Naufragios

Alcanzar tierra firme… esa quimera. La vida se sostiene por un hilo sobre el que no hay ningún control. Nuevos o desconocidos sentidos de un cuerpo autómata que funcionan a toda velocidad, en busca de una salida para dejar de sentir el vacío desconocido bajo tus pies, y reunirte de nuevo con el cómodo azar que crees conocer, y dominar. En esa nueva dimensión hay una soledad indescriptible y ese yo interno es tu única compañía. Puedes pelear hasta la extenuación, derrumbarte, o asumir esa nueva desconcertante realidad.

Empecé a sentir frío. Es imposible permanecer seco dentro de una balsa. […] Yo sabía que tenía medio cuerpo metido en un mundo que no pertenecía a los hombres sino a los animales del mar, y a pesar del viento helado que me azotaba la camisa, no me atrevía a moverme de la borda. Según el instructor ése es el lugar menos seguro de la balsa. Pero con todo, sólo allí me sentía más lejos de los animales: esos animales enormes y desconocidos que oía pasar misteriosamente junto a la balsa.

"Despedazó una gaviota a los pocos días, sintiéndose como un criminal"

El 28 de febrero de 1955 un marino llamado Luis Alejandro Velasco cayó al mar junto con siete compañeros tras escorar el buque en el que viajaba —el destructor A.R.C. Caldas, de la marina de guerra de Colombia, que había partido de la base de Mobile en Estados Unidos, rumbo Cartagena de Indias— por un fuerte bandazo de viento. Fue el único superviviente y estuvo diez días sobre una balsa a la deriva en aguas del Caribe, sin alimentos ni agua. Conservaba su reloj, el cual empezaría a marcar demasiado despacio el paso del tiempo, y la ropa, que acabaría usando como comida pocos días después de caer al mar, en concreto la suela de sus zapatos, y un cinturón, ya que sus intentos de pescar fracasaban continuamente por la competencia de los tiburones, inseparables y puntuales compañeros de viaje. Despedazó una gaviota a los pocos días, sintiéndose como un criminal, y la única captura que le aportó energías, un pez de metro y medio, le fue arrebatado junto con uno de los remos por los escualos, enloquecidos por la sangre. El cielo, de un implacable azul, no le regaló ni una mísera gota de lluvia.

Destructor A.R.C. Caldas

No pensaba tanto en mi cuerpo con las luces de los barcos. Y pensaba que en medio de aquella soledad infinita, en medio del oscuro rumor del mar, no necesitaba sino ver la luz de un barco, para dar un grito que se habría oído a cualquier distancia.

Durante su travesía experimentó un fenómeno conocido como «El tercer hombre» —la denominación procede de un poema de T. S. Eliot—, pues recibió la compañía fantasmal de un amigo suyo, un marinero que le indicaba la dirección para alcanzar el puerto de Cartagena. A veces conversaban. El superviviente conservaba lúcido el recuerdo de esa presencia física inexistente y salvadora cuando describió este episodio a Gabriel García Márquez.

El hambre no me molestaba. Me molestaba la sed. Sentí tan cansado que apoyé  la cabeza en el remo y me dispuse a morir. Entonces fue cuando, sentado en la cubierta del destructor, vi al marinero Jaime Manjares, que me mostraba con el índice la dirección del puerto.

Al décimo día, cuando ya no le quedaban esperanzas, divisó tierra a unos dos kilómetros de donde se hallaba. Aun sin estar seguro de si se trataba de una alucinación, se lanzó al mar. Nadó con fuerzas renovadas hasta que consiguió arrastrarse por los arenales de una playa colombiana, con la ayuda de las olas.

"A García Márquez relatar la historia le pudo costar el pellejo"

El sorprendente relato llegó a oídos de miles de personas, y el gobierno le otorgó la categoría de héroe nacional. Se había explotado hasta la saciedad su increíble vivencia, cuando un buen día quiso compartirla en el periódico El Espectador, de Bogotá, donde trabajaba el futuro Premio Nobel. Al principio rechazaron la idea, pero alguien tuvo una corazonada, y finalmente accedieron a escucharle. Lo que sucedió después tuvo consecuencias irreversibles para todos, porque el pormenorizado relato desvelaba cosas que hasta entonces habían permanecido ocultas. Poco después, el superviviente fue despreciado por los mismos que le habían alabado. La razón fue que el náufrago y su cronista habían hecho algo imperdonable: contar la verdad en un país sometido a la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, y la verdad es que aquellos ocho tripulantes no cayeron al mar por una tormenta, sino porque la nave iba sobrecargada con objetos pesados de contrabando ilegal, y el mismo sobrepeso impidió al destructor maniobrar para rescatar a los náufragos. A García Márquez relatar la historia le pudo costar el pellejo, y así mismo lo declara él en el prólogo del extraordinario libro Relato de un náufrago (Tusquets Ed.).

El periódico fue cerrado tras recibir varias amenazas, García Márquez tuvo que exiliarse a París, y Velasco, expulsado de la Marina, fue condenado al olvido y tuvo que aprender a sobrevivir, de nuevo, a una destemplanza despiadada en tierra firme. Qué familiar resulta ese infame final. Por esa constante, muchas historias se podrían contar al revés, con el consabido desprecio propiciado por tu propia gente. Luego, el tiempo, a veces, devuelve a esas personas valientes su valor real, y las sitúa en el lugar correcto.

Ahora mismo la humanidad se halla en una situación semejante, tal vez, a la que vivió Luis Alejandro Velasco. Una balsa a la deriva en un mar incierto donde de vez en cuando pasa una embarcación que no nos ve, o que nos ve pero pasa de largo, porque esa realidad paralela del abandono y el sufrimiento no va con ellos. No son buenos naipes. Pero realmente uno nunca sabe de lo que es capaz hasta que está inmerso en la circunstancia que está comprometiendo la propia vida.

Esa noche decidí que con lo único que contaba para salvarme era con mi voluntad y con los restos de mis fuerzas.

"Luis Alejandro Velasco sobrevivió contra todo pronóstico. La clave pudo ser un conjunto de casualidades que se pusieron de su parte"

El meteorito microscópico que llegó con el 2020 nos recuerda que la última palabra siempre le pertenece a la Naturaleza, y que cada momento es impredecible. Siento lástima de nuestra especie, peleando siempre contra imposibles, sorteando depredadores y siendo conscientes del poderoso drama, como lo llamaría Whitman. Hasta los más viles y despreciables seres pasarán carencias y sabrán, al final, que no poseían nada salvo falacias. La certeza de la tragedia tangible, del abandono sistémico al que se ha sometido a millones de personas mayores, náufragas también en el ocaso, no nos hará mejores personas. A los honestos no les hacía falta ningún recordatorio en sus prioridades, y harán falta años para que la vacuna haga efecto en los que aplaudían diariamente a las 20 horas desde sus ventanas o balcones y ahora no usan mascarillas, o en dirigentes políticos y nacionalistas abyectos que usan la desgracia como arma arrojadiza.

Luis Alejandro Velasco sobrevivió contra todo pronóstico. La clave pudo ser un conjunto de casualidades que se pusieron de su parte. Tal vez ni siquiera tuvo que hacer nada más que dejarse llevar por la marea y aprovechar la menor oportunidad para saciar el hambre, o la sed. Una ola le arrancó de su seguridad, y otra se la devolvió. García Márquez convirtió su historia en inmortal. Un relato apasionante e increíble, que describe con precisión de cirujano 10 días de intemperie absoluta a merced de las inclemencias del medio. Una de esas fabulosas historias de mar, cuyo final estropearon los mismos de siempre. Algún día alguien hará quizás lo mismo con nuestro tiempo presente a la deriva, mientras esperamos la ola que nos lleve a la orilla, o nos sumerja definitivamente.

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