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Nerón, el emperador artista

Nerón, el emperador artista

Desde niño mantengo grabada en mi recuerdo la escena de Chaplin en Tiempos modernos cuando sale de la alcantarilla, lleva una pequeña banderita y, sin darse cuenta, se pone al frente de una manifestación. Acaba siendo detenido. A lo largo de mi vida he creído que el día a día me ha ido llevando por senderos desconocidos, por caminos por los que no pensaba transitar. Había soñado con ser escritor, es cierto, y he terminado siendo además productor, profesor, guionista, conferenciante, gestor, periodista en ratos libres… ¡Qué sé yo! En este sentido me atraía la figura del emperador Nerón, ese loco sanguinario y cruel —como tantos césares romanos y contemporáneos—, ávidos de sangre y de poder para su íntima satisfacción. Pero en la figura de Nerón había algo que me atraía: su contradicción, su conflicto interior, su más íntima frustración: su deseo era ser artista. El hombre más poderoso del mundo en su tiempo soñaba con ser artista: cantaba, componía versos, tocaba la lira, recitaba, interpretaba obras de teatro… Y si hemos de creer a su asesor, el novelista Petronio, y a los historiadores antiguos, era un pésimo artista. Pero se dio el placer de actuar en grandes teatros y en los juegos olímpicos que recuperó para Roma.

"El dios Nerón —porque en su delirio llegó a creerse dios— estaba por encima de los comunes mortales y ello le permitía comportarse como le apeteciera en cada momento"

Aquello era un punto de partida para escribir sobre su figura. Pronto se le añadió el componente edípico. Nerón se sentía vivamente enamorado de su madre Agripina, como ella de él. Sin Agripina Nerón era un joven desnortado, histérico y asustadizo. Consumaron muchas veces el incesto, una pasión sexual entonces y hoy condenada por la sociedad. Si en Roma el hedonismo y el placer eran sinónimos de felicidad y de normalidad ciudadana, el incesto era rechazado por la moral de su tiempo, como lo es hoy. No dudó en escandalizar a sus coetáneos, en provocarles su cólera y sus críticas. Al fin y al cabo, el dios Nerón —porque en su delirio llegó a creerse dios— estaba por encima de los comunes mortales y ello le permitía comportarse como le apeteciera en cada momento. Escandalizaba con el incesto. Y se divertía escandalizando. Pero es que al mismo tiempo deseaba y amaba a su madre Agripina. No tuvo, en cambio, reparo en mandar asesinarla cuando ella le gobernaba a su antojo y se entrometía en el gobierno de Roma. Asesinar a quien amas. Una contradicción más del personaje.

Aquel asesinato me empujó a escribir con la ruptura de la linealidad temporal para emplear el flashback. Agripina aparecería en la función muerta, un personaje-conciencia que se le aparece a Nerón constantemente para reprocharle sus decisiones, para afearle su conducta, para aconsejarle… La presencia de la madre debía ser constante: viva y muerta, porque vivía en el interior de Nerón. Asesinó su cuerpo, pero no pudo expulsarla de su conciencia ni de su subconsciente.

Juntamente con estos elementos me interesaron otros de gran importancia. En primer lugar, la figura del dictador. ¿Por qué en la historia se repiten los tiranos que ejercen un poder autoritario? ¿Por qué incluso hoy, en las sociedades modernas, nos encontramos con líderes políticos populistas que gobiernan, bajo formas democráticas, desde un autoritarismo populista que pudieran recordarnos a las viejas formas autoritarias de Roma? Pienso —por poner dos contrapuntos— en Donald Trump y en Nicolás Maduro, tan diferentes entre sí. Quería, en fin, reflexionar a través de la vida de Nerón en las raíces del poder autoritario, cómo son los que rodean al tirano los que —por miedo o por ambición— consienten sus locuras y crímenes y permiten las dictaduras.

"Con todos esos mimbres fui imaginando un Nerón que debía estrenarse necesariamente en el mejor espacio posible: el teatro romano de Mérida"

La época de Nerón mantenía cierto paralelismo con la sociedad actual española en lo que se refiere a moral sexual. En aquella época los divorcios, la bisexualidad, los amantes y las amantes eran habituales. Como hoy en día. Pero en los tiempos de Nerón el primitivo cristianismo empezó a ser influyente, a captar a patricios y a hombres ricos del Imperio, y aquello se convirtió en un peligro político para el poder del emperador. En Nerón quería reflejar el enfrentamiento entre dos mundos ideológicos: el hedonista romano frente al austero y revolucionario cristianismo primitivo, el carpe diem de Roma frente al dolor en vida a cambio de una vida eterna y feliz en el Paraíso. Ambos mundos debían ser enfrentados en la obra.

¡Y cómo no! Una reflexión sobre el arte y la vida. ¿Deben vivirse las experiencias para llevarlas al arte o llevamos al arte lo que vivimos y soñamos? La célebre imagen tópica de Nerón tocando la lira mientras arde Roma me servía de punto de partida. Fue el historiador Suetonio quien, cincuenta años más tarde de la muerte de Nerón, acusó en su Vidas de doce césares al emperador de haber ordenado incendiar Roma para contemplar el incendio e inspirarse para escribir sus versos y edificar una Roma moderna, llena de grandes teatros, circos, anfiteatros, templos y amplias avenidas. La historiografía moderna parece creer que no ordenó quemar Roma, sino que permitió el incendio. Ya había imaginado una nueva Roma que iluminase al mundo y fuera la envidia de su tiempo.

Con todos esos mimbres fui imaginando un Nerón que debía estrenarse necesariamente en el mejor espacio posible: el teatro romano de Mérida, durante el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Como así ocurrió durante el mes de julio de 2018.

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Autor: Eduardo Galán. Título: Nerón. Editorial: Éride.