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Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder (y III)

Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder (y III)

Las dos anteriores entregas las dedicábamos a conocer los antecedentes familiares de nuestra heroína según lo transmitido por Sófocles, uno de los más grandes trágicos que ha regalado a la Humanidad Grecia, a la que debemos, a Atenas en concreto, la invención y el entablamento del teatro. Se dice que Sófocles, nacido en torno al 496 a.C. en Colono, una aldea de la capital del Ática, y muerto en el 406 a.C., llegó a componer sobre 130 obras, pero los dioses han querido que hasta hoy sólo nos hayan llegado 7 completas. La figura de Antígona aparece tratada en 3 de ellas.

La cronología de estas piezas es contraria al orden temporal de los hechos mitológicos que narra. Así, las vicisitudes que llevaron a Edipo a arrancarse los ojos, tras saber que había matado a su padre y se había casado con su madre, son narradas en Edipo Rey, compuesta entre 10 y 14 años después de Antígona. La continuación de las desgracias con las que ha de cargar Edipo como castigo divino a los crímenes de su progenitor las hemos podido conocer leyendo Edipo en Colono, la última de las obras sofocleas conservadas, compuesta no mucho antes de su muerte, ya con 90 años. El desenlace de la maldición que se ensaña con los descendientes de Layo lo vamos a vivir releyendo Antígona, estrenada en torno al 441 a.C., cuando el autor contaba con unos 55 años.

"En esta tragedia Antígona desempeña un papel secundario, pero suficiente como para saberla el báculo de su procreador en su funesto destino"

El primero de los artículos de esta trilogía dedicada a Antígona lo consagramos a Edipo Rey, en la que nuestro personaje aparece como una niña y es introducida junto con su hermana Ismene, para reconfortar a su padre y que éste se las encomiende a su cuñado y tío Creonte, cuando el monarca ya se ha arrancado los ojos. La niña no tiene texto ninguno y sólo aparece para despertar la compasión de los espectadores ante el destino que la aguarda.

El segundo artículo se lo dedicamos a Edipo en Colono. En ella ya aparece un poco mejor definida nuestra heroína. Su amor filial la ha impelido a acompañar a su padre en su vagabundeo cuando éste es expulsado de Tebas por sus propios hijos varones. En esta tragedia Antígona desempeña un papel secundario, pero suficiente como para saberla el báculo de su procreador en su funesto destino. Es la que lo acompaña en sus miserias, la que mendiga por él su sustento, la que “anda siempre errante, la infeliz, conmigo, sirviendo de guía a un anciano, vagando unas veces por el agreste bosque sin alimento y descalza, y otras padeciendo bajo frecuentes lluvias o bajo los ardientes calores del sol, ¡infortunada! Piensa que son secundarias las ventajas de la estancia en casa si su padre tiene alimento” (Edipo en Colono).

Son, pues, las hembras las que, según su padre, actúan como hombres, pues afrontan con él su sino y lo atienden en todo momento, mientras que los varones actúan como mujeres, ya que han decidido quedarse en casa atendiendo sólo a sus asuntos particulares.

También es Antígona la que intercede ante un coro de ancianos de Colono por su progenitor cuando éstos quieren expulsarlo del sagrado bosquecillo de las Euménides en el que el anciano se ha refugiado, sabedor de que ése será el lugar en el que las parcas habrán de poner fin a sus padecimientos.

Vuelve a tener relevancia nuestro personaje en la tragedia arriba citada cuando intenta convencer a su hermano Polinices de que deponga sus aviesas intenciones de atacar con un ejercito su propia patria. Éste, maldito por su padre, se empecina en sus odios fratricidas y se muestra dispuesto a llevar la guerra a sus lares. Sabedor por la maldición de Edipo de que allí le espera la muerte, sólo le pide a Antígona e Ismene que no permitan su deshonra y que velen por que su cadáver reciba los preceptivos ritos funerarios.

"La tragedia se abre con Antígona, que ha sacado a su hermana Ismene de la cama para mantener una entrevista en secreto frente a la inmensa mole del palacio real de Tebas"

Llegamos de este modo a lo que canta Sófocles en su Antígona, la más antigua de las tragedias de la trilogía edípica conservada. Fue estrenada, a lo que parece, en las Grandes Dionisias del 442 o 441 a.C. y el autor se hizo con la corona al mejor tragediógrafo. La ciudad quedó tan impactada por la fuerza de los versos sofocleos que al año siguiente acabó eligiéndolo estrategos para la guerra contra la isla de Samos, en la que se batió a las órdenes del mismísimo Pericles. No con mucha fortuna: la flota que comandaba fue batida por el enemigo.

La tragedia se abre con Antígona, que ha sacado a su hermana Ismene de la cama para mantener una entrevista en secreto frente a la inmensa mole del palacio real de Tebas.

“¡Oh Ismene, mi propia hermana, de mi misma sangre!, ¿acaso sabes cuál de las desdichas que nos vienen de Edipo va a dejar de cumplir Zeus en nosotras mientras aún estemos vivas? Nada doloroso ni sin desgracia, vergonzoso ni deshonroso existe que yo no haya visto entre tus males y los míos” (la traducción de este pasaje y de todos los que hemos usado en esta trilogía de artículos se la debemos a Assela Alamillo, en la edición de las Tragedias de Sófocles ofrecida por la Biblioteca Gredos).

La mayor informa a la benjamina del último edicto de su tío Creonte, regente actual de la ciudad cadmea tras la muerte del rey Etéocles, hermano de ambas, a manos de su propio hermano Polinices, el cual había armado un ejército para atacar sus muros patrios a fin de vengarse de Etéocles por no haberle cedido la corona cuando tocaba, según lo acordado.

Creonte ha dictado que se entierre siguiendo la costumbre a Etéocles, “a fin de que resultara honrado por los muertos de allí abajo. En cuanto al cadáver de Polinices, muerto miserablemente, dicen que, en un edicto a los ciudadanos, ha hecho publicar que nadie le dé sepultura ni le llore, y que le dejen sin lamentos, sin enterramiento, como grato tesoro para las aves rapaces que avizoran por la satisfacción de cebarse”.

Antes de seguir adelante hay que conocer que, según la mentalidad griega en épocas clásica y anteriores, enterrar a los muertos es un deber sacrosanto. Dejar a alguien insepulto es condenarlo a vagar eternamente en el mundo umbrío que media entre la vida y la muerte, por lo que perseguirán con saña a sus parientes al no haber cumplido con ellos los rituales funerarios pertinentes. Sólo a los ladrones de templos y a los delincuentes ejecutados se les dejaba insepultos, para perpetuar su condena también en el mundo de ultratumba.

Ejemplos de la importancia de rendir los honores fúnebres a parientes y amigos nos los proporciona ya el propio Homero en el canto undécimo de su Odisea. Odiseo ha de descender al Hades a sugerencias de la hechicera Circe para entrevistarse con el adivino Tiresias, a fin de que le indique cómo regresar a Ítaca. Nada más entrar al reino de los muertos, Ulises se encuentra con el espíritu de su compañero Elpénor, que ha muerto en la isla de la hechicera sin que los demás se dieran cuenta, y pide a su amigo y señor que vuelva donde Circe y dé conveniente sepultura a su cadáver. Así lo hará el héroe antes de proseguir su viaje.

"El castigo que Creonte quiere imponer, por tanto, al cadáver de Polinices choca de lleno con las tradiciones más sagradas que se han ido transmitiendo secularmente en el seno de las familias"

Situación que vemos repetida casi 8 siglos después de Homero, cuando el romano Virgilio homenajea con su Eneida al aedo haciendo descender al Averno a su héroe Eneas. Antes, en la entrevista del troyano con la Sibila de Cumas, ésta le dice que ha muerto un amigo suyo sin que él se hubiese apercibido y que deberían enterrarlo según los cánones divinos antes de proseguir sus aventuras. Este amigo era Miseno y el lugar donde fue sepultado recibió su nombre: el cabo Miseno.

El castigo que Creonte quiere imponer, por tanto, al cadáver de Polinices choca de lleno con las tradiciones más sagradas que se han ido transmitiendo secularmente en el seno de las familias. Antígona y su hermana se enfrentan al penoso dilema de obedecer las leyes de la polis, dictadas por el nuevo rey, o de ser fieles a las leyes de la familia y al derecho de los muertos a ser sepultados. Para más inri, el tirano ha dictado pena de muerte por lapidación pública para quien desobedezca sus mandatos.

Ante esta tesitura Antígona quiere saber de Ismene si ella la ayudaría a cumplir los rituales funerarios con su hermano proscrito. La menor se aterroriza ante los propósitos de su hermana e intenta disuadirla para que obedezca las órdenes de la polis, anteponiéndolas al derecho de familia, a lo que dictan los dioses.

“Y ahora piensa con cuánto mayor infortunio pereceremos nosotras dos, solas como hemos quedado, si, forzando la ley, transgredimos el decreto o el poder del tirano. Es preciso que consideremos, primero, que somos mujeres, no hechas para luchar contra los hombres, y, después, que nos mandan los que tienen más poder, de suerte que tenemos que obedecer en esto y en cosas aún más dolorosas que ésas. Yo, por mi parte, pidiendo a los de abajo que tengan indulgencia, obedeceré porque me siento coaccionada a ello. Pues el obrar por encima de nuestras posibilidades no tiene ningún sentido”.

Antígona se convence de que ha de ser ella sola la que sepulte a su hermano y se muestra dispuesta a afrontar las terribles consecuencias si fuera descubierta.

“Sé tú como te parezca. Yo lo enterraré. Hermoso será morir haciéndolo. Yaceré con él al que amo y me ama, tras cometer un piadoso crimen, ya que es mayor el tiempo que debo agradar a los de abajo que a los de aquí. Allí reposaré para siempre. Tú, si te parece bien, desdeña los honores a los dioses”.

Ismene intenta alegar que ella no deshonra a los dioses, sino que le es imposible actuar en contra de las leyes de la ciudad, el gran conflicto latente en esta tragedia. Ambas hermanas desaparecen cada una por su lado. Antígona en busca de su destino e Ismene regresa a la seguridad del palacio.

Hace su entrada el coro entonando un canto en el que se narra el enfrentamiento entre Etéocles y Polinices y la muerte de ambos, que, “tras colocar en posición sus lanzas —ambas poderosas—, obtuvieron los dos su lote de muerte común”.

Al coro se le une Creonte, que ha sustituido como tiranos al caído Etéocles. Su parlamento es una completa declaración de intenciones sobre cómo ve él que ha de ser gobernar.

“Pero es imposible conocer el alma, los sentimientos y las intenciones de un hombre hasta que se muestre experimentado en cargos y en leyes. Y el que al gobernar una ciudad entera no obra de acuerdo con las mejores decisiones, sino que mantiene la boca cerrada por el miedo, ése me parece… que es el peor. Y al que tiene en mayor estima a un amigo que a su propia patria no lo considero digno de nada”.

"La acción es interrumpida por la aparición de uno de los guardias que velaban por que al cadáver de Polinices no se le acercara nadie para tributarle los honores"

Con estos mimbres ha tomado la decisión sobre los dos hijos de Edipo muertos en fratricida enfrentamiento: a Etéocles, que defendía los muros patrios, se le tributarán los ritos sagrados prescritos por los dioses para acompañar a los héroes al Hades; mas a Polinices, reo de haber armado un ejército contra los suyos, “ha sido ordenado por un heraldo a esta ciudad que ninguno le tribute los honores postreros con un enterramiento, ni le llore. Que se le deje sin sepultura y que su cuerpo sea pasto de las aves de rapiña y de los perros, y ultraje para la vista”. Y todo esto con pena de muerte para el que desobedezca este mandato, no lo olvidemos.

La acción es interrumpida por la aparición de uno de los guardias que velaban por que al cadáver de Polinices no se le acercara nadie para tributarle los honores. El desdichado guardián confiesa que ha acudido forzado por su mala suerte a comunicar una pésima nueva, que podría acarrearle a él y a sus compañeros la muerte: alguien ha cubierto de polvo el cadáver insepulto para honrarlo como se merece. Ninguno de los allí presentes habría osado hacerlo, temerosos de la ira del tirano, pero tampoco han podido descubrir quién lo ha hecho, a lo que el corifeo replica que tal vez haya sido obra de los dioses. Lo cual desata la ira de Creonte, que niega cualquier intervención divina y achaca la acción a una conspiración de descontentos con su mandato, que han comprado a alguien para que la ejecute por ellos.

Vienen a continuación unos famosos versos en boca de Creonte donde se abomina de los efectos perniciosos del dinero:

“Ninguna institución ha surgido peor para los hombres que el dinero. Él saquea las ciudades y hace salir a los hombres de sus hogares. Él instruye y trastoca los pensamientos nobles de los hombres para convertirlos en vergonzosas acciones. Él enseñó a los hombres a cometer felonías y a conocer la impiedad de toda acción. Pero cuantos por una recompensa llevaron cabo cosas tales concluyeron, tarde o temprano, pagando un castigo”.

¡Cuántas verdades atemporales en estos versos cantados ya en el siglo V a.C.! ¡Cuántas enseñanzas nos sigue transmitiendo Grecia cual madre amorosa! ¡Cuánta miseria en el alma de los que quieren borrar todo rastro de Grecia, de Roma y de las Humanidades de nuestra cultura y de nuestro sistema educativo! Han decidido sacrificarlas todas para que nadie cuestione que su verdadero becerro de oro es, precisamente, el dinero y que éste está por encima del resto de seres humanos, que no pertenezcan a sus almibaradas y vacuas élites.

Creonte sospecha, pues, que alguien ha comprado a los guardianes para desobedecer sus órdenes y los amenaza con una muerte entre torturas si no le traen al verdadero culpable.

El guardián se retira mientras que el coro entona otro afamado canto glosando las características del hombre:

“Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre. (…) Se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento, así como las civilizadas maneras de comportarse, y también, fecundo en recursos, aprendió a esquivar bajo el cielo los dardos de los desapacibles hielos y los de las lluvias inclementes. Nada de lo por venir le encuentra falto de recursos. Sólo del Hades no tendrá escapatoria”.

"Tiene lugar el primer gran agón o enfrentamiento del drama: Creonte contra Antígona"

Para pasmo general vuelve a aparecer el guardián arrastrando tras de sí a Antígona: él mismo la ha sorprendido enterrando al cadáver que Creonte había prohibido enterrar. Confesó que fue ella también la que lo hizo la primera vez.

Tiene lugar el primer gran agón o enfrentamiento del drama: Creonte contra Antígona. El tirano le pregunta a su sobrina si era consciente de las consecuencias que iba a arrostrar al desobedecer su edicto. La joven responde que sí y se atreve a replicarle:

“No fue Zeus el que los ha mandado publicar, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Éstas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de los dioses por miedo a la intención de hombre alguno. Sabía que iba a morir… Y si muero antes de tiempo, yo lo llamo ganancia… Así, a mí no me supone pesar alcanzar este destino. Por el contrario, si hubiera consentido que el cadáver del que ha nacido de mi madre estuviera insepulto, entonces sí sentiría pesar. Ahora, en cambio, no me aflijo”.

El corifeo alaba su bravura y determinación, pero Creonte asevera que de nada le valdrán. Aun siendo hija de su propia hermana, a él no le temblará el pulso a la hora de ratificar su sentencia de muerte. Culpa también a Ismene por haber sido cómplice del acto y pide que sea traída a su presencia.

Entre tanto se establece un bello diálogo entre el tirano y la acusada, en el que aquél le quiere echar en cara que ha ofendido a su otro hermano al dar sepultura al impío, a lo que Antígona replica: “Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor”.

Cuando es hecha venir Ismene, Creonte la acusa de complicidad en el crimen, a lo que la recién venida responde afirmativamente, ya que se muestra deseosa de afrontar el castigo impuesto a su hermana. Antígona la disuade y le dice que ella ya está muerta, por lo que su hermana ha de seguir con vida, como eligió al no secundar sus planes primigenios.

Ismene intenta ablandar a Creonte recordándole que su hijo Hemón está prometido con Antígona y que, castigándola a ella, lo castiga también a él. Pero el tirano se muestra inflexible, inhumano:

ISMENE: ¿Y vas a dar muerte a la prometida de tu propio hijo?

CREONTE: También los campos de otras se pueden arar.

ISMENE: No con la armonía que reinaba entre ellos dos.

CREONTE: Odio a las mujeres perversas para mis hijos.

ANTÍGONA: ¡Oh queridísimo Hemón! ¡Cómo te deshonra tu padre!

CREONTE: Demasiadas molestias me producís tú y tu matrimonio.

CORIFEO: ¿Vas a privar, en verdad, a tu hijo de ésta?

CREONTE: Hades será quien haga cesar estas bodas por mí.”

Como vemos, el tirano se está encastillando en sus designios, inmune a las consecuencias que éstos puedan ocasionar en los que lo rodean, rozando el pecado de cometer hýbris o desmesura en la soberbia, algo que los dioses castigan con contundencia.

Las dos jóvenes son conducidas, presas, al interior del palacio a la espera de que se cumplan sus destinos. En el siguiente estásimo el coro entona un lamento sobre las desgracias que ha debido afrontar la casa de los Labdácidas, a la que pertenecen Edipo y su progenie, canto que es interrumpido por la aparición de Hemón, hijo de Creonte, que empieza confesando ante las preguntas de su padre:

“Padre, tuyo soy y tú me guías rectamente con excelentes consejos que yo seguiré. Ningunas bodas son para mí más importantes de obtener que tu recta dirección”.

"Hemón le replica que como padre y gobernante él tiene razón, pero no puede pasar por alto que tal vez él, su hijo, también tenga razón en algunas cosas"

A lo que Creonte responde en un largo parlamento donde justifica por qué ha condenado a muerte a la prometida de su vástago con sentencias como las que siguen:

“Por tanto, hijo, tú nunca eches a perder tu sensatez por causa del placer motivado por una mujer, sabiendo que una mala esposa en la casa como compañera se convierte en eso, en un frío abrazo”.

“Al que la ciudad designa se le debe obedecer en lo pequeño, en lo justo y en lo contrario… No existe un mal mayor que la anarquía. Ella destruye las ciudades, deja a los hogares desolados. Ella es la que rompe las líneas y provoca la fuga de la lanza aliada. La obediencia, en cambio, salva gran número de vidas entre los que triunfan.

Y, así, hay que ayudar a los que dan las órdenes y en modo alguno dejarse vencer por una mujer. Mejor sería, si fuera necesario, caer ante un hombre, y no seríamos considerados inferiores a una mujer”.

Hemón le replica que como padre y gobernante él tiene razón, pero no puede pasar por alto que tal vez él, su hijo, también tenga razón en algunas cosas. Confiesa que le han llegado habladurías en las que la ciudad justifica las acciones de Antígona por dar prioridad a las leyes divinas ante las humanas y que lamentan sordamente su condena, por lo que le suplica que haga ceder su cólera y medite su condena, poniéndole como ejemplo a los árboles que ceden en las torrenteras cuando hay tormentas: éstos conservan sus ramas, mientras que los que ofrecen resistencia son arrancados de cuajo.

Ante estas palabras Creonte estalla en furia y le recrimina a su hijo que interceda por una criminal confesa. Llega a pedir que traigan a Antígona para que sea ejecutada en presencia de su hijo, a lo que éste responde “va a morir, ciertamente, y en su muerte arrastrará a alguien”, y se marcha prendido de cólera.

Creonte no se deja conmover y mantiene, inflexible, la condena a Antígona, aunque reconoce que Ismene es inocente, por lo que no será ejecutada.

Tras la gran tensión vivida en escena, el coro ejecuta un bellísimo canto, cuajado de lirismo, en honor de Eros, el dios del amor y de la atracción sexual.

“Eros, invencible en la batalla, Eros que sobre las fieras te precipitas, que pernoctas en las tiernas mejillas de las doncellas. Vas y vienes por las olas del mar y habitas en las agrestes moradas. Nadie de ti, ni entre los inmortales ni entre los hombres, criaturas efímeras, puede escapar. Quien te posee, enloquecido queda”.

Un grupo de esclavos aparece conduciendo a Antígona hacia el lugar donde va a ser sepultada en vida. Es entonces cuando la heroína, en un conmovedor gesto de humanidad, se derrumba:

“Vedme, ¡oh ciudadanos de la tierra patria!, recorrer el postrer camino y dirigir la última mirada a la claridad del sol. Nunca habrá otra vez. Pues Hades, el que a todos acoge, me lleva viva a la orilla del Aqueronte sin participar del himeneo y sin que ningún himno me haya sido cantado delante de la cámara nupcial, sino que con Aqueronte celebraré mis nupcias”.

"En ningún momento Antígona reniega de lo que ha hecho, pero sí llora los infortunios que han perseguido a su familia hasta casi exterminarla a causa de los pecados de sus ancestros"

Se lamenta por no poder casarse en vida como todas las doncellas, sino que la obligan a contraer esponsales con Aqueronte, el río del dolor, uno de los cursos fluviales del inframundo. El corifeo le replica que ha sido ella la que se lo ha buscado al desobedecer los mandatos del tirano.

En ningún momento Antígona reniega de lo que ha hecho, pero sí llora los infortunios que han perseguido a su familia hasta casi exterminarla a causa de los pecados de sus ancestros, a lo que el coro responde: “Ser piadoso es una cierta forma de respeto, pero de ninguna manera se puede transgredir la autoridad de quien regenta el poder. Y, en tu caso, una pasión impulsiva te ha perdido”.

Irrumpe Creonte echándole en cara al coro que la haya dejado lamentarse por su propia muerte y apremia a que sea conducida al túmulo donde ha de ser enterrada viva. Antígona redobla su canto fúnebre en su propio honor, aunque se muestra convencida de que será bien querida por todos sus difuntos por no haber permitido que Polinices quedara insepulto y acaba con esta reflexión, en la que parece cuestionarse si su actuación ha sido la correcta:

“Porque con mi piedad he adquirido fama de impía. Pues bien, si esto es lo que está bien entre los dioses, después de sufrir, reconoceré que estoy equivocada. Pero si son éstos los que están errados, ¡que no padezcan sufrimientos peores que los que ellos me infligen injustamente a mí!”.

En ningún momento se arrepiente de lo hecho. En ningún momento se derrumba y suplica por su vida ante el tirano. Al contrario, lo maldice si al final los dioses dictaminan que ha sido ella la que ha obrado correctamente.

El coro introduce un paréntesis recordando a tres personajes de la mitología que han afrontado un destino semejante al de la propia Antígona: Dánae, Licurgo y Cleopatra (no confundir con la reina egipcia homónima).

El canto del coro es seguido por la irrupción del adivino ciego Tiresias, al que ya vimos en Edipo Rey y a quien, varias generaciones después, encontraremos en el Hades, a donde Odiseo irá a consultarlo sobre la mejor manera de llegar a Ítaca. Tiresias revela a Creonte los funestos augurios que ha detectado, símbolos de que los dioses abominan del edicto del tirano. Le pide que rectifique.

"Creonte se empecina en su obcecación y se niega a rectificar, acusando al adivino de haber participado en una conspiración contra su regencia"

“Recapacita, pues, hijo, ya que el equivocarse es común para todos los hombres, pero, después que ha sucedido, no es hombre irreflexivo ni desdichado aquel que, caído en el mal, pone remedio y no se muestra inflexible. La obstinación, ciertamente, incurre en insensatez”.

Creonte se empecina en su obcecación y se niega a rectificar, acusando al adivino de haber participado en una conspiración contra su regencia. Tiresias le desvela cuál será su futuro por haber pecado de hýbris, algo muy odioso a los dioses y que éstos castigan, inmisericordes:

“Y tú, por tu parte, entérate también de que no se llevarán ya a término muchos rápidos giros solares antes de que tú mismo seas quien haya ofrecido, en compensación por los muertos, a uno nacido de tus entrañas a cambio de haber lanzado a los infiernos a uno de los vivos, habiendo albergado indecorosamente a un alma viva en la tumba, y de retener aquí, privado de los honores, insepulto y sacrílego, a un muerto que pertenece a los dioses infernales. Estos actos ni a ti te conciernen ni a los dioses de arriba, a los que estás forzando con ello. Por ello, las destructoras y vengadoras Erinias del Hades y de los dioses te acecharán para prenderte en estos mismos infortunios. Considera si hablo sobornado. Pues se harán manifiestos, sin que pase mucho tiempo, lamentos de hombres y mujeres en tu casa”.

Aterrado ante estas predicciones, el tirano intenta rectificar y ordena que lo acompañen sus sirvientes para enterrar a Polinices y liberar a Antígona.

El coro interrumpe la acción con un canto a Dionisos, el Baco romano, nacido precisamente de la unión de Zeus con una joven también cadmea o tebana, Sémele. Canto al que sigue la aparición de un mensajero, personaje crucial en el mundo de la tragedia antigua.

"La reina Eurídice, esposa de Creonte, ha asistido a las palabras del mensajero y desaparece de escena de forma brusca, dejando preocupados al coro y al heraldo, que entra a palacio para interesarse por ella"

Según lo prescrito por Aristóteles en su Poética, en la tragedia no se debe producir ninguna muerte ni acto truculento en escena. Ha de ser un mensajero o heraldo quien relate al espectador esos actos ominosos. Cobra, así, una crucial importancia el papel de mensajero y suele estar desempeñado por el mismo actor protagonista, tras cambiarse de máscara. Así, en este caso en concreto, lo más probable es que el actor que encarnara a Antígona diera ahora vida al mensajero.

Éste descubre que Hemón, el hijo de Creonte, se ha dado muerte a sí mismo en la cámara mortuoria de Antígona al descubrir que la doncella se había suicidado ahorcándose como último acto de rebeldía. Hemón se clavó una espada en el costado ante la atónita mirada de su padre y tras haber intentado matarlo después de haberle escupido en la cara, ciego de odio.

La reina Eurídice, esposa de Creonte, ha asistido a las palabras del mensajero y desaparece de escena de forma brusca, dejando preocupados al coro y al heraldo, que entra a palacio para interesarse por ella.

"Cada vez más necesarias las antígonas y los dioses que castiguen la hýbris de esos nuevos tiranos"

Retorna Creonte abrumado por la desgracia. Se culpa por haber porfiado en sus yerros, con amargos lamentos. Lamentos que va a redoblar cuando salga de nuevo a escena el mensajero y comunique que Eurídice se ha suicidado maldiciéndolo y culpándolo de la muerte de su hijo.

Creonte es ayudado a salir de escena mientras invoca la muerte. Las palabras del corifeo ponen un espectacular colofón a esta obra maestra:

“La cordura es con mucho el primer paso de la felicidad. No hay que cometer impiedades en las relaciones con los dioses. Las palabras arrogantes de los que se jactan en exceso, tras devolverles en pago grandes golpes, les enseñan en la vejez la cordura”.

En un interesante artículo de Santiago Alba Rico en el que se glosa la situación de los muertos insepultos al intentar atravesar el Mediterráneo comparándolos con Polinices y con Palinuro, personaje de la Eneida, se nos desvela que el crítico estadounidense George Steiner consideró, en su imprescindible Antígonas. La travesía de un mito universal por la historia de Occidente que la obra de Sófocles mantenía toda su lozanía en el mundo actual. En ella estarían todos los conflictos que definen la condición humana: entre hombre y mujer, entre jóvenes y viejos, entre individuo y sociedad, entre vivos y muertos, entre humanos y dioses. Pocas son las obras maestras de la literatura que acojan en sí estos cinco conflictos todos juntos, de ahí la inmortalidad de la Antígona de Sófocles.

En esta sociedad deshumanizada donde a los creontes del neoliberalismo salvaje, en aras de elevar altares a su dios dinero, no les tiembla la mano a la hora de saquear a una nación y dejar a sus ciudadanos en la miseria, endeudados eternamente, sin apenas derechos ni condiciones dignas de vida (véase lo que al infausta Troika ha hecho, por ejemplo, con Grecia) son cada vez más necesarias las antígonas y los dioses que castiguen la hýbris de esos nuevos tiranos.