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Dolores Redondo: “Los escritores naturales hacemos espiritismo, convocamos demonios”

Dolores Redondo: “Los escritores naturales hacemos espiritismo, convocamos demonios”

Atendiendo al titular, el lector pensará que Dolores Redondo (Donostia-San Sebastián, 1969) se ha acercado a los lares de William Peter Blatty cuando, en realidad, la cosa se asemeja más a Delibes. Cuando le dieron el Cervantes, el autor de El camino se preguntó qué cabeza debía conservar: “¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo?”. La autora de Todas las noches, todas las ciudades (Destino, 2026), tercera entrega del cuarteto “Los valles tranquilos”, cuenta a Zenda que tuvo un “pensamiento” que no era suyo. Uno de los protagonistas de su última novela, el escritor Benedict Newman, eleva la premisa a la enésima potencia: cree ser el detective de sus libros. Hay un crimen. La Policía le interroga porque es similar a los que narra en sus ficciones. Y es el padre de Nash Elizondo.

Conversamos con Redondo. Sin disociaciones. Y con el “Sello Sine Machina”.

*****

—¿Qué tal la experiencia de escribir por primera vez una novela sin escenario?

—¡A ver cómo se lo toman los lectores! Es una novela con un escenario intangible: realmente, estamos en la trastienda de la mente de un escritor. Sí hay un escenario, es un escenario ficticio, uno que para él es muy real porque, claro, para los escritores, nuestros escenarios son muy reales, estemos donde estemos. Además, podemos trasladarnos a él por arte de birlibirloque, en un momento, con sólo conectarte.

—Expresa, al final, su agradecimiento “a todas las ciudades que por un instante han sido la mía, y a todas las noches en las que soñé despierta vivir este día”. Hábleme de esas noches. Hábleme de esas ciudades.

"Mientras se escribe, hay que ser absolutamente libre y entregarse a la pulsión"

—Pues fíjate, esas noches son esta noche. Son ayer por la noche (la entrevista se hizo el 21 de octubre). Todas las noches justo antes de la salida de un libro, que son noches en las que no duermes tan bien, porque sigues teniendo esa sensación de mariposas, de que vas a soltar otra criatura al mundo. Es la noche en la que surgen todos los miedos que no has tenido mientras escribías la novela. Mientras se escribe, hay que ser absolutamente libre y entregarse a la pulsión, pero en el momento en el que la he visto impresa, y he visto el tocho de novela que ha quedado… Mira, vengo de Francia, de unos encuentros literarios. Se decía que ahora la gente no quiere leer, que quiere sólo diálogos, no tramas complicadas. Yo veo mi novela y digo: “He hecho todo lo que no hay que hacer, lo he hecho todo mal”. En Francia estaban con una historia muy fuerte: hay un autor de origen haitiano, que reside en Canadá y escribe en francés (Thélyson Orélien), que era uno de los candidatos perfectos al Goncourt y ha sido retirado porque alguien apuntó que le había pasado un detector de IA a la novela y esta era cien por cien IA.

—Al principio de la novela, a Benedict Newman le entrevista un crítico literario de The New York Times, Linus Gerber. El escritor sostiene que “existe una literatura que funciona como un monstruo de Frankenstein: remendada con retazos de lo que alguna vez tuvo vida”. “Gentrificación literaria”, lo llama. ¿Suscribe?

—Sí, total. Es lo que opino palabra por palabra. En toda esta parte de la novela en la que Newman, digamos, está presente como él mismo, Newman soy yo.

—Y continúa: “La falta de narrativa interna nos roba el relato identitario e íntimo, esencial para saber quiénes somos, qué queremos, qué nos pasa y por qué sufrimos”.

—Absolutamente. Lola López Mondéjar ganó el Premio Anagrama de Ensayo hace un par de años con una obra que se llama Sin relato. Ella es una psicóloga clínica y describe cómo la pérdida de las humanidades, la pérdida de lectura, la pérdida de comprensión lectora y de léxico ha llevado a que en su clínica, cuando llegan personas muy dañadas, que son conscientes de que tienen un gran dolor, que tienen daño en alguna parte, lo que más les cuesta es hablar, explicar qué les pasa. La gente llega, es consciente, y dice: “Me duele, me duele mucho, traigo un grandísimo dolor en mi alma”, y cuando ella les pide “explícame qué te pasa, de dónde crees que proviene”, no saben ponerle nombre a nada. Porque no han leído, porque les faltan humanidades, porque les falta haber encontrado en la experiencia de otro humano en lo que les pasa a ellos. Y esto nos está llevando, en los últimos tiempos, a un adanismo absoluto en el que todo el mundo piensa que es la primera vez que ocurre en el universo que alguien esté roto de amor, de pasión o de dolor, como está él, y a buscar soluciones de 45 segundos en vídeos de Instagram, pero sin profundizar.

—Es cierto que Newman padece un exceso de narrativa interna.

—(Risas) ¡Aparentemente! Luego vemos cómo se ha construido también…

—Cita el discurso de Delibes cuando le dieron el Cervantes: “Los amigos me dicen con la mejor voluntad: que conserve usted la cabeza muchos años. ¿Qué cabeza?”. Tras enumerar a algunos de sus personajes, insiste: “¿Qué cabeza es la que debo conservar?”. ¿Usted conserva la cabeza… de alguno de sus personajes?

"Amaia es una mujer y Manuel es un hombre homosexual, pero tengo mucho más en común con él porque es un escritor"

—Lo que le pasa a Benedict Newman surge de una experiencia personal, de un recuerdo que un día apareció en mi cabeza y fue bastante sorprendente comprobar que no era mío. Siempre me preguntan si tengo algo en común con los personajes. Yo tengo más en común con Manuel Ortigosa que con Amaia Salazar. Amaia es una mujer y Manuel es un hombre homosexual, pero tengo mucho más en común con él porque es un escritor. Claro, en estos inicios de la novela, tengo más en común con Benedict Newman que con ningún personaje femenino porque suscribo sus palabras, que son mías.

—¿Su nombre es gratuito? Se me ocurrió que, tras él, se hallan Benedict Cumberbatch y Paul Newman.

—Sí, son mis dos actores favoritos.

—Cuénteme sobre el Trastorno de Identidad Disociativo.

—La disociación se presenta muchas veces en muchas personas sin un trastorno mental. Suele ser algo transitorio y ocurre después de estar sometido a un gran trauma: después de un accidente de tráfico, puedes llegar al hospital y no saber cómo te llamas, ni qué día es, ni dónde estás, ni nada. Puedes estar disociando y, sin embargo, tener otras partes de tu memoria intactas. Puede ocurrirte después de un coma, de una guerra, o tras haber presenciado un horror. Puedes quedarte pillado. Lo que pasa es que no suele conservarse mucho en el tiempo, suele ser un segmento de comportamiento muy corto. Hay un día en que llegan, no saben quién son, o sí saben quiénes son ellos pero no saben quién eres tú y te atribuyen otro nombre. Incluso pueden creer que están en otros lugares o quieren irse a un lugar que está en otro tiempo. Los parámetros de la realidad se les mueven bastante.

—Pero también hay una enfermedad…

—Hay una enfermedad, un trastorno mental que es lo que antes se llamaba, y el cine lo ha explotado bastante, “personalidad múltiple” o “doble personalidad”. Normalmente, cuando hay una personalidad múltiple, suele haber más de dos: el “doble” se queda muy corto. El cine ha explotado esto casi siempre mal, de manera muy extravagante, haciendo ver comportamientos muy fuera de tono. En definitiva, es una enfermedad difícil de diagnosticar, muy difícil de diagnosticar, sobre todo, porque las personas que de verdad padecen esta enfermedad lo ocultan a toda costa.

—La editora de Newman, Margot Faber, dice que “es un espíritu frágil”. ¿Hasta qué punto? Responda, en la medida de lo posible, regateando al espóiler.

"El propio hecho de escribir sobre ello actúa como un exorcismo y cura bastante, pero a veces, esa sesión se cierra y los demonios no se van"

—Creo que las personas que están muy cerca de los que escribimos son conscientes de hasta qué punto… No voy a decir que todos los escritores sean frágiles, pero los escritores naturales, a los que diferenciamos de los autores que se pueden subir al carro de escribir sobre algo que toca o que está de moda, hacemos espiritismo. Convocamos fantasmas del pasado, del presente o del futuro. Convocamos demonios. El propio hecho de escribir sobre ello actúa como un exorcismo y cura bastante, pero a veces, esa sesión se cierra y los demonios no se van. Y creo que las personas que trabajan cerca de los escritores naturales, como por ejemplo un editor, son muy conscientes de hasta qué punto el escritor es frágil: a él también le cuentas cosas que quizá luego no terminan apareciendo en la novela, cuentas de dónde viene, cómo es tu proceso… Yo, por ejemplo, el día que tuve un pensamiento que no era mío…

—¿Cómo fue eso?

—Pasé por una calle, pensé: “Por aquí pasaba de pequeña para ir al cole”, y no era yo la que pasaba por ahí para ir al cole. Además, eso no aparece en ninguna novela. Y le conté a mi editor: “Mira lo que me ha pasado”. Volvemos al discurso de Miguel Delibes, que era muy poco sospechoso de ser un tipo fantasioso, poco dado a consumir drogas o a alterarse…

—Era de Valladolid, no de Woodstock.

—Eso es, no tomaba setas alucinógenas. Y dije: “Hostia, pues si le ha pasado a Delibes, me siento refrendada como para poder hablar de esto y sin que parezca una pirada”.

—Vamos acabando, Dolores. ¿Qué tal se lleva con el éxito?

"Sabes que no hay una editorial que pueda conseguir que tu novela vaya al número uno y que se mantenga en el número uno. Eso quien lo da es el lector"

—Es algo que agradeces de todo corazón porque sabes quién lo otorga, porque sabes que no hay una editorial que pueda conseguir que tu novela vaya al número uno y que se mantenga en el número uno. Eso quien lo da es el lector. El señor feudal es el lector, es nuestro rey. Si partes de ahí, sólo te queda estar agradecido. Agradecido una y otra vez por su lealtad, por su fidelidad y, además, sabiendo que, y eso es lo que quizá me provoca las mariposas en el estómago en la salida de cada novela, aunque te lo hayan dado una y dos y tres y cuatro o en cada una de tus novelas anteriores, no implica que te lo vayan a dar en esta.

—Para terminar: Todas las noches, todas las ciudades porta el “Sello Sine Machina”. ¿Sospecha de las novelas que no lo llevan?

—Después de lo que te he contado de Francia, lo que va a pasar es que esto va a tener cada vez un recorrido más amplio. Algunos artículos ya hablan de que el 25% de lo que está publicado en Amazon y de lo que se autopublica es IA.

—Uy, y si viera en los periódicos…

—No creo que esto nos lleve a que todo va a ser IA, ni muchísimo menos. Incluso puede que vivamos un renacimiento de las artes y las letras: habrá un momento en que la escritura de verdad se va a poner en valor, estoy segura. Yo estoy en una herramienta, Save Creative, que es un registro en el que el autor se crea una cuenta y puede guardar desde bosquejos de dibujos hasta bosquejos de diseños: toda la evolución de su trabajo, y tiene una huella de la evolución de su trabajo.

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