Los excesos, mal vistos hasta el siglo XX, sirvieron en cambio en ese periodo a “mujeres, minorías sexuales y espíritus libertarios” para construir libertades y conquistar derechos a base de protagonizar osadías y desenfrenos que el periodista y escritor Luis de León Barga repasa en su último libro.
También se abordan las experiencias sadomasoquistas y homosexuales del fotógrafo Robert Mapplethorpe, ex de Patti Smith, que murió de sida, como también le ocurrió al filósofo Michel Foucault, igualmente retratado, así como el libertinaje y la promiscuidad sexual de la escritora francesa Catherine Millet, una de las detractoras del movimiento Me Too.
En una entrevista con Efe, el periodista Luis de León Barga (Roma, 1958), explica que en el siglo XX las mujeres disiparon límites y conquistaron derechos, como también hicieron las minorías. Vivieron algunos de ellos una segunda mitad del siglo con “mucha más libertad que ahora”, cuando los excesos que protagonizaron serían “totalmente impensables”. Para construir este libro ha seleccionado perfiles algo desconocidos y “muy marcados”, mientras que en el caso de la Movida, que vivió en primera persona, ha optado por contar la historia de cuatro mujeres: Elena Figueres, la periodista Patricia Godes, la fotógrafa Maraví Ibarrola y la cantante Ana Curra.
De León ha escrito este ensayo desde la convicción de que nos asomamos a una “nueva civilización” donde el exceso es protagonizado sobre todo por hombres heterosexuales que atraviesan una crisis de masculinidad y que vuelven a valores tradicionales, como enfrentarse al miedo saltando en paracaídas o con inversiones arriesgadas en criptomonedas. “El exceso va cambiando con el tiempo, y lo que era excesivo hace cien años ahora no lo es tanto, y en cambio surgen nuevos excesos, como las criptomonedas”, sostiene este escritor, que cree que el exceso mayoritario actualmente es el trabajo.
Desde la actual civilización “tecnológica, individualista, capitalista”, De León rememora momentos en los que todo parecía posible: veranos de festivales hippies, cuando los profesores universitarios proponían alternativas mentales y espirituales a la sociedad de consumo o épocas en las que jóvenes creaban contraculturas como la de la Movida, que entre los pocos que se movieron en aquellos círculos se conocía como “nueva ola”. Y aunque rechaza la idea de quedarse “colgado, enganchado” a otra época, reconoce que la contracultura de los años 80 en Madrid fue “maravillosa. Hoy en día alquilar un piso es impensable para un joven de 20 años, pero entonces podías alquilar un piso en el centro de Madrid, inmenso, por una cantidad irrisoria. Podías vivir con poco dinero. Te daba mucha libertad y estabas volcado en el descubrimiento. Los políticos estaban muy ocupados en construir la nueva democracia y no había un control social muy fuerte”.
En su libro aborda también el fin de esas utopías, y en el caso de España cómo “muchos acabaron mal” por la heroína, que se desconocía o se minusvaloraba, y cómo aquella forma de vida quedó atrás, con la sociedad “de crisis en crisis” desde entonces. Ahora “la gente joven ve la vida desde un punto de vista economicista” y hay una “pérdida del deseo” con parejas que llegan “machacadas” al fin de semana y que se dan a las “falsas relajaciones” de las pantallas, enfrentándose a otro problema, “el exceso de estímulos que te vienen de fuera y te paralizan. Esta sociedad que pide más en todos los ámbitos va a dar lugar a mayores excesos y a otro tipo de excesos. Un hombre mucho más tecnificado va a intentar alcanzar cotas que nunca ha conseguido. (…) Las 24 horas de tu tiempo vas a tener que convertirlas en 48, 72 horas, y encima de buen ánimo”.
Pero aunque mute, el exceso pervivirá, pues según escribe este autor, supone “la sensación de una eternidad menor”, una “fantasmagoría que ayuda a sobrellevar una existencia que no satisface”.


Esas frases del repertorio progre como “conquistar derechos” o “construir libertades”, me quitan las ganas de leer esas historias, tan interesantes desde el punto de vista psicológico. No me parece, ni de coña, que “la gente joven vea la vida desde un punto de vista economicista”, como tampoco creo que los inmigrantes sean incapaces de ver o aspirar a algo más que la satisfacción de sus necesidades básicas, lo que pasa es que quienes dicen esas cosas de los jóvenes hablan desde una vivienda pagada, una vida resuelta y una pensión posiblemente mejor que los salarios de la mayoría de los jóvenes. No es culpa de los pensionistas, es culpa de la bacanal de gasto público de un Estado veinte veces duplicado y cada vez más ineficiente, de una casta política que sólo sirve para joder todo lo que funciona y que ha hecho del Estado su cortijo. Todo eso lo tienen que pagar los jóvenes, mediante la inflación (el superimpuesto disfrazado) y la carestía (por la intromisión política en la economía). Pluriemplearse para pagarse los estudios, y luego pluriemplearse porque has elegido mal tus estudios y tienes que pagar el alquiler… Meteos las ayudas, limosnas y paguitas por donde os quepan.