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Alejandro Amenábar: “A diferencia del arte, en la política española hace falta desapasionamiento”

Alejandro Amenábar: “A diferencia del arte, en la política española hace falta desapasionamiento”

La puesta en escena es lo más parecido a escribir que tiene la dirección de cine, asegura Alejandro Amenábar. Sentado en la sala donde habrá de proyectarse su próximo filme, Mientras dure la guerra, el cineasta contesta a la pregunta sobre qué lo condujo hasta Miguel de Unamuno, el escritor, intelectual y rector de la Universidad de Salamanca. Esta es la primera película que Amenábar rueda en español desde Mar adentro. No se ha estrenado aún y ya da qué hablar.

No le perdonarán a Alejandro Amenábar lo que ha hecho: una película que procura ser honesta, no rehúye a la paradoja y renuncia a la simpleza con la que hasta ahora se ha pretendido contar la Guerra Civil. Ningún personaje es completamente una sola cosa, ni siquiera Miguel de Unamuno (Karra Errejalde), que se revela contradictorio y cambiante ya al final de sus días. El título del filme, Mientras dure la guerra, se desprende de la frase que delimita el tiempo que debía durar Franco (interpretado por Santi Prego) en sus funciones como jefe del Estado. Nunca una provisionalidad fue tan larga.

La trama se concentra en el verano de 1936, cuando Unamuno apoyó públicamente la rebelión militar contra el gobierno de la Segunda República, de la que fue diputado en 1931 y de la que se sintió decepcionado. Destituido tras su pronunciamiento, no tardan los nacionales en restablecerlo al frente de la universidad salmantina. La pronta detención de algunos de compañeros, las purgas internas y las desapariciones forzadas llevan a Unamuno a una conclusión: los nacionales no pretenden restituir el orden, sólo imponer el suyo.

La tía Tula fue una de las primeras películas que inocularon en Amenábar las ganas de buscar a toda prisa la novela en la que se basaba. Tenía 13 años cuando la leyó, asegura el director.  El dolor de Unamuno por España, explica, se expresa en la biografía de un hombre que vivió episodios decisivos: las guerras carlistas, cuyo asedio a Bilbao él vivió; Alfonso XIII y Primo de Rivera, a quienes criticó duramente hasta ganarse el destierro; sus no pocas polémicas sobre el bilingüismo y el euskera y, cómo no, la República, declarada por él en Salamanca, y que le arrancaría nuevas amarguras. “Por eso creo que su gesto del paraninfo era la demostración de coherencia con toda su vida”, asegura Amenábar.

Construida a partir de una violencia sugerida, Mientras dure la guerra desmitifica algunos episodios históricos y relativiza otros: desde la propia concepción de la bandera o el himno —en una escena cantan los nacionales inventándose cada uno su propia versión— hasta la naturaleza de algunas figuras del bando Nacional, una de ellas la del fundador de la Legión, José Millán Astray (Eduard Fernández), general mutilado en batalla y explosivo propagandista, con quien Unamuno sostuvo el 12 de octubre de 1936 la conocida discusión en el paraninfo de la universidad.

“Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Todo cuanto Unamuno dijo aquel día lo escribió, a toda prisa, sobre un trozo de papel que se esfumó con el tiempo.

Sobre la verdadera naturaleza de las palabras que redimieron a Unamuno y lo colocaron como emblema de las libertades frente a la dictadura han escrito muchos especialistas, entre ellos el catedrático emérito de la Sorbona Jean-Claude Rabaté y su esposa, Colette Rabaté, considerados los mayores especialistas en el intelectual vasco y que están por publicar un libro con nuevos detalles al respecto, casi a la vez que el estreno de Mientras dure la guerra, previsto para el 27 de septiembre.

—Es la primera película que rueda en español desde Mar adentro. Miguel de Unamuno tuvo que ser una razón de peso para tomar esa decisión, ¿o algo más lo empujó?

"Nos dimos cuenta de que en el encuentro entre Unamuno y Franco había una película, no sólo sobre Unamuno y Franco, sino sobre la España de ese momento"

—Hubo algo más. El acto del paraninfo de la Universidad de Salamanca fue lo primero que me llamó la atención. A partir de ahí, tiré del hilo. Unamuno, al que hemos estudiado todos en el bachillerato y que yo mismo leí y estudié con 15 años, ¿cómo es posible que yo no supiera eso? Es cierto que soy de naturaleza ignorante —dice, riéndose—, pero era buen estudiante. A partir de ahí, descubrí el arco del personaje en esos tres meses del verano de la guerra. Me dediqué a investigar qué estaba pasando, quiénes estaban al mando, cuáles eran los militares. Cuando buscamos la manera de hacer confluir las dos historias, nos dimos cuenta de que en el encuentro entre Unamuno y Franco había una película, no sólo sobre Unamuno y Franco, sino sobre la España de ese momento.

—¿Cuál fue el criterio para distinguir aquellos momentos en los podía tomarse algunas licencias de aquellos donde debía ser fiel a la letra?

—No es la primera película basada en hechos reales que hago. Creo que hay que ser fiel al espíritu de lo que pasó y de los personajes que protagonizaron ese hecho. Eso permite moldear las cosas desde el punto de vista dramático, siempre que no afecte a la esencia. Acotar lo que se dijo y lo que no se dijo en ese episodio en la Universidad de Salamanca es complicado. Implica casi una labor casi detectivesca.

—En ocasiones se cuestiona que Astray dijera «muera la inteligencia». ¿Cuántas versiones encontró del mismo hecho?

"Mi opción fue no incluir la frase que dramáticamente genera más fuerza y ajustarme a la realidad"

—Es la frase de Millán Astray, o que muchos atribuyen a él. Hay quienes aseguran que no se dijo y otros que fue, en realidad, «mueran los intelectuales». Está el testimonio de José María Pemán, que era poeta del bando nacional en ese momento, y quien lo corrige al añadir “mueran los intelectuales traidores”. Ahora saldrá un libro del matrimonio Rabaté, en el que se recoge un testimonio de alguien, pocas horas después de ese acto. Mi opción fue no incluir la frase que dramáticamente genera más fuerza y ajustarme a la realidad. Incluí también la mención a la Anti España, Cataluña y el País Vasco. Son cosas que se dijeron aquel día.

—Desde Millán Astray hasta el propio Unamuno, ningún personaje es completamente una sola cosa. ¿Es consciente de que hoy día la complejidad se paga caro?

—Pues no sé si se paga cara o no, pero es lo que siempre me ha inspirado como creador. Me gustan los personajes con contradicciones. Por eso Unamuno me parece maravilloso. Ya puestos a explorar personajes, necesitaba intentar comprender a todos, incluyendo a Franco, a la mujer de Franco, a Millán Astray. Una película donde los malos son muy malos y los buenos son muy buenos funciona para niños, no para adultos.

—¿Y no ha sido así como se ha contado la Guerra Civil?

—Se ha asociado al bando perdedor, pero venimos de una ausencia total de películas sobre la Guerra Civil. Este año se estrenan varias. Creo que hay toda una generación que no creció en la posguerra, que pasó de puntillas por la Guerra Civil y ahora comienza a verla como lo que es, algo esencial para entender la sociedad de hoy. De todo aquello proviene el conflicto con nuestra identidad, porque lo tenemos, y con la bandera, el himno y símbolos nacionales en general. Esta película intenta explicarlo.

—Queda muy claro en la escena en la que, una vez izada la rojigualda, los nacionales no saben qué himno cantar y cada uno se inventa uno.

—En España no ha habido unanimidad ni para elegir un himno. Hubo varios concursos, ya en tiempos de la república, pero jamás se llegó ni siquiera a una letra en común para cantar el himno de nuestro país.

—Esta película comienza con la bandera republicana y acaba con la rojigualda. Esta es, por supuesto, una historia del pasado con una conexión muy potente con el presente. ¿Qué intenta decir?

"Comenzamos a normalizar la bandera cuando España ganó el mundial de fútbol, pero hasta entonces generaba más división que otra cosa"

—La idea de España y de confrontar a los españoles con su identidad está presente en la película. En ningún otro país del mundo una bandera nacional desplegada en la pantalla genera conflicto, más bien unidad. Aquí sucede lo contrario. Comenzamos a normalizar la bandera cuando España ganó el mundial de fútbol, pero hasta entonces generaba más división que otra cosa. En el fondo, la bandera actúa como un espejo. Cada uno proyecta cosas distintas sobre los símbolos nacionales.

—En la España de los balcones, resulta lógico que su película enfade a los de izquierdas y los de derechas.

—Aunque aún no se ha estrenado en los cines, percibo esa inquietud sobre cómo la película pueda recibir críticas tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda. En general, no me muevo entre extremos, pero, aparte, y hoy más que nunca, soy consciente de que deben existir distintos colores. Reivindico el espacio de convivencia entre distintas ideologías. Es lo normal, lo lógico. Si todos pensáramos lo mismo, viviríamos en una dictadura.

—Unamuno no se casa con nadie, rectifica, se retractaba. Desde el punto de vista dramático eso es oro. ¿Acaso desde el punto de vista histórico es dinamita?

—Dudar y rectificar no nos hace no sabios, sino humanos. En el momento en el que dudas de algo te estás informando. Vas en el buen camino. Es verdad que los vaivenes ideológicos y espirituales de Unamuno eran tremendos y eso, naturalmente, encarna la contradicción, que a mí me parece necesaria.

—¿Qué tan complejo fue explicar cómo Unamuno pasó de apoyar a la República a los Nacionales?

"Unamuno había llegado a ser padre de la República, pero muy pronto se desencantó de ella"

—Unamuno había llegado a ser padre de la República, pero muy pronto se desencantó de ella. En la película no quisimos contar toda esa etapa, pero sí hacemos que Unamuno explique de dónde viene su desencanto. Ahí surge también un conflicto con la simbología y la bandera. En la realidad creo que Unamuno se dio cuenta desde muy pronto de que esa vuelta al orden que creyó posible con los Nacionales no era tan inocente, sino que se trataba de algo traumático, conectado con el fascismo europeo y que podía acabar convirtiendo a España en una dictadura. Esas semanas encerrado en su casa lo que ves es un Unamuno acorralado, que da entrevistas y despotrica, pero que no se atreve a dar la cara. Por eso creo que tomó la decisión de ese gesto, demuestra su coherencia. De lo contrario, no habría tenido sentido toda su vida anterior, durante los años en que vivió el exilio y se enfrentó al mismísimo rey.

—A Unamuno lo juzgan todos: los suyos, los sublevados, los republicanos, su familia… ¿Cuál fue el tamaño de su tragedia?

—Unamuno es lo que hoy llamaríamos una mosca cojonera. Su inclinación era siempre cuestionarlo todo, incluso lo que él mismo había promovido. No sé si alguna vez descansaría en paz, pero su figura, la del que pone en entredicho lo establecido, me parece interesante y valiosa. De su personaje me interesaba ese sabio viejo, en decadencia, que se tiene que enfrentar a todo un movimiento y colocar, en el centro de nuevo, el tema de España.

—Millán Astray no aparece retratado del todo como un ser cerril.

—Porque no lo era. Millán Astray es uno de los personajes que está generando más polémica, incluso sin haberse estrenado siquiera la película. A poco que leas sobre él, te das cuenta de que estás ante un volcán, un terremoto. Alguien que creó la Legión de la nada, que consiguió enrolar y encausar la vida de muchos de aquellos hombres, y que se hizo muy amigo de Franco, cuando no pegaban ni con cola.

—¿Es consciente de que lo acusarán de blanquearlo?

—Eso no quiere decir que apartemos ese lado brutal y exaltado de su personalidad, pero nos interesaba justo lo emocional y explosivo, su carisma. Aportaba un lado lúdico a la película.

—Ocurre lo contrario con Franco. El espectador se lleva la imagen de un hombre bastante limitado intelectualmente.

"Franco era un hombre muy intuitivo e instintivo, astuto, y a ratos o en determinadas áreas, de una enorme simpleza"

—Franco era un hombre muy intuitivo e instintivo, astuto, y a ratos o en determinadas áreas, de una enorme simpleza. Sin embargo, esa llanura no le impedía gobernar España. Resulta interesante esta figura que no infundía demasiado respeto entre los suyos. Lo llamaban franquito el cuquito entre sus compañeros generales. Lo realmente importante es ver cómo este tío consigue autocoronarse como emperador de España.

—»Mientras dure la guerra», la frase que da nombre al título, es la argucia que permite a Franco hacerse con el poder.

—Sí, hace alusión a esa parte del documento que desapareció y que permite ver cómo una frase puede cambiar el destino de todo un país. El mismo sentido de esas palabras parece indicar que los españoles nunca dejaron de vivir en guerra.

—¿Qué mueve esta película?

—Esta película implica la convivencia, y lo digo desde una posición realista, no buenista. Se trata de entender cómo convivir con distintas ideologías. España tiene mucho temperamento, que está muy bien expresado en el arte, pero a diferencia del arte, en la política española hace falta desapasionamiento. Agradezco tremendamente cuando los políticos hablan con mesura y respeto, porque se puede hablar de todo.

—¿En qué se parece escribir a dirigir?

—Siempre digo que, aunque el guion ocupa buena parte, escribir es la puesta en escena, pensar cómo diseñas el plano. Una especie de pintura, que despliegas al tiempo que vas narrando. Es ahí donde siento la conexión con la escritura.

—¿Cuál fue la primera película que lo llevó a un libro?

—Curiosamente, La tía Tula. Tenía trece años.

—¿El gran libro con el que habría que atreverse en el cine?

—Falta una gran película sobre el Quijote.

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