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Si nadas 26 llegas a los 30 largos

Si nadas 26 llegas a los 30 largos

No tuve ni que moverme de la cama; alargué la mano y allí estaba esperándome el libro con el que había soñado minutos antes. Diez, 15, quizá 30 páginas. Apenas me faltaban 60 para terminar Diario de un escritor burgués. Tenía el día por delante para rematarlo a placer pero me daba cierta… Me había acompañado durante más de una semana, a sorbos, sin prisa, y ahora se acabaría. Cuando termino un libro me quedo abandonado, sin saber qué hacer, cuál elegir. Suelo variar de estilo, de autor, de época. Pero hoy sabía que el siguiente sería Ramón y las vanguardias, que lo tenía en su sitio, con prólogo de Torrente Ballester. Sí, todo demasiado organizado.

No, me voy a Moyano. Y así lo hice, desafiando el calor que sabía que derretía la mañana, que derretía los relojes. Me costó más que nunca aparcar pero estaba decidido.

-¿Tiene algo de Ramón?

"Cuando termino un libro me quedo abandonado, sin saber qué hacer, cuál elegir. Suelo variar de estilo, de autor, de época."

O eran primeras ediciones caras o no aparecía Automoribundia, que era mi capricho. Así un puesto tras otro, bajo la mirada de don Pío que desde su pedestal observaba y callaba ante el ir y venir parsimonioso de turistas y curiosos. Y aparecieron los libros que dos meses antes no compré, que tuve en su momento entre las manos y que, seguro, presté (¿a quién?) hace años. Los dos tomos de George D. Painter en Alianza, nada menos. Las más de mil páginas sobre el gran Proust, Marcel Proust. Y a cinco centímetros Cuaderno del Guadarrama, de Cela, que también había visto años atrás en la Feria del Libro y Ocasión y que entonces no podía permitírmelo. Entonces no iba por los Siete Picos, ni por la Bola del Mundo, ni por Cotos, ni bajaba hasta el Paular, ni Cercedilla arriba cuando los pájaros prometen un paraíso de luz y sosiego.

Lo tenía todo. Y apenas eran las doce. A nadar. No podía hacer otra cosa. Me dejé caer en la piscina de golpe, me impulsé debajo del agua con los pies y como si quisiera abrir las aguas con las manos estiradas dejé que el cuerpo se deslizara eternamente esperando llegar a la superficie horas después. Nadé despacio, buscando un ritmo monocorde mientras saboreaba los libros que acababa de comprar, si aguantaría empezarlos antes de acabar el de Umbral. Así llegué al largo sexto, más o menos.

Cumplidos los 10 primeros dudé si hacer las 10 respiraciones que nos aconsejaba un monitor dos años atrás en una piscina municipal que regentaba con mano dura y ante quien nadie rechistaba a las nueve de la mañana lunes, miércoles y viernes. Cumplí, no fuera que algo pudiera ocurrirme. “Tengo que llegar a los 24 del domingo pasado. Con eso será suficiente”. Nadaba como si no fuera conmigo la mañana, solo, como por rutina. Pero una chica entró en la piscina y la dio por elegir mi calle. No nos molestamos, no nos rozamos en ningún momento. Pero era distinto. Ya estaba pendiente de si nadaba demasiado despacio, de si tendría que dejarla pasar al final de la calle. Estuve sopesando si decirle que cada uno fuéramos por un lado de la calle para no estar pendiente de si uno (yo) era más lento que el otro. Pero lo fui dejando porque no la veía. Bueno, cuando me adelantaba. Ella usaba unas aletas diminutas, como si fueran unos zapatones anchos de goma azul.

"Nadaba como si no fuera conmigo la mañana, solo, como por rutina. Pero una chica entró en la piscina y la dio por elegir mi calle..."

Entre una cosa y la otra alcancé los 20. ¿Hago las respiraciones? Me dije que sólo seis, quizá por no demostrar en público mis carencias. Logré sin más los 24. “Si haces los 26 llegas a los 30”. Es una teoría tonta que tengo, que no he comentado con nadie pero que me funciona. Es muy sencilla: lo duro está en el largo número 27 pues una vez cumplido has de volver al comienzo de la calle, por vergüenza; y aunque sea muy despacio. Luego ya estás en el 28. ¿El 29? Como escribe Umbral en su Diario; el primer artículo del día te sale por intuición, el segundo por oficio. Así que me apliqué a la tarea. Los 30 conseguidos.

Otra vez las respiraciones. Esta vez las 10 reglamentarias. Ya no me fijaba en nadie (menos que antes). Ya había asumido que la chica, algo gruesa, me superaba con la agilidad de un pez. Hacía bastantes largos que las gafas se llenaban de agua, que apenas podía ver la corchera (en lenguaje de piscina municipal) que me acompañaba a mi derecha como si fuera alambre de espino. “He de llegar a los 34 del lunes. ¿34 o 36?”. Para disipar la duda me propuse 38. “Pero nada más. La avaricia rompe el saco. Puedo romperme el hombro de nuevo y será peor”. Claro que sentía el hombro pero doler, doler no me dolía. “También puedo hacer 12 respiraciones si llego a los 40, total nadie se va a enterar”.

Zas, zas; zas, zas. Con un rabillo del ojo derecho alcanzaba a ver las manecillas del reloj (“¿ha estado ahí siempre, seguro?”), la una y media. “¿Dónde voy a ir a la una y media si ya tengo los dos libros de Painter?”. O sea, “juegos para aplazar la muerte”, que escribió Joan Vinyoli y que utilizó Juan Luis Panero para titular su poesía completa. Esto lo hago mucho. Bueno, parecido. Cuando nado con Javier en la piscina de la urbanización de la casa de su hermana (descubierta y sólo en verano), él dice un nombre y sobre él tenemos que pensar en los próximos 10 largos. Por ejemplo: “Faulkner”, y debemos concentrarnos en algo sobre él, sobre su mundo, por ejemplo el Misisipí, en las vicisitudes de la familia con los carromatos llevando el cadáver en tardes de más calor que hoy, cómo se llevaba el río el ataúd en Mientras agonizo, en la escena de la mazorca, en su casa sureña, blanca y solitaria allá al final de un camino protegido por árboles, su caída fatal de un caballo que acabaría días después con  su vida, cuando escribía en una mina solitaria sobre una carretilla a la que había dado la vuelta, cuando le echaron de una oficina de Correos porque se pasaba todo el rato leyendo e ignoraba a los clientes, cuando decía que vivir en un prostíbulo era lo mejor que le podía pasar a un escritor porque tenía ambiente y whisky, en esa edición de Barral sobre su obra [y que ahora compruebo que ya no tengo; joder, si la he visto esta misma mañana en la cuesta de Moyano. ¿Me está fallando la memoria, la he prestado, a quién pude dejarla?] y que sigue apareciendo de vez en cuando, cuando menos te lo esperas (y tanto)… “Onetti”: que si Dolly, que si Santa María, que si todo empezó un domingo cuando los militares habían prohibido vender tabaco los festivos y él, ansioso, se puso a andar y andar y terminó aquello, a saber cómo, en El pozo, en el lío aquel de la portada con un dibujo de Picasso, en el libro de entrevistas inencontrable [ese no se lo he prestado a nadie, ni lo voy a hacer] de Ramón Chao, que si lo de la cama…

"...cuando decía que vivir en un prostíbulo era lo mejor que le podía pasar a un escritor porque tenía ambiente y whisky..."

Y así. Así quiere decir los 50. Número redondo. Radiante. Pero insuficiente. Cuando corría con él decía que había que forzar porque nada te aseguraba que al día siguiente no pudieras correr, que al siguiente te surgía un compromiso, que al otro llovía… Total, que lo ibas dejando y, sabiendo mi escasa constancia, acabaría dejando de correr. O, ahora, de nadar. Con las susodichas 10 respiraciones llegué, ya no sólo cansado sino harto hasta los 54 largos, que ya era una marca. “Pero cuando empiece a nadar con él me dejará en ridículo, como el año pasado”. El año pasado llegamos a nadar juntos sesenta y pico, puede que hasta 70 largos en la piscina de su hermana, que encima es más larga que ésta. Yo me fui de vacaciones y él llegó a los 90, si no a los 100. Prefiero no preguntárselo.

Alcancé los 56, y, con el truco mío, más deshecho que nunca, con el hombro harto y la desgana haciendo el resto logré los 60.

No eran las dos del mediodía, pero el día ya no iba a tener sentido para mí. Como así fue.

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