¿Podemos seguir defendiendo que el cuerpo de las mujeres tiene un precio? Noemí Trujillo se hizo esa pregunta no para obtener una respuesta, sino para emprender un camino. A partir de esa reflexión surgió un libro, un manifiesto, sobre un tema complejo, espinoso y que parece no importarnos demasiado: la abolición de la prostitución en España. Nuestra sociedad ha aceptado su existencia y damos por bueno que haya personas que se dediquen a la prostitución. A Noemí Trujillo le da igual que sea un acto voluntario o que haya detrás una extorsión: la necesidad de aprobar leyes abolicionistas es un imperativo que no se puede postergar en España. Hambre de abolición: Un manifiesto (Destino) es un ameno, exhaustivo y didáctico ensayo sobre cómo la literatura española ha tratado el tema de la prostitución. Con un estilo certero, sintético y preciso, la escritora firma un libro necesario, lleno de frases y reflexiones que siguen llamando a nuestra conciencia semanas después de haberlo leído.
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—Hay una frase en el libro que me ronda la cabeza: “La prostitución es una anomalía”. ¿Por qué seguimos tolerándola en el siglo XXI?
—La normativa española es laxa respecto al proxenetismo si la comparamos con nuestros países vecinos: Francia, Italia, Portugal y Andorra persiguen el proxenetismo en todas sus formas. Nosotros no. La despenalización del proxenetismo no coactivo en 1995 ha convertido a nuestro país en un gran «supermercado del sexo». Tenemos dos opciones: seguir siendo el burdel de Europa o intentar un cambio. Yo le pido al próximo gobierno resultante de las elecciones del 29-N que facilite la aprobación de dos normas esenciales: la ley integral contra la trata y la ley LOASP. Desde mi punto de vista, son complementarias e indisociables. El gobierno español no puede seguir tolerando la comercialización masiva de la violencia sexual, y nosotros tampoco.
—Pocos personajes hay tan estereotipados en la literatura como el de la prostituta.
—No hay que olvidar que la literatura ha estado dominada por escritores hombres hasta la posmodernidad, y la representación de la mujer prostituida ha oscilado entre el deseo y la vergüenza, en muchas ocasiones. Los autores que he escogido para mi manifiesto se alejan de estos moldes estereotipados. Galdós, por ejemplo, nos muestra, con el personaje de Isidora Rufete en La desheredada la violencia que existe en la supuesta prostitución voluntaria y cómo cambia la vida de la joven (para mal). Hoy podríamos considerar a Isidora una «chica de compañía», una «escort» o una «sugar baby», llamémoslo X. Lo que se puede interpretar leyendo la novela de Galdós es que permitir el acceso al cuerpo a cambio de dinero es muy peligroso a corto y largo plazo. Lo que ayer denunciaba Galdós desde la ficción hoy lo analiza la escritora y superviviente de trata y explotación sexual Kamila Ferreira en su libro testimonial y de no ficción España, la Tailandia europea, donde dedica un capítulo entero a contarle al lector que «una vez que una mujer entra en el sistema prostitucional, todo cambia», ya que ella refleja la prostitución «como una máquina de destruir mujeres». He escrito mi manifiesto para demostrar que, desde hace más de ciento cuarenta y cinco años, algunos de los mejores escritores españoles han denunciado la violencia que sufren las mujeres en situación de prostitución.
—En la tradición literaria de nuestro país, desde La Celestina, la que favorece la prostitución y la corrupción de las jóvenes es una mujer.
—Presenté mi manifiesto en el Ateneo de Málaga hace muy poco. Me hizo ilusión, ya que ese espacio nació para cuestionar los mitos del franquismo y presentar un libro con perspectiva abolicionista allí supuso para mí un cuestionamiento cultural de la narrativa de la «libre elección» en la prostitución. Una de mis presentadoras me dijo que le gustaría que escribiera sobre las «mamis». Es curioso el desplazamiento lingüístico que se ha producido desde el concepto de «madame» al de «mami», donde estas mujeres, que son víctimas reconvertidas en agentes de los proxenetas, adoptan un rol falsamente maternal. Mi libro es un estudio crítico-literario de la prostitución en la literatura española de 1880 a 1983, y en este recorrido todo está mucho más claro que en la actualidad. En el libro María Magdalena, de Matilde Cherner, primera novela de la literatura española donde una mujer prostituida toma la palabra en primera persona, escuchamos a su captadora expresarse con esta franqueza: «¿Crees que te voy a estar aquí manteniendo solo por tu linda cara?» (capítulo II de la segunda parte). A partir de los años 80-90 la prostitución en nuestro país comienza a hacerse global y la narrativa de la «libre elección», que es un discurso construido y alimentado por el lobby del sexo, adquiere mucha fuerza. Recordemos que, tras la despenalización del proxenetismo no coactivo en 1995, el consentimiento de la persona prostituida es fundamental para que no exista delito. Hay que construir un discurso basado en la «libertad» para prostituirse, y las mamis juegan un papel fundamental en esta nueva narrativa. Kamila Ferreira, en el libro testimonial que he mencionado antes, narra muy bien la presión que ejercen las mamis en las mujeres prostituidas. Ferreira es muy dura con ellas y considera que tienen la misma responsabilidad que los proxenetas; yo no soy juez, pero entiendo por qué lo dice. Las mujeres no podemos mirar hacia otro lado cuando se ejerce violencia contra otras mujeres.
—¿Hay una cierta idealización de la prostitución en nuestra sociedad y nuestra cultura?
—Hay normalización e impunidad entre los puteros. Los puteros saben que la prostitución está basada en el machismo y en el colonialismo y que en España se traduce en el hecho de que hombres del primer mundo compran a un precio ridículo cuerpos de mujeres pobres del tercer mundo. En la última encuesta sobre percepción social de la prostitución realizada por el CIS, «el 68,9% de los españoles está de acuerdo o muy de acuerdo en que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres». Todos sabemos lo que es la prostitución, pero mientras nuestras leyes sigan garantizando la impunidad de los puteros, España seguirá siendo país de destino y tránsito de trata con fines de explotación sexual. La pregunta es si queremos vivir en un país con macroburdeles que tengan rótulos como «coños de aeropuerto», como sucede en Alemania, por ejemplo, o si queremos vivir en un país donde se apueste por desincentivar la demanda y educar en el consentimiento sexual libre, no viciado por el dinero, y revocable. La abolición de la prostitución en España podrá tardar más o menos, pero no tengo ninguna duda de que llegará. Es el marco legal que recomienda el Parlamento Europeo.
—En María Magdalena, de Matilde Cherner, se desmonta el mito de la voluntariedad.
—La protagonista de Cherner llega a la prostitución por un proceso de violaciones muy similar al que cuenta Amelia Tiganus en La revuelta de las putas (Penguin Random House). María Magdalena tiene quince años cuando la violan por primera vez y Amelia tiene trece cuando sufre una violación en grupo por varios hombres al salir de su colegio natal en Rumanía. Las protagonistas de mi manifiesto no son mujeres reales, son personajes de ficción, pero Cherner y otros autores que menciono reflejaron estructuras sociales que siguen vigentes hoy en el mundo de la prostitución. Una de ellas es esa serie de violaciones sistémicas durante la adolescencia que causan un daño psicológico tremendo que los proxenetas saben aprovechar.
—Hay un concepto en nuestra sociedad heredado de los siglos anteriores: ciertas mujeres pueden ser prostituidas, y no pueden escapar a ese destino.
—Cierto, pero es una idea que hoy ya no puede sostenerse. Escribo en mi manifiesto que «hay que abolir la idea de que existen mujeres B que pueden ser prostituidas». Ahora bien, ¿cuánto entenderán esto los políticos españoles?
—En su obra reflexiona sobre el vínculo entre las guerras y la prostitución.
—Es un fenómeno histórico muy documentado que no sorprenderá a nadie: al inicio de la guerra de Ucrania, por ejemplo, hubo un éxodo masivo de mujeres y niños y, al llegar a Europa, muchas de estas mujeres acabaron en el sistema prostitucional, en burdeles alemanes. El escritor Arturo Pérez-Reverte ha contado en un pódcast que, mientras era reportero de guerra en el sitio de Sarajevo en la guerra de Bosnia, una mujer le ofreció «servicios sexuales» a cambio de un paquete de cigarrillos y que él le entregó los cigarrillos sin pedir nada a cambio. Pero no hace falta estar en un contexto de guerra: en Ceuta, durante el salto masivo de finales de junio, las mafias de la prostitución tardaron bien poco en prostituir a menores por veinte euros. Siempre que haya mujeres en un contexto de vulnerabilidad, existirán redes de trata que intentarán prostituirlas. Por eso es tan importante el cambio social, entender que el consentimiento sexual no puede comprarse y menos aún cuando existe una posición de vulnerabilidad.
—En La desheredada, de Benito Pérez Galdós, vemos la relación entre política y prostitución, tan de actualidad en nuestros días.
—La protagonista, Isidora Rufete, recibe una oferta de un congresista: si continúa manteniendo relaciones sexuales con él, le regalará la regencia de un estanco. Este patrón de comportamiento también sigue vigente hoy en día, por desgracia, y se continúa utilizando dinero público y comisiones ilegales para contratar «servicios» de prostitución y fiestas privadas. No creo que sea necesario que recuerde titulares, los tenemos todos muy recientes en la memoria.
—En esa novela también descubrimos cómo la prostitución es facilitada por la desigualdad económica.
—Esto aparece en casi todas las obras que he elegido y, en la actualidad, la mayoría de las mujeres que están dentro del sistema prostitucional español son mujeres migrantes pobres.
—Gisèle Pelicot —que fue drogada por su marido para que ochenta hombres la violaran hasta en doscientas ocasiones a lo largo de diez años—, al comienzo del juicio contra su esposo, dijo que la vergüenza debería cambiar de bando. En la prostitución, la estigmatizada, con el lenguaje, es la prostituta y no el cliente.
—«Puta» es el insulto que se dirige a todas las mujeres cuando se salen de la norma, e «hijo de puta» el insulto más español que hay. Cuando un político es un mal político, no hay que gritar «hijo de puta», hay que gritar «dimisión». Desarrollo en un epígrafe del manifiesto que siempre es la mujer prostituida quien pierde el nombre y que el putero / «cliente» —ponlo entre comillas, por favor, para cuestionar la categoría— lo conserva. El feminismo abolicionista pone el foco en los «clientes» y proxenetas, quiere avergonzarlos, ese es uno de los motivos por los que ahora al «cliente» se le llama putero o prostituidor, para visibilizar su responsabilidad. El caso de Gisèle Pelicot es muy doloroso, conmovió al mundo, y puso sobre la mesa que solo puede aceptarse en las relaciones sexuales un consentimiento explícito, consciente y revocable. La prostitución, al viciar el consentimiento con el pago del dinero, lo anula, y por eso defiendo en mi trabajo literario (en mis poemas, en mi manifiesto, en las novelas negras que escribo a cuatro manos con Lorenzo Silva) que no existe consentimiento en la prostitución, ni siquiera cuando se ejerce de forma supuestamente voluntaria.
—En “Las medias rojas”, la pionera Emilia Pardo Bazán se hace una pregunta que sigue resonando en nuestros días: ¿Existe una forma de vestir para las mujeres prostitutas y otra para las no prostitutas?
—En la antigua Roma, así era. En ese cuento de Pardo Bazán, el rojo de las medias convierte a la hija en una prostituta a ojos del padre; la joven, sin embargo, ignora que ha sido captada para ejercer la prostitución en América. En tiempos de Pardo Bazán se traficaba con mujeres españolas pobres, que vivían en el medio rural, para prostituirlas en América; hoy es al revés, pero es la misma estructura. El proceso de captación lo cuenta muy bien el libro de no ficción El proxeneta (Editorial Alrevés), de Mabel Lozano, y su adaptación al audiovisual en la serie El castillo, de Movistar Plus, escrita por Isabel Peña y Eduardo Villanueva. Recientemente, el actor Raúl Arévalo, que ha interpretado al personaje del proxeneta en la serie, ha declarado en medios: «No entiendo que alguien consuma prostitución; no son capaces de ver al otro». Estas declaraciones, de parte de hombres del mundo de la cultura, son muy importantes y ayudan a concienciar sobre el hecho de que el consentimiento sexual no puede comprarse, lleves puesta la ropa que lleves puesta.
—Hay un dato que nos ayuda a entender por qué la explotación sexual sigue presente en nuestra sociedad: la trata y la prostitución son un gran negocio; mueven mucho dinero.
—Es un negocio milmillonario y la industria del «sexo de pago» tiene mucho dinero para invertir en construir una narrativa a favor de la prostitución «libre y voluntaria», para identificar la prostitución como «un trabajo como otro cualquiera». Pero ningún otro trabajo permite un acceso al cuerpo. Guardo un registro de feminicidios prostitucionales en nuestro país, desde los años 80-90, en el que un asesino en serie apodado «Jack el Destripador de Almería» estrangulaba a mujeres prostituidas y las arrojaba desnudas a barrancos y cunetas, hasta el último feminicidio prostitucional ocurrido en un apartamento turístico de Bormujos, Sevilla, donde un putero de 20 años asesinó con un cúter a una mujer prostituida. En medio de estos dos casos, el lector puede informarse sobre casos como el de Marta Calvo, cuyo cadáver aún no ha aparecido, o el de Milena Sánchez, encontrada muerta en el piso de un «cliente» habitual. Se compara muchas veces de forma falaz la prostitución con un trabajo similar al de una trabajadora de un supermercado, pero lo cierto es que las trabajadoras de un supermercado no aparecen muertas a manos de sus «clientes». Si yo hubiera estudiado periodismo, habría realizado un reportaje sobre feminicidios prostitucionales en nuestro país, pero he estudiado Humanidades, así que he escrito Hambre de abolición: Un manifiesto (Destino Referentes), que es una forma de defender la abolición de la prostitución en España a mi manera y tomando la literatura como punto de partida. En la prostitución, la violencia es estructural y comienza con la compra del consentimiento.
—Carmen de Burgos aseguró que la legalización convertía al Estado en un Estado proxeneta.
—Así es. Yo voy un paso más allá. Desde mi punto de vista, tolerar la prostitución, como hace el gobierno de España, también convierte al Estado en un «gran proxeneta», ya que este obtiene un beneficio económico indirecto al recaudar impuestos de locales de alterne donde se ejerce la prostitución.
—La mayor aproximación al abolicionismo fue un decreto de 1935, en la Segunda República.
—A veces, desde sectores regulacionistas, acusan al feminismo abolicionista de querer regresar a una ley franquista (el decreto de 1956), pero esto no es cierto. España no es abolicionista porque la dictadura franquista lo impidiera: el primer decreto abolicionista, como bien dices, nace en la Segunda República.
—¿El silencio, al que elude Martín Santos en su novela, es igual de cómplice ahora que en la dictadura de Franco?
—Médicos del Mundo creó una campaña bajo el lema «Hablan los puteros» para concienciar sobre el hecho de que si callas, aunque no consumas prostitución, también eres cómplice. Si pagas eres cómplice, pero si callas también. La idea es terminar con la impunidad de los puteros y proponer un cambio social donde ya no se normalice el consumo de «sexo de pago». Por ese motivo son tan importantes los posicionamientos desde el mundo de la cultura.
—Terminamos. ¿Se siente sola en su discurso abolicionista?
—Yo admiro mucho a grandes teóricas como Ana de Miguel, Rosa Cobo o Beatriz Gimeno, quienes, desde la filosofía, la sociología, la filología y el activismo, defienden la abolición de la prostitución; también a las supervivientes del sistema prostitucional, como Amelia Tiganus o Kamila Ferreira, que nos han ofrecido su desgarrador testimonio y que es tan importante para concienciar. Desde el audiovisual, Mabel Lozano lleva más de dos décadas realizando un trabajo extraordinario, mostrando la prostitución como lo que es: un negocio global del que se benefician muchas personas sin escrúpulos. Desde la literatura, sí, echo en falta referentes actuales, y me pregunto dónde están hoy los Galdós, las Matilde Cherner, los Pío Baroja, las Cármenes de Burgos, los Martín Santos. Se escribe mucha novela negra en clave de entretenimiento y se ha abandonado bastante, en la literatura española actual, el discurso crítico social. El único mérito que tiene mi manifiesto es el de ser un posicionamiento desde la literatura. Mi deseo es que haya más. Una noche de Reyes (Destino, 2025) es mi sueño más literario: ganar, algún día, el Premio Nadal, y Hambre de abolición: Un manifiesto (Destino, 2026) es mi sueño más político: abolir la prostitución en España y terminar con la impunidad de «clientes» y proxenetas. Propongo en mi manifiesto que el lector que coincida en los principios pueda firmarlo compartiendo su opinión en redes sociales. Me escribe mucha gente que me da apoyo de forma privada y me dice que tiene miedo a posicionarse públicamente, miedo de ser insultada o recibir algún tipo de hostigamiento. Yo misma te he pedido que bloquees los comentarios a esta entrevista. Podemos preguntarnos qué está fallando cuando los ciudadanos tienen miedo de abordar un tema.






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