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Mientras resucito (Arresto domiciliario 34)

Mientras resucito (Arresto domiciliario 34)

Las mañanas me odian, por eso no madrugo. Menos ahora que al tiempo le da por estirarse. Teóricamente la madrugada dura entre la medianoche y el amanecer, aunque no todo el mundo tiene el mismo reloj. En esta casa, al menos, ningún teléfono se atreve a sonar antes de las nueve de la mañana, básicamente porque los programé de modo que comprendan que un minuto antes de eso es aún de madrugada.

"A veces el insomnio me arrastra hasta la orilla del amanecer y alimento el impulso edificante de correr a bañarme y sentarme a escribir antes de las ocho"

¿Y qué decir del albazo traidor? Matanceros, verdugos y felones diversos saben bien que sus víctimas son más frágiles al amanecer. Pollos, reses, carneros, cerdos o presidiarios ponen menos remilgos para dejarse conducir al matadero cuando regresan apenas del sueño y están en desventaja ante la realidad. Nada recuerdo haber echado tanto de menos, durante todos los años escolares, como una almohada cálida y rechoncha. Si hubiera alguna foto de esas horas inhóspitas, yo tendría que haber salido bostezando.

A veces el insomnio me arrastra hasta la orilla del amanecer y alimento el impulso edificante de correr a bañarme y sentarme a escribir antes de las ocho. “Terminaría a las doce”, calculo, entusiasmado, paladeando la delicia de tarde que podría regalarme, dado el caso. ¿Cómo explicar después, ya entrada la canícula, que han pasado cuatro horas y no logras salir del primer párrafo? Ni para qué mentirte, Cuarentenario mío. Las mañanas me odian y están correspondidas.

Las mañanitas no son la excepción. Llevo toda la vida de sufrirlas el día de mi cumpleaños y disimular qué tan mal me caen. “Despierta, mi bien, despierta, mira que ya amaneció…”, reza la cancioncilla que por sí sola invita a mentarle la madre a quien la canta, si es que en efecto lo hace a esas malditas horas, para más desvergüenza en tu natalicio. ¿De verdad quieren que aprecie el detalle? Espérense a entonar Las tardecitas y verán el fiestón que acaba por armarse.

"El mañana, además, no es sólo el día siguiente sino también, de paso, el porvenir entero"

Dirán que son prejuicios o supersticiones, y sin embargo ahora, a media tarde, los renglones avanzan a una velocidad inconcebible algunas horas antes. El sol se ha sosegado, los perros corretean de la sala al jardín, las rocas se derriten bajo el embrujo de Juanito Andarín… ¿Cómo serán de pérfidas las mañanas, que ni un whisky se puede uno tomar sin que la gente le eche ojos de pistola? Y que conste que mucho ayudaría.

No les guardo rencor. Conforme va avanzando el atardecer, tiendo a olvidar la afrenta matinal y acabo por creer en el mañana. Que no es lo mismo, claro, pero tampoco cabe el uno sin la otra. El mañana, además, no es sólo el día siguiente sino también, de paso, el porvenir entero. Meses y años repletos de mañanas que no me atrevería a maldecir sin tener el disgusto de conocerlas. Quién sabe, en una de éstas nos entendemos.

Cada día, entre ducha y desayuno, trato de convencerme de que todo irá bien desde el principio, ya que cuando eso pasa el día completo sabe a atardecer, pero tampoco es que me haga ilusiones porque en última instancia no son ya las mañanas sino yo quien no sirve a ciertas horas. ¿Lo ves, Cuarentenario? Por eso te decía que me odian.

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