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La ficción de la vida y la realidad de la muerte

La ficción de la vida y la realidad de la muerte

Joaquín Berges, ante la tumba de uno de sus personajes, combatiente de la batalla del Somme

Verano de 2016. Sala de espera de mi oftalmólogo. Estoy esperando a que me hagan un fondo de ojo. Cojo una revista de historia. Se cumplen cien años de la batalla del Somme. Una enfermera comienza a echarme gotas para dilatar las pupilas. El artículo de la revista me interesa de inmediato, pero las letras comienzan a emborronarse ante mis ojos. La enfermera me pone más gotas. No puedo terminar de leer. Salgo de la consulta con la necesidad de hacerlo. La situación le ha dado al artículo un aura de misterio, como las novelas de suspense.

Así fue como me encontré con la batalla del Somme, el episodio más sangriento de la Primera Guerra Mundial, en el que murieron 600.000 jóvenes ingleses, franceses y alemanes de entre 20 y 30 años. Una generación entera perdida. Sentí una lástima que de momento fue solo de orden demográfico. Muchos jóvenes se habían alistado voluntariamente para vivir la gloria de la batalla. Renunciaban a sus humildes oficios en tiempos de paz para convertirse en exploradores, aventureros y héroes de guerra. La euforia reinante era tan unánime como engañosa. La batalla no salió como estaba planeado. La artillería cayó sin piedad sobre las líneas alemanas pero no fue lo suficientemente efectiva. La tierra de nadie se llenó de cadáveres. Solo el primer día de la batalla cayeron 20.000 soldados ingleses. Todavía hoy sigue siendo el día más sangriento de la historia militar británica.

"Los soldados que esperaban en las trincheras estaban en el corredor de la muerte"

Seguí leyendo sobre la batalla y no tardé en encontrar casos de deserción. Era lógico: combatir en el Somme se convirtió en una condena a muerte. Los soldados que esperaban en las trincheras estaban en el corredor de la muerte. Hubo un caso que me sobrecogió. Los jóvenes ingleses Albert Ingham y Alfred Longshaw abandonaron su pelotón en octubre de 1916. Habían combatido durante cinco meses y no pudieron seguir soportando la neurosis de la guerra. Se dirigieron hacia el canal de la Mancha con la esperanza de poder embarcarse y huir del continente. Fueron detenidos, juzgados y fusilados. Y enterrados en un pequeño pueblo cerca de Arrás. El padre de Albert creyó que su hijo había caído en combate por heridas de guerra. Cuando se enteró de la verdad, viajó a Francia y ordenó grabar en la tumba de su hijo unas enigmáticas palabras de homenaje. Esas palabras eran el principio de una novela que inmediatamente decidí escribir. Como no quería que fuera una novela histórica, inventé un personaje de ficción, Jacinto Peña, conocido como Jota, que se conmueve al leerlas, igual que me conmoví yo.

Jota decidirá viajar al noreste de Francia en busca de la tumba de Albert Ingham. Lo hará en un camión que transporta fruta fresca, en compañía de una camionera belga llena de vitalidad. En el camino irá recordando los pasajes principales de su historia familiar: los que justifican la necesidad de esa peregrinación. La extraña dolencia neurótica de su madre, el abandono de su padre, su amor obsesivo por una mujer inaccesible, su peculiar relación con su mejor amigo, el silencio que guarda para su hermana. Todo ello convertirá el viaje en un proceso de redención cercano a la expiación.

"Los personajes de ficción no dejan tumbas a este lado de la realidad"

Ya tenía mi historia real y mi historia de ficción. Solo me faltaba viajar hasta allí, hasta el Somme. Era una especie de obligación moral. No se puede viajar en el tiempo, pero sí en el espacio. Lo hice en el verano de 2017, en compañía de mi mujer y mis dos hijos. Visitamos los restos del campo de batalla, los monumentos funerarios, los cráteres que produjeron los obuses y las minas. Y los cementerios. Hay cientos de cementerios en el Somme, donde los soldados yacen en formación, todos en filas, con las lápidas en posición de firmes.

Recuerdo el momento en que llegamos a Bailleulmont, en cuyo cementerio municipal están enterrados Albert Ingham y Alfred Longshaw. Fue algo irrepetible. En ese momento yo llevaba escrita aproximadamente la mitad de la novela, de modo que ya les había dado voz a Albert y Alfred, como si fueran personajes de ficción. Sin embargo, me encontraba delante de sus tumbas, una al lado de la otra. No podía ser: había encontrado la diferencia entre la realidad y la ficción.

Los personajes de ficción no dejan tumbas a este lado de la realidad. La ficción se había convertido en un hecho real. Eso implicaba que el peregrinaje de Jota comienza en la ficción de la vida y termina en la realidad de la muerte. Va del presente al pasado, siguiendo el sentido de la vida: de un presente de ficción a un pasado real, como si nadie pudiera existir de verdad en el presente, como si el presente fuera siempre producto de la imaginación.

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Autor: Joaquín Berges. Título: Los desertores. Editorial: Tusquets. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro