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Orangután de familia (Arresto domiciliario 33)

Orangután de familia (Arresto domiciliario 33)

—¿Y esas uñas? —grazna mi correclusa, con el repelús propio de quien se asoma a ver un leprosario.

—¿Qué tienen? –respingo, frunzo el ceño, me finjo sorprendido, que es lo que toca hacer cuando te atrapan con las uñas en la masa.

—¡Qué no tienen! —espeta, crepita, regurgita su asombro la querida mujer, como si no quisiera terminar de asumir que está encerrada con un hombre lobo. —¿Traigo la podadora del jardín o es suficiente con un cortauñas?

"Según ella, es posible escribir una tesis doctoral en biología a partir de los restos de inmundicia que adornan cada trozo cercenado"

Cuando uno se acostumbra a vivir confinado y a solas, tiende a desentenderse del espejo. Sabe cómo se siente, nunca qué tal se ve. “Si no te acabas tu sopa, voy a llamarle al loquito de enfrente”, amenaza a su niño la vecina, con el dedo apuntando hacia la casa-cueva del antropopiteco en cuestión. Y cuando al fin encuentre dulce compañía, le tomará un buen tiempo deshacerse de varias mañas antisociales, como ésta de pensar en cortarse las garras cuando ya las ocupa en trepar por las ramas de los árboles.

Hay quienes creen que los anacoretas son hombres en proceso evolutivo, pero es fácil notar que ocurre lo contrario. En lugar de acceder a la clarividencia, el ermitaño se hace fanático y obtuso. Podrá entornar los ojos y pretender que brilla el horizonte, pero ya sus maneras cavernarias delatan añoranzas involucionistas. En un mundo vacío de mujeres, viviríamos todos como neandertales.

—¡Mira nada más que asco de tranchetes! —exagera su horror mi correclusa, apenas reconoce los diez recortes amontonados en la palma de mi mano. Pero es lo que le toca, si ha de cumplir un día con su promesa de civilizarme.

—Tampoco están tan grandes… —me defiendo, en el nombre del decoro, mientras saco el teléfono, fotografío los pedazos de garra y los envío al WhatsApp de la quejosa.

—¿Comparados con qué, por ejemplo? —rumia ella, mientras rasca en su pantalla y amplifica la imagen a extremos bochornosos, como si sólo así pudiera darle crédito.

Hace cinco minutos que el residuo ungular aterrizó en el bote de basura, pero mi correclusa insiste en estudiar la foto que en mala hora se me ocurrió mandarle. Según ella, es posible escribir una tesis doctoral en biología a partir de los restos de inmundicia que adornan cada trozo cercenado.

"Resistí mientras pude los embates de la civilización, con esa tozudez tan masculina que parece reñida con la preservación de nuestra especie"

—¿Qué es esta mancha roja… y esta otra amarilla? —se acerca su cumpleaños, no sé si debería regalarle un microscopio.

—¿Ya no te acuerdas de las ricas palomitas de maíz con doble queso y chile piquín que comimos anoche, mirando la película? —le hago una carantoña, sacude la cabeza, suelta la risa a modo de indulto humanitario.

—¿No serán de la cena de Navidad? —borra la foto al fin, toma mi mano, oprime suavemente los nudillos hasta dejarme ver la súbita elegancia de mis falangetas: —¡Mira qué diferencia!

Resistí mientras pude los embates de la civilización, con esa tozudez tan masculina que parece reñida con la preservación de nuestra especie. Cada vez, sin embargo, un vistazo al espejo me bastó para ver detrás de mí al troglodita huraño que a la fecha no acabo de exorcizar. A saber cuántos fieros confinados gruñirán ahora mismo a sus congéneres sólo por complacer a su íntimo licántropo. Tendrían que empezar por cortarse las uñas.

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