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Mudar de piel, de Marcos Giralt Torrente

Mudar de piel, de Marcos Giralt Torrente

¿Qué es Mudar la piel, la nueva novela de Marcos Giralt Torrente publicada por Anagrama? Imaginemos a nueve narradores reunidos para contar cada uno de ellos, sin callarse nada, una historia relevante de su vida. Historias de infancia compartidas con sus padres y hermanos, o historias de su pasado reciente vividas con sus parejas e hijos. Al igual que los narradores de esa escena imaginada se contagiarían de un tono similar dictado por el tema y las circunstancias, las nueve historias reunidas en este libro se sirven de un lenguaje común para hilar con tramas diversas un tapiz nada convencional de los subterráneos del afecto. Algunas constituyen cuentos canónicos y otras fuerzan las fronteras del genero para erigirse en auténticas novelas bonsái, pero en las nueve late el mismo afán de desnudar la realidad para dejarla tal como se nos aparecería en un breve instante de revelación.

Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) debutó en 1995 con la colección de cuentos Entiéndame, a la que siguieron, entre otros libros, las novelas París (Premio Herralde de Novela) y Los seres felices. En 2010 publicó la novela autobiográfica Tiempo de vida (Premio Nacional de Narrativa y Premio Strega Europeo). 

Zenda publica “Lucía y yo”, arranque de la novela de Marcos Giralt Torrente.

Lucía y yo

Yo era el mayor y, si bien lo era por muy poco, Lucía no cesaba de recordármelo. Parecía asumir que mi condición me otorgaba ventajas. Eres el mayor, tú sabrás, decide tú, me decía en cualquier encrucijada, cuando lo cierto es que solíamos hacer su voluntad. Compartíamos el recuerdo entablillado de una madre a quien apenas conocimos; vivíamos rodeados de robles y pinos en una hermosa casa a la que llamábamos la fortaleza y, aunque no quedaban lejos ni el pueblo donde asistíamos a clase ni el apeadero del tren que tomaba nuestro padre para desplazarse a la ciudad, nos complacía sentirnos aparte de todo. De un lado estábamos nosotros, y del otro, el mundo del cual participaban profesores y compañeros o las sucesivas empleadas domésticas que ejercían de centinelas.

Nuestro padre. ¿Qué lugar le reservábamos? Difícil determinarlo. Dentro y fuera, si se me permite la indefinición. El nosotros desde el que pensábamos lo incluía, pero se trataba de una conjugación impositiva, refutada por un él del cual, sin confesárnoslo, nos defendíamos. En realidad, no pasaba de ser una ajada camisa de fuerza con la que intentábamos preservarlo según nuestro deseo, retenerlo.

Los rigores del invierno empezaban a quedar atrás; una de las primeras mañanas propicias para ir caminando a clase. Principios o mediados de marzo. El paseo no era corto (dos kilómetros si atajábamos por la pista forestal), pero lo preferíamos. La alternativa en los meses de frío nos la brindaba la secretaria del instituto. Esperaba a la salida de la finca, y nos metíamos apresurados en su coche para no hablar de nada. En primavera y otoño era otra cosa: íbamos a nuestro aire, sin oídos amenazadores que registraran nuestros comentarios. No siempre manteníamos una conversación. A menudo guardábamos silencio, nos entreteníamos señalando los cambios que apreciábamos en el paisaje o jugábamos a aventurar hipótesis explicativas de cada suceso menor que se salía de la rutina, el ladrido de un perro, un furgón de reparto nunca visto, un avión en el cielo… Los reuníamos y tejíamos una historia. La tejía Lucía, mejor dicho. La furgoneta no era de reparto sino del crematorio que recogía los animales sacrificados en el veterinario, el perro era un cachorro y ladraba porque se había quedado solo, en el avión viajaba su dueño… Mi papel consistía en contener su imaginación, poner objeciones, forzarla a someterse a cierta verosimilitud.

El mismo cometido cumplía cuando nuestro padre ocupaba el centro de la diana. Aquella mañana discutíamos el porqué de que la noche anterior se hubiera quedado en Madrid, donde disponía de un apartamento en el que dormía cuando sus compromisos le impedían alcanzar el último tren.

–Creo que es una alumna –dijo Lucía.

–Ni siquiera estamos seguros de que exista y tú ya sabes que es una alumna.

–Claro que existe. Tú no hablaste con él por teléfono.

–¿Qué te dijo?

–Ya te lo he dicho: que se había entretenido y que, como tenía una reunión de departamento por la mañana temprano, le era más cómodo quedarse allí.

–No es tan raro. Lo sospechoso habría sido que te dijera que había perdido el tren…

–Pero le tembló la voz.

–Porque suponía que te sentaría mal.

–No era ese tipo de temblor.

–¿No? ¿Cómo era?

–Nervioso. Como si estuviera mintiendo.

–Todos los temblores son nerviosos.

–Si lo de la reunión fuera verdad, me habría tanteado antes de decidirse y, en caso de notarme contrariada, se habría ofrecido a venir…

–Tendría prisa.

–¿Por qué te empeñas en contradecirme? Sabes que pocas veces me equivoco.

Así era: Lucía se equivocaba raramente. Volvería a insistir, siempre lo hacía, pero ahora escogió callar. Nos sumergimos en un largo silencio, hasta que pasó a enumerar los árboles que habían salido maltrechos del invierno. Se dolía por ellos, maldecía el descuido, la maleza que nadie desbrozaba. No mencionaba, en cambio, los decesos. Reteníamos en la memoria los ejemplares que habían afrontado enfermos el otoño anterior, pero si un tronco ya seco se nos presentaba ante los ojos, proseguía el cómputo de los amenazados. Señalarlo le parecía una llamada a que el mal se extendiera. Yo había interiorizado su superstición hasta compartirla. Los desacuerdos entre nosotros aparecían al debatir, como consecuencia de mi referida labor de contención, pero si se trataba de actuar, no nos permitíamos la divergencia.

Enfilábamos el último trecho del camino: tras abandonar el bosque, restaba cruzar un prado y entrar en el pueblo, que ya asomaba al fondo del valle.

–¿Y lo de que sea una alumna? –pregunté.

–Por el secreto. De otras nos habló anticipadamente.

–No es verdad.

Noté el efecto que mi réplica causaba en Lucía y me arrepentí.

–Ella no cuenta, nos equivocamos. Nos pilló por sorpresa. Me refiero a las que vinieron después.

–Eva la Castafiore.

–Eva la sabelotodo.

–Eva la finolis.

–Eva lágrima suelta.

–Eva qué bonito es todo.

–Eva la taladradora.

Lucía recitó conmigo, como si efectivamente hubiera acusado mi alusión a la única Eva a la que habíamos despojado del apodo. Evitábamos nombrarla: otro tabú. Había sido la primera, nuestro padre tardó en presentárnosla, y desde que la conocimos, se había estrellado contra nuestra animadversión. Intentó conquistarnos durante un tiempo, pero al final no lo soportó. Fueron sus sucesoras quienes nos hicieron reparar, ya tarde, en nuestro error. Justa o injustamente, la convertimos en el rasero para juzgarlas. Y siempre perdían. No nos había incordiado con prematuras complicidades, no había intentado apartar a nuestro padre de la fortaleza. Un muerto es un rival imbatible (¡cómo lo sabíamos!), y ella no estaba muerta pero pertenecía al pasado. Y sufríamos de una ulcerada culpa. Había procedido con discreción, animada por el propósito de que su rectitud fuera apreciada. Lo tenía fácil: era lo suficientemente joven para conocer nuestro lenguaje. Pero esa ventaja la había hecho también vulnerable. Lucía no la había considerado tanto una rival de mamá como de sí misma. Esto último es solo una elucubración. Aunque en ocasiones pareciera que pensábamos con la misma cabeza, existían debilidades que no nos mostrábamos. Incluso en los sobrentendidos, yo siempre iba a la zaga. ¿Cómo interpretar, no obstante, que, de las sucesoras de la Eva perdida, la única a quien Lucía consideró fugazmente fuera la más opuesta a ella misma y al recuerdo idealizado de nuestra madre? Movimiento de péndulo, diría, y un fallido intento de refutar el duelo por la Eva primigenia. Una estridente organizadora de congresos, aficionada a pintarse las uñas en el salón, de ningún modo podía ser rival para ella.

Pero eso había sido tiempo atrás, y la Lucía que caminaba ahora observando la pradera tras la cual se vislumbraban los primeros solares del pueblo parecía presa de otras preocupaciones.

–A todas las demás nos las presentó enseguida. Se ha impuesto ser claro, transparente. El secreto no le pega.

–Espera a esta noche. Quizá la traiga a casa.

Lucía no quería atenderme.

–Hace unos días estábamos viendo una película en el salón y, al descubrir que asomaba un papelito de su bolsillo, se lo quité y luego lo rompí. Era un número de teléfono: Vanesa.

–¿Vanesa? –exclamé, sarcástico–. Es imposible. Te lo inventas.

–¿Por qué te ríes?

–¿Cómo que por qué? Creo que si Mankiewicz viviera en España y hubiera rodado hoy en día Eva al desnudo le habría puesto Vanesa al desnudo.

–Eva es perfecto. No hay otro. Un nombre virtuoso, evocador de una pureza que, como la del personaje de la película, esconde una manzana amarga.

–Hablaba de una versión cañí de Eva, no bíblica. ¿A cuántas Vanesas conoces?

–No está tan mal el nombre, eres un prejuicioso. Y un clasista.

Eva al desnudo, en la que una aspirante a actriz se gana el corazón de una estrella teatral y la traiciona sistemáticamente hasta lograr desbancarla, era una de las películas favoritas de Lucía, y el personaje de Eva, la más temible representación, por secreta y perversa, del mal que nos obsesionaba. De ahí que llamásemos Eva a todas las pretendientas de nuestro padre. La Castafiore tenía un cuerpo opulento y una bonita voz, pero seguro que hacía acopio de gritos reprimidos; la sabelotodo hervía de bienintencionadas teorías, pero seguro que nos reservaba una letal que formularía cuando le conviniera pasar al ataque; la finolis dejaría atrás  sus suaves formas el día en que pisara sobre seguro; lágrima suelta se vengaría de todas las lágrimas derramadas; qué bonito es todo no tardaría en redecorar la fortaleza con cortinas y candelabros; la taladradora nos agujerearía el oído hasta anular nuestra voluntad…

–De todas formas –reflexioné, ante el escaso éxito de mi broma acerca del nombre de Vanesa–, si llevaba el papel tan descuidadamente en el bolsillo, es señal de que no le importaba. Casi seguro que lo olvidó. De haber querido usarlo, lo habría guardado en la cartera.

–Pero lo echará de menos y pensará que hemos sido nosotros.

Me sorprendieron los escrúpulos de Lucía. En el historial de discretos saboteadores de la vida sentimental de nuestro padre, ostentábamos faltas peores: deliberados olvidos de recados, críticas veladas que él no dejaría de rumiar y tal vez compartir, comentarios en clave privada que las dejaban fuera de juego, hoscas negativas a integrarnos en remedos de planes familiares, evocaciones intempestivas de nuestra madre y un largo etcétera de interferencias que, si bien no  muy graves, a veces nos habían llevado a preguntarnos si nos retrataban. Se daba la circunstancia, además, de que al haber sido yo por lo general el portavoz y Lucía la inspiradora (eres el mayor, decide tú), los principales remordimientos hacían saña en mí.

–Salía de su bolsillo. Tú solo tiraste un poquito.

Transitábamos ya por el pueblo, faltaba alcanzar la última esquina de la calle principal, doblarla, y tendríamos el instituto a la vista. Lucía no contestó y pregunté:

–¿Y por qué no me lo contaste antes?

–Fue una tontería –respondió de corrido–. No sabía que era un teléfono. Sentí curiosidad, tiré del papel y, cuando me di cuenta, ya era tarde para devolvérselo.

–Podías haberlo dejado en el sofá. No tenías por qué romperlo.

Me daba igual que lo hubiera hecho. Lucía lo sabía, pero aun así fue un comentario desafortunado. Intentaba ponerla ante su contradicción con el objetivo de diluir su culpa a base de desacralizarla, y ella respondió bajando la vista y guardando silencio hasta que nos sumimos en el bullicioso gentío que aguardaba la apertura de las puertas del instituto. Allí la perdí. En el recinto académico acostumbrábamos a mantener vidas separadas: no nos juntábamos en el recreo ni conversábamos en los pasillos. Era un tanto antinatural, pues, matriculados en cursos consecutivos, nuestras aulas eran vecinas, pero así lo habíamos convenido años antes, después de que en el colegio una psicóloga hubiera alertado sobre nuestro excesivo vínculo. Se trataba de una medida profiláctica destinada a protegernos de intromisiones. Ya era bastante con no salir apenas de la fortaleza y no traer invitados. Yo me había convertido, así, en un outsider que se refugiaba en la lectura para cobrarse la libertad de no socializar. Lucía, mientras, señoreaba una colmena de greñudas insulsas entre las que reinaba como abeja mayor, agradecidas sus acólitas de contar con alguien que, por su delicada pero evidente estrella, se habría alzado con facilidad hasta colmenas mejores.

Mi primera clase era de literatura. El profesor, un antiguo seminarista de zapatones y perilla por quien sentía una ternura condescendiente desde el día en que, al descubrirme leyendo Música para camaleones, demostró no conocer a Truman Capote. En lugar de guardarme rencor, se había aplicado y a partir de entonces dedicaba una clase semanal a libros que consideraba modernos, como Por quién doblan las campanas o El filo de la navaja. Esa mañana tocaba El señor de las moscas, y, previendo que requeriría mi opinión, busqué asiento en un lateral de la segunda fila, un emplazamiento que, sin desvelar desinterés, me resguardaba de miradas directas. Sostenía en las rodillas Trastorno, de Thomas Bernhard, pero, desconcentrado, apenas lo abrí.

Mejor me fue en matemáticas. El profesor (pelo cortado a cepillo, espalda encorvada) traía sus propias tizas antipolvo para no mancharse y pasaba casi toda la hora escribiendo en el encerado sin quitarse el loden o la cazadora de gabardina con los que se abrigaba según la estación. Solo de vez en cuando se apartaba unos pasos, miraba de soslayo a uno de nosotros y lo taladraba con alguna pregunta.

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Autor: Marcos Giralt Torrente. Título: Mudar de piel. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro.

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