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Si yo no fuera yo, un cuento de Leticia Castro

Con motivo del Día Mundial de las Redes Sociales, Zenda y la Escuela de Imaginadores publican una selección de relatos inéditos que reflexionan sobre el uso y el impacto de las nuevas tecnologías.

«Si yo no fuera yo», de Leticia Castro, nos habla de cómo las relaciones de pareja están sufriendo una transformación, de cómo nuestra forma de relacionarnos quizá nunca vuelva a ser la de antes. Con un sutil sentido del humor, tan propio esta escritora, este relato no deja de ser escalofriante.

Leticia Castro publicará en breve la novela Lamer las heridas (HarperCollins).

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Si yo no fuera yo

Le arranco el móvil de la mano y lo tiro al río. No cae en el medio de la corriente como me hubiera gustado, sino cerca de la orilla.

Mi marido corre. Se mete en el agua. Insulta. Se agacha. Vuelve a insultar. Se gira. Viene hacia mí: sus zapatillas de piel empapadas, los bajos de sus pantalones chinos ya no son caqui sino marrón oscuro, de una esquina del móvil cae un chorrito de agua, parece una mini cascada.

—¡Estás loca! —me grita.

—Lo que estoy es harta —le digo en un tono de voz sereno.

—¿Cómo se te ocurre tirar mi móvil al río?

Le quita la funda y cae más agua. Se me escapa una risa. Me fulmina con la mirada. Frota el móvil por su ropa dejándola con varias manchas, por el aspecto podrían ser de grasa. Mi marido tiene el cabello alborotado, la hebilla del cinturón descentrada, dos aureolas de sudor perturban el azul Egeo de su camisa Ralph Lauren. Lo miro y no lo reconozco; Borja suele estar siempre perfectamente vestido y planchado.

Toca un botón que está en el lateral del aparato. Aprieta. Insiste.

—No hace nada —dice.

—Alguna vez escuché que hay que esperar a que se sequen para volver a encenderlos. Deberías meterlo en arroz: absorbe la humedad —digo.

El odio en sus ojos es extremo.

—Además de ahogarlo, se ha estrellado contra una piedra. Mira la pantalla. ¡Mira! —me grita y la acerca a mi cara. Veo un punto de tamaño importante del que salen un montón de rayitas desde las que salen más puntos y rayitas.

—En un futuro me lo vas a agradecer.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Y si me escriben por curro? ¿Y las llamadas que tengo pendien…?

—Son vacaciones, Borja. Deberías haber puesto una respuesta automática en tu correo electrónico y pasar por completo de las llamadas. No hay nada que no pueda esperar a tu regreso.

—Eso no es verdad.

Me muerdo los labios para no soltarle lo que sé. No me conviene hacerlo ahora. No, no, tengo que controlarme.

—Estás enganchado al móvil. ¡Llevas meses ya! —le grito—. ¿Cuántas veces te tengo que…?

—¡No me lo puedo creer! Me has destrozado el móvil, y encima, estás tú echándome la bronca a mí. ¡Que te den!

Debería pedirle disculpas. Debería decirle que regrese. Debería.

Veo su espalda durante varios minutos. Cuando Borja es un lunar entre los árboles me quito la falda. Y la camiseta. Dudo si desprenderme del sujetador. Lo dejo en la rama de un arbusto. ¿Y la braga? En otra rama. Un cartel en francés, blanco y rojo, dice: Baignade interdite. Me pregunto por qué estará prohibido bañarse. ¿Será un río peligroso? Me acerco al agua. Meto un pie, y el otro. Tiene la temperatura perfecta. Me zambullo de cabeza.

Escucho en mi mente la frase que me tortura desde hace días y empiezo a nadar. Y acelero. Mis brazos cortando el agua como cuchillos recién afilados. Nado crol más rápido. Hasta que me agoto.

Él cree que no me entero de nada. Se lo merece. ¿O quizá me pasé? No, se lo merece.

Siento el río palpando mis pechos, el roce de su corriente entre mis piernas. Estoy empezando a relajarme. Floto boca arriba. Veo una nube con forma de trébol, otra es un elefante. Pocas cosas me gustan más que bañarme desnuda. Jamás entenderé por qué a Borja le horrorizan estos pequeños placeres míos. No estará aquí como me gustaría, pero por lo menos no podrá meterse en su móvil, eso seguro. Se lo merece. Claro que sí. Cuando regrese no le voy a pedir disculpas.

Mademoiselle! —escucho. Un hombre hace gestos bruscos en la orilla. Me grita que está prohibido el baño. Simulo no entender sus palabras. Sigue gritándome. Nado hacia él, pero cuando estoy por ponerme de pie me doy cuenta de que yo no llevo nada encima y de que él tiene mi braga en su mano.

Le grito que se vaya, que me deje en paz. El hombre está furioso. Me dice que es una zona familiar. Mueve los brazos. Revolea la braga. Desaparece.

Salgo del agua y me tumbo al sol. Una nube que es un cisne. Me gustaría fotografiarla, el parecido es increíble: las alas, el pico, el cuello alargado y curvo. No tengo con qué llevarme el recuerdo.

Nunca me gustaron los móviles. Mientras todos mis amigos compraban los primeros aparatos como si fueran castañas asadas, yo me negaba. No hay que buscar más un teléfono público que funcione, te puedes llamar estando en cualquier sitio, decían mis amigos. Y luego sirvieron también para enviarnos mensajes de texto. Y los móviles tuvieron Internet. Puedes mirar el mapa. Buscar los mejores sitios para comer en la zona. Ver vídeos en el metro. Yo seguía sin necesitarlos, no quería caer, no quería embobarme como el resto. En el metro me alcanza y me sobra con mi libro, repetía incansable. Puedo ver vídeos en mi televisión. No es lo mismo, me gritaban. ¿Dónde te aviso que llego tarde? ¡No puedes vivir tan atrasada!

Entonces conocí a Borja. No necesité ninguna de las aplicaciones que usaban mis amigas para llevarlo a mi cama.

A los dos meses de estar juntos me dio un estuche, nos encontrábamos en un lujoso restaurante de Madrid. A él siempre le encantaron ese tipo de sitios en los cuales los platos tienen nombres raros y el chef viene a tu mesa a preguntarte si sus rarezas te gustaron.

Imaginé que dentro del estuche habría una joya. El corazón se me aceleró y empecé a buscar una excusa que quedara bonita. Jamás me gustaron las alhajas, de ningún tipo. Todas las que me regalaron mis familiares cuando hice la comunión, al acabar la carrera y en distintos cumpleaños las vendí. Pero no era una joya lo que contenía el estuche.

—Acepta el móvil, por favor —me pidió acariciándome una mano—. Así podré darte un beso virtual antes de dormir, también cuando nos despertemos —dijo, y el camarero puso dos platos enormes con dos postres minúsculos frente a nosotros.

Borja viajaba mucho por trabajo. Pasaba más días fuera del país que dentro. ¿Cómo no iba a aceptar? Si no lo hacía había altas posibilidades de que la relación no funcionara. Y yo quería que funcionase, quería que él me pidiese que viviéramos juntos, quería casarme, quería darle dos hijos, tres, cuatro. Jamás me había enamorado de un hombre como de Borja.

Y ya no fueron las llamadas, los mensajes, ni mirar el mapa. Fueron las redes sociales.

—Estoy conectado con mis amigos en todas partes del mundo —me dijo una tarde Borja—. Deberías instalarte…

—No, no, ni loca. No me interesa ver a nadie a través de una pantalla. Si no están cerca, no están.

—¡Pero por favor! ¡Qué obtusa eres, Elena!

Llevábamos cinco años de casados. No conseguíamos quedarnos embarazados. Mientras íbamos de un tratamiento a otro él cada vez más dentro de la pantalla.

Es curioso cómo llegan las verdades a veces. Una tarde se me apareció un presentimiento en forma de sugerencia. Y decidí hacerle caso.

En línea recta a mis ojos una nube con forma de mariposa. Otra alargada que es una serpiente. Y el viento sopla y la serpiente se convierte en una correa de perro. ¡Ojalá tuviera uno! El que tuve en mi infancia fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. A Borja le dan alergia.

—¡No puede estar así! —escucho y me incorporo con rapidez—. ¡Vístase!

Las órdenes se me han dado en francés. Miro a la mujer con mi mejor cara de desconcierto. Ella me devuelve un grito. No tengo ganas de discutir. Me levanto, cojo mi braga, mi sujetador, mi falda y poco a poco vuelvo a ser la que todos quieren que sea.

Bordeando una carretera angosta, a paso lento, en media hora estoy en la puerta del palacio. En realidad es un château, creo que no es lo mismo uno que otro. Abro el pesado portón azul y me introduzco en el jardín. Es enorme. Hay arbustos de todo tipo, la mayoría tienen flores. Hay senderos de gravilla. Árboles centenarios. Bancos de madera. Fuentes. Estatuas. Comederos para pájaros colgando de las ramas. El sitio se llama Château Prestige y es lo más chic que Borja encontró en La Provenza. Podríamos ser catorce las personas alojadas. La piscina le serviría para entrenar a un nadador profesional. Al igual que el gimnasio.

—¡Este lugar quiero! Han mantenido su belleza arquitectónica, pero por dentro es moderno y lujoso —me dijo Borja un mes atrás.

—¿Para qué queremos un sitio tan grande? —pregunté.

—Podemos invitar a nuestros amigos —propuso mientras metía los números de su tarjeta de crédito.

Me quedé callada. Sabía que ninguno de nuestros amigos vendría a visitarnos. La gente con hijos no se junta con los que no los tenemos, no podemos proporcionarles lo que ellos más necesitan: compañeritos de juego, o sea, entretenimiento para sus retoños.

He perdido la cuenta de los excelentes negocios que Borja consigue concretar cada vez que viaja. Imagino que tenemos mucho dinero a estas alturas. El château cuesta dos mil quinientos euros al día. Y yo no quise el servicio de limpieza, ni el cocinero, ni el chófer. ¿En qué nos estamos convirtiendo?, le grité a Borja cuando me lo propuso.

En mi nariz el aroma de un jazmín. Al atravesar el portón azul me quité las zapatillas. Siento el césped francés en las plantas de mis pies. Me hace cosquillas a cada paso. Veo a Borja sentado en el porche acristalado. Le hago un gesto de saludo con la mano. Él no me lo devuelve. Tiene las gafas de sol puestas, quizá no me vio. Lleva una camisa verde Oasis, también Ralph Lauren. Se cambió los pantalones y las zapatillas, por supuesto.

Miro el reloj: las siete. Estuve casi cuatro horas en el río. Me hubiera encantado quedarme a dormir allí. Cuando estaba soltera, la mayoría de los fines de semana de verano tomaba un tren a la sierra y pasaba la noche mirando las estrellas, escuchando el silencio, oliendo la montaña.

—Hola —le digo. Él no me responde.

Sobre la mesa veo algo blancuzco. Continúo acercándome. ¿Puede que sea? No, no es. Me acerco un poco más. ¡Sí, es!

—¿De dónde lo sacaste? —grito.

—Fui al pueblo grande y lo compré.

—¿Fuiste hasta Arlés?

—Son solo quince minutos en coche.

—Más bien cuarenta, diría yo.

—Por cierto, me debes mil trescientos euros. Tuve que comprar otro, me han dicho que mi móvil no tiene arreglo.

—¿Cuánto te debo? —le pregunto riéndome.

—No estoy de coña. Tú lo has roto, tú lo pagas.

—¿Y no te podías comprar uno de doscientos euros?

—No tengo por qué justificarme. Me gusta esta marca, me da igual que sea la más cara. Si no estabas dispuesta a pagarlo, no deberías haberlo lanzado al río.

—Yo no te voy a dar esa pasta, tus pijadas te las pagas tú —le grito.

—Por supuesto, ¡pero yo no las rompo! Y me lo vas a pagar, te lo aseguro.

—¡Es más de lo que gano en un mes!

—Ya sabes lo que tienes que hacer entonces: empieza a ahorrar. —Agarra su móvil nuevo, se levanta y se dirige al interior del château.

¿Cómo puede ser que hayamos llegado a esto? ¿Quién es este hombre?

La primera vez que vi a Borja sentí algo muy fuerte en mi cuerpo, una especie de electricidad. Yo estaba detrás del mostrador; él entró riéndose. A mí la gente que se ríe me cae bien de inmediato, no lo puedo evitar.

Vi que se detenía en la sección libros ilustrados. Era la de niños y no la de cómics de adultos como me habría gustado. No tuve dudas de que estaría buscando un libro para alguno de sus hijos.

Yo continuaba detrás del mostrador cuando lo vi hacer un gesto con la mano, como una reina saludando desde su carroza. Enseguida entendí que me estaba llamando. Salí del mostrador y me acerqué.

—Busco un libro para una niña que cumple tres años, ¿me recomiendas alguno?

—¿Te puede interesar que tenga música?

—Me puede, sí. —Y me sonrió.

Miré sus manos y no encontré ninguna alianza; quizá la había perdido, o se la había olvidado en el baño de su casa.

Le enseñé mi libro favorito para esa edad: uno que tiene muchos animales y botones que al presionarlos emiten diferentes melodías de Beethoven.

—También los hay con ruidos de naturaleza, de otros compositores, o de…

—Este es perfecto —me interrumpió.

Borja se fue de la librería con el libro de Beethoven envuelto en un bonito papel verde metalizado y mi número de teléfono fijo guardado en su móvil.

—El libro es para mi sobrina —me aclaró antes de irse.

Por suerte, aunque Borja insistió hasta el hartazgo, jamás consiguió que yo cerrara la librería.

Dice que no tiene sentido que continúe trabajando, gano una miseria. A mí esa miseria que gano vendiendo libros me hace sentir útil.

Abandono el porche. Recorro las distintas estancias del château. Encuentro a Borja sentado en un sofá de diseño, es de un color que se ensucia de mirarlo, está frente a una enorme chimenea apagada. Me acerco por detrás. Lo observo.

—¡Y vuelta a comenzar este ménage à trois con un móvil! ¿No podemos tener una relación de dos, como todo el mundo? ¿Quién es Chloe? —le grito.

Me arrepiento en el instante. Me arrepiento. Me arrepiento. Es tarde, ya lo he dicho. ¡Qué estúpida!

—¿De qué hablas? —me pregunta sin levantar el tono de voz, por primera vez en el día me mira a los ojos. Le noto el miedo. Es un pésimo actor.

—Tú sabes bien de qué hablo.

Empecé jugando. Empecé por aquel presentimiento que un día apareció y no se cansó de repetirme: ¿y si Borja? ¿Y si Borja? ¿Y si?

Me abrí una cuenta en una de esas redes sociales en las que puedes subir fotos y un breve texto acompañándolas. Era la red favorita de Borja, gracias a ella decía estar conectado con todos esos amigos suyos desperdigados por el mundo.

«Chloe Ritz», escribí en mi perfil. En algún sitio leí que en la antigua Grecia era un honor llamarse Chloe, significa fertilidad. «Amante del buen gusto», fue la descripción que puse en mi biografía. Como foto elegí una bailarina de Edgar Degas.

Lo primero que hice una vez abierta mi cuenta fue empezar a seguir a Borja. Imaginé que al ser una completa desconocida él rechazaría mi solicitud, pero tenía que intentarlo. Para mi sorpresa me aceptó.

Sus publicaciones no eran lo que esperaba: nunca subía fotos de nosotros dos juntos como me había hecho creer.

Un día lo descubrí con un atuendo que jamás le había visto. Imaginé que se habría sacado la foto en alguna tienda, mientras se lo probaba y luego decidió no comprarlo. De nuestro vestidor no formaba parte.

Otro día lo vi en un coche que no era el suyo, pero parecía serlo porque él estaba al volante: era de un amarillo chillón, una de sus puertas estaba abierta de un modo raro, hacia arriba. Nunca entendí nada de coches. Le mostré la foto al empleado que trabajaba en mi librería, a él le apasionaban.

—¡Es un Lamborghini! —gritó—. ¿Tu marido tiene uno?

—No, ¡claro que no! —dije; por su expresión imaginé que sería un coche carísimo.

¿Borja lo tendría y yo no me había enterado? ¿Era un coche que probó en un concesionario? ¿Se lo había prestado un amigo?

En otra ocasión lo vi en un velero.

Borja con un daikiri en mano dentro de una piscina rodeada de palmeras.

Una moto enorme, negra, reluciente y Borja subido a ella.

Yo cada vez entendía menos.

Empecé a darle likes a las fotos que subía. Unos días más tarde a poner caritas sonrientes. Y más tarde a escribir alguna palabra como «maravilloso», o «¡genial!».

Hasta que llegó el día en el que me atreví a contactar con él por privado: Hola, me gustan tus fotos, se nota que tienes muy buen gusto.

Borja no me respondería, había sido muy lanzada y él me era fiel.

No solo me respondió, sino que lo hizo a los dos minutos de haberle enviado el mensaje.

Empezamos a escribirnos con asiduidad durante un par de semanas.

Me gustaría ver con quién estoy hablando, me dijo un día. ¿Me envías una foto?

¿Sería solo un juego que no pasaría de ahí o se atrevería a algo más? Le pedí a una amiga guapa que él no conocía si podía darme alguna foto. Por suerte no me hizo preguntas.

Eres preciosa, dijo Borja.

No más que tú, respondió Chloe Ritz.

¿Te gustaría tomar algo conmigo?, propuso mi marido.

Al leer esta pregunta sentí que el mundo se me caía encima. Sus ciudades, sus países, sus cinco continentes me aplastaron, y me dejaron encogida largo rato contra el frío suelo del baño. Borja en nuestro dormitorio mientras Chloe Ritz estaba al otro lado de su puerta, temblando.

Mándame otra foto, pidió mi marido varios días más tarde.

Chloe le envió una de cuerpo entero, frente al Palacio Real de Madrid.

Mándame alguna un poco más amigable.

La boca de Chloe formando un beso.

Otra.

Un escote pronunciado.

Borja pasó días implorándole a Chloe que se vieran. Ella encontraba todo tipo de excusas para negarse. Y siguieron charlando, y charlando, de sus aficiones, de sus proyectos, de sus infancias. Pero lo peor estaba aún por venir.

¿Estás casado?, se atrevió a preguntar Chloe después de darle muchas vueltas al asunto.

¡Claro que no!, le respondió Borja.

—Lo sé todo —le grito—. ¡Todo!

—¿A qué te refieres?

—¡A Chloe Ritz!

—No tengo ni idea de…

—¡Deja de tratarme como si fuera idiota!

—Y tú de gritarme.

Borja abandona el sofá de diseño y sale al jardín.

Salgo detrás de él. Sé que no tengo que abrir más la boca en este momento, no voy a ser capaz de explicarle nada de un modo inteligente, es mejor que entre en el château, que me dé una ducha, o un largo baño de inmersión, sí, esa es una buena idea. Lo último que tengo que hacer es mantener esta conversación ahora.

—¡Estás loco por Chloe! —le grito.

—¡Como para no estarlo! Ella es divertida, me hace reír, tiene buen gusto. Y como si fuera poco…

—¡Pero si ni siquiera la conoces!

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé y punto —le grito.

—No la habré visto, pero la conozco más de lo que te imaginas —me dice con una expresión que hace años no le veo, es la que ponía en los primeros tiempos juntos—. Nos hemos escrito mucho. Y sé que ella jamás se bañaría desnuda en un río, ni andaría descalza, ni dormiría a la intemperie. Además, le gusta el dinero tanto o más que a mí. No piensa como tú que hay que…

Dejo de escucharlo. Empiezo a llorar de la impotencia. Siento ganas de pegarle. Sé que no me será posible lastimarlo. Yo soy menuda y no tengo fuerza, él es alto y musculoso. Sigo llorando. Él continúa hablando de Chloe. Lo detesto. Quiero golpearlo, fuerte, ver sangre. Me acerco a su torso, levanto mi brazo, y con una rapidez de la que no me creí capaz, le arranco el móvil nuevo de la mano y lo tiro a la piscina.

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Aquí puedes leer los otros tres relatos que forman parte de la iniciativa de la Escuela de Imaginadores para el Día Mundial de las Redes Sociales:

  • La mano de Dios
  • Pillapilla
  • El caso de la ex desaparecida
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