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Respirar en el polvo

Respirar en el polvo

Un llamada teléfonica hace estallar la rutina. A partir de ese momento, una mujer embarazada de ocho meses emprende un viaje por un paisaje árido con un objetivo: matar a su padre. Así comienza Morderás el polvo, de Roberto Osa, libro editado por la Fundación José Manuel Lara, ganador del Premio Felipe Trigo de Novela. El autor cuenta en Zenda cómo escribió esta novela. 

 

Se tiende a creer que el mundo de la escritura está rodeado por un halo de bohemia e inspiración, y que los escritores son bichejos celestiales a los que las ideas —y el sustento— les caen por gracia divina. Lo cierto es que, al menos en mi caso, todo fue mucho más prosaico.

En septiembre de 2013, estaba a punto de comenzar el segundo curso del Máster de Narrativa y no tenía ni idea del proyecto que iba a desarrollar en los meses siguientes. No disponía de mucho tiempo, porque mi empleo ocupaba toda mi jornada laboral; ya el hecho de ir a clase se me hacía muy complicado, no digamos encontrar un rato para ponerme a escribir. Por suerte, pude resolver el problema de los horarios gracias a que una compañera de trabajo me estuvo cambiando el turno durante un año para que yo pudiera asistir a las clases de la Escuela de Escritores; a ella le debo parte de todo esto, además del nombre de mi protagonista —Águeda—, quien lleva este nombre en su honor.

"Me era molesto escribir, me incomodaba, por momentos era hasta doloroso, y siempre agotador"

Respecto a la novela, lo único que yo tenía por aquel entonces eran un par de imágenes que no salían de mi mente: la primera, un niño contemplando el cadáver de uno de sus padres; la otra, una niña bien vestida, guapa incluso, armada con una escopeta. No tenía ni idea de adónde me podía llevar esto, así que era incapaz de escribir esa maldita novela que debería ser mi trabajo de fin de máster. Comencé poniendo por escrito mis reflexiones en una Moleskine; supongo que, tratándose de un aspirante a escritor, tampoco resultó demasiado original, pero a través de estos renglones, la idea del parricidio tomó fuerza e hizo que poco a poco las dos imágenes que me obsesionaban acabaran por unirse. Así fue como empecé a escribir y avanzar un poco, si no en la construcción de la voz narrativa, al menos en la peripecia de mi protagonista. Nunca trabajé con un mapa detallado de la historia, pero sí con unos cuantos puntos que iban a ser las tres o cuatro escenas clave de Morderás el polvo, y digamos que mi trabajo consistía en conectar esos puntos sin que la trama se desparramase.

No fue fácil. Me era molesto escribir, me incomodaba, por momentos era hasta doloroso, y siempre agotador. Tras una hora escribiendo, a veces menos, me encontraba exhausto. Mucha gente me decía: “Si te resulta incómodo, si te resulta doloroso, si te resulta agotador, la solución es muy sencilla: no lo hagas, no escribas”. Pero yo no podía dejarlo, de la misma manera que un enfermo con problemas respiratorios no decide taponarse la nariz, sino que en su desesperación se esfuerza más, intentando llegar a esa bocanada que por fin le llene los pulmones.

"A mí me dolió escribir Morderás el polvo. No sé de dónde viene ese dolor, seguramente si lo supiera no escribiría"

Pocas veces escucho a los escritores hablar de la incomodidad de escribir. Cuando les consulto acerca de esto, la respuesta suele ser: “Yo siempre disfruto escribiendo, de lo contrario no lo haría”.

A mí me dolió escribir Morderás el polvo. No sé de dónde viene ese dolor, seguramente si lo supiera no escribiría. Y esto no es una pose; ojalá pudiera estar escribiendo durante horas y gozar con ello, pero no me resulta tan sencillo.

Otro gran problema fue encontrar la voz narrativa. Sin ella, la historia no se sostenía. Hice muchas pruebas, costó meses encontrarla. Luego, de repente, apareció. Ya con la voz y los personajes, había que escribir la novela, ¿pero cuándo? Mi pareja estaba embarazada, el trabajo, las clases, el perro… Saqué a todos de la ecuación —menos al perro y a mí mismo— y me fui cinco días a una casa de campo en Cabañas de Polendos (Segovia). Allí escribí no menos de un tercio de la novela en esos pocos días. De no haberlo hecho así, es probable que a día de hoy aún no estuviera terminada.

"Di por terminada Morderás el polvo en abril de 2016, sin saber si la novela había mejorado o se había convertido en un monstruo de tres cabezas"

Envié un primer borrador a mis tutores de la Escuela de Escritores ya con mi hijo recién nacido. Abandoné el texto durante seis meses por razones obvias: pañales, biberones, llantos… Cuando lo retomé, ¡horror! Había que reescribirla entera, sin modificar prácticamente los hechos ni las escenas, pero sí la forma, el fraseo y conseguir ocultar las costuras de la trama. Fueron unos cuantos meses más de escribir, corregir y dormir casi nada. La vida del escritor a tiempo parcial no me parecía idílica, la verdad. Y mi pareja volvía a estar embarazada.

Di por terminada Morderás el polvo en abril de 2016, sin saber si la novela había mejorado o se había convertido en un monstruo de tres cabezas. Semanas después, comencé a reunirme con algunos editores independientes; todos ellos la ignoraron, cada uno a su manera, y lo cierto es que no les culpo. Seis meses después, la novela fue premiada. De pronto, olvidé todo lo que me había costado escribirla y me di cuenta de que lo mejor de escribir es haber escrito. Se abrió una nueva etapa en mi vida, pero esa historia ya la contaré en otra ocasión.

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Autor: Roberto Osa. Título: Morderás el polvo. Editorial: Fundación José Manuel Lara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro