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Miradas filosóficas para la catástrofe de un naufragio

Miradas filosóficas para la catástrofe de un naufragio

Recorte de la portada de ‘Sobrevivir al naufragio: El sentido de la política’, de Félix Ovejero (Ed. Página Indómita).

Cuando existe grave zozobra, reseñar estos libros filosóficos exige escribir pensando en el presente, que no pensar en presente. No es correcto guiarse por interés viral, y menos si algo vírico amenaza pilares básicos de la cultura. Libros escritos mirando al naufragio que engulle la vida en común. No sellan la quiebra del mundo con un orden trascendente, ni dan por bueno cualquier final. Valoran conocerlo racionalmente para mejorarlo, proyectar instituciones orientadas al bien de todos. Ofrecen animus de respiro a la razón que habita inquieta en la cavidad torácica.

"Virtud que desbroza la política y la cultura de la adulación, concausa de naufragios y cómplice de intensificarlos. Los clásicos lo sabían bien"

Comprometidos ante la quiebra, el logos se replica en el rechinar de dientes. Presentan tratos lógicos que dar al complicado mundo que, a su vez, determina el trato de cada uno con todos. Reflexiones a contramano de la catástrofe. Miradas a contramano de la sinrazón: mirar por el bien común, por y para la felicidad. Porque nada es pensado y anhelado sin una inicial e inacabada contraforma. No mirar “contra” por la contra, sino levantar —hasta donde se pueda— la niebla. Resituando la razón conmovida. Racionalidad y objetividad se redimensionan en esas miradas filosofías de la política.

Estos libros despiertan La virtud en la mirada (Pre Textos, 2002), título de un antiguo ensayo de Aurelio Arteta sobre la admiración moral. Virtud que desbroza la política y la cultura de la adulación, concausa de naufragios y cómplice de intensificarlos. Los clásicos lo sabían bien.

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1. Theodor W. Adorno, Rasgos del nuevo radicalismo de derecha (Taurus). Publicación de una conferencia en Austria (1967) a rebufo de su cincuentenario mortis y del actual empuje de la extrema derecha en Alemania.

"Un retorno a la caverna: ciudadanos infantilizados, menoscabo de su autonomía y espontaneidad, reforzado por metamorfosis de los bienes culturales en objetos de consumo, en mercancías"

Adorno expone ideas de otra charla acerca de reelaborar el pasado. El radicalismo de derecha renacería mientras perviviesen las condiciones sociales del nacimiento del fascismo: la tendencia a la concentración económica y el auge de los nacionalismos. La liberación del pasado exige que lo acontecido sea “reelaborado seriamente, aclarando su derrotero con nítida conciencia”. Advertía contra esa “prisa en sacarse de encima toda reflexión”: la falta de reelaboración racional del pasado hunde a la razón en oscurantismo y al logos en histrionismo de la palabra. Y señalaba efectos políticos: sin entronque responsable con el pasado, no hay mayoría de edad política; cualquier identificación con la democracia se hace en falso.

Nacida la década, escribió a Thomas Mann confesándole preocupado pesar por la posible inutilidad de su esfuerzo intelectual, pues si el nuevo “elemento reaccionario” no “era de tipo del fascista antiguo”, tras “ontologías” (heideggerianas) de la autoridad, sí percibía un “fenómeno regresivo” con tonos nacionalistas: convicciones inarticuladas, venales entregas y acomodos ante cualquier poder y nuevas situaciones. Un retorno a la caverna: ciudadanos infantilizados, menoscabo de su autonomía y espontaneidad, reforzado por metamorfosis de los bienes culturales en objetos de consumo, en mercancías. La cultura sirviendo a la tendencia progresiva de acumulación del capital.

"Cuentan con ayuda: las críticas de Benjamin al capitalismo como religión y a la historia consagrada por la idea de progreso, unidas a su concepto político-secular de la felicidad"

Además de estas premisas, Adorno habló en Viena sobre propaganda demagógica de los radicales y los reproches banales o moralizantes, contraproducentes, que les llovían. Destacó la cínica impostura de aquellos que ahora decimos “populistas”: estrategias de identificación, integración y apelación a la democracia. Apropiarse de la representación del sentir auténtico de las gentes; participar en instituciones democráticas en las que sin reparo declaran no creer. Y algo de mucha actualidad: denunció la oposición de estas fuerzas regresivas a cualquier idea o proyecto de unidad europea, en definitiva, a todo lo que oliese a merma del soberanismo nacionalista.

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2. Karl Marx, Sobre la religión: De la alienación religiosa al fetichismo de la mercancía (edición y estudio introductorio de Reyes Mate y J. A. Zamora. Editorial Trotta). Reedición y selección que hacen Mate y Zamora de los textos de Marx, anexando otros de Walter Benjamin. Algunas traducciones revisadas; la introducción sustituye a la de 1973 de R. Mate y H. Assmann.

Mate y Zamora persiguen renovar a Marx, “salvarlo de su naufragio”, actualizando y radicalizando su crítica de la religión: escardar errores y retomar lo potente aún oculto. Cuentan con ayuda: las críticas de Benjamin al capitalismo como religión y a la historia consagrada por la idea de progreso, unidas a su concepto político-secular de la felicidad —lo religioso citado en lo profano—. Veamos la argumentación.

"Por eso, el capitalismo necesita presentarse como sistema natural y necesario, ante el que no cabe alternativa"

Abandonando la crítica filosófica —alienación del hombre— y la política —falsa emancipación— por la crítica económica —fetiche de la mercancía—, Marx olvidaba algo que había percibido: las exigencias de emancipación inscritas en el lenguaje de la religión. Con esto pagó un precio doble: la esperanza de liberación se reducía a una utopía económica aplazada hacia el final, pero encorsetaba al ser humano como productor y consumidor. Condenado a la felicidad. Poca para la Totalidad prometida: fallida promesa sumándose a la falsa promesa del capitalismo.

Mate y Zamora pretenden reformular la promesa-esperanza refiriéndola a la potencia de cada tiempo, incluido el pasado, para interrumpir el proceso continuo en movimiento por los mecanismos y formas sociales del modelo capitalista. Para eso precisan radicalizar la crítica marxiana con un amplificador de mirada, Benjamin: “Su crítica del capitalismo como religión —escriben Mate y Zamora— se inspira en cierto sentido en una crítica religiosa de la religión que hunde sus raíces en las mismas tradiciones bíblicas”. El capitalismo, absorbiendo cristianismo, resultaba una religión de culto permanente al dinero y una comunidad de creyentes bajo coerción del crédito y la deuda. Esta se vive como culpa inexpiable, sancionada con sacrificios de libertad y felicidad, es decir, lo contrario de lo prometido en “forma pseudomesiánica”. Por eso, el capitalismo necesita presentarse como sistema natural y necesario, ante el que no cabe alternativa.

"Cabe referir su anterior libro, La deriva reaccionaria de la izquierda, donde trató la paradójica relación entre ética y marxismo, además de la incompatibilidad entre religión y democracia deliberativa"

Benjamin revalorizó el recuerdo del pasado. Mirar la continua tragedia que al progreso añade la promesa endiablada del capitalismo, que funciona con mecanismos religiosos y utiliza estrategias teológicas para legitimarse. A la “natural” acumulación dineraria confrontaba experiencias de injusticia. Así, la mirada de Benjamin, de carácter político, señala hacia la promesa-esperanza de felicidad, recordando la historia de desdicha, que muestra su contingencia: que lo ya sido no es necesario, como tampoco lo es que el viento del progreso borre otros horizontes. Y recuperando tradiciones religiosas que se hacen eco —con racionalidad práctica— de esa experiencia, amplía ópticas marxianas. Crea categorías desde términos místico-religiosos —“mesianismo, éxodo, redención”—, pero desprendiéndolos de su carga religiosa. En estas habría “potenciales” inéditos para profundizar en una secularización deficiente: “Una completa —dicen Mate y Zamora— profanización de lo profano, la búsqueda profana de la felicidad con exclusión de cualquier teocratismo político que impide toda sublimación ontológica de una meta histórica”.

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3. Félix Ovejero, Sobrevivir al naufragio: El sentido de la política (editorial Página indómita). De epígrafe, un poema de Ángel González con significativo final: “Habrá palabras nuevas para la nueva historia / y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”. Tras un prefacio y amplia introducción (“libro dentro de un libro”) recoge y reelabora trabajos propios. Análisis críticos de epistemología y neutralidad metodológica; de relación entre hechos, teorías y valores, ideas y acciones, principios e instituciones, creencias, emociones y fenómenos sociales, ciencia, ética y política; ley y libertad; y todo esto con un enfoque deliberativo-realista de la democracia, habida cuenta las patologías —“subproductos”— del sistema. Cabe referir su anterior libro, La deriva reaccionaria de la izquierda (Página indómita), donde trató la paradójica relación entre ética y marxismo, además de la incompatibilidad entre religión y democracia deliberativa. Asimismo, sus reflexiones sobre socialismo, capitalismo y Estado del bienestar anticipaban temáticas de Sobrevivir al naufragio.

"Esto no hace de Félix Ovejero un liberal acérrimo. Sus críticas al liberalismo son determinantes"

Declaración de principio: “El único sentido decente de la reflexión política radica en contribuir a fundamentar las intervenciones prácticas de la mejor manera, con el mejor conocimiento; en hacer el mundo mejor, el de cada cual y naturalmente el de todos. Sin olvidar nunca —y esta es una obligación moral— que en ciertos asuntos, como recordó Aristóteles, resulta ilusorio y hasta indecente aspirar a una precisión más allá de lo razonable”. O sea, un republicano y deliberativo —ni cesarista ni carismático— sentido de la política: “Configurar instituciones para conducir debidamente los comportamientos humanos, de ángeles y de demonios [dixit Kant]”. Y siendo la felicidad, justificación última de todo quehacer, inseparable de una sociedad bien ordenada”.

Con audaz prudencia argumentativa, uniendo “complejos matices” e “inevitables incertidumbres”, procura no caer en “falsas elecciones” ni en “neutralidad metodológica”. Así actúa cuando disecciona la figura del homo economicus, buscando respaldo epistémico, en investigaciones sociales, a las intuiciones metafísicas de filósofos. Opta por reconfigurar distintas estrategias de solución. Por pensar la política con racionalidad ilustrada y realista —Kant—, entroncando con la idea de felicidad —Aristóteles— y el libre desarrollo de todos y cada uno —Marx—. Para, con justas dosis de escéptico optimismo, recuperar el sentido  “maquiaveliano” del conflicto contra la maquiavélica perversión del conflicto, que vuelve, —¡apelando a la Política!—, en forma de populismo y buenismo. Iguales dosis con el schmittiano dualismo “amigo/enemigo”, al que Ovejero concede lo que merece por realista, pero le niega por su intención y el uso que se le da.

"Naufragio en medio de un naufragio: prejuicios extramoralistas, dogmatismos ideológicos, política adolescente, regresiones antilustradas, heteronomía del ciudadano en favor de pertenencia al grupo y posibilismo nivelador, pues todo se puede inmediatamente, basta pedirlo o soñarlo"

Su sentido de la política refuerza el republicanismo de una “democracia realista”, no idealista, frente al liberalismo económico y los populismos que se entrecruzan en las nuevas tendencias identitarias, conservadoras y reaccionarias. Reconociendo que “la política no agota a la ética, pero tampoco la excluye o debe excluirla”, pensamos que se sitúa en la óptica de un R. Aron: “La necesidad de elegir en la historia —escribe Aron— no implica que el pensamiento quede suspendido en decisiones esencialmente irracionales y que la existencia se realice en una libertad que rechazaría someterse incluso a la Verdad”. Esto no hace de F. Ovejero un liberal acérrimo. Sus críticas al liberalismo son determinantes. Ahora bien, los partidarios del “liberalismo organizador”, a lo Bernstein, pueden reconocerse ahí, pues entienden que “en realidad no existe una idea liberal que no pertenezca también al contenido ideal del socialismo”.

Analizar la idiocia —social política— de una exigua racionalidad, impugna también a cierta izquierda reaccionaria, autodenominada “progresista”. Esta valida una democracia de identidades y de mercadeo político electoral, o sea, una democracia despolitizada: lo común cede su puesto a lo propio, la política en estado puro de competencia entre identidades, —imposible “rosario” donde cada cuenta es un denominador común—. Es decir, renegando del mejor Marx: “Al pasar del mensaje de la igualdad a la identidad ha sido una derrota de la izquierda”. Naufragio en medio de un naufragio: prejuicios extramoralistas, dogmatismos ideológicos, política adolescente, regresiones antilustradas, heteronomía del ciudadano en favor de pertenencia al grupo y posibilismo nivelador, pues todo se puede inmediatamente, basta pedirlo o soñarlo; todo vale, sin mayor o menor razón o ninguna.

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4. Propongo leer a Adorno como hilo hacia el estudio de Mate y Zamora. Sus miradas marcan punto fijo en el presente: “Nuestro tiempo escriben necesita pensarse de nuevo, tiene que encontrar respuestas a la altura de la gravedad de la crisis que padece el sistema capitalista contemporáneo”. Asimismo, sugiero leer a estos y a Félix Ovejero según advertencia de Nietzsche: “Quien intenta mediar entre pensadores audaces, carece de ojos para ver lo único; andar buscando parecidos y similitudes es característico de los ojos débiles”. Distinto será indagar un trasfondo común de “divergente acuerdo”. Que el logos tienda afinidades —y disonancias— en discursos en-contra-dos. Lectura de tensiones críticas, comunicación sin confusión.

"Conocen y saben que la Razón produce pesadillas que solo se evitarían con la razón crítica. A esta la acentúan con distinta tilde en espiral"

Mate, Zamora y Ovejero conocen muy bien a Marx. Comparten críticas de y a este. Con algunas tesis marxianas vigorizan la razón crítica. Subrayan el antimarxismo de Marx, su voluntad de verdad. Asumen el quid del dictum marxiano: “El libre desarrollo de cada uno será el libre desarrollo de todos”. Ahora bien, los primeros en la corriente de la Teoría Crítica de Adorno y Benjamin, que han estudiado óptimamente. En Ovejero, la reflexión crítica va por terrenos filosófíco-políticos, entreverados con teorías sociales y económicas, aclarando que “está lejos de la intención de buscar un perfil común” con autores de la Teoría Crítica. Aunque Adorno, Mate y Zamora no elaboran teoría de la democracia, sus éticas compasivas y de filosofía crítica —social, histórica y religiosa— reportan pensamiento político de la memoria y la justicia. Este tiene corolarios para una crítica —democrática— de la democracia. Ovejero sí opera directamente una teoría de la democracia, como reflexión política no ajena a la filosofía ni a las ciencias sociales.

Aunque conocen y saben que la Razón produce pesadillas que solo se evitarían con la razón crítica. A esta la acentúan con distinta tilde en espiral. Con matices distintos, ninguno negaría el ideal político ilustrado, dirigido a la felicidad, y no solo en el sentido de nombrarla, sino de requerirla. Miran con cristalinos de Aristóteles y de Marx, corregidos con distintos filósofos. Desconfían del “Espíritu” al que todo sirve y le sirve: no sucumben “al vértigo de Hegel” (sic Ovejero). De él interesan lo menos hegeliano que pasa por un Marx aristotélico. Si la lectura detecta un mínimo común, será en discursos cruzados, con separadas líneas argumentativas y conclusiones dispares. Esto no obsta, por ejemplo, para que los déficits criticados por Ovejero —desprecio ideológico de la ciencia, irresponsabilidad ciudadana, sentimentalismo político y de derechos, optimismo antropológico, pesimismos teóricos, etc.— no empalmen con los fenómenos regresivos denunciados por Adorno. Visto así, hay un plus interesante de lectura.

"Si hay lazos con la democracia son secundarios, pues para la religión, su Verdad es primaria. Las demás verdades, dependientes de la voluntad racional de todos, se aceptan como circunstanciales o subrogaciones"

De esto testimonian una racionalidad en marcha, con una conciencia de base que Félix Ovejero rescata de Albert Camus en El compromiso del creador: “La verdad no puede subsistir sin una vida verdadera”. Y esta conciencia se despliega: “la necesidad de dejar su elocuencia al dolor es la condición de toda verdad” (Adorno); “la verdad es la condición necesaria de la felicidad” (Ovejero); «la función social de la filosofía es, en definitiva, la crítica de las instituciones” (Horkheimer); “la idea de verdad está implicada en la primera frase que digamos, una comunicación libre de dominio. En ese sentido, la verdad de los enunciados está ligada a la intención de una vida verdadera”. (Habermas); y es conciencia de que “al presentarse el capitalismo como un sistema natural y necesario, está diciendo que no admite alternativa”. (Mate-Zamora); conciencia de que “el lenguaje nos abre el universo de lo que no es pero puede llegar a ser. Esa capacidad de pensar la realidad contemplando el horizonte de sus alternativas está en el origen de nuestras explicaciones de lo que sucede, posibilidad de revisar y rectificar nuestros juicios a la luz de razones, (…) esto nos aleja del homo economicus, pero no nos avecina a un nuevo naturalismo, a la irracionalidad (…) Y es que el más genuino talento de la especie humana es su capacidad natural para emanciparse de su naturaleza” (F. Ovejero). En fin, conciencias que revelan miradas con potente mínimo común. Citas que no indican simples similitudes. A partir de ahí, la pasión de la razón divergiendo, el logos replicándose. Sin esto no sobreviviremos a su naufragio.

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5. Sobre incompatibilidad entre religión y política (democrática) no hay fácil solución de continuidad; ni viceversa. Pero al afectar al naufragio, planteo al lector destapar una grieta por donde el logos abra un desfiladero, por reducido que sea, sin quedar maltrecho o imposibilitado. No le induciré a conciliar las tesis de Ovejero con las de Mate y Zamora por el hecho de que todos hayan criticado a Rawls y Habermas. Lo que plateo es un desplazamiento siguiendo el “divergente acuerdo”, sin disolverlo para hacerlo más fructífero.

"En esos lenguajes, cabría reconocer el salto lingüístico analizado por Ovejero cuando subraya la emergencia de racionalidad moral que acompaña a las emociones humanas, pero aclaremos que los lenguajes religiosos no son exclusivamente emotivos"

Resumimos las críticas a la religión, en La deriva reaccionaria de la izquierda (Página indómita), de Félix Ovejero. En su opinión, “las tensiones entre la mejor democracia y la genuina religión son irresolubles”. Si hay lazos con la democracia son secundarios, pues para la religión, su Verdad es primaria. Las demás verdades, dependientes de la voluntad racional de todos, se aceptan como circunstanciales o subrogaciones. El discurrir es filológico y no deliberativo, dependiendo de autoridad jerárquica en la materia. Y en el caso de las narrativas, estas no pueden desprenderse de su intención moralizante ni del horizonte biográfico. De tal modo que, por proselitismo o comunitarismo, las religiones no enmaridan con “el compromiso universalista del ideal republicano de ciudadanía”. Conclusión: “Esa democracia no convive bien con la religión que alberga pretensiones públicas, que no satisface los requisitos de racionalidad y, con frecuencia, reclama un “blindaje” protector”.

Como dijo Merleau-Ponty, la filosofía política no tiene que terminar en una mala política ni en peor filosofía —superstición—. En perspectiva del joven Benjamin, cabría otra alternativa. La filosofía contaría con el presupuesto de “convertir en cuestiones científicas las ideas nuevas que suelen despertar en el arte y en la vida social, antes que en la ciencia”. Además, para librarse de la racionalidad cientificista, habría de suponer un anhelo que diera forma de saber al conocimiento —aspiración a la libertad, justicia y felicidad—. Como diría Hannah Arendt, “si nos limitamos a conocer, pero sin comprender, aquello contra lo que nos batimos, entonces conocemos y comprendemos todavía menos para qué nos estamos batiendo”.

"Habría que potenciar lo propositivo y argumentativo de las narraciones, sin abandono de la racionalidad. Es decir, pensar lenguajes sin quedar apresada la conciencia en las vivencias biográficas"

En ese sentido, el conocimiento de las elementos racionales de lenguajes religiosos podría servir de ayuda a la reflexión política. En esos lenguajes, cabría reconocer el salto lingüístico analizado por Ovejero cuando subraya la emergencia de racionalidad moral que acompaña a las emociones humanas, pero aclaremos que los lenguajes religiosos no son exclusivamente emotivos. Así, en la reflexión política, tendrían cabida filosofías políticas de esos lenguajes, contando con las investigaciones de distintas ciencias sociales. Algo que, en cierta manera, tenía en germen un temprano ensayo de Benjamin sobre la filosofía futura. En este, manteniendo el sistema crítico de Kant, propuso introducir un giro lingüístico para ampliar la experiencia crítico-filosófica, incorporando el lenguaje —de la religión— como objeto del conocimiento crítico —dicho de paso, tal vez podría venir bien, en futuras ediciones, incluir extractos de ese ensayo de Benjamin en el anexo textual del libro de Marx—.

Reinterpretaremos la diferencia entre lenguajes “textualizados” y “gramaticalizados”. Los primeros, en contraste, ofrecerían pautas de acción con carácter abierto; irreducibles a fábulas moralizantes ni a doctrinas morales indubitables. Habría que potenciar lo propositivo y argumentativo de las narraciones, sin abandono de la racionalidad. Es decir, pensar lenguajes sin quedar apresada la conciencia en  las vivencias biográficas, sino —trascendiéndolas— comunicarlas con pretensión de verdad,  bajo condición de secularización racional, o sea, sin el sometimiento a “autoridad magisterial” que imponga fundamentos o sentidos. No son validaciones doctrinales ni de costumbres según criterios trascendentes ni de autoridades infalibles o prevalentes. Tampoco restauración racional de teologías, dado que —según H.J. Krüger— “por causa de la unidad con su prehistoria, la razón misma escenifica la barbarie con los irracionalismos que se han ido entretejiendo a ella”. Por esto, no se habla de una “forma de cooperación con la religiosidad fijada dogmáticamente”, sino de “una ampliación de la razón en el ámbito de la religión”. Kant, pero más allá de Kant.

Así, las tesis de F. Ovejero critican los lenguajes religiosos “gramaticalizados”. Y alguna de ellas sirve de límite infranqueable para filosofías políticas de los “textualizados”. Desplazando el eje desde la doctrina hasta el lenguaje, de la fiducia al conocimiento de ideas textualizadas —como propuestas falibles—, en el ámbito de la reflexión política puede haber lugar para esas filosofías. Para investigar y discurrir a partir del material ético de esas inagotables fuentes lingüísticas de religiones y mitos. Y, por tanto, para un uso decente de la reflexión política, en el sentido que Ovejero asigna a dicha reflexividad. Tal vez se amplíe el alcance de la mirada filosófica cuando la catástrofe del naufragio. En medio de este, a veces, con realismo, puede ser cierto lo que dijo un reaccionario: “la parábola es la menor distancia entre dos ideas”. Ideas que den sentido y ánimo a la reflexión política democrática.

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