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Olga Merino: «Soy la madre de mí misma»

Olga Merino: «Soy la madre de mí misma»

En Cinco inviernos (Alfaguara), Olga Merino narra la demolición de un mundo y la trastienda de una vocación. Un libro que rompe muy adentro y con el que para llorar hace falta el cuerpo entero.

Corre el mes de noviembre del año 1992 y la Unión Soviética se cae a pedazos. Olga Merino, que aún no cumple los treinta, aterriza en Moscú como corresponsal. Aunque entonces no sabía hablar ruso, envió durante cinco años las crónicas del fin del comunismo para El Periódico de Catalunya. Vivió en un ambiente hostil, un lugar donde imperaba el caos, la indolencia, la escasez, la inflación, la incertidumbre, el alcoholismo, la melancolía y la derrota… y aunque pudo con todo eso, a Olga Merino sólo la intimidaba una cosa, una sola: la página en blanco. Ese es el tema de Cinco inviernos (Alfaguara), un libro de nieve rota, una bitácora de la estepa rusa cuando alguien la vive en su interior.

"Han pasado treinta años desde entonces. La que soy ahora no tiene nada que ver con esa chica inconsciente, me siento la madre de mí misma"

El nuevo libro de Olga Merino transcurre en los años de Boris Yeltsin tras la caída del muro de Berlín. Es el momento del hervidero: el desplome de la cortina de acero, las reformas económicas que no salvarían a nadie de la pobreza, la promesa del hombre nuevo desapareciendo de un plumazo. De aquel tiempo, Olga Merino guardó libretas a las que se asomó treinta años después y de las que emergió un libro inclasificable. A mitad de camino entre la novela, el dietario o el periodismo de crónicas dictadas por teléfono como quien escribe a gritos un poema, Merino propone en Cinco inviernos el desenlace de una potencia que hoy se rearma. Pero, sobre todo, narra la guerra de sí misma.

Merino ofrece mucho más que periodismo en las páginas de Cinco inviernos. Como ya lo hizo en su novela La forastera (Alfaguara), se abre en canal y rasga con su prosa el pecho de quien la lee. Estas páginas componen un manuscrito político e histórico, y por supuesto periodístico, qué duda cabe, pero es también la trastienda de una vocación, una bitácora que se lee con desgarro y urgencia, un libro que rompe muy adentro y con el que para llorar hace falta el cuerpo entero.

Cinco inviernos es la bitácora de una joven periodista que, inmersa en la cultura rusa, persigue el sueño de ser escritora. Encuadernada entre la que fue y la que es hoy, planta al lector ante la refutación de la historia y la forja de una vocación. En este libro, Merino todo lo ve, todo lo cuenta: desde la disolución del Congreso de los Diputados del Pueblo de Rusia y el Sóviet Supremo hasta el sarcófago de hormigón que recubre el reactor de Chernóbil. En Cinco inviernos, Merino cuenta sus memorias, ofrece al lector sus recuerdos. De eso habla la escritora en esta entrevista.

Madre de sí misma

Olga Merino se fue a buscar una «vocación literaria desaforada a un país que se venía abajo». En Rusia se hizo adulta y narradora, se endureció hasta templar una voz propia. «Han pasado treinta años desde entonces. La que soy ahora no tiene nada que ver con esa chica inconsciente, me siento la madre de mí misma. Me produce cierta ternura cosas que veo: los desvaríos románticos y el idealismo en cuanto al ejercicio del periodismo y también en otras cosas», dice esta mujer de melena gris y ojos oscuros como azabaches.

"A los que tenían más de cincuenta años, de pronto alguien les dijo: tu país no existe, todo lo que creías era una patraña y búscate la vida"

La escritora pasea la mirada por algunos objetos que atesoró en ese tiempo, incluida una estrella roja de cinco puntas con la que alguna vez decoró un árbol de navidad. Merino recuerda aquellos años como un privilegio, acaso el látigo que resuena en una música para camaleones. «Estaba caminando sobre los cascotes y viviendo cosas que me irían convirtiendo en escritora», dice hoy. Si Olga se ha atrevido a abrir esas libretas, a orearlas y reescribirlas, es porque, al fin, y tras enormes esfuerzos, dice sentirse escritora. «He dedicado mi vida a esto, he hecho muchas renuncias para conseguirlo».

En estas libretas rusas, Olga Merino nos ofrece sus memorias, sus recuerdos, las voces de sí misma y, por qué no, el ferrocarril que pasa una y otra vez sobre una mujer sensible y hambrienta de escritura, alguien que intenta aprender a escribir, incluso a pesar de tener que contar un mundo en trance de desaparecer. En estas páginas se muestra alguien hecho de granito, «un ser que profesa un temor reverencial a la escritura» y que llama a la belleza como un vecino alcohólico golpea la puerta de madera. El basurero del futuro, letra por letra.

Blanco roto, harina de la reescritura

«Nos quedamos con el titular: la Unión Soviética acabó el 25 de diciembre del año 1991. Hablamos de las reformas de mercado y la idea de una democracia imperfecta, pero detrás de todas esas cifras hubo dolor humano. A los que tenían más de cincuenta años, de pronto alguien les dijo: tu país no existe, todo lo que creías era una patraña y búscate la vida. Veías a la gente, a la gran potencia, a los primeros que colocaron a Yuri Gagarin en la órbita terrestre, rebuscando en la fruta podrida», explica Olga Merino.

Acompañada por Yuri, su traductor, Olga Merino despliega ante quien la lee una Rusia en la que todo parece predestinado a la melancolía, la nieve sucia y la tragedia. La resaca de los zares y el imperativo de un paisaje que siempre devora a quienes intentan atravesarlo. Olga dejó Rusia en el año 1998. Antes de subir al avión, su traductor le entregó una carta. Se dirigía a ella como su hermana española. La despedía haciéndole saber que ya Rusia formaba parte de ella, pero que ahora emprendía el viaje definitivo: «Estás regresando a una vida normal, donde la gente ya no está sobreviviendo sino disfrutando de la vida».

"Había un dicho en Moscú que decía algo como que hay tres especies que no podrían sobrevivir en Rusia: los vegetarianos, los abstemios y las mujeres"

Algo duele en este libro, desde la primera hasta la última página y justo por eso será el libro del año, incluso aunque el 2022 se extinga. Cinco inviernos es la nieve y su ulceración, el dietario de una soldada que el tiempo convirtió en catedral. Al reescribir sus libretas Olga Merino evoca, exhuma, se planta ante el espejo de sí misma y del tiempo que vivió. «Lo que se entiende por el alma rusa es un constructo cultural: esa melancolía la definió Nabokov como Toska. Quizá porque yo misma soy melancólica, conecté con ese paisaje que engulle: la vastedad de la llanura, el blanco de la nieve. No era fácil vivir allí —recuerda—. Había un dicho en Moscú que decía algo como que hay tres especies que no podrían sobrevivir en Rusia: los vegetarianos, los abstemios y las mujeres».

Ni debilidad ni veleidad

Más allá de los hechos históricos, en Cinco inviernos Olga Merino muestra un mundo no del todo desaparecido, un lugar donde la nieve y el alcohol lo taladran todo. En la sociedad actual, que derriba estatuas y se contagia con sus propios acantilados, este libro es un incendio, una verdad sin paliativos en el que una joven reportera resiste sin preguntarse a sí misma por qué lo hace.

«Mientras releía los cuadernos percibí cómo mi generación o cómo creo que veíamos el feminismo y el hecho de ser mujer. Lo apostamos todo a la igualdad, nos creímos falsamente que éramos iguales, y la manera de la igualdad era no mostrar ningún tipo de debilidad ni veleidad femenina. En el ámbito periodístico las mujeres estaban solas, y sí creo que ahí, en esa circunstancia, se forja una voz».

En este libro, el lector encuentra a una mujer abrazada a una vocación, y que cuenta esa lucha con entrega. Aunque toda historia revolucionaria entraña épica y delirio, Olga Merino no asoma ningún entusiasmo o aversión al contar el funeral del hombre nuevo que fascinó a una generación. «Me gusta esa frase de Marguerite Duras: el luto por el comunismo es nuestra ideología», dice la autora al pasar revista a sus días rusos.

"En el caos de los años 90, con Yeltsin, Rusia era como el Chicago de los años treinta: había muertos por las calles"

En tiempos de Kazajistán y Ucrania, los años que cuenta Olga Merino se leen con urgencia. «Lo del fin de la historia fue una mentira. Ingenuamente, se creyó que al arriar la bandera roja con el martillo y la hoz del Kremlin y al aplicar recetas válidas para reformar las economías de países depauperados de Occidente, es decir liberalización o eliminación de subsidios, todo mejoraría. Pero no fue así. El Putin de hoy no se explicaría sin la humillación de la URSS».

En un doble registro en el que Merino teje lo personal y lo colectivo queda claro lo que la historia hace con los países. «Pensamos que la Unión Soviética por arte de magia se convertiría en una democracia occidental. En el caos de los años 90, con Yeltsin, Rusia era como el Chicago de los años treinta: había muertos por las calles, pero al menos había libertad de prensa, ahora no. Han matado a Anna Politkovskaya, que estaba investigando muy a fondo el tema de Chechenia. Putin ha hecho lo que hemos visto. Putin ha acabado con el caos de aquellos años. Es un régimen preocupante».

La escritora, la forastera

Cinco inviernos dan para mucho. Juntos, forman el híbrido entre literatura y periodismo, ese hueso que jamás ha de romperse. «En este libro me muestro escindida, pero todo pasa por la palabra. Estaba en un lugar que era puro estímulo, incluso las cosas que me lastimaban. Las historias caían del cielo. No era posible saber a veces si era realidad o no. En esas libretas intentaba volcar lo que vivía y podía volcar en las crónicas por falta de tiempo o espacio. Estos textos tienen esa sensación de vocación postergada, primero porque el ritmo de la información era tan trepidante, y cada día pasaba algo. Sin embargo, en ellas se percibe que algo empieza a cuajar. La convivencia entre lo que se destruye y lo que está por nacer».

Aunque pertenezcan a reinos diferentes, Cinco inviernos y La forastera comparten la voz. A ambos los cuenta alguien que no pertenece, una mirada punzante que atraviesa las cosas, justamente porque no le pertenecen del todo. «Cuando caigo en Rusia soy la forastera, esa sensación de no pertenecer, por más que quiera. La forastera coincidió con la pandemia, salió y a los pocos días nos confinaron. Después de ocho años sin publicar, sentí que me venía abajo, como la URSS. A pesar de eso, la novela ha ido haciendo su camino. Quizá eso y la edad me han legitimado para sacar estos cuadernos en los que ya puedo reconocerme como escritora».

Lo que ignora Olga Merino es que ya lo era, mucho antes incluso de aquellos inviernos.

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Pepehillo
Pepehillo
2 años hace

Cuando yo era pequeño, un par de profesores decían que mi país estaba oprimiendo a mi verdadero país (que yo creía mi región). Ahora ya no son profesores, son políticos y mandan mucho, mucho.