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Milagrosa aparición del maestro Carpetovetónico

Milagrosa aparición del maestro Carpetovetónico

En cierta ocasión, vino Cela a visitarme. “¡Bowman!”. Me sorprendió preparándome una ensalada y casi me corto con el cuchillo. “¡El Premio Nobel!”. La aparición me tranquilizó. “No hace falta que me haga fiestas, Bowman: soy yo, no mi personaje”. Y enarcó las cejas. “Míreme, ¿le parezco un personaje?”. La verdad era que no. “Los personajes no se mueren”, rió. “Yo sí”. Yo lo miraba sin saber a qué atenerme; él no paraba. “Los personajes se desvanecen, nadie los llora y después no pueden aparecerse”. Y remató orgulloso. “Yo, sí”. Por mi parte había aparcado el cuchillo y esgrimía la estilográfica. “Las cosas importantes, con estilográfica”, me había dicho una vez Cabrera Infante. Estaba claro que lo que pasase aquella noche sería importante, sobre todo si al Maestro de Padrón le daba por hacer una revelación. “Tendría que haberse aparecido a los del ABC”, pensé. Cela me leyó el pensamiento. “Tranquilo, que no soy la Virgen de Fátima: nada de revelaciones”. Aunque espectro, se aclaró la garganta. “En el siglo XX obtuvimos el Nobel seis españoles”, explicó. Pues iba a ser verdad que no iba a hacer revelaciones. “¿A qué demonios ha venido pues, don Camilo?”, le interrumpí con impaciencia. Él se sentó a mi lado. “A hacer constar que Pla también tendría que haberlo obtenido”. Me quedé boquiabierto: con la pluma en la mano, lista para anotar, sólo me faltaba dónde hacerlo. El espectro no callaba. “Ese puñetero ampurdanés…”. Pegué un bote y el maestro de Iria Flavia un grito. “¡Pla lo inventó todo!”. Recordé un cuaderno que guardaba en la mesita del teléfono y corrí a por él, pero el ectoplasma me disparó otra pregunta. “¿Usted ha leído el Viaje en autobús?”. Yo ya estaba en la puerta. “¡Sí!”, chillé. Y salí. A él le dio igual: me estaba esperando en el recibidor. “Con ese libro, Viaje en autobús, empezó todo, susurró sentado en el teléfono. “Perdone ¿qué fue lo que empezó?”. Cela suspiró soñador. “Mis Notas de andar y ver: si me calcé las botas de siete leguas fue por seguir a Pla”. Vaya, al fin una revelación. ¡Una exclusiva! Y me representé un joven Cela de poco más de treinta años saliendo de un piso de Ríos Rosas en un Madrid inimaginable camino de una Alcarria de ensueño. “No me diga que aquel día ya llevaba usted a Pla en la mochila…”. Don Camilo rió con la mirada. “Y un bocadillo”, subrayó. “Pla había abierto trocha”, prosiguió. “Su Viaje en autobús había convertido el libro de viajes en literatura. En realidad, inventó un género que ya existía, lo que pasa es que nadie se había dado cuenta”. El entusiasmo del aparecido era contagioso. “Fue después de la guerra cuando el fulano de Palafrugell se puso a escribir libros que iban más allá del viaje: el viaje que importaba era la literatura”. En este punto de su exposición, yo debo hacer un paréntesis y explicar, por si alguien no lo sabe, que antes de la guerra el “puñetero ampurdanés” había recorrido medio mundo y que, ahora que ha pasado un siglo entero, lo sustantivo de tanto viajar es cómo demonios lo contó, las maneras, no lo que contó. También importa que acabada la guerra huyese del reparto de recompensas (por si en vez de recompensa le daban un capón, como a Dionisio Ridruejo, que de una patada en el culo lo mandaron a Rusia con la División Azul, por listo). Pla, necesitado de volver a escribir para ganarse la vida, se dedicó a recorrer los caminos de su pueblo con el mismo espíritu con el que, de joven, había recorrido los caminos del mundo. Y tenía un buen motivo: recorrer los caminos de su pueblo era una actividad perfectamente idiota, es decir, era imposible que semejante imbecilidad levantase sospechas en las autoridades del bando que acababa de vencer (y que casualmente había sido el suyo, vaya por Dios); prudentemente, el Solitario de Llofriu abandonó el catalán materno que había usado siempre para escribir y contó sus viajes “de vuelo gallináceo” en un castellano rotundo, encantador y preñado inconscientemente de catalanez, que bebía, según confesión propia, en Baroja. “Como el mío, caballero”, puntualizó el espectro. Y se explicó. “Yo también bebí en Baroja”. Cela tendría unos veinte años menos que Pla, así a ojo (no me hagan ir al gúguel ahora) y, como él, hizo de la sobriedad estilística barojiana una moral: fue una característica de todas las generaciones amanecidas con el siglo XX. Pienso, cómo no, en Delibes, pero también en Chaves, Chacel o Sender. O en la gran Josefina Carabias, a la que uno, modestia aparte, llegó a leer, recién llegado a España, en el periódico de la Santa Casa, allá en Mateo Inurria, al pie del depósito del Canal, en plaza Castilla, Madrid. Hace mucho de eso: en lontananza alumbraba aún la lucecita de El Pardo. Como se ve, mucho periodista, todos mayores que Cela. El “hallazgo” de Pla, la genialidad, si se nos permite ponernos estupendos, consistió en contar sus paseos por las trochas del Ampurdán recurriendo para ello a viejos esquemas establecidos por audaces aventureros que habían sabido convertir viajes descabellados en historias memorables: Marco Polo (que igual se lo inventó todo, dicen ahora), Ruy González de Clavijo, que viajó a Samarkanda en el siglo XIV, Hernán Cortés, un extremeño que discurrió México, o Domingo Badía, uno de Barcelona que en el siglo XVIII y con el exótico nombre de Ali-Bey fue el primer cristiano desde la caída de Constantinopla en adentrarse en los países musulmanes para recorrerlos desde Tombuctú al Kafiristán y desde el Gabón a Damasco. Pla, en cambio, nunca se desplazó después de la guerra a más de treinta kilómetros de su pueblo ni hizo grandes revelaciones tampoco: sólo que los jóvenes van siempre a bailar “al pueblo de al lado” porque allí “la orquesta es mejor siempre”. En realidad, Pla se dedicó a pasear por los meandros de su alma, que por otra parte era lo que había hecho toda su vida. Como en el celebrado, y recientemente traducido ¡¡¡por fin!!! al castellano Viaje a Rusia, en realidad un viaje al fondo de Pla en el año veinticinco. “Después de leer el Viaje en autobús supe mi camino”, sentenció la aparición carpetovetónica antes de irse. Cuando me quedé solo, ya no tenía ánimo para la ensalada y me serví un whisky. Si lo que me contó no es cierto, debiera. La realidad, en realidad, está mal hecha.

***

Cela publicó sus Notas de andar y ver a lo largo de veinticinco años. Llamamos así a sus libros de viajes porque él mismo usó esa fórmula tan gráfica para referirse a alguno de ellos, aunque nunca, que sepamos, para referirse a otros muchos. Los títulos que se relacionan serían los que definen el conjunto. De ellos, destacaríamos los tres primeros, pese a que no hemos leído el quinto, el Primer viaje andaluz. Aclaramos también que no consignamos el Segundo viaje a La Alcarria porque no. Manías.

  • Las botas de siete leguas: Viaje a La Alcarria. Revista de Occidente, Madrid, 1948.
  • Cuaderno del Guadarrama. Revista Destino (julio – octubre 1952: 10 entregas)
  • Del Miño al Bidasoa: Notas de un vagabundaje. Noguer, Barcelona, 1952
  • Judíos, moros y cristianos: Notas de un vagabundaje por Segovia, Ávila y sus tierras. Destino (Áncora y Delfín) Barcelona, 1956.
  • Primer viaje andaluz: Notas de un vagabundaje por Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y sus tierras. Noguer, Barcelona, 1959
  • Viaje al Pirineo de Lérida. Las botas de siete leguas: Notas de un paseo a pie por el Pallars Sobira, el valle de Arán y el condado de Ribagorza. Alfaguara, Madrid, 1964
  • Balada del vagabundo sin suerte. Espasa-Calpe (Austral) Madrid, 1973
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Pepehillo
Pepehillo
4 meses hace

Dionisio Ridruejo fue a la División Azul porque era falangista y en 1941 lo único que quedaba del sueño falangista era una huida hacia adelante, una salida honorable para quienes habían hecho la guerra en el bando nacional porque creían en otra España, no en continuar con más de lo mismo. El trauma había sido lo suficientemente fuerte como para no ver la cara monstruosa de los fascismos -en plural- oculta tras la apariencia de alternativa moderna y eficaz al papanatismo democrático (que no identificaban con la libertad, sino con el caos y la servidumbre a intereses extranjeros) y la tentación comunista. Eran jóvenes e impacientes, pero Ridruejo y otros muchos falangistas -empezando por el propio José Antonio, quien lo dude, lea sus discursos- tenían un talante más patriótico que nacionalista, más liberal que totalitario (aunque esto también podría predicarse de personajes que apoyaron a Hitler al principio, como el almirante Canaris y el mariscal Rommel). Ridruejo fue a la DA porque era en aquel momento un falangista desencantado del régimen. No entiendo porqué ir a la DA o tener una etapa falangista es ahora un baldón que hay que disculpar, a no ser que nos hayamos rendido al simplismo maniqueo que ha borrado a Josep Pla o Llorenç Villalonga de los curriculos de la asignatura de literatura catalana. Dicho esto, si quedan autores españoles capaces de escribir un artículo tan agudo como éste, nuestra cultura patria tiene esperanza… ¡Anda, si el autor es escocés!