer el régimen. Eso podía librarnos de represalias o sanciones. Pero desaparecía esa cosa tan periodística que es la anticipación o la exclusiva. ¡Estábamos entrenados para lo contrario! Y cuando no conseguíamos que algo se publicara lo pasábamos a la prensa extrajera. Cuando hay dificultades en un país la prensa extranjera pasa a cumplir una función que la prensa del país no puede. El régimen temía mucho a la prensa extranjera, y por eso para nosotros era muy importante. Cuando no podíamos publicar se lo pasábamos a ellos, para luego citar nuestra propia información, la que les habíamos conseguido, con la fórmula «como publica Le Monde» —risas—. Era lo que nosotros le habíamos contado a Le Monde —sigue riendo—.

Es usted físico y además periodista, ¡vaya combinación!

—Volvería a estudiar física, porque me organizó muy bien la cabeza y me ayudó a ser periodista. La organización mental que producen los estudios de las ciencias de la naturaleza es muy importante. Muchas veces he buscado cómo algunos de los principios de la física pueden aplicarse a una materia tan escurridiza como la información, que es tan poco posible de ser observada con los instrumentos con los que se estudia la naturaleza, como el microscopio.

Comenzó a escribir para prensa en el año 1966. ¿Qué lo sacó de la Facultad de Ciencias y lo llevó a los periódicos?

—En el colegio y la Facultad de Ciencias había hecho una revista ya, pero lo que me llevó a dedicarme al periodismo fue, claramente, la tensión política que se vivía en España. El régimen estaba desafiado desde la lucha obrera y los universitarios. Yo me impliqué bastante en esas luchas contra la organización oficial, que era el SEU (Sindicato Español Universitario). Pudimos asumir ese desafío porque no teníamos cargas familiares y eso nos daba una libertad para comprometernos que no tenía el padre de familia, con la hipoteca y los niños. Me gustaba mucho la política. Pero desde el comienzo tuve claro que no se podía ejercer sin un saber específico, porque si no, quedas al albur de alguien para garantizarte la continuidad. A mí me parecía que el periodismo estaba cerca de esos combates y que desde ahí se podían a él. Por eso me acerqué al periodismo profesional.

En su libro Leyes de la física y leyes de la información plantea algunas de sus ideas sobre la relación periodismo y ciencias naturales ¿En qué se parecen unas y otras?

"¿Cómo se determina cuál es el peso noticioso de un hecho?"

—Existen algunas cosas interesantes, que intenté recoger en ese libro que citas. Por ejemplo, la Ley de la gravitación universal pasa a ser la Ley de la gravitación informativa. ¿Cómo se determina cuál es el peso noticioso de un hecho? O la vigencia del Principio de indeterminación de Heisenberg: ¿cómo no se puede conocer, al mismo tiempo, con la misma precisión, la posición y la información? Es decir, cuantos menos detalles se dan de dónde está tu fuente más explícita se hace. A medida que queda más identificada se hace más cerrada, más opaca y más limitada.

¿Cuál es el hecho periodístico más duro que ha visto?

—Sin duda, los fusilamientos. Es más, todavía me emociono al recordarlo. Porque esa sensación de impotencia, de fatalismo, de ver a esta gente encerrada en la cárcel, ver llegar a las familias esa misma madrugada para despedirse, y la noche que pasamos en la puerta de la cárcel de Carabanchel, en la avenida de los Poblados. Muy pocos seguimos el cortejo, parándonos, sacando el código de justicia militar y consiguiendo pasar de un sitio a otro. Fue tremendo. Íbamos en un Mini que tenía yo entonces. Conmigo estaba Román Orozco, que estaba en Cambio 16, también Frederick Kaseberg. Entonces yo trabajaba en la revista Posible. Con el tiempo, la cantidad de gente que dijo haber estado en el Mini ese día llega a casi a dieciocho —Miguel Ángel Aguilar suelta una risa sabrosa—, pero éramos tres.

¿A qué género literario se parece el Congreso de los Diputados? ¿A una tragedia? ¿Una comedia? ¿Una novela coral? ¿Una farsa?

"En el Congreso de los Diputados hay mucho de comedia"

—Hay mucho de comedia, lo que no quiere decir necesariamente ficción, pero las actitudes, la manera de comparecer, los énfasis… tienen mucho que ver con lo mejor del género.

 

Miguel Ángel Aguilar lee desde los cuatro años. Desde entonces, tuvo el ensayo como uno de sus géneros de cabecera. Fue su mujer, la periodista Juby Bustamente, la persona capaz de prescribir en aquella tormenta de sus inquietudes. Gracias a ella descubrió a Milan Kundera cuando el checo era poco leído en España. A Manuel Chaves Nogales llegó ya con unos años de oficio a cuestas. En la España en la que él comenzó a ejercer el periodismo, a los maestros los habían fusilado o vivían en el exilio. Acaso por eso Aguilar se refiere al autor de A sangre y fuego con una admiración que viene de la ausencia.

A él y a los suyos les tocó el hueso duro del periodismo en los estertores del franquismo.  A pesar de eso, ni las lecturas ni las opiniones de Aguilar rezuman agravio. Tampoco hay Apocalipsis ni mucho menos el responso de que todo tiempo pasado fue mejor. En días en los que todo parece literal y la relación más cercana con la lectura parecen las instrucciones de un dentífrico, él sigue empuñando la ironía como un elegante bastón con el cual abrirse paso.

¿Cuál es su primer recuerdo lector consciente?

—Comencé a leer a los tres o cuatro años. Lo que no puedo saber con precisión es qué fue lo primero que leí.

¿Qué autor resultó decisivo para usted como lector?

—Max Weber

¿En serio?

—Sí, El político y el científico. También libros de aquella naciente Alianza Editorial, por ejemplo Pla. Recuerdo mucho ese libro: Madrid, el advenimiento de la república. He leído sobe todo ensayo e historia. Cuando conocí mi a mujer fue cuando comencé a leer ficción. Ella me pasaba libros y me decía: «Este no lo puedes dejar de leer» -y ríe-. Eso me pasó, por ejemplo, con Kundera. Cuando salió Kundera ella me dijo: «Esto es obligatorio». Hasta el punto de que me hice un apasionado de Kundera. Ella me decía: «Yo te paso los libros y luego el que se hace con el autor eres tú» -vuelve a reír-. Kundera fue muy importante. Era el descubrimiento de la literatura centroeuropea.

—Y uno de los autores fundamentales de Tusquets.

—Un buen amigo mío, que era el traductor de Kundera del checo al castellano, Fernando Valenzuela, me dijo: «Kundera se quiere ir de la editorial en la que está porque no le hacen ningún caso y sus novelas no tienen difusión en España», lo cual era verdad. Era, creo, Seix Barral. Yo se lo dije a mi amigo Pradera, que estaba en Alianza, pero no me hizo ni caso. Al día siguiente, me encontré, en Madrid, a Toni López Lamadrid y a Beatriz de Moura, que estaban en la ciudad en esos días. «Kundera quiere cambiar de editorial», les dije mientras cenábamos. Al día siguiente cogieron un avión a París y trajeron el contrato de La insoportable levedad del ser, que creo que es el libro que más ha vendido Tusquets —ríe—.

Coincidió con Pradera y Polanco, estrellas de una constelación intelectual. De todos ellos, ¿a cuál echa más de menos?

—Javier Pradera. Era un tipo con una gran capacidad de penetración en los asuntos y bastante blindado y vacunado ante el halago y muchas otras cosas. Cultivaba muy bien las fuentes, pero no se dejaba esclavizar por ellas. Nunca hablaba de memoria.

¿Hubo un autor que incidiera en su mirada sobre periodismo?

"Con la llegada de Chaves Nogales hace diez años comenzamos a admirar a alguien que está sumergido en los acontecimientos y es capaz de mantener distancia"

—Chaves Nogales. Cuando lo leí mi carrera estaba, digamos, avanzada. Los periodistas de mi edad no tuvimos maestros en España. Los periodistas importantes los fusilaron o se fueron. En ese desierto prosperaron algunos franquistas que estuvieron posando de maestros, los Emilio Romero y toda esta gente que yo he abominado siempre. Encontramos las referencias mucho más adelante. Con la llegada de Chaves Nogales hace diez años comenzamos a admirar a alguien que está sumergido en los acontecimientos y es capaz de mantener distancia. No se emborrachó de ellos. Ni se convirtió en un militante de ninguna de las partes del conflicto. Por eso dice en su prólogo de A sangre y fuego: «Cuando ya había hecho méritos para ser fusilado por ambos bandos». Eso es lo que se admira de él. Actuar así en momentos especialmente tensos es de una valía que define la calidad de un periodista.

Usted cultiva la ironía y el humor. ¿Se puede seguir siéndolo en este mundo tan literal, lo entienden?

— (Risas) Me acuerdo de una temporada en la que colaboré en el Hoy por hoy, con Iñaki Gailondo. En ocasiones, yo decía algunas cosas y veía que Iñaki Gabilondo se alarmaba. Y decía: «Ustedes porque no lo ven, pero todo esto lo está diciendo en modo irónico». ¡Debía de pensar que le desorientaba a la audiencia!

Cuenta en el libro que los del Opus Dei no querían que se marchara, ¡porque se quedaban sin nadie de izquierdas!

—Fue así. «¿Quién queda aquí de izquierdas?», me dijeron. «Yo no he venido aquí a ser de izquierdas, contesté. El Opus tenía la intención de presentar una imagen muy plural, no quería quedar asimilado en la cercanía al franquismo. Esa identificación les mortificaba. Por eso necesitaban gente que les permitiera explicar el pluralismo dentro de la institución y, en ese aspecto, creo que al marcharme les descubría un flanco. Mientras estuve en el Opus estuve contento. Cuando dejé de estarlo me marché.

¿Qué telegrama le enviaría a los más jóvenes y a los que empiezan ahora en el periodismo?

—Creo que estamos bajo la seducción de las nuevas tecnologías, que son una ayuda para muchísimas cosas. Si me preguntan: «¿Renunciaría usted a la energía eléctrica?» ¡Pues de ninguna de las maneras! Ahora, ¿la energía eléctrica, por sí sola, hizo mejor a la gente? Bueno, antes la gente tenía que lavar la ropa en el río y ahora puede poner una lavadora; sólo se podía trabajar en el día y ahora también por la noche.

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