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Nadie en esta tierra, de Víctor del Árbol

Nadie en esta tierra, de Víctor del Árbol

Al inspector de policía barcelonés Julián Leal no le queda mucho tiempo de vida. El cáncer lo está matando y, además, le han expedientado por pegar una paliza a un sospechoso de abuso de menores. Cansado de todo, regresa a su pueblo natal en Galicia, donde se convierte en el principal sospechoso de la muerte de una serie de personas vinculadas con su pasado. Para librarse de la acusación de asesinato, el inspector tendrá que revisar —y arreglar— su propia biografía.

En Zenda reproducimos el Prólogo de la novela negra Nadie en esta tierra (Destino) de Víctor del Árbol.

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PRÓLOGO

Cuando llueve, como llueve hoy, cuando las tardes ya se alejan hacia el otoño, es mejor no escuchar cierta música, mejor no invocar ciertos recuerdos, mejor no escribir ciertas cosas y dejar que sea el silencio el que hable de lo que debe ser callado.

No soy yo quien debería contar esta historia. Pero soy el que puede contarla.

No tengo un nombre que vosotros podáis conocer y eso debería tranquilizaros; lo que no se nombra no existe y, a fin de cuentas, una voz sin nombre es un eco sin presencia, de modo que podéis decidir que soy fruto de la imaginación o algo parecido a un fantasma, alguien que estuvo y ya no está. Probablemente algunos sintáis la tentación de convertirme en un monstruo de cuento, uno de esos personajes que utilizáis para asustar a vuestros hijos y hacer que os obedezcan cuando los mandáis a dormir, el hombre del saco. Pero lo cierto es que no soy un monstruo que vive en el bosque ni soy una presencia en la niebla de vuestras pesadillas; soy humano, lo atestiguan mis cicatrices, y vivo entre vosotros. Sencillamente, las personas como yo existen y aunque cerréis los ojos y os tapéis los oídos, no voy a desaparecer. Será mejor que lo aceptéis.

Aunque, desde luego, podéis intentar ignorarme, convenceros de que estáis a salvo, parapetados tras la muralla de vuestros principios y valores, bien amarrados a vuestro sentido del bien y del mal. Quién soy yo para juzgar vuestro miedo. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo: todos tenemos derecho a aferrarnos a una esperanza, por ilusoria que sea. Solo se necesita una causa, un molino de viento, una razón lo suficientemente poderosa para lograrlo. Resulta conmovedor.

Pero cuando la vida se presenta con su brutal simplicidad nos muestra que no tenemos nada especial, que no estamos llamados a cumplir un destino heroico. No hay una razón superior que explique por qué nacimos, como no sea que estamos aquí y podríamos no estar, sin que cambiara absolutamente nada. Es duro reconocer que al morir solo dejaremos un hueco en las filas humanas que será cubierto sin demora por otros. Esa verdad empuja a algunos a la desesperación, a la locura, al suicidio y a la negación. He conocido a otros que consagraron sus días a
la fantasía de un dios, de una religión o de un ideal, mientras que la mayoría se conforma con lo que les toca: una vida anodina, un pasar de un año al siguiente sin sobresaltos. Y a eso lo llaman felicidad. ay, sin embargo, unos pocos elegidos, no más de un puñado en cada generación, que al comprender que nada de lo que sintamos, digamos o hagamos importa, se sienten realmente liberados. Descubrir que no hay nada divino o inmortal en nosotros, que no somos distintos a una piedra o a una hoja muerta, a un perro lisiado o a una vaca en su cerca no debería sumirnos en el horror o la tristeza; al contrario, deberíamos llorar de alegría porque es el mayor descubrimiento que podemos hacer. Somos libres para descubrir de qué pasta estamos hechos.

Julián Leal era una de esas personas. Él lo cambió todo.

Antes de conocerle, yo era quien era, lo aceptaba, y no pretendía ser otra cosa. A los trece años maté a la primera de mis víctimas. Podría justificarme diciendo que se lo merecía, como todos los que vendrían después, pero el merecimiento es subjetivo. La respuesta a por qué hago lo que hago es mucho más sencilla: se me da bien hacerlo. Podría habérseme dado bien escribir y sería escritor, cantar y sería cantante, o hacer ceniceros de barro y tener contenta a mi madre, que los coleccionaba. Pero mato a gente por dinero y en ello he encontrado mi modo de estar en el mundo. Tengo sentimientos, por supuesto, y eso es lo más inquietante, porque me convierte en uno de vosotros. Simplemente, yo tengo otro punto de vista.

Sin embargo, desde que me crucé con Julián, hace casi un año, empecé a preguntarme si el arrepentimiento es una emoción útil o si, por el contrario, no es más que un síntoma del final que se acerca. Uno necesita tiempo para cometer errores y luego desear no haberlos cometido. Mi cuerpo se queja más cada día, las viejas heridas vuelven a doler como si intuyeran mi debilidad creciente; y luego están las noches de insomnio, la inquietud cada vez mayor ante un futuro que nunca acaba de llegar.

Sé que no debería pensar en esto. Puede que solo esté cansado: es tarde, y la lluvia me pone melancólico, me hace recordar aquellas semanas en España y algunas tardes me da por imaginar una vida que nunca he podido disfrutar. A fin de cuentas, yo solo quería un velero, una casita en el islote de Margarita, la música de Bob Marley y el rostro de Clara sobre mi pecho, susurrándome que podemos cambiar.

Supongo que, para alguien como yo, era pedir demasiado.

 

PRIMERA PARTE

I

Costa de Galicia, febrero de 2005

Era de noche cuando el taxista dejó al inspector Julián Leal en la que llamó de manera grandilocuente «Plaza Mayor». En realidad, no era más que un pequeño cuadrilátero de cemento con unas pocas farolas encendidas. La calle principal estaba desierta y sumida en un silencio sepulcral, como si a la aldea se la hubieran tragado las páginas de Pedro Páramo. Había llovido y las viejas casas señoriales goteaban. La bandera del ayuntamiento —un modesto edificio de tres plantas sin nada destacable— caía mortecina. Solo se veía luz en un local más allá del arco del Coso Viejo. Era el único bar de la aldea y apenas había cambiado en los últimos treinta años; el inspector lo recordaba bien: los mismos anuncios de helados la Menorquina, Mirindas y Coca-Cola, la misma pizarra donde se escribía el menú del día y el mismo voladizo del balcón con el toldo verde y el nombre con las letras deslucidas: El Cerso.

Tuvo la tentación de acercarse, pero lo pensó mejor y pasó de largo.

La única pensión quedaba cerca. El rótulo estaba apagado y la puerta cerrada. Después de llamar insistentemente, apareció una mujer cubriéndose con una bata con quemaduras de cigarrillos y cara de perplejidad.

—¿Qué quiere usted?

—Hablamos ayer por teléfono, reservé una habitación. Soy Julián Leal.

La mujer le observó con desconfianza. Era evidente que no recibía muchos huéspedes.

—Debió de hablar con mi marido, pero no me ha dicho nada. Seguro que se le olvidó. Últimamente tiene la cabeza como las maracas de Machín… ¿Ha dicho Leal? —La mujer lo estudió con mayor atención y crispó los labios—. Aquí había una familia con ese apellido, hace mucho. ¿Es usted pariente?

—Mi padre era Martín Leal. Vivíamos en la casa del cruceiro.

La mujer lo miró de arriba abajo como si viera a un fantasma. Pareció dudar, pero finalmente se hizo a un lado.

—Pise en el felpudo, el suelo está recién fregado.

Julián observó el papel antiguo de las paredes, el timbre sobre el mueble de la recepción y el teléfono de color verde con botonera blanca. Todo parecía atrapado en el pasado, la mesa de madera deslucida con revistas atrasadas, la silla con un cojín y el olor a cera vieja. La tulipa de la única lámpara, de tela rojiza, les daba a las sombras un aire canalla, de prostíbulo barato.

La mujer buscó en una caja con media docena de gruesas llaves.

—¿Piensa quedarse mucho?

Julián no lo sabía. ¿Cuánto puede ocultarse el lobo entre las ovejas antes de ser descubierto? La mujer se fijó en la bolsa de viaje. No traía equipaje para una estancia prolongada.

—No puede traer mujeres ni comida. Tampoco se puede fumar en las habitaciones.

Julián cogió la pesada llave y sonrió entre dientes; no pensaba llevar comida ni mujeres. Subió a la habitación y dejó la bolsa sobre la cama sin prestar atención a la colcha floreada ni al crucifijo sobre el cabezal. Las puertas del armario no encajaban, pero al menos había perchas y el olor de naftalina era soportable. El baño era un cuarto rectangular y estrecho, con azulejos antiguos de color marrón. Se reclinó sobre la bañera descascarillada y abrió el grifo. La tubería hizo un ruido de tragadora; el sumidero estaba atascado.

—Bienvenido al Ritz —murmuró, moviendo la cabeza con resignación. Se lavó la cara y al alzar el rostro se encontró con su reflejo en el espejo.

Se preguntaba cuándo empezaría a caérsele el pelo. El oncólogo le había dicho que no ocurría siempre, las terapias habían avanzado mucho. Buscó en la bolsa las pastillas, llenó un vaso y las tomó disciplinadamente en el orden prescrito. Últimamente fantaseaba con su propio entierro, quién estaría presente, qué cosas dirían sobre él. Si somos la huella que dejamos en los demás, la suya se borraría con facilidad. No se había casado, no tenía hijos y, excepto Virginia y su marido, Luis, no tenía amigos. Una vida de trabajo y soledad. Una vida tirada a la basura.

Después de ducharse ordenó las camisas, los pantalones y la ropa interior. Abrió el ordenador portátil y consultó el correo. Tenía mensajes que habían eludido el filtro del spam: uno de un supuesto hombre de negocios nigeriano que aseguraba estar buscándole porque era el beneficiario de una herencia millonaria, otro de una chica rumana que se ofrecía en matrimonio a través de un enlace porno y un tercero que le recordaba que debía pasar la ITV del vehículo.

También tenía un mensaje de @Clara1976.

Hola, desaparecido. Hace tiempo que no sé de ti.
¿Ya no te interesa Kubrick?

Pensó en responderle, pero estaba demasiado cansado.

Ningún mensaje del hospital. Seguía en lista de espera.

A lo lejos se oyeron las campanas de Santa Cecilia dando los cuartos. Desde la ventana se veían la carretera desierta y las farolas, que emitían una luminosidad amarillenta y vacía. Pensó en un cuadro de Hopper, y luego en Streets of Philadelphia. «Nada ha cambiado», pensó.

Se tomó un somnífero y se metió en la cama. Con suerte, lograría dormir tres o cuatro horas sin pesadillas.

Tendría que madrugar. El ascenso hasta el cruceiro iba a ser difícil.

Se puso en marcha con el guía antes de que el sol apuntase alto.

Lo único que se oía era el andar del inspector moviendo las hojas muertas a su paso y, saliendo de algún lugar en la profundidad del bosque, un pájaro carpintero que hacía crepitar la madera. Algunos carvallos mostraban sus troncos podridos, colonizados por hongos y musgo amarillento. La niebla lo envolvía todo. A ratos perdía de vista la espalda del viejo que se había ofrecido a acompañarle.

—¿Está seguro de que es por aquí? No recuerdo esta parte del bosque.

El viejo ni siquiera se molestó en detenerse.

—Tan seguro como que dentro de media hora va a caer el diluvio. Así que, si quieres llegar arriba, más vale que aprietes el paso.

Continuaron andando durante un buen trecho. Poco a poco, la espesura fue perdiendo densidad. Al cabo de un rato empezó a oírse el rumor del mar, y el bosque se fue apartando sin esfuerzo. En el último tramo, el viejo remontó la pendiente con brío. Cuando el inspector le alcanzó, estaba sin resuello. El viejo le echó una mirada con aire burlón.

—En Barcelona se te han reblandecido los músculos.

Julián podría haberse justificado con el cáncer, hablarle de los estragos del pazopanib o darle una charla sobre la angiogénesis y las tirosinas cinasas, pero bastante tenía con recuperar el aliento y no vomitar el desayuno.

El viejo señaló hacia la derecha.

—Allí lo tienes. Del tiempo de Prisciliano dicen que es, y eso debe de ser mucho, aunque por aquí todo parece poco.

Una ráfaga de viento retiró momentáneamente la gasa de niebla y apareció la silueta del cruceiro. Apenas tenía un metro y medio de alto. Más allá, el horizonte caía abruptamente, sobrevolado por gaviotas que planeaban en las corrientes con una belleza sin prisa.

—Lo recordaba más grande —dijo Julián.

El viejo alzó la cabeza hacia el cielo y husmeó el aire.

—La memoria ensancha o acorta a su gusto lo que quiere recordar y lo que prefiere olvidar… ¿Sabrás encontrar el camino de vuelta o prefieres que te espere?

Julián estudió el terreno.

—Creo que me las apañaré.

El anciano observó con recelo el chubasquero recién estrenado y las botas nuevas que lucía el inspector.

—No es buena idea acercarse al acantilado con esta niebla. El terreno es traicionero y viene la tormenta fuerte.

Julián alzó la mano en señal de que lo había escuchado.

—Conozco bien las traiciones del lugar. Me crie aquí.

Se acercó hasta la base del cruceiro. La piedra desgastada tenía una inscripción en el estípite: «Beati qui non viderunt et crediderunt». Debajo, grabados con una navaja, estaban los nombres de la cuadrilla: Fouliña, Susana, Carmen, Gregorio y el suyo, con una fecha y un lema: «03/06/1973. Nosotros contra todos».

Se le dibujó una sonrisa pequeña. A veces, buscando las raíces uno acaba encontrando la tierra. Eso decía su padre.

Las ruinas de su casa estaban a pocos metros.

Apenas quedaba en pie una parte de la estructura, y dentro había crecido una pradera de helechos que el paso de algún animal había aplastado. Maderas podridas, trozos de piedra y cemento viejo. Habían pasado más de treinta años desde el incendio, pero todavía recordaba las llamas haciendo estallar los cristales y los trozos de tela de las cortinas revoloteando como pajarillos incendiados y enloquecidos. Rodeó las ruinas y se acercó a las tumbas de sus padres. Sometidas a la intemperie, las lápidas se reclinaban la una sobre la otra, como si se consolaran mutuamente, ahí arriba, solos y olvidados por el mundo.

Martín Leal Prieto 1914-1975
María Luisa Pérez López 1923-1977

Julián tenía once años cuando enterraron a su padre. Se acordaba de la casulla morada del padre Guillermo sacudida por el viento, de la lluvia que caía de lado y del frío. También de que no acudió nadie de la aldea, excepto Toño, el antiguo compañero de armas. Su padre y él habían combatido en la 150.ª División del Ejército del Norte durante la Guerra Civil. Tío Toño, así le llamaba Julián, aunque en realidad era el padre de Fouliña y Susana, solía recordar las veces que su padre y él se salvaron mutuamente la vida en tantas batallas, reales o ficticias. Era como de la familia, y tenía un bigote espeso que amarilleaba por culpa de la nicotina. Julián no había olvidado el anillo en su meñique, el paraguas que sujetaba el día del entierro y el olor de su chaqueta de cuero mojada. Tampoco había olvidado lo que Toño le susurró al oído mientras los sepultureros echaban paladas de tierra sobre el ataúd de su padre:

—En esta vida se recoge lo que se siembra.

Un trueno sacó a Julián de su ensimismamiento. Alzó la mirada al cielo; el viejo que le había llevado hasta ahí estaba en lo cierto, iba a ser una tormenta de las buenas. Gruesos nubarrones se acercaban girando sobre sí mismos y empezaban a caer las primeras gotas.

Se aproximó al borde del acantilado. Abajo, las olas rompían con fuerza. Cerró los ojos un instante y respiró hondo.

 

Imagino lo que pensaste, inspector; he pasado por eso: la incertidumbre, el miedo a sufrir… Solo necesitabas dar un paso más y dejarte llevar por el vuelo breve de un instante. Ya nada importaría, todo acabaría sin darte cuenta. Dar un paso más, sentir la fuerza del viento que rodeaba tu cuerpo, la puntera de las botas rozando el vacío. Solo ceder, era lo único que debías hacer. Permitir que la gravedad te reclamara. Pero no lo hiciste, no cediste.

Tú no eras como tu padre. Y tampoco como tu madre. No eras de los que abandona sin pelear.

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Autor: Víctor del Árbol. Título: Nadie en esta tierra. Editorial: Destino. Venta: Todostuslibros.

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