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Mis Ítacas: Cartagena (II)

En la anterior entrega repasábamos la huella que la riquísima historia de Cartagena dejó en la literatura y en algunos de sus monumentos, partiendo desde su fundación y arribando a la destrucción total por los visigodos de Suintila en torno al 620, para arrebatársela a los bizantinos, que la habían convertido en la capital de su provincia de Spania. Desde ahí un velo oscuro se cierne sobre ella.

"Hazim al-Qartayanni le dedica a su ciudad natal bellísimos versos cargados de nostalgia, en donde ensalza los placeres para todos los sentidos que en ella vivió"

Algunos autores defienden que se integra en la Cora de Tudmir, merced a un tratado que el noble godo Teodomiro, gobernador de la provincia de Aurariola, con posible capital en Orihuela y que abarcaba la actual provincia de Murcia y parte de las de Alicante y Albacete, firma en el 713 con el caudillo árabe Abd al-Aziz, hijo de Muza. Mediante éste el Duque Teodomiro gobernaría su provincia o cora, manteniendo sobre ella su religión y autoridad y pagando tributo a los árabes. Cartagena no aparece mencionada en este tratado, lo que ha llevado a algunos a asegurar que aún no se había recuperado de la destrucción por las mesnadas de Suintila, y que su importancia era minúscula como para aparecer en el mismo. Otros, en cambio, mantienen que no formaría parte de la cora citada, sino que fue conquistada directamente por los árabes.

Vuelve a ser nombrada, ya en el siglo XII, por Al-Idrisi, que ejerció de cartógrafo para el rey normando de Sicilia Roger II. Se refiere a ella como Qartayannat al-Halfa, Cartagena la del Esparto, traduciendo el epíteto Carthago Spartaria con el que la llamaron los bizantinos.

Cartagena es el fondeadero obligado de la ciudad de Murcia. Es una ciudad antigua que data de tiempos remotos. Su puerto sirve de refugio para los navíos grandes y pequeños, es [una ciudad] atractiva y llena de recursos.

Al-Idrisi, Kitab Ruyar.

El siglo XIII asiste al nacimiento de Hazim al-Qartayanni, Hazim el de Cartagena, quien aspirará a la inmortalidad con la Qasida al-Maqsura, cumbre de la poesía arábigo-andalusí. Exiliado a Marruecos, primero, y, después, a Túnez tras la derrota musulmana en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el poeta le dedica a su ciudad natal bellísimos versos cargados de nostalgia, en donde ensalza los placeres para todos los sentidos que en ella vivió. La pinta como un “palacio de elevados muros, cuyo techo son las estrellas”.

Es un paraíso donde corren ríos

de agua, vino, leche y miel;

donde todos los placeres se dan cita,

el ver y oír cosas agradables,

las comidas, bebidas y perfumes,

las veladas de placer,

el departir en las madrazas,

las tertulias literarias, el amor…

el tiempo es como una fiesta continua;

las noches, como noches de boda;

la vida un ensueño permanente.

Qasida al-Maqsura.

Otros versos se los dedica también a Murcia, en la que completó los estudios coránicos iniciados en su ciudad natal.

I

El tiempo se repartía según las estaciones,

trasladándose de un lugar a otro,

como las estrellas errantes del cielo

.

El invierno se pasaba en Cartagena, resguardada

de los vientos por los altos montes, junto al mar.

El  verano  en  la  fértil  vega  de  Murcia,  a  la  sombra  de  los  árboles  cuajados  de  frutos,  entre alcázares y puentes.

La primavera en los campos, prados y colinas regados por las primeras lluvias.

El otoño en los baños termales, de los que tanto goza el levante español.

II

El mejor lugar para pasar el invierno, en la orilla de un

[ mar, entre cañas, cúpulas y casas.

Para pasar el verano, a las orillas de un río, entre palacios, puentes y poblados.

Para pasar la primavera, lugares por donde se desliza el

[agua sobre praderías, llanuras y colinas.

Y para el otoño, lugares de aguas, o alhamas, entre árboles castillos y caseríos.

En Murcia se reflejan los árboles en

las aguas cristalinas del río.

Y pasábamos el tiempo comprendido entre almuerzo y cena

descubriendo los deseos de nuestras almas, mientras las

[ aves nos maravillaban con sus trinos.

O dejando rodar palabras bellas, como piedras preciosas,

[ en noches de luna llena.

Embriagándonos con el aroma de los árboles y flores,

[ mientras el alba despertaba.

III

Y ahora nuestras miradas contemplan jardines rodeados

[ de acequias y estanques.

Va desapareciendo el sol del atardecer, hasta que no se

[ ve más que el borde de su corona.

Pero entonces alumbra nuestros ojos el resplandor de

[ Qubbas, cuya luz nos indica el camino

Como hemos visto, a diferencia de muchos cretinos de hoy en día que siembran cizaña entre dos ciudades que deberían ser hermanas y complementarias, reparte afectos entre su Cartagena natal y la Murcia en la que moceó. Dejemos volar nuestra alma por estos versos dedicados a esta última localidad.

Vagué, oh amigo mío, por el Paraíso de la tierra

y mi corazón no perdió su amor por ella.

¡Campamento de la felicidad, Murcia,

mansión de mi solaz y morada de mis placeres!

¡Oh Murcia mía! ¡Cuánta delicia y cuánta alegría

había en ti entre arrayanes y bosquecillos!

Evoco la ribera baja de tu río o el puente de Waddah,

en lo más alto de su curso.

Toda la hermosura del mundo está encerrada

entre dos puentes, el de Tabira y el de Sabbah.

De este período, aparte del barrio portuario descubierto en las citadas excavaciones del teatro, nos queda una linterna o pequeño faro en las inmediaciones del Parque Torres, sobre el Cerro de la Concepción, y algunos lienzos del inmediato castillo. Incluso, en el corredor arqueológico diseñado por Rafael Moneo para acceder al teatro romano, bajo las ruinas de la catedral de Santa María, se pueden ver paramentos de la muralla que defendía la medina, que habían establecido en las laderas del Monte de la Concepción y habían emplazado la alcazaba en su cima. Por la ladera septentrional de la colina se extendía el arrabal, y por la ladera occidental bajaba hacia el muelle el barrio de Gomera. En el punto donde convergían la medina, el arrabal y el barrio de Gomera, se erigía la mezquita, con similar emplazamiento al de la Iglesia de Santa María la Vieja. El cementerio o maqbara se localizaba extramuros de la ciudad, en el entorno de las actuales calles Jara, Cuatro Santos y Soledad. La ciudad debía de contar con tres puertas: una frente al muelle y una a cada lado del arrabal, desde donde salían los caminos de Murcia y San Ginés.

En el campo aparecían fincas de recreo y algunos huertos, especialmente en el Hondón. Una vez pasado El Almarjal, por entonces inundado, comenzaba una pequeña huerta regada por fuentes que surgían entre el actual barrio de San Antón y la rambla de Benipila, y donde aparecían alquerías árabes. Fuera de los enclaves de regadío se extendía el secano, dedicado al cultivo de cereales, con algunos almendros, olivos y algarrobos, salpicando el Campo de Cartagena de rahales. A principios del siglo XIII Cartagena y su zona de influencia contaban con unos tres o cuatro mil habitantes, la mayoría convertidos a la nueva religión, a excepción de algunos grupos mozárabes con sus lugares de culto, como San Ginés de la Jara.

"En 1257, Alfonso X consigue que le sea restituida la titularidad episcopal de la Sede Cartaginense y la convierte en maestrazgo de la Orden de Santa María de España"

A unos 13 kilómetros, al este, a la vera de la vía rápida que lleva al enclave turístico de La Manga, se levanta desde hace siglos el monasterio de san Ginés de la Jara, en un estado de abandono deplorable, reflejo de la desidia del gobierno que viene rigiendo esta comunidad desde varios lustros. Se yergue a pocos metros del Mar Menor, esa joya en forma de laguna salada, amenazada también por la incuria gubernamental. A los pies del monte Miral, que fue ya lugar sagrado para godos y albergó la tumba de una santona musulmana, erigieron los franciscanos el actual monasterio. Hasta nueve ermitas, todas en ruinas para vergüenza de la gente que ama esta tierra, se construyeron en el mencionado monte y fueron descritas por el licenciado Francisco Cascales en una visita que realizó al conjunto. Un importante movimiento ciudadano, respaldado por la actual corporación municipal, viene exigiendo la recuperación de este enclave privilegiado. Esperemos que sus justas reclamaciones no caigan en saco roto y los muchos visitantes de esta zona puedan volver a disfrutar del monasterio y ermitas anexas en todo su esplendor.

El arráez de Qartayannat no quiso reconocer el Tratado de Alcaraz, firmado por el emir de Mursiya, Ibn Hud, con el que rendía su taifa a la Corona de Castilla en 1243. Por mandato del infante Alfonso, futuro Alfonso X, fue sometida a sitio, otra vez más. Del asedio se encargaron, en una operación anfibia conjunta, el Gran Maestre de la Orden de Santiago don Pelayo Pérez Correa y el almirante Roy García de Santander, al mando de una escuadra cántabra. Cae definitivamente en la primavera de 1245.

En 1257, Alfonso X consigue que le sea restituida la titularidad episcopal de la Sede Cartaginense y la convierte en maestrazgo de la Orden de Santa María de España, Orden de Cartagena o de la Estrella, recién creada, a fin de combatir a los árabes en las afueras, por la propia península o, incluso, en el norte de África. Una serie de derrotas militares de otras órdenes religiosas obligó al monarca a suprimir pronto esta orden.

"En la cima del cerro de la Concepción existe un castillo recuperado para la localidad en los años 80 de la pasada centuria"

Con el contexto de las luchas entre los reinos de Castilla y el de Aragón, a fin de establecer sus fronteras definitivas, en 1298, es tomada por las tropas del rey de la Corona de Aragón, Jaime II, quien aspiraba a ocupar también el trono de Castilla. Entre 1304 y 1305 es parte del Reino de Valencia, pero el monarca aragonés renuncia a ella en el Tratado de Elche en 1305, mediante el cual se repartían el antiguo reino de Murcia entre las coronas de Castilla y Aragón. Desde entonces pertenece al reino de Castilla y se convertirá en uno de sus principales puertos.

Pedro I de Castilla convierte a la urbe en base naval para hostigar a la flota y puertos aragoneses en la guerra contra su tocayo Pedro IV de Aragón, que tiene lugar entre 1356 y 1369, disputándose de nuevo las fronteras del antiguo Reino de Murcia.

En la cima del cerro de la Concepción existe un castillo recuperado para la localidad en los años 80 de la pasada centuria. En él se ha instalado un centro de interpretación a fin de conocer la historia de la ciudad en el medievo. Merece la pena ascender hasta las terrazas de la torre del homenaje y deleitarse con las fabulosas panorámicas que desde ella se alcanzan. Un audiovisual y varios juegos en dispositivos electrónicos ayudan a acercarse a la historia cartagenera de manera amena y muy bien documentada. Un panel recoge un poema de Hazim al-Qartayanni, en el que describe un viaje en barca por las inmediaciones. En otro se refleja un soneto que el mismo Quevedo dedicó al monumento que estamos revisando:

Desabrigan en altos monumentos

cenizas generosas, por crecerte,

y altas rüinas de que te haces fuerte

más te son amenazas que cimientos.

De venganzas del tiempo, de escarmientos,

de olvidos y desprecios de la muerte,

de túmulo funesto, osas hacerte,

árbitro de los mares y los vientos.

Recuerdos y no alcázares fabricas;

otro vendrá después que de sus torres

alce en tus huesos fábricas más ricas.

De ajenas desnudeces te socorres,

Y procesos de mármol multiplicas,

Temo que con tu llanto el suyo borres.

Quevedo se queja de que se haya construido este castillo encima de anteriores ruinas romanas, en concreto sobre unos sepulcros que el poeta pudo admirar en una de sus visitas. Corroboran estas palabras, por ejemplo, que corona el dintel de entrada a la torre del homenaje una placa honoraria romana, la cual debería estar emplazada en el foro. Premonitorio soneto el del vate: en esta misma colina los romanos erigieron un templo dedicado a Esculapio, sobre el que los musulmanes levantaron su alcazaba, reutilizada en parte por los cristianos para erigir su nueva fortaleza, la cual fue convertida en cuartel de una guarnición en los siglos XVII y XVIII y que se salvó de la piqueta por muy poco hasta que sobre todo el conjunto se construyó el actual Centro de Interpretación.

Los criterios con los que se han rehabilitado algunos elementos de la fortaleza pueden ser discutibles, pero de lo que no hay duda es que desde allí se goza de una vista privilegiada para intentar comprender la fisonomía de una ciudad crucial en la historia de España.

Su puerto fue testigo de la expulsión de los judíos en 1492 hacia tierras norteafricanas. De sus muelles zarparon, en 1495, los navíos comandados por el Gran Capitán para la conquista de Nápoles y el resto del sur de la península itálica. Lo mismo acontece bajo el Cardenal Cisneros con la intención de tomar Orán en 1509.

El gran navegante Andrea Doria (1466-1560) elogiaba su seguridad arguyendo que ”no hay navegación más segura que julio, agosto y el puerto de Cartagena”.

"Cervantes la visita varias veces y le dedica unos versos elogiosos en su Viaje al Parnaso, obra narrativa en verso, donde saliendo desde el puerto de Cartagena, emprende la misión de librar una batalla contra los poetas mediocres"

El papel de albergar la escuadra de guerra se lo confirman Carlos I y su hijo, Felipe II: Cartagena se convierte en base de las galeras reales. Se refortifica, entonces, erigiéndose sucesivamente las murallas del Deán (1555), las de Antonelli (1576) y, bajo el reinado ya de Carlos II, las de Possi (1669). En la bocana del puerto se levanta la torre y la batería de la Navidad, cuyas ruinas se conservan junto al actual Fuerte de Navidad.

En febrero de 1537, Carlos I había establecido el cuerpo de Infantería de Marina a partir de los Tercios Viejos, que acompañaban a las galeras como dotación militar. En febrero de 1566 don Lope de Figueroa establece aquí el Tercio de Armada del Mar Océano, la primera fuerza de desembarco de la historia. Desde entonces la ciudad alberga, orgullosa, un destacamento de infantes de marina.

Consecuencia de ser base de las galeras reales es que en ella se deban construir prisiones para galeotes y que muchos de los penados a galeras en España, como a los que libera Don Quijote, fueran conducidos a esta localidad. Provenían, entre otros, de los obispados de Burgos, Calahorra, Osma y del antiguo Reino de Navarra y eran conducidos en grupos de doce desde Soria. Tal era la confluencia de penados que en 1688 se construyó un hospital para ellos.

El edificio que servía de prisión de galeotes, de factura neoclásica, fue reutilizado primero para albergar el Centro de Instrucción de Marinería, en el que millares de reclutas destinados a la marina de guerra recibieron formación en el período en el que el servicio militar era obligatorio. En la actualidad se lo han repartido entre la Armada, que ha situado en él un meritorio museo naval, y la Universidad Politécnica de Cartagena.

Cervantes la visita varias veces y le dedica unos versos elogiosos en su Viaje al Parnaso, obra narrativa en verso, donde saliendo desde el puerto de Cartagena, emprende la misión, después de reclutar a los mejores poetas españoles, de librar una batalla contra los poetas mediocres. Sus versos se recogen en un mosaico de azulejos que existe en la fachada del gobierno militar, frente al ayuntamiento.

Con esto poco a poco llegué al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre,

cerrado a todos vientos y encubierto

y a cuyo claro y singular renombre

se postran cuantos puertos el mar baña,

descubre el sol y ha navegado el hombre.

En este contexto sitúa el cartagenero Arturo Pérez-Reverte el alistamiento de su héroe de ficción, el capitán Alatriste, en el Tercio Viejo de Cartagena, Tercio que no existió, pero que el autor inventó como homenaje a la ciudad que lo vio nacer. Muchos de sus admiradores no pierden la esperanza de que alguna de las aventuras del héroe revertiano que aún faltan por salir a la luz tenga como escenario una ciudad con tanta raigambre histórica como ésta.

Conforme va avanzando el siglo XVII su puerto va perdiendo importancia en beneficio de los atlánticos y de nuevo vuelve a entrar en decadencia.

La llegada de los Borbones supuso una nueva época de esplendor, al trasladarse aquí las atarazanas desde Barcelona y construirse el Arsenal. En la misma época fue creada la provincia marítima de Cartagena.

"Isidoro Máiquez será pintado nada menos que por Goya y José Ribelles, e incluso aparecerá en uno de los Episodios nacionales de Pérez Galdós"

Bajo el mandato de Carlos III se erigen unas nuevas murallas y una serie de imponentes fortificaciones artilladas (castillos de Los Moros, de la Atalaya, san Felipe, Galeras y san Julián), que convierten a la base naval en poco menos que inexpugnable. A la vez se edifican un hospital militar y cuarteles para la marinería y los guardiamarinas. Tanto el Hospital de Marina como el antiguo Cuartel de Antigones, espléndidos ejemplos de arquitectura militar neoclásica, han sido adaptados para albergar espacios de la citada universidad politécnica y pueden ser admirados por el viajero, cosa que, por desgracia, no acontece con las fortificaciones que coronan los diferentes oteros que cercan la ciudad, pendientes de consolidación y restauración. El devolver su disfrute a la población que las vio nacer debería ser objetivo crucial de un político comprometido con su memoria y sus ciudadanos.

Gracias a sus imponentes defensas, la urbe resiste el asedio de las tropas del general Sebastiani durante la Guerra de Independencia contra los franceses. Es la primera población española en constituirse como Junta Soberana y en proclamar rey a Fernando VII (1808).

En estos tiempos de tránsito entre los siglos XVIII y XIX nace en ella Isidoro Máiquez, considerado el mejor actor de su época y reformador del teatro español, tras haber pasado una temporada en Francia formándose con el prestigioso François Joseph Talma. Será pintado nada menos que por Goya y José Ribelles, e incluso aparecerá en uno de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, en La Corte de Carlos IV.

De él Antonio Alcalá Galiano nos dejó el siguiente retrato:

“Su alta estatura, su rostro expresivo, sus ojos llenos de fuego, su voz algo sorda, pero propia para conmover; la suma naturalidad de su tono y en su acción, su vehemencia, su emoción y aun lo intenso a falta de lo fogoso de la pasión en los lances, ya terribles, ya de ternura profunda, constituían un tono digno de ponerse a la par con los primeros de su clase de todas las naciones”.

El dramaturgo Moratín, por su parte, le dedicó versos como estos:

“…inimitable actor, que mereciste

entre los tuyos la primera palma,

y amigo, alumno y émulo de Talma

la admiración del mundo dividiste”.

Pérez Galdós, como dijimos, lo introdujo en varios pasajes de La Corte de Carlos IV, como en el que describe a la compañía de Isidoro en el Teatro del Príncipe de Madrid:

“El del Príncipe estaba ya reconstruido en 1807 por Villanueva, y la compañía de Máiquez trabajaba en él, alternando con la de ópera, dirigida por el célebre Manuel García; mi ama y la de Prado eran las dos damas principales de la compañía de Máiquez. Los galanes secundarios valían poco, porque el gran Isidoro, en quien el orgullo era igual al talento, no consentía que nadie despuntara en la escena, donde tenía el pedestal de su inmensa gloria y no se tomó el trabajo de instruir a los demás en los secretos de su arte, temiendo que pudieran llegar a aventajarle. Así es que alrededor del célebre histrión todo era mediano. La Prado, mujer de Máiquez, y mi ama alternaban en los papeles de primera dama, desempeñando aquélla el de Clitemnestra, en el Orestes, el de Estrella en Sancho Ortiz de las Roelas y otros. La segunda se distinguía en el de doña Blanca, de García del Castañar, y en el de Edelmira (Desdémona), del Otello”.

Rosa Huertas, escritora familiar y emocionalmente muy vinculada a la ciudad portuaria, tiene un pasaje de su novela El Blog de Cyrano centrado en el momento en el que se inauguró el actual monumento dedicado al actor y emplazado en la Plaza de San Francisco. Los protagonistas de la trama, Sofía y Pablo, estudian el primer año de periodismo y deciden investigar acerca de una desaparecida revista teatral, famosa en su momento, el Boletín de actores de España.

"En enero de 1862 Hans Christian Andersen visita la urbe y da cuenta de ello en Un viaje por España, quedando testimonio de su estancia en la Fonda Francesa"

Las pesquisas de los estudiantes los llevan a descubrir que dos de los redactores de ese boletín, Mariana e Isidoro, eran también actores de la compañía de Margarita Xirgu y que fueron testigos de la inauguración de la estatua de Máiquez en 1934. A partir de ahí arranca una subtrama con la que asistimos a ese acto y paseamos con los dos actores por las calles de la Cartagena de los años 30, hospedándonos en el mítico Gran Hotel, uno de los edificios modernistas más bellos de la población, que, por desgracia, ha perdido su uso hotelero.

Sofía pasa las vacaciones de Semana Santa en Cartagena y allí acude a visitarla Pablo. Juntos descubrirán el impresionante legado modernista que atesora la localidad, a la vez que van a disfrutar de una intensa velada sentados en uno de los bancos del puerto. Todo ello narrado con la prosa ágil y concisa que caracteriza a la autora.

La misma ha sido tan amable de facilitarme algunas de las fotografías que ilustran este artículo, tomadas en el momento justo de la citada inauguración y en las que ha querido ver a los actores que asistieron al homenaje al renovador de la escena española.

En enero de 1862 Hans Christian Andersen visita la urbe y da cuenta de ello en Un viaje por España, quedando testimonio de su estancia  en el lugar en el que se hallaba la fonda en la que pernoctó: la Fonda Francesa. El danés describe de esta guisa la ciudad que pudo contemplar:

Por la puerta del mar salimos al puerto, que es muy amplio y tiene una profundidad asombrosa; un islote rocoso lo protege del viento… jamás vi un paisaje tan asolado y agreste como aquel; las rocas más cercanas y las que se veían a lo lejos poseían un color amarillo rojizo como polvo de paja. En la montañas hay minas de plata, y en el valle crece el esparto con tal abundancia que dio al pueblo el nombre de Espartaria.

……Era la última noche en Cartagena, la ciudad de Asdrúbal, en ella soñé que caminaba por las profundidades del mar, entre extrañas plantas de exuberante fronda, como las palmeras de Elche, que se enroscaban en mí. Vi preciosas perlas, mas ninguna tenía tanto brillo como el que yo había visto en los ojos españoles. El mar rodaba por encima de mí con la sonoridad de un órgano. Me sentí prisionero del fondo del mar y añoré la vida de arriba, de la superficie, y la luz del sol.

Hay quien ha querido ver en este pasaje la inspiración para escribir su famoso cuento de La Sirenita. En la zona trasera del edificio de la Fonda Francesa, al pie de las escalinatas que llevan al teatro romano, donde se hallaba el comedor, cuyas viandas alaba sobremanera, un local de ocio, llamado igual que uno de los cuentos más famosos del danés, sigue homenajeando su figura.

A causa de la Revolución de 1868 la reina Isabel II es forzada a exiliarse a Francia. Se convocan Cortes Constituyentes, que designan rey al príncipe, de la casa de Saboya, Amadeo, duque de Aosta e hijo de Víctor Manuel II de Italia. A bordo de la legendaria fragata blindada Numancia, el flamante monarca Amadeo I hace su entrada en España a través del Arsenal el 30 de diciembre de 1870.

Tres años después el rey es obligado a abdicar y se proclama la Primera República el 7 de junio. Un nutrido grupo de políticos, insatisfechos con la lentitud del Parlamento para aprobar la prometida República Federal, declara el Cantón de Murcia y se levanta en armas contra el Gobierno central el 12 de julio de ese mismo 1873.

"La ciudad es asolada de nuevo. Un proyectil impacta en el Parque de Artillería, en el que se cobijaban de las bombas mujeres y niños, causando más de 300 muertos"

Se elige resistir en Cartagena “porque ninguna ciudad poseía no sólo unas defensas naturales representadas por las características de su puerto, bien abrigado y defendido por una serie de fuertes y castillos poderosamente artillados que hacían de Cartagena invulnerable tanto por mar como por tierra, sino que a ellos se agregaba la escuadra”.

Todo comienza en el Castillo de Galeras a las 5 de la mañana. La guarnición allí acantonada, en ausencia de la bandera roja que identificaba a los sublevados, enarbola una bandera turca. Advertidos de ello, un soldado se da un corte en las muñecas y con su sangre tiñe la parte blanca de la insignia hasta dejarla toda roja.

La Junta Revolucionaria se encomienda a Roque Barcia, mientras que al frente del ejército cantonal se pone al belicoso parlamentario Antonete Gálvez, nacido en la murciana pedanía de Torreagüera. Gálvez otorga el mando de la flota de guerra al general Contreras.

Durante seis meses el cantón resiste heroicamente al devastador bombardeo al que lo someten las tropas gubernamentales mandadas por los generales Ceballos, primero, y, posteriormente, López Domínguez. La ciudad es asolada de nuevo. Un proyectil impacta en el Parque de Artillería, en el que se cobijaban de las bombas mujeres y niños, causando más de 300 muertos. En la actualidad el complejo alberga un Museo Histórico Militar. En uno de sus patios un obús encastrado en un muro nos recuerda esta tragedia.

El 12 de enero de 1874 la ciudad cantonal ha de claudicar. Los cabecillas de la sublevación consiguen escapar a la persecución de los navíos centralistas a bordo de la mencionada Numancia, refugiándose en Orán.

Los acontecimientos vividos en estos turbulentos meses son magistralmente narrados por Galdós en sus Episodios La primera república y De Cartago a Sagunto.

Ramón J. Sender lo hará, a su vez, en su Míster Witt en el Cantón, Premio Nacional de narrativa en 1935, con el que el autor aragonés quiere reflejar también el enrarecido ambiente de preguerra civil que le tocó sufrir a él en persona, narrando los acontecimientos que hubo de vivir el ingeniero inglés Míster Witt en los convulsos años de la sublevación cantonal.

Tras el fracaso cantonal, Cartagena necesita volver a resurgir de entre sus escombros. Las cercanas minas de La Unión le van a dar el empujón definitivo para ello, al aplicarse allí las nuevas técnicas de extracción.

"Se ha especulado con que el oficial al mando, llevado por la codicia y pensando obtener unas ganancias ilícitas, quiso aprovechar la ausencia del capitán para acercarse a tierra a recoger pasajeros de manera clandestina"

El 8 de septiembre de 1888 se bota en el arsenal de La Carraca, en la población gaditana de San Fernando, el prototipo del primer submarino de la historia, nacido de la mente del cartagenero Isaac Peral, a la sazón oficial de la Armada. Afortunadamente salvado de la desidia de los tiempos, el viajero puede admirar hoy el submarino y conocer más de su inventor en el hangar habilitado junto al Museo Naval. Además, este mismo año la Biblioteca Nacional de España organiza una interesante exposición para festejar los 130 años de la botadura del sumergible y honrar a su creador.

El 4 de agosto de 1906, la cercana población de Cabo de Palos, la según algunos Caput Paludis (Cabeza o Punta de la Laguna, o sea, el Mar Menor) asiste a una de las mayores tragedias acontecidas en estas costas: el naufragio del trasatlántico Sirio, que conectaba Génova con los principales puertos sudamericanos.

A eso de las 4 de la tarde el navío chocó contra el Bajo de Fuera, en las Islas Hormigas, mientras su muy experimentado capitán, Giuseppe Piccone, descansaba en su camarote. El barco navegaba demasiado cerca de la costa a pesar de que las cartas náuticas y varios faros advertían de que existían peligrosos escollos. Se ha especulado con que el oficial al mando, llevado por la codicia y pensando obtener unas ganancias ilícitas, quiso aprovechar la ausencia del capitán para acercarse a tierra a recoger pasajeros de manera clandestina.

Un estudiante argentino superviviente del naufragio ofreció al diario El Eco un impactante testimonio de lo vivido:

“Iba en mi camarote de primera clase escribiendo una carta, cuando una fuerte sacudida me tiró al suelo y una gritería inmensa me hizo conocer que alguna terrible desgracia había ocurrido. Pronto supe que habíamos chocado contra unas rocas submarinas. Dolorido del golpe que al caer había recibido, subí casi a rastras sobre cubierta, y el cuadro aterrador que se presentó a mi vista perdurará en mi memoria por muchos años que viva. El buque se sumergía de popa rápidamente; los pasajeros corrían como locos, dando gritos de terrible angustia, llorando unos, maldiciendo otros y todos llenos de terror. Esto fue causa de que se cometieran escenas de verdadero salvajismo. Peleábanse entre sí, hombres y mujeres, por los salvavidas; pero a patadas, a puñetazo limpio, con uñas y con dientes. Hasta vi algunos esgrimiendo cuchillos”.

El capitán Piccone y su tripulación abandonaron el barco en un bote en los primeros momentos, pero, por fortuna, algunos bajeles cercanos y muchas embarcaciones pesqueras que salieron del cercano puerto de Cabo de Palos acudieron en socorro del pasaje. Se organizó en tiempo récord la mayor operación civil de salvamento en la costa hasta entonces. En estos dramáticos instantes brilla con luz propia el pailebote Joven Miguel, que, patroneado por Vicente Buigues y a pesar de que su tripulación se oponía, incrustó su popa en el lateral del Sirio y construyó una inestable pasarela mediante la cual pudo evacuar a más de 400 pasajeros, a los que conduciría sanos y salvos hasta el puerto de Cartagena. Los mismos fareros de las Islas Hormigas ayudaron a poner a salvo a un centenar de náufragos. Aun así, perecieron cerca de 300 personas.

En la terraza de ascenso al faro de Cabo de Palos, una bellísima construcción datada en 1862, una placa recuerda a las víctimas y a los héroes que se jugaron la vida para atenderlas.

"Pero el mayor nexo de Unamuno con Cartagena lo propició la estancia en ella de Vicente Medina, cima de las letras murcianas, quien publicó aquí algunas de sus obras maestras"

Vuelve a vivirse en Cartagena una nueva época de esplendor, en la que brilla una burguesía industrial o comercial, que destinará sus ganancias a construir moradas, que acabarán convirtiendo a la urbe en referencia del Arte Modernista. Ejemplos de ello son la erección del Ayuntamiento en 1907, a cargo del arquitecto vallisoletano Tomás Rico. Huella indeleble dejó en la ciudad el tolosano Víctor Beltrí, colaborador de Gaudí en su época de estudiante. Al mismo se deben la construcción de la Casa Cervantes, con la que se ganó la devoción de la rica burguesía local, del palacio de Aguirre, la casa Llagostera, el Gran Hotel y la remodelación del Casino. En La Unión también podemos admirar el antiguo Mercado Municipal, salido de su genio.

Aquellos primeros años del siglo XX fueron de una efervescencia prodigiosa, no sólo en lo económico y urbanístico, sino también en lo cultural. Por mediación del maestro Enrique Martínez Muñoz, don Miguel de Unamuno, faro para la intelectualidad de entonces, es invitado a la ciudad a pronunciar un discurso el 8 de agosto de 1902.

El rector de la Universidad de Salamanca ya había dedicado alguna de sus obras a asuntos o personajes relacionados con la ciudad departamental. En 1893 habló en uno de sus cuentos de la gran desidia con la que los gobernantes de entonces trataron el descubrimiento del insigne Peral, lamentándose del olvido al que condenaron a su submarino.

Pero el mayor nexo de Unamuno con Cartagena lo propició la estancia en ella de Vicente Medina, cima de las letras murcianas, quien publicó aquí algunas de sus obras maestras. Medina trabajó durante 25 años para la Armada y se implicó muy activamente en la vida cultural de su ciudad de acogida, por lo que llegó a ser nombrado Cronista Oficial de la misma. Aquí dio a luz su obra cumbre, Aires murcianos, la cual, según Azorín, bastaría para colocarlo entre los grandes líricos del parnaso hispano.

El Rector y el poeta mantuvieron una amistosa correspondencia durante más de quince años, llegando el primero a avalar con un artículo elogioso a su amigo, cuando aquél hubo de emigrar a Argentina.

Unamuno también fue referencia para los poetas cartageneros Antonio Oliver y su esposa, Carmen Conde, quien llegaría a ser la primera mujer en entrar en la Real Academia de la Lengua. Un bello monumento de bronce, sito en un banco frente a la iglesia del Carmen, su parroquia, recuerda a la insigne poeta y académica. Una Fundación mantiene la llama del matrimonio de poetas y ofrece interesantes rutas literarias por la ciudad, así como una selección de poemas de ambos.

Por estas mismas calendas el Maestro Álvarez Alonso, que se había trasladado a vivir a la población, compone en ella su celebérrimo pasodoble Suspiros de España. Mediante una suscripción popular sus vecinos honraron su memoria con un monolito en la Plaza del Rey.

"La Guerra Civil golpeó sañudamente a la ciudad: fue la única base naval que permaneció leal al gobierno legítimo, por lo que fue bombardeada de manera brutal por la aviación golpista y sus aliados fascistas"

Como bien nacida, la polis milenaria sabe ser agradecida. En la explanada del puerto, a escasos metros del hermoso ayuntamiento, se mandó levantar por colecta popular, en 1923, un monumento para perpetuar la memoria de los héroes que dieron la vida por su patria, muchos de ellos embarcados en los anexos muelles militares, en la guerra hispano-estadounidense de 1898. Sobre todo se conmemoran los caídos en los desastres de Cavite (Filipinas) y Santiago de Cuba. Aún hoy, un determinado día al mes, un destacamento militar acude a rendir honores a estos españoles, olvidados para los más de compatriotas.

A la inauguración acudieron el dictador Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII. Ocho años más tarde el monarca se exilió por este mismo puerto, tras proclamarse la II República.

La Guerra Civil golpeó sañudamente a la ciudad: fue la única base naval que permaneció leal al gobierno legítimo, por lo que fue bombardeada de manera brutal por la aviación golpista y sus aliados fascistas. Hasta un total de 117 bombardeos azotaron a la población, destrozando barriadas enteras, instalaciones civiles y militares, dejando huella en la ruina de la iglesia de Santa María la Vieja o catedral vieja. Visitar el Museo Refugio de la Guerra Civil en la calle Gisbert ayuda a comprender lo que hubo de padecer la ciudadanía en esta aciaga época.

La parte menos cruel de este desastre lo protagonizaron la noche del 25 de julio de 1936 tres concejales de partidos de izquierdas, una escasa partida de guardias de asalto y un grupo de prostitutas, del inmediato barrio del Molinete, encabezado por Caridad Pacheco, Caridad la Negra. El Molinete, donde hoy existe un parque arqueológico, fue el epicentro del barrio chino de antaño.

Las prostitutas, comandadas por Caridad la Negra, y los citados guardias de asalto y concejales, jugándose la piel ante las hordas incendiarias, que ya habían acabado con varias iglesias y monasterios, salvaron de ser profanada e incendiada a la iglesia de la Caridad, en la que se veneraba la imagen de la patrona, una conmovedora talla napolitana barroca. Juntos hicieron frente a la jauría humana sedienta de fuego y sangre. Guardaron tanto la basílica como las obras de arte custodiadas en ella. Y a algunos fieles que allí habían buscado refugio.

El pueblo llano rinde tributo a la gesta de estos héroes comunes, depositando en fechas señaladas un ramillete de rosas negras al pie de la patrona.

El 4 de marzo de 1939 militares y oficiales de la República se sublevan contra el Gobierno de Negrín. Llaman en su ayuda a las tropas franquistas, que se aprestan a socorrer a los amotinados desde Málaga y Castellón con más de 30 buques. El 5 de marzo, los republicanos recuperan el control de la base naval y las baterías de costa, aunque la flota leal ha salido a alta mar y se dirige a Túnez para entregarse a Franco.

Avisados de esta circunstancia, los navíos franquistas se dan la vuelta, a excepción del Castillo de Olite, que tenía la radio estropeada y se presenta en solitario. Es hundido por la artillería republicana el 7 del mismo mes. Mueren 1476 hombres de los 2112 que iban a bordo.

Junto con Alicante, Cartagena fue la última ciudad en someterse a las tropas golpistas el 31 de marzo de 1939.

Durante la Dictadura Franquista se potenció la industria energética (construcción de la refinería de Escombreras) y la de fertilizantes y otras sustancias químicas, lo que acabaría acarreando gravísimos problemas de contaminación. De la misma manera se fomentó la construcción naval, a la vez que en sus instalaciones castrenses se formaban los mozos que hacían su servicio militar obligatorio en Marina.

En el campo intelectual, hay que destacar al poeta José María Álvarez, que le dedica hermosos versos a su ciudad natal. Con La Edad de Oro: Antología de poetas de la antigua Cartagena, se inventa a varios poetas que desde época púnica han vivido o escrito en Cartagena. Un hermosísimo ejercicio de poesía apócrifa.

Con luz propia destaca Arturo Pérez-Reverte, nacido en la ciudad portuaria en 1951. En ella estudia, primero en los Maristas, donde recibe lo que él denomina una educación correcta, y luego en el instituto público Isaac Peral. Será en este último en el que tendrá la suerte de hallar un grupo de jóvenes profesores, casi todos de Letras, que le proporcionarán una recia formación humanística y con los que entabla una interacción perfecta. Recuerda con gratitud el nombre de todos ellos y confiesa haber sido marcado por la lectura y traducción de La Ilíada y del Libro II de La Eneida. La Odisea, por su parte, avivó su amor por el mar y la aventura.

En sus conferencias confiesa que pudo soportar muchas de las dramáticas situaciones que hubo de testimoniar en su etapa de corresponsal de guerra porque a sus espaldas llevaba una mochila de lecturas. Cuando veía a un soldado bosnio decir adiós a su familia antes del combate, estaba viendo a Héctor despidiéndose de su mujer e hijo, mientras que Aquiles lo espera sediento de venganza. Lecturas que pudo completar porque tuvo la fortuna de contar con dos maravillosas bibliotecas, tanto en su familia paterna, formada por los grandes clásicos de todas las literaturas, como en la materna, en la que descollaban los best sellers de la época.

"Cartagena y su entorno marítimo son escenario crucial de La carta esférica, en la que algún lector es libre de ver referencias autobiográficas del cartagenero"

Fue en Cartagena donde halló uno de los grandes amores de su vida: el mar. Su familia guardaba cierta vinculación con el mismo, pero en esta pasión cobró especial protagonismo el Piloto, un fascinante lobo de mar al que conoció con 13 años. El adolescente Arturo se escapaba de los Maristas y acudía al puerto a buscar a su mentor. Con él aprendió a navegar haciéndole de marinero y yéndose, incluso, alguna noche de contrabando. El Piloto, que lo llamaba su Grumetillo, lo introdujo también en el buceo. Con él pudo vivir el ambiente portuario de los años 50 y 60, sin privarse de visitar alguno de los tugurios de peor fama del Molinete, ambiente que retratará en varias de sus obras y por el que manifiesta sentir verdadera devoción.

Cartagena y su entorno marítimo son escenario crucial de La carta esférica, en la que algún lector es libre de ver referencias autobiográficas del cartagenero, ya que el protagonista, Ismael Coy, pasó sus primeros años en ella y empezó a amar el mar bajo el pupilaje precisamente de un tal Pedro el Piloto.

Coy no era en extremo inteligente. Leía mucho; pero sólo del mar. Sin embargo, había pasado su infancia entre abuelas, tías y primas, a orillas de otro mar cerrado y viejo, en una de esas ciudades mediterráneas donde durante miles de años las mujeres enlutadas se reunían al atardecer para hablar en voz baja y observar a los hombres en silencio. Todo eso le había dejado cierto fatalismo atávico, un par de razonamientos y muchas intuiciones.

Su imagen, la viñeta en el álbum de su memoria, era la de un puerto mediterráneo con tres mil años de historia en sus viejas piedras, rodeado de montañas y castillos con troneras que en otro tiempo tuvieron cañones. Nombres como fuerte de Navidad, dique de Curra, faro de San Pedro. Olor a agua quieta, a estachas húmedas, y el lebeche moviendo las banderas de los barcos amarrados y los gallardetes en los palangres de los pesqueros. Hombres inmóviles, jubilados ociosos frente al mar, sentados en los bolardos de hierro viejo. Redes al sol, costados herrumbrosos de mercantes abarloados a los muelles; y ese olor a sal, a brea y a mar viejo, denso, de puertos que han visto ir y venir muchos barcos y muchas vidas. En la memoria de Coy había un niño moviéndose entre todo aquello; un niño moreno y flaco con la mochila llena de libros del colegio a la espalda, que se escapaba de clase para mirar el mar, pasear junto a los barcos de los que veía descender a hombres rubios y tatuados que hablaban lenguas incomprensibles. (…) Ése había sido el sueño, la imagen que marcaría su vida para siempre: la nostalgia precoz, prematura, del mar cuya vía de acceso eran los puertos viejos y sabios, poblados de fantasmas que descansaban entre sus grúas, a la sombra de los tinglados.

A lo largo de la narración son constantes las alusiones a pasajes de La Odisea, con lo que vuelve a quedar patente la marca que en el escritor dejaron sus maestros en el instituto arriba citado. Como botón de muestra, en un pasaje se retrata al Piloto “con las arrugas haciéndole sombras en la cara, y el pelo corto y canoso que la penumbra tornaba ceniciento, parecía un Ulises cansado; indiferente a las sirenas y a las arpías”.

Otro clásico universal al que se le rinde homenaje en la novela es a Moby Dick. El protagonista, Coy, es comparado en su obcecación con el capitán Ahab, amén de llamarse igual que el protagonista de la obra de Melville, Ismael. Varias escenas de la misma aparecen citadas en el transcurso de la acción, así como otros inmortales de la literatura de navegación nacidos de las plumas de Conrad o de Stevenson.

El Piloto aparece descrito por primera vez cerca de la página 200, a partir de los recuerdos de Coy.

Habló brevemente de su juventud, del Cementerio de los Barcos Sin Nombre, del primer cigarrillo y del marino tostado y flaco de pelo prematuramente gris, las inmersiones en busca de ánforas, las salidas de pesca entre dos luces, o el acecho al atardecer a los calamares que iban a dormir a tierra en la Punta de la Podadera. Y el Piloto, su bota de vino, su tabaco negro y su barco balanceándose en la marejada.

Lo que denomina Cementerio de los Barcos Sin Nombre se refiere a una zona cercana al antiguo astillero de la extinta Bazán, actual Navantia, en la Carretera del Espalmador, que desemboca en el Faro de Navidad. Allí, hasta no hace mucho, se dejaban los restos de buques desguazados. Un escenario fascinante para el niño Arturo, en el que solía jugar con su hermano y primos, entre quillas y hélices herrumbrosas.

"La gravísima crisis industrial de los primeros 90, más la desidia política, tanto a nivel autonómico como local, sumieron a la polis en una decadencia terrible, de la que sólo la lucha incesante de su población civil y militar la está sacando"

La carta esférica es un canto de amor no sólo al mar, sino a la Cartagena que Coy/Pérez-Reverte holló en su mocedad. Su casco antiguo, su entorno marítimo, desde la isla de Escombreras hasta el Cabo Cope y la población de Águilas aparecen retratados con una prosa diáfana, pero cuajada de poesía. Es una novela de aventuras en la que sus protagonistas, la enigmática Tánger Soto y el marinero en tierra, Ismael Coy, buscan un tesoro hundido con el Dei Gloria, un navío fletado por los jesuitas, y echado a pique en singular combate por un bajel corsario, acosados por un siniestro cazatesoros y sus no menos temibles secuaces y auxiliados sólo por Pedro el Piloto al timón de su velero Carpanta. Las bahías de Mazarrón y la de Águilas, así como sus fondos marinos y el casco antiguo de Cartagena, sirven de espectacular escenario a las aventuras de los protagonistas.

Reverte se tomó esta obra también como un acto de justicia para su mentor, el Piloto. Consiguió agradecerle públicamente todo lo que del mar le enseñó, su ejemplo vital, convirtiéndolo en uno de sus inolvidables personajes, lo cual generó que su figura fuera conocida por todos los amantes de la buena literatura y que el susodicho fuera entrevistado por decenas de periodistas. Y es que si algo tienen claro los lectores del cartagenero es su afán por realizar justicia y el sagrado valor que le otorga a la amistad.

La gravísima crisis industrial de los primeros 90, más la desidia política, tanto a nivel autonómico como local, sumieron a la polis en una decadencia terrible, de la que sólo la lucha incesante de su población civil y militar la está sacando. Por fin, han obligado a las autoridades a no seguir dando la espalda ni a su milenaria historia, ni a su eterno mar.

En este camino fueron cruciales dos fechas: en 1988 se descubren de forma accidental los restos del teatro romano, bajo un barrio de pescadores bastante degradado, al pie de la catedral vieja. Su excavación y su minuciosa recuperación, encomendada al prestigioso arquitecto Rafael Moneo, ha convertido al monumento en el motor cultural y económico no sólo de Cartagena, sino también de la Comunidad entera.

Dos años después, en 1990, un grupo de cartageneros, enamorados de su historia y de su tierra, idearon un festejo, mediante el que se conmemorara el riquísimo legado que les transmitieron sus ancestros, intentando remediar el olvido institucional. Nacieron, así, las Fiestas de Carthagineses y Romanos. Desde entonces cada septiembre miles de personas reviven los principales acontecimientos, de los que la urbe fue testigo en plena Segunda Guerra Púnica.

La población es muy activa en lo cultural y en lo festivo. Raro es el fin de semana en el que no haya alguna actividad para disfrute de sus visitantes. En el terreno musical, por ejemplo, cobra cada vez más relevancia el festival La Mar de Músicas que llena las tardes-noches de julio de conciertos, exposiciones, proyecciones de cine y encuentros literarios.

Desde 2005 se entregan los Premios Hache de Literatura Juvenil y Mandarache de Jóvenes Lectores, lo cual va mucho más allá de unos simples premios, ya que esconde un ambicioso proyecto de fomento de la lectura, sobre todo pensada para el público juvenil y los clubes de lectura, con encuentros con los mejores escritores del panorama no sólo nacional, sino también internacional.

En septiembre se celebra desde hace 4 ediciones un interesante encuentro dedicado a la literatura negra, policiaca y de misterio, Cartagena Negra, al que han asistido autores de primerísima fila. Un joven equipo, comandado por el infatigable Paco Marín, hace todo lo posible por hacer realidad los sueños de los amantes de este tipo de literatura.

"En el llamado Barrio del Foro, gracias también a la iniciativa privada, se han reiniciado las excavaciones para restituir un espacio que atesora en sus entrañas no sólo restos romanos, sino puede que púnicos, bizantinos y musulmanes"

Del mencionado equipo forma parte Antonio Parra, quien ha usado como escenario para una de sus novelas la ciudad en la que vive e imparte clases, además de estar implicado en cuantas actividades de difusión de la literatura encuentre a su paso. Nos estamos refiriendo a La mano de Midas, la segunda de sus obras protagonizadas por el detective Sergio Gomes. Éste ha de investigar la muerte de un masajista, encontrado ahogado por una barra de pesas en su propio gimnasio. Cartagena se convierte, así, en marco de estas pesquisas y hay que reconocer que la limpia prosa y la cuidada urdimbre del escritor hacen que no desmerezca nada con respecto a otros lugares consagrados por la buena literatura negra.

Lo que ilusiona de Cartagena es que aún hay una ingente cantidad de cosas por hacer para sacar su pasado a la luz y ponerlo en valor en beneficio de todos. Un impresionante anfiteatro, erigido en sus inicios en época republicana, espera la decisión política para ser excavado y rehabilitado, a fin de convertirse en otro motor cultural. En el llamado Barrio del Foro, gracias también a la iniciativa privada, se han reiniciado las excavaciones para restituir un espacio que atesora en sus entrañas no sólo restos romanos, sino puede que púnicos, bizantinos y musulmanes.

"Navegar el puerto en alguna de las embarcaciones turísticas que zarpan desde el mismo. Disfrutar de su Semana Santa, reconocida como de Interés Turístico Internacional. Sentirte latino o púnico en sus Fiestas de Cartagineses y Romanos"

Es emocionante observar el mar desde la cima de la colina en la que Asdrúbal erigiera su palacio, el Arx Hasdrubalis. Subir al adarve de la muralla púnica, que testimonia en roca viva el legendario ataque de las tropas de Escipión. Pasear sobre las calzadas que pisaran los elefantes de Aníbal en su marcha hacia Italia. Vivir los restos de uno de los mejores teatros romanos hallados en Hispania. Deambular por los muelles de donde zarparon los héroes de la conquista de Orán, de Nápoles o los que combatieron en Lepanto, Cavite y Santiago de Cuba. Buscar a Caridad la Negra en los frescos de la iglesia de la Caridad o en algunas fotografías que aún se exhiben en determinadas tabernas del casco antiguo. Asistir al ocaso desde la carretera que conduce a Cala Cortina, acompañado por varias baterías artilleras, que aguardan su pronta rehabilitación para disfrute del viajero. Despedir el día desde la torre vigía de Santa Elena, en la Azohía, un espectáculo digno de dioses, mientras intentas revivir el combate entre el Dei Gloria y el barco corsario que lo echó a pique, teniendo enfrente la maravillosa Bahía de Mazarrón y en el alma el pasaje magistralmente narrado por Pérez-Reverte. Perderse en busca de las baterías de San Julián o Castillitos y pasmarse ante la potencia de sus cañones y ante la privilegiada vista que desde allí se disfruta. Estremecerse en los refugios antiaéreos, empatizando con los que vivieron aquellos brutales bombardeos. Bucear por la reserva de Cabo de Palos e Islas Hormigas, conmoviéndose al descubrir el pecio donde el Sirio duerme el sueño eterno, impresionados por la belleza de la vida marina que lo vela. Tapear en añejos locales que dieron cobijo antaño a los componentes de los legendarios Tercios. Disfrutar de unos exquisitos platos de pescado o de arroz caldero en los restaurantes enclavados en ambos extremos de la bocana del puerto, en el pesquero barrio de Santa Lucía o en torno a las instalaciones portuarias de Cabo de Palos. Saborear su deliciosa gastronomía, concluyendo con la libación de un asiático (una forma local de elaborar el café, con la adición de dos licores y otros ingredientes). Admirar la entrada o salida de todo tipo de embarcaciones desde el Faro de Navidad o desde el de San Pedro. Navegar el puerto en alguna de las embarcaciones turísticas que zarpan desde el mismo. Disfrutar de su Semana Santa, reconocida como de Interés Turístico Internacional. Sentirte latino o púnico en sus Fiestas de Cartagineses y Romanos.

Todo ello y mucho más espera al viajero, que aún conserve el alma abierta y desee vivir en carne propia la historia, convirtiendo a Cartagena en una de sus Ítacas.