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Monstruo, un cuento de Miguel Prieto

‘The Violent Battle of the Game’, Gaspare Traversi.

Septiembre es el mes de la vuelta al curso escolar. Por suerte, no todos vivimos en el mundo del relato que este mes les traemos en la sección de la Escuela de Imaginadores.

Aunque «Monstruo» es mucho más que una historia de niños y aulas, nos habla de muchas más cosas y está cargado de giros sutiles y matices. Es inquietante, es violento, es incómodo, sí, como todo lo que escribe su autor, pero también nos invita a repensar las cosas desde esa incomodidad y desde el extrañamiento.

Miguel Prieto es autor del poemario Mi casa en silencio y acaba de publicar un relato en la antología de terror Donde la noche crece; su imaginación es rica y diversa, se mueve con soltura por los géneros, su tema es la violencia y su mente es oscura.

***

Monstruo

—Julia —le dijo Marcos—, papá se ha ido.

Su boca estaba torcida en una mueca de disgusto.

—Es un cobarde —añadió.

La niña bajó la mirada.

—¿Y nosotros?

—Ha dejado algo de dinero. Dice en la nota que mandará más.

Julia empezó a llorar.

Su hermano se acercó y le pasó un pañuelo por la mejilla. Después le acarició el pelo.

—Eres una niña preciosa —le dijo sonriendo.

Ella se mantuvo en silencio unos instantes. Después añadió:

—En el barrio me odian.

—No —contestó Marcos—. No te odian.

Julia dio un paso más hasta su hermano y le cogió la mano.

—Es así. Da igual. Vamos a dormir.

La habitación tenía la pintura gastada en varios sitios. En la pared de encima de la cama había una fotografía enmarcada con dos cachorros jugando. A su izquierda estaba la librería, con una muñeca y tres o cuatro cuentos infantiles. En la cama descansaba un perro de peluche blanco.

—Vaya cara de asco pusiste cuando te regalé mis G.I. Joe. —Sonrió con franqueza mirando a su hermana—. Ahora es un cuarto perfecto para una niña.

—¿Crees que es culpa mía?

—¿El qué?

—Que papá se haya ido.

—No. Te lo he dicho cientos de veces. Tú no tienes un problema. Los demás sí. —Hizo una pausa y se acercó al armario—. Seguro que por aquí hay un pijama limpio.

Le lanzó uno a la niña. Ella sonrió y comenzó a ponérselo.

Notó que su hermano la miraba y se detuvo.

—Perdona —dijo este—. Me olvido a veces.

—Puedes mirar —le dijo ella—. Pero no así…

—¿Así cómo?

—Como si fuera algo raro…

Una vez en la cama su hermano se acercó y le dio un beso en la frente. Julia le miró unos instantes. Vio el hilo que cosía su ceja rota y notó que la nariz estaba menos inflamada.

—Gracias —le dijo.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros. Intentó pronunciar algunas palabras, pero se le ahogaron en la garganta. Su hermano la miraba, y ella intuía la mezcla de cariño y compasión.

—Buenas noches —dijo finalmente.

—Descansa.

Marcos se dio la vuelta, salió de la habitación y apagó la luz.

—¡Espera! Se nos olvida la pastilla —le dijo Julia.

—No —le contestó—, no va a haber más pastillas. No te hacen falta.

—Pero papá dijo…

—No más pastillas. No estás loca.

***

El sol entraba a través de la ventana. La luz le daba a Julia en el brazo, en el hombro y en el cuello. Notaba el aire denso y caliente del aula y se sentía aletargada. No quería terminar el mapa de los ríos, y se distraía haciendo una trenza con trozos de lana que tenía escondidos en el estuche. Miró a su izquierda, donde el polvo flotaba inerte en el aire. Con el dedo siguió el curso del Ebro hasta el Mediterráneo. Se imaginó en la playa, y pensó en cómo sería el agua salada. Estaría bien ser una sirena, mitad mujer, mitad pez y nadar siguiendo las estelas de los barcos.

Su ensoñación se vio interrumpida porque le habían dejado un papel encima de su mesa. Los compañeros de la fila de delante se reían tapándose la boca y la señalaban. Senda, una chica con el pelo corto y los ojos grandes y avellanados la miraba sin expresión.

Julia abrió el papel. Vio una niña perfectamente dibujada, con los ojos grandes y azules y una trenza a cada lado. Le habían puesto una sonrisa hacia abajo y de sus ojos caían lágrimas oscuras. Siguió mirando el dibujo: llevaba un jersey rosa como el suyo, con el collar hecho con trozos de lana y la flor de goma en el medio. También habían pintado su falda morada y sus medias blancas. Al principio no entendió la broma. Los niños de delante se seguían riendo y le decían, mira, mira, ¡tiene sorpresa! Ella se fijó mejor y vio que por debajo de la falda salía un pene. Arrugó el dibujo y lo guardó en el estuche. Sintió una punzada de dolor, pero no quiso que se le notase. Recordó lo que le había dicho su hermano: si les ignoras, acabarán por dejarte en paz.

Levantó la cabeza y pidió permiso para ir al baño.

Al salir de clase notó que dos o tres bolas de papel le daban en la espalda.

Caminó por el pasillo pensando de nuevo en su cuerpo de sirena, en nadar entre bancos de peces, en jugar con la espuma de las olas y en su perro con cola de pez.

—¡Eh! —escuchó.

Delante de ella estaba un chico de los mayores. Era corpulento para su edad, y llevaba el pelo engominado formando pequeñas puntas.

—Ese no es tu baño.

Le miró sorprendida.

—Claro que sí —contestó.

—No, no lo es. —Dio un paso hacia ella—. Tú vas al de los niños.

—Déjame en paz, Cercas.

Este se acercó aún más.

—Que te metas en el de los niños —le repitió.

Miró a un lado y a otro para comprobar que estaban solos.

—Al de los chicos —susurró de nuevo con los dientes apretados.

Julia se resistió. Cercas la cogió de un brazo y trató de retorcérselo.

—¡Suelta! ¡Me haces daño!

—¿Dónde tienes que mear? —le gritó.

Julia permanecía en silencio retorciéndose.

—¿Dónde? Dímelo o te rompo el brazo.

—En el de los chicos —dijo con un hilo de voz.

Él se le acercó al oído.

—Si te veo entrar en el otro, te llevo al patio y te cuelgo de los huevos, ¿me has entendido?

Julia pensó en su hermano. Se lo iba a contar y ajustarían cuentas. Él le obligaría a pedirle perdón.

Lo miró fijamente, llena de rabia. Sentía las uñas clavándose en las palmas.

—¿Qué? —le dijo el chico— ¿Algo que añadir?

Recordó la ceja rota. La nariz sangrando y la cabeza llena de bultos. A su padre poniéndole hielo y tratando de cerrar la hemorragia. No está rota, le dijo a su hijo. Tranquilo. Ella intentaba ayudar, pero su padre la apartaba. Ya has hecho bastante, le había soltado como una pedrada. ¡Papá!, le recriminó su hermano. ¿Qué?, mira cómo estás. Marcos se había vuelto hacia ella, dándole un trapo helado, aprieta aquí, en el costado, que también me duele. Después añadió: no te pelees por el fútbol, no vale la pena. Y le guiñó un ojo.

—No —contestó Julia.

—Pues a mear que yo te vea.

Entró con la cabeza baja, tratando de que no se le cayeran las lágrimas. Pasó a un retrete, pero el chico la sostuvo de los hombros.

—No, no. Ahí no. Los tíos meamos de pie.

Ella se volvió hacia él. Sus ojos se habían agrandado.

—De pie —le repitió.

—No llego.

Buscó con la mirada por el baño y de mala gana le pasó un alzador de plástico.

—Ahora sí que llegas.

—Pero… —protestó Julia— llevo un vestido. No puedo…

—Problema tuyo —contestó Cercas—. Vamos, no tengo todo el día.

Comenzó a bajarse las medias blancas. El chico la miraba fijamente, con impaciencia.

—Lo tienes todavía, ¿verdad? ¿O te lo han cortado ya?

Julia sacudió la cabeza. Siguió bajándose las medias con cuidado. Trató de quitárselas a través de las zapatillas, pero no salían. Se sentó en el suelo para desatarse los cordones.

—¡Vamos, coño!

Ella se sentía como si le estuviesen arrancando las escamas.

Pensó en su padre, cuando estaban de compras en un centro comercial. Ella había desaparecido, se había cambiado de sección mientras él miraba camisas. Escoge lo que más te guste, le había dicho. Así que ella había vuelto con un jersey rosa de pelo largo. Era precioso, suave y caliente. Su padre la había mirado en silencio. Después se había vuelto para ver si había gente alrededor. Se lo quitó de la mano bruscamente, lo dejó encima de unas perchas y se la llevó. Una vez en el parking, sin explicarle nada, le dio varios azotes. No vuelvas a avergonzarme, le dijo al final, mientras ella se sorbía los mocos. No vuelvas a hacerlo, repitió.

Julia empezó a llorar y a temblar.

Cercas le gritaba, pero ella estaba paralizada.

La agarró de un brazo, y volvió a retorcérselo. Ella seguía llorando, sintiendo el calor subir y pensó que iba a desmayarse. Sonó el timbre de final de clases, seguido del ruido de puertas que se abren, de chicos que cogen las mochilas y salen al pasillo.

—Qué suerte tienes —le dijo Cercas.

Cuando volvió al aula, la mayoría de sus compañeros habían recogido. Metió los cuadernos en la mochila y salió al patio.

—Julia —la llamó una chica con el pelo negro—. ¡Vente! Van a ir a ajustar cuentas con Masticador.

—¿Qué?

—Sí, van todos los de clase. Hay que coger piedras.

—Pero Samira…

—Venga, ¡vamos!

***

Se reunieron en el descampado de al lado del colegio. Algunos habían buscado viejas barras estriadas de acero, de las que se utilizan para afianzar los pilares. Practicaban con las ortigas, golpeándolas hasta hacerlas añicos.

Había un pequeño grupo alrededor de Senda, que les estaba enseñando un mosquetón.

—Me lo ha dado mi hermano, se mete dentro del puño —dijo sonriendo.

Julia había cogido una barra, pero no sabía bien qué hacer con ella. La sostenía por en medio, como un objeto extraño al que no acababa de encontrarle su función.

—Toma, mejor esto —le dijo Samira, pasándole una piedra blanca y redonda.

A su lado, un chico de pecas sacó medio filete.

—Mira lo que he cogido de casa —su rostro dibujó una mueca siniestra—. Lo vamos a condimentar.

En la mano tenía algunas chinchetas y las empezó a meter dentro.

—Si todo lo demás falla, con esto nos desharemos de él.

***

El sol estaba inclinado y las aceras llenas de hojas de colores. El ejército de niños bajaba en silencio. Siguieron la calle que discurría paralela a las vallas de la autopista hasta que llegaron al túnel que cruzaba por debajo. Tendría unos tres metros de ancho, estaba lleno de barro, olía mal y del techo caían goterones de agua.

—Vamos —dijo uno de los niños—, vamos a echarle huevos.

—¿Y las ratas? —preguntó otro.

—Olvídate de las ratas —contestó—. Tenemos una tarea que hacer.

—Si sale alguna —añadió un chico rubio con el pelo cortado a tazón—, la matamos a pedradas.

Fueron pasando de uno en uno pisando en las piedras.

Al salir del túnel se miraron contentos de haberlo hecho.

—No está mal, Dani —le dijo a Julia uno de los niños.

—Julia —contestó ella.

—Rarito —dijo el chico rubio.

—Mons-tru-o —le susurró Senda al oído.

Continuaron por el camino de tierra que se abría al otro lado de la autopista.

—Masticador se le tiró a mi hermano —empezó a explicar un niño con el pelo rizado—. Íbamos con las bicis y saltó la verja. Salió disparado detrás de nosotros. A mi hermano le tiró al suelo, y yo no conseguía quitárselo de encima. Menos mal que llegó el dueño.

—Mierda de perro —intervino Cercas—. Deberíamos acabar con todos los monstruos.

—A un hombre le arrancó tres dedos —intervino otro niño—. Se apoyó en la verja, y el perro aprovechó.

—Ese perro es el demonio —dijo Senda.

Caminaron un rato más, hasta la vieja nave de almacenamiento. El polvo del camino formaba remolinos que se dispersaban con el viento de la tarde. De fondo, aún se escuchaba el ruido sordo de la autopista.

Los chicos se agruparon para mirar a través de la valla metálica. El terreno parecía más bien un desguace. Había un coche abandonado al que le faltaba una puerta. Tenía los cristales rotos, y todo tipo de basura dentro. Un poco más adelante, se formaba un charco multicolor al lado de unos bidones azules. Cerca de la casa estaban apilados varios neumáticos usados, y por el resto de la finca abundaban andamios, herramientas oxidadas y botellas rotas. Detrás de toda la basura dormía un perro negro y marrón rodeado de sus excrementos. Estaba atado con una cadena cerca de su caseta de ladrillos y madera.

—Ese es —dijo Pepe.

Julia miró al perro. Tenía las orejas cortadas en punta y una fea cicatriz le cruzaba el morro.

—Es horrible —le susurró a Samira.

—A su dueño también le da miedo —le contestó esta al oído—. Piensa que el diablo vive dentro de él.

Los chicos permanecían indecisos al otro lado de la valla. Se miraban incómodos, dudando sobre lo que tenían que hacer a continuación.

—Si el viejo nos pilla entrando se va a enfadar.

—Muchísimo.

—Está igual de loco que su perro.

—Sois unos cobardes —intervino Cercas—. Voy a entrar.

Empezó a trepar con cuidado, metiendo los pies y las manos, que se le iban enrojeciendo, en los agujeros. Cruzó una pierna por encima y después la otra. Se dejó descolgar un poco, mientras la valla cedía ligeramente, y de un salto llegó al suelo.

—Cobardes —les repitió.

—Yo también voy —dijo Julia, y se encaramó a la valla.

Sin embargo, a ella le costó bastante más esfuerzo y estuvo a punto de caerse al cruzar por arriba. Senda le sonrió con aprobación cuando saltó al otro lado.

Los demás cruzaron también, con más o menos habilidad.

Caminaron agachados hasta esconderse detrás del coche abandonado.

—Mi padre dice que ese es el único perro del mundo que odia a su dueño —dijo uno de ellos.

Masticador seguía dormido.

—Nos toca decidir. Lo echaremos a suertes.

Sacaron dedos, y el niño que lo había propuesto empezó a contar.

El elegido quedó a la derecha de Julia.

Miró a un lado y a otro, como si estuviera buscando una alternativa. Temblaba y se mordía un labio. Cercas le miraba impasible. Hizo un gesto de impaciencia, y el chico suspiró y salió agachado.

Sacó una piedra del bolsillo y la lanzó, pero el proyectil cayó lejos.

—Tírale otra, vamos, ¡no seas marica! —le dijo Senda.

El chico dudó de nuevo, mirando a los lados. Sacó otra piedra del bolsillo. Caminó de puntillas unos cinco o seis metros más, mientras el pecho del animal subía y bajaba.

Levantó el brazo en alto y la lanzó con fuerza. Esta vez le golpeó en el costado y se despertó sobresaltado. Soltó un gemido, una especie de lloro sordo. Sus ojos se iluminaron al ver al agresor. Fue como si de pronto entendiera la situación, y se lanzó a por él. Julia vio cómo el chico trataba de escapar mientras el animal le perseguía. El perro casi lo tenía cuando un sonido metálico rasgó el aire y un tirón seco del cuello le dejó tirado en el suelo.

Como si hubiera sido la señal convenida, los demás salieron gritando y aullando, lanzándole piedras.

El primer proyectil le alcanzó en el lomo, haciendo que el animal se tropezase en su huida.

Después le cayeron más, mientras trataba de levantarse.

De fondo se escuchó el ruido de un todoterreno.

Los niños, por un momento, parecieron desconcertados, pero Cercas los animó.

—Aún nos da tiempo.

Sacaron las varas de acero, mientras el perro se arrastraba a su caseta.

Lo rodearon.

Masticador los miraba indefenso, con el lomo erizado y la boca llena de espuma.

—Quizás deberíamos dejarle —intervino Pepe.

—Cállate —le interrumpió Cercas.

Le dio una patada al perro.

—Saco de mierda —dijo.

Le golpeó el lomo con la barra, y el animal soltó un gemido lastimero.

¬—¡No me das ninguna pena, monstruo!

Entre los niños se hizo el silencio.

Cercas lo volvió a golpear, esta vez en la pata herida.

Julia no podía apartar sus ojos de él.

—¡Dejadle en paz! —gritó de repente.

—Dejadle en paz —la imitó Cercas. Después, trató de golpear de nuevo al animal.

—No —exclamó Julia, poniéndose delante.

Cercas levantó la vara en el aire, como si fuera a golpearla.

Ella se echó a un lado.

—Bien —sonrió—. ¿Sabéis?, me gusta mucho la historia de Ulises y el Cíclope. Sobre todo, la parte de dejar ciego al monstruo.

El perro respiraba pesadamente.

Senda y el chico rubio comenzaron a animarle.

De fondo se escuchó el chirrido de la puerta metálica.

Cercas lanzó una estocada con la vara: un gruñido lastimero rasgó el techo del cielo.

Los niños huyeron mientras la sangre brotaba del ojo herido.

Julia se quedó ensimismada mirando al animal.

Sus heridas abiertas.

La cicatriz del morro.

La pata rota, estirada formando un extraño ángulo.

La cuenca vaciándose lentamente.

Sintió que algo se rompía dentro de ella y empezó a llorar.

—¡Vámonos! —Samira le tiraba de la mano.

Notó que la arrastraba. Corría siguiendo a su amiga sin poder apartar los ojos del perro herido.

***

Horas más tarde, se había hecho una bola en el sofá. Con las manos se agarraba las rodillas. Lloraba desconsoladamente mirando a la pared, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. Su hermano estaba a su lado, esperando a que consiguiera hablar. La rodeaba con un brazo y, de cuando en cuando, le daba un beso en la cabeza.

Finalmente, entre sollozos, le dijo: el perro.

***

Era de noche cuando cruzaron de nuevo por debajo de la autopista y caminaron hasta la finca. El todoterreno seguía allí, y dentro de la casa había una luz encendida.

Su hermano llamó a la puerta mientras Julia trepaba por la valla.

El perro seguía tumbado en el mismo sitio. Julia caminó hasta él, sintiendo su respiración pausada. Cuando Masticador la escuchó acercarse, comenzó a gruñir. Hizo el ademán de levantarse, pero le fallaron las fuerzas y volvió a caerse al suelo.

—No voy a hacerte daño.

Acercó su mano hasta él, pero el perro le gruñó y tiró un mordisco al aire.

Retrocedió asustada.

Se quedó detrás del coche abandonado, escuchando al perro gemir.

Volvió sobre sus pasos, pensando en qué podría hacer. Se acordó entonces del trozo de carne y fue a cogerlo. Le quitó las tres o cuatro chinchetas que tenía clavadas. Lo giró en sus manos hasta que comprobó que no quedaba ninguna. Entonces volvió a acercarse al perro.

De fondo escuchaba al hombre insultando a su hermano.

La mayoría del tiempo gritaba.

Julia se acercó un poco más al animal. Ya no gruñía, ni tenía el lomo erizado.

Se sentó a unos metros de él, esperando.

Masticador devoraba el trozo de carne, mientras de fondo, el hombre parecía más calmado. Su hermano estaba negociando un precio.

Le puso la mano en la cabeza y le acarició dulcemente. El animal la miró, y se dejó hacer.

—Te llamaré Max. —Max-ticador, pensó. Y sonrió.

De madrugada, Julia estaba echada en las sillas de espera del veterinario. Su hermano le había puesto su jersey por encima. Ella trataba de permanecer despierta, pero cerca de las cinco de la mañana, y mientras le hacían las últimas curas al perro, se quedó dormida.

***

Julia y Samira caminan por uno de los senderos que cruzan por debajo de la autopista.

Julia silba, y de entre los trigales, surge un perro negro y marrón enorme, que corre hacia ella cojeando y moviendo la cola. Le acaricia la cabeza, el animal se sienta y la observa.

—Ale —dice Julia, y le tira un palo entre los trigales para que lo busque.

El perro desaparece y vuelve al rato jadeando. Julia le da una palmadita en la cabeza, y murmura, bien hecho, Max.

Se vuelve hacia Samira, que todavía no se atreve a acercarse.

—Ya no hace nada.

La tarde se desparrama lentamente por el sendero, el atardecer de miel al fondo de la ciudad baña las piedras, la tierra y las faldas de las niñas.

Por el fondo, levemente al principio, y más fuerte después, se escucha las bromas de unos chicos. Caminan detrás de ellas, sin prisa, hablando cada vez más alto. Las están insultando: a Julia la llaman monstruo.

Silba a Max.

Samira se queda callada y les observa de reojo.

—No puede ser.

—¿El qué?

—Es Cercas.

A Julia le recorre un escalofrío por la espalda.

Los oyen de nuevo:

—Pero mira a quién tenemos aquí… si es el monstruo y su amiga la mora —dice Cercas.

Ellas continúan caminando.

—Eh, mora, ¿tú eres niña-niña o también engendro? —les pregunta de lejos.

Los dos chicos que le acompañan se ríen. Uno de ellos es muy delgado, camina ligeramente encorvado y tiene los ojos saltones. El otro es rubio, las observa atento con los labios apretados formando una extraña mueca.

Max se pega aún más a Julia. Ella le toca la cabeza y le sonríe.

—Todo está bien —le dice.

Aprietan el paso, pero los chicos siguen detrás.

Escuchan un escupitajo, pero no quieren darse la vuelta.

—Eh —le dice el rubio—, creo que llevas algo colgando del vestido.

Samira se vuelve y se les encara:

—¡Dejadnos en paz!

—¿O qué? —le contesta Cercas.

En ese momento le levanta la falda. Samira se la baja, mientras sus mejillas se encienden.

—¿Qué os parece si vemos lo que tienen? —dice Cercas.

—Quizás nos llevemos una sorpresa —añade el niño de los ojos saltones.

—Yo tengo bastante curiosidad… a lo mejor son monstruos los dos.

Samira y Julia echan a correr.

Los chicos dudan; Max está frente a ellos, ladrando amenazante. Uno de ellos trata de darle una patada, pero falla. El perro retrocede y gruñe, con el lomo erizado. Los chicos se quedan observándolo.

De fondo Julia le llama. El perro guarda los colmillos, ladra una vez más y se aleja.

Julia se agacha para acariciarle. Max le da un lengüetazo en la cara y ella se ríe. Le dice buen chico, buen chico, pero apenas termina la frase le escucha gemir.

Los ve tirándoles piedras, corriendo hacia ella.

Las niñas intentan escapar.

—¡Más rápido! ¡Más rápido! —le dice a Samira que se está quedando atrás.

El flaco la alcanza, y la tira al suelo.

Después le pisa un brazo:

—Quieta, mora de mierda.

Julia se para para ayudarla, pero Cercas va a por ella.

Max se interpone, enseñándole los dientes.

El rubio se acerca y le pasa una barra de acero.

De fondo se oyen los quejidos de Samira.

—Le voy a sacar el otro ojo —le dice Cercas sonriendo.

Levanta la vara y la descarga con un golpe seco, pero Julia se pone en medio.

Cruza los brazos sobre su cabeza y siente el golpe, el dolor como un relámpago que marea y aturde.

Después, oye a Cercas gritar y ve que está en el suelo pataleando. Max se le ha tirado.

El flaco y el rubio acuden en su ayuda.

—¡Vámonos! —grita Samira.

Las niñas se alejan a la carrera; Julia siente el aire que le quema en el pecho, y sus pasos torpes sobre las piedras y la arena.

—Espera —dice—. ¡Max!

Se queda quieta, atenta, esperando cualquier sonido. Nada.

Le llama de nuevo.

Entonces le oye gemir.

Débilmente al principio, después con más fuerza.

El viento se ha detenido completamente, mientras los últimos rayos de sol se mueren tras el camino de tierra.

Le llama de nuevo:

—¡Max! ¡Max! ¡Tenemos que irnos! ¡MAX!

Su perro está tirado en el suelo. Un atardecer magenta brota de su cuerpo.

Pone las manos al lado de su boca y grita con todas sus fuerzas:

—Max, ¡levántate!, ¡vámonos!

Ve a los tres chicos sobre él, como cuervos.

Le golpean con las varas que suben y bajan desde un cielo sin luz.

Siente la mano de Samira tirando de ella.

Los chicos cuervo sobre su perro.

Los gemidos en el aire.

La mano que coge la suya.

Mira hacia atrás por última vez,

y después,

lo abandona

y huye.

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