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Paul Klee en trance de muerte

Otro veintinueve de junio, el de 1940, hace hoy ochenta y dos años, Paul Klee termina de maravillarse de lo largos que son los días a comienzos del verano y se hace las preguntas postrimeras. Yace en su último lecho, en la Clínica Sant’Agnese de Muralto, a orillas del Lago Mayor, en el cantón suizo de Locarno. Sabe que se acerca el fin. Todo ser vivo es consciente de cuándo le falta poco para dejar de serlo. El aliento del artista se extingue. Klee —a quien, aproximadamente, podemos considerar el máximo representante del expresionismo surrealista— sabe mejor que el resto de los mortales que, para él, todo está llegando a su conclusión. Ha llovido mucho desde que dejó entrever cierta angustia ante lo irreversible en sus primeras acuarelas.

El filósofo Walter Benjamin, que en apenas tres meses se quitará la vida en Portbou, huyendo de los nazis, atesora uno de los dibujos más célebres de Klee, Angelus Novus (1920). Le ha inspirado su teoría sobre “el ángel de la historia”. En cuanto a las acuarelas de Klee, obras como Motivo de Hammamet (1914), Vista de Saint-Germain (1914) o Aventura de una joven (1922), ya son objeto de admiración y estudio. El dibujo y la acuarela, en pequeño formato uno y otra, han sido sus técnicas principales. Pero ha cultivado otras muchas. Sin ir más lejos, ya son historia los aguafuertes reunidos en la serie Invenciones (1903-1905). Y en toda su vasta producción artística se percibe esa angustia ante la muerte, siempre contrarrestada con la ironía precisa. Pero ahora, con la Parca ya gravitando sobre su cama, no hay sarcasmo que valga.

"Encuentro mayor dificultad en mi sinceridad que en la falta de destreza o de talento"

Desde sus primeros escritos —el artista también es autor de una copiosa bibliografía— ha venido manifestando las mismas inquietudes que inspiran sus últimas preguntas. Así, al regresar a Berna en 1902, tras un viaje por Italia en el que sintió la misma fascinación por Leonardo, Miguel Ángel y Botticelli que por las formas de las especies marinas —animales y vegetales— que tuvo oportunidad de admirar en el acuario de Nápoles, en su diario de aquel año apuntó: “Tengo que decepcionar. Se espera de mí que haga las cosas que un individuo inteligente podría hacer con facilidad. Puesto a ello, encuentro mayor dificultad en mi sinceridad que en la falta de destreza o de talento”. Con todo, presiente que su obra ha de perdurar: “Tengo la impresión de que tarde o temprano llegaré a algo válido. Pero no con hipótesis, sino con ejemplos específicos, aunque sean pequeños (…). Quiero hacer algo muy modesto, procurarme a solas un tema diminuto, uno que mi lápiz pueda abarcar sin técnica alguna”.

Ya a las puertas de la eternidad, antes de entregar el alma, Klee quiere saber si ha llegado a la grandeza mediante la sublimación de la sencillez. Previamente, el alemán —aunque nació en Berna, Suiza le negó su nacionalidad por haberse ausentado del país durante la Gran Guerra— se había adelantado a los surrealistas en la búsqueda de inspiración por debajo del umbral de la conciencia. A decir del crítico Patrick Waldberg, Klee fue el primer artista que se “adentró deliberadamente en la región inexplorada del inconsciente. Y pocos estudiosos pueden estar tan legitimados como Waldberg —uno de los grandes expertos en el surrealismo, amigo de André Breton y cronista del París de las vanguardias— para hablar de arte y subconsciente.

"Ya a las puertas de la eternidad, antes de entregar el alma, Klee quiere saber si ha llegado a la grandeza mediante la sublimación de la sencillez"

También es Waldberg quien nos explica el significado último de la obra de Klee. Compara esa instancia postrera, como las horas que al artista le quedan por vivir, con las técnicas de las que se valen los científicos para dar a entender, sin mostrarlos directamente, los microorganismos, existentes pero invisibles a simple vista. En el caso del moribundo, esos microorganismos operaron en las regiones más profundas de la memoria. Para Klee, el arte no expresaba lo visible; su fin era hacerlo visible.

De ahí toda la dificultad que, incluso ahora, ochenta y dos años después de que entregase el alma, presenta su clasificación. El expresionismo, el constructivismo, el cubismo, el primitivismo y el surrealismo… Sin olvidar la abstracción geométrica, que también cultivó en algún momento. Todos los autores que le integran en cada una de estas escuelas tienen un motivo para hacerlo, porque, lo cierto, es que el artista pasó por todas ellas en cada una de las distintas etapas de su actividad. Eso sí, Paul Klee nunca servirá de inspiración a esas plumas cursis, como poetas con sordina, al servicio del sentimiento fácil, siempre tan dadas a escribir sobre un pintor —siempre figurativo porque no entienden la abstracción— que ama y no es amado, y se muere de hambre —porque su obra no interesa a nadie— en una buhardilla de Montmartre.

"Paul Klee nunca servirá de inspiración a esas plumas cursis, como poetas con sordina, al servicio del sentimiento fácil"

Cuando las cosas han venido mal dadas, Paul Klee ha sabido dedicarse a la docencia. Fue profesor en la Bauhaus de Weimar, en la Kunstakademie de Dusseldorf… Y cuando no hubo donde enseñar, Lily, su amada y devota esposa, ya como pianista, ya como profesora de piano, supo ganar el dinero preciso para sacar la casa adelante. También será ella la que, en breve, hará todo lo necesario para la conservación del legado de su marido.

Ya en trance de muerte, le es dado a Paul Klee ese carrusel de imágenes que, tras un túnel blanco, dicen, nos aguarda a todos. Estampas que nos devuelven fugazmente a los momentos estelares de nuestra existencia que, aunque irrelevantes para la historia de la humanidad, son las últimas secuencias de nuestra vida que se nos van a dar.

Así, en ese carrusel, en esa última magia de la vida, Paul Klee vuelve a verse en la Berna de su infancia, aprendiendo a leer solfeo junto a sus padres, el músico alemán Hans Wilhelm Klee y la cantante suiza Ida Frick. Hasta hace apenas unos días, mientras ha tenido fuerzas para ello, en esas introspecciones a los lugares más remotos de su inconsciente, ha tocado el violín.

"Tras el armisticio llegó uno de los periodos más fructíferos de su vida. El empleo en la Bauhaus le proporcionó una estabilidad desconocida hasta entonces"

De su juventud, le vuelven a ser dados los días de Múnich. Igual que su pintura nos propone metáforas que nos llevan a un significado mayor que el que entraña la mera representación, para volver a los días más felices de su mocedad le basta la portada del primer número del almanaque El jinete azul. Data de mayo de 1912, fue la primera publicación del grupo del mismo nombre, el germen del expresionismo. Allí, entre los expresionistas canónicos, conoció a Kandinsky, a August Macke y Franz Marc.

En el 14 viajó a Túnez con Macke y Louis Moillet. Fue una estancia breve, apenas quince días. Pero la poderosa luz del país le llevó a una comunión absoluta con el color. Fue tanta la dicha de aquel deslumbramiento que ahora que ya va quedando atrás el mundo de los vivos aún parece iluminar todo el carrusel de imágenes de su último trance. Nunca se recuperó de la muerte de Macke y Marc en las trincheras de la Gran Guerra. Lily supo ingeniárselas para que, tras ser movilizado, su marido cumpliera con sus obligaciones militares en la retaguardia.

Tras el armisticio llegó uno de los periodos más fructíferos de su vida. El empleo en la Bauhaus le proporcionó una estabilidad desconocida hasta entonces. Aquella edad dorada tuvo su culminación en el viaje a Egipto de 1928, aún cegado por la luz de Túnez. Allí, entre los restos de su antigua gloria, concibió su teoría de las estructuras horizontales y verticales y comenzó a interesarse por los jeroglíficos.

Pero de vuelta a Alemania, ya en el 33, apenas ascendieron los nazis al poder —mandados por un pintor frustrado, recuérdese— no tardaron en calificar de “decadente” el arte de Paul Klee. Se impuso entonces el exilio suizo, donde siguió desarrollando una incesante actividad artística. Hasta que la esclerodermia que se le diagnosticó en 1936, pone fin a su vida y a su obra tal día como hoy. Así se escribe la historia.

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