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Milli Vanilli: Girl You Know It’s True. De héroes del pop a villanos del playback

Milli Vanilli: Girl You Know It’s True. De héroes del pop a villanos del playback

Generalizando, no ha habido biopic musical reciente que resulte en una película indiscutiblemente buena. Milli Vanilli: Girl You Know It’s True, en su voluntad de redimir, no tanto ensalzar, la figura de los dos héroes del pop convertidos en villanos del playback, no es una excepción. Pero hay que reconocer que, hasta cierto punto, la película sí razona sobre ciertas nociones interesantes y abstractas: lo esquivo de la noción de autoría en el espectáculo, si existe arte en el negocio, así como la propia naturaleza de la impostura de Milli Vanilli, aparecen aquí y allí para decorar un drama musical ameno pero no especialmente analítico.

La fugaz aventura musical de Rob Pilatus y Fab Morvan resulta en manos de Simon Verhoeven (nieto, efectivamente, del gran Paul Verhoeven, director de Desafío Total, Robocop o Delicias turcas) en un film blandito y complaciente, que abunda en la nostalgia de los 90 sin exprimir ninguna psicología implicada en el caso. No existe aquí apenas nada del cine de su abuelo, que en Showgirls escupió a la cara de la cartelera americana una sombría, a la par que alegre, alegoría de la estupidez del animal humano sobre un escenario, todo en forma de cine dinámico y transformador. Verhoeven, Simon, se va más bien por el drama ligero, sabedor de que el aspecto más vistoso del relato, el de los colores, peinados y música de los 90, le resuelve una parte importante de la aventura.

"En su búsqueda del melodrama, Girl You Know It’s True resulta amena y, en cierto modo, razonablemente sincera en su relativización de la mentira"

Pero, en su búsqueda del melodrama, Girl You Know It’s True resulta amena y, en cierto modo, razonablemente sincera en su relativización de la mentira. Su reparto funciona bien, con Tijan Njie y Elan Ben Ali dando todo lo posible por Pilates y Morvan, respectivamente, y aportando finalmente el componente humano. Es, sin embargo, el alemán Matthias Schweighöfer como Frank Farian, el manager del grupo e iniciador del engaño, el que impulsa el relato con cada aparición. Sabedor de que en su papel habitan todos los espejismos e ilusiones de la película, Schweighöfer recrea la labor de este Frankenstein musical como un buen histrión, un villano imposible de odiar porque, de alguna manera, es el único aquí que se permite una genuina experimentación artística en su propuesta de dúo musical facsímil. Seducidos por la legítima búsqueda del éxito, los Milli Vanilli son personajes mucho menos interesantes que la figura de un artista seducido por lo artificial, como artificial es el espacio que finalmente concede Verhoeven a sus protagonistas para dedicarse unas últimas palabras. Aunque al final resulta en una mera herramienta para lo cursi, que me aspen si no resulta llamativo y emocionante al principio del film.

Porque entremedias, todo lo demás en la película se dedica a puntuar sin mayor enjundia el ABC de todo relato de éxito y fracaso. La figura de demoler de nuevo la cuarta pared acaba resultando un truco barato, pero tampoco incoherente en una película sobre dos talentos efímeros de música popular. Es en el tratamiento sentido y emocional de sus figuras titulares —no sabemos en qué medida honrado— donde reside la más interesante ambigüedad de una película entretenida y ligera que podría haber sido mejor, pero que nunca desagrada.

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