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Yo no soy Elena Ferrante

La que se ha montado estas últimas semanas en el mundillo literario. Tras meses haciendo conjeturas sobre quién podría ser la celebérrima escritora italiana Elena Ferrante, se ha publicado un estudio que afirma que la escritora es Anita Raja, traductora, novelista y esposa del escritor Doménico Starnone. La liebre la ha soltado un reportero italiano, Claudio Gatti, que investigó durante un tiempo los ingresos por royalties de Anita descubriendo que, al parecer, eran demasiado altos para las supuestas ventas de sus títulos.

Dejando de lado el asunto de la autora de esta magna Tetralogía Napolitana, me gustaría aprovechar este post para repasar algunos casos de escritores publicados (o pillados) con pseudónimo y con heterónimo.

janeeyre_pseudonimoEs ya conocido por la inmensa mayoría de los amantes de la literatura que grandes autores universales se sirvieron de pseudónimos para publicar sus obras. Shakespeare (permanecen aún varios rumores sobre su identidad, Edward de Vere, Conde de Oxford, o hijo ilegítimo de la reina Isabel), Jonathan Swift (usaba como heterónimo Isaac Bickerstaff, un amante de la astrología que publicó en 1708 la obra Predicciones para el año 1708 ), Armandine Aurore Lucile Dupin (utilizaba como sobrenombre George Sand), Fernando Pessoa (que publicó casi toda su obra con varios heterónimos con esa dificultad añadida de que cada uno de sus “alter egos” literarios tenía un estilo propio, siendo los cuatro que más utilizó Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y Ricardo Reis ).

Félix Rubén García Sarmiento publicaba como Rubén Darío, Lucila Godoy como Gabriela Mistral, Samuel Langhorne Clemens publicó con el pseudónimo de Mark Twain, o Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares que escribieron juntos (caso extraño éste) con el sobrenombre de H. Bustos Domecq.

Lewis Carroll utilizaba también un alias, pues quería diferenciar esta faceta literaria que emprendía con Alicia en el país de las maravillas de su trayectoria previa. Tras este pseudónimo se encontraba Charles Lutwidge Dodgson, matemático y profesor en la Universidad de Oxford.

Algunos de los ejemplos mencionados serían más bien heterónimos (pues el autor ha llegado a crear un estilo literario propio para el nombre, además de una identidad literaria ficticia). Los heterónimos se comenzaron a utilizar durante el Romanticismo, siglos XIX y XX.

En España conocemos varios ejemplos: Mariano José de Larra escribió en la revista El pobrecito hablador con el alias Juan Pérez de Munguía. En otras ocasiones el articulista firmó sus obras como Fígaro. Azorín en realidad se llamaba José Augusto Trinidad Martínez Ruiz.

Antonio Machado, que creó el heterónimo de Abel Martín (poeta) y de Juan de Mairena (también poeta), llamó a las obras que firmaba con ellos “obras complementarias” y en ellas añadía un tono didáctico y social.

Existe un excelente estudio que les recomiendo, sobre uso del pseudónimo en narrativa del oeste. El caso más conocido sería el de Marcial Lafuente Estefanía que publicó unas 2.600 novelas del oeste con varios pseudónimos: Tony Spring, Arizona, Dan Lewis o Dan Luce. Lafuente Estefanía también publicó novela rosa con varios sobrenombres de mujer: María Luisa Beorlegui y Cecilia de Iraluce.

cumbresborrascosas_pseudonimoSiempre fue muy habitual que las mujeres utilizaran nombre masculino para saltarse esa censura que impedía que las mujeres alcanzasen la publicación de sus obras. Además de Armandine Aurore Lucile antes mencionada, podemos resaltar a las hermanas Brontë, Anne, Charlotte y Emily que firmaban como Acton, Currer y Ellis Bell, a Karen Blixen que utilizaba el nombre de Isak Dinesen como pseudónimo, o a Cecilia Böhl de Faber y Larrea que firmaba sus obras como Fernán Caballero.

Si bien a todas estas autoras el uso del pseudónimo les permitió ver su obra publicada, habría que señalar la excepción: J.K. Rowling. La autora de la saga Harry Potter, que publicó con pseudónimo masculino, Robert Galbraith, una novela en 2013 (para alejarse del encasillamiento que sufría en este terreno literario “mágico”), sin alcanzar en este intento el éxito de ventas y reconocimiento que tenía con los libros de Harry Potter.

Hay varios escritores que salieron del armario (o les sacaron) siendo puesto en evidencia el sobrenombre que utilizaban para publicar.

Es el caso del autor Juan Eslava Galán que publicó varias obras como Nicholas Wilcox, un heterónimo que tenía una identidad propia y diferenciada de Eslava Galán (así reza en diversas webs: graduado en Historia por la Universidad de Oxford, reportero freelance por medio mundo y amante de la escritura. Tras enviudar se recogió en un viejo molino junto al río Wye en Gales, aunque pasa largas temporadas en la sierra de Cazorla, como buen admirador de España).

Arturo Pérez-Reverte desveló en un artículo titulado El extraño caso de Nicholas Wilcox la identidad del autor “nacido en Nigeria”.

Otro de los últimos casos conocidos es el de Benjamin Black y John Banville. El irlandés Banville, ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014, publica desde 2006 varias novelas negras y thrillers bajo el sobrenombre de Benjamin Black. Hace escasos días el autor comentaba en una entrevista promocional para el diario El Mundo que de haber conocido el éxito de Elena Ferrante no habría desvelado su verdadera identidad: “a lo mejor, ahora, las novelas de Benjamin Black tendrían tanto éxito como las de Elena Ferrante. ¿Quién sabe?”