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Orgullo y prejuicio andaluz

Orgullo y prejuicio andaluz

Letras en Sevilla recupera a los Álvarez Quintero

Serafín y Joaquín Álvarez Quintero nacieron con el don de la gracia y la certeza de que la fuerza de la creación residía, más que en la literatura, en la propia vida.

Sus inicios dentro del género chico como autores de provincias de la época se vieron fortalecidos en un Madrid con una cartelera pletórica de piezas breves, cómicas y costumbristas. De hecho, al año de estrenar con éxito su primera obra en Sevilla, Esgrima y amor, en el teatro Cervantes, se trasladaron a la capital contando ambos apenas 20 años de edad. Desde el exilio madrileño adorado, efervescente, prometedor, los Quintero pudieron, con la distancia necesaria, desplegar todo el poderío del tópico andaluz, que a la postre es lo que define el alma indolente y sabia de ese pueblo.

"En las tardes apacibles de su piso de la calle Velázquez, en pleno corazón del Madrid burgués, recuperaban la memoria ensoñada de su infancia"

Sabemos que fueron muchos los altibajos que tuvieron que enfrentar los dos hermanos hasta conseguir su hueco en el panorama teatral de la capital. Trabajaban como funcionarios de Hacienda para ganarse la vida; pero luego, en las tardes apacibles de su piso de la calle Velázquez, en pleno corazón del Madrid burgués, recuperaban la memoria ensoñada de su infancia trabando historias chispeantes con un elemento esencial: el oficio.

Los Quintero y Pérez Galdós

Teatro Cervantes de Sevilla

Nutridos del Siglo de Oro, rechazaron, por ajena, la moda teatral por la decadencia y la imitación francesa y exótica. De los abuelos Enzina, Naharro y Lope de Rueda aprendieron a copiar los asuntos de la entraña y la sicología popular; de Lope de Vega, la defensa de un teatro sin prejuicios, por y para la complacencia de satisfacer al pueblo llano. Admiraron como espectadores a Zorrilla y al duque de Rivas, a Campoamor y a Bécquer, de quien tomaron la certeza de que para crear había que beber en la fuente inagotable del cancionero popular andaluz, rico en anécdotas y sucesos susceptibles de ser escenificados.

"Aquel Sur inclasificable había parido a Lorca, a Alberti, a Cernuda, a Chaves Nogales o a los Machado, quienes nos legaron tantas versiones como hijos vieran la luz bajo su cielo"

En esos primeros años del pasado siglo existían (como aún hoy siguen existiendo), muchas Andalucías y muchas Sevillas; muchas Españas, si queremos, embrolladas en la dualidad constante de un país siempre oscilante entre la tradición y una modernidad la mayor parte de las veces mal entendida, excluyente, populista y politizada; pero lo cierto es que aquel Sur inclasificable había parido a Lorca, a Alberti, a Cernuda, a Chaves Nogales o a los Machado, quienes nos legaron tantas versiones como hijos vieran la luz bajo su cielo; todas ellas válidas, todas reales: la del clavel de sangre y piel verde aceituna; o la cantarina, salada y azul; o la Sevilla asfixiante de aroma de jazmín y fuente encerrada, o la taquigrafiada a golpe de realidad política y social, o aquella Sevilla atrapada entre el luminoso limonero y el serrallo de Don Guido.

Los hermanos Quintero y Margarita Xirgu

Así también los hermanos utreranos, que escribían a 500 kilómetros de distancia del lugar que los inspiraba, eligieron, porque eran creadores y eran libres, la Andalucía que más les gustaba; esa que brillaba a lo lejos como un candil de latón bruñido siempre encendido: una Andalucía viva, analfabeta, sabia, sagaz, superviviente, pícara y cervantina, seductora y riente, una Arcadia ensoñada cargada de tópicos que, paradójicamente, les permitió crear un teatro absolutamente personal, rozando en ocasiones una atemporalidad casi impermeable a la realidad circundante. Un teatro optimista y de evasión, sin pretensiones de ser innovador y, cuanto menos, rupturista. Un teatro no realista, ciertamente, pero sí tremendamente naturalista. Y en la capital, epicentro de la creación y la exigencia teatral, lograron depurar el andalucismo de la misma forma que Carlos Arniches hiciera con el madrileñismo.

"Una Andalucía viva, analfabeta, sabia, sagaz, superviviente, pícara y cervantina, seductora y riente, casi una Arcadia ensoñada"

El sainete finalmente cobró, gracias al talento bifronte de los Quintero, un acento nuevo (nunca mejor dicho): su andalucismo sin complejos se encaramó a los escenarios cargado de riqueza verbal, hipérboles, imágenes y agudezas. Irónico, pero sin amargura, resabiado aunque sin resentimiento. El diálogo brillaba rápido y sonoro como un relámpago de ingenio, y los hermanos se abrieron paso, a golpe de éxito popular, por entre el humor que en aquellos felices años 20 habían tomado autores como Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville o Miguel Mihura, la «otra generación del 27», apostando por el absurdo o el disparate en un teatro para un público de cierto nivel cultural.

Los compadres Alfonso y Alberto con Carmen Canivell y Eva Maciel

Esto, sin embargo, no impidió que el oficio, talento y éxito de los sevillanos fuesen reconocidos: la mitad de sus más de 200 obras fueron traducidas a numerosos idiomas, representándose en apartadas latitudes, como el mítico Teatro Colón de Buenos Aires. Asimismo fueron nombrados miembros de la Real Academia de la Lengua: Serafín en 1920 y Joaquín en 1925.

"Su andalucismo sin complejos se encaramó a los escenarios cargado de riqueza verbal, hipérboles, imágenes y agudezas. Irónico, pero sin amargura, resabiado aunque sin resentimiento"

Con la Guerra Civil a las puertas, como bien afirma Rafael Herrera Ángel, los afanes por cambiar la realidad a través del humor y el júbilo se truncaron. Se terminó una época del teatro español, y todo lo que olía a costumbrismo fue manejado a la sazón de unos pocos que desvirtuaron este género. Aunque a esas alturas poco podía influir a los hermanos dramaturgos. Serafín había muerto en 1938 y Joaquín, el solitario de la calle Velázquez, que seguía escribiendo y firmando con ambos nombres, como siempre, desgranaba estos versos como lección hermosa de amor fraternal frente a la locura y el odio de aquella guerra entre hermanos:

“Tuyo será cuanto mi amor construya;
tuyo mi afán, mi fe, mis pensamientos…
¡Hasta la mano que esto escribe es tuya!

"Con el retorno de la democracia llegarían, sin embargo, el rechazo o el consciente olvido de los hermanos Álvarez Quintero"

Tras haber mantenido su inmensa popularidad durante la Monarquía, la República, la Guerra Civil y el franquismo, con el retorno de la democracia llegarían, sin embargo, el rechazo o el consciente olvido de los hermanos Álvarez Quintero, de la mano de una nueva corriente social que, confundiendo erróneamente tradición y andalucismo bienhumorado con el régimen anterior, desterró a los Álvarez Quintero de las escuelas, las bibliotecas y casi de la memoria, tachando su talento creativo con el etiquetado de rancio, de folklórico y de culpable de pregonar una Andalucía de charanga y pandereta.

Eva y Alfonso son Martirio y Julián en Ganas de reñir.

Carmen y Alberto son Candelita y Santiago en Sangre gorda.

Por fortuna, Letras en Sevilla, gracias a la iniciativa de Fundación Cajasol y al apoyo, entusiasmo e impecable coordinación de Jesús Vigorra y Arturo Pérez-Reverte, recupera de nuevo a los Quintero para esta ciudad y este país en una exitosa  jornada de “entradas agotadas” en la que hemos podido disfrutar de la representación teatral de dos de sus sainetes más famosos: Sangre gorda y Ganas de reñir. Los actores Alfonso Sánchez y Alberto López (Los Compadres) y las actrices Carmen Canivell y Eva Marciel demuestran con gran talento en el escenario, la atemporalidad de la obra de los Quintero.

El lleno total en la sala y el milagro de mirar la obra de los Álvarez Quintero bajo otra óptica, reconciliando a los andaluces con su identidad múltiple y sin complejos, que también incluye lo “quinteriano”, nos trae a la garganta aquel lema de estos hermanos universales: ¡Alegrémonos de haber nacido!

Vídeo completo de la presentación del acto, la representación de los dos sainetes y el coloquio posterior con Jesús Vigorra, Arturo Pérez-Reverte, Emilio Gutiérrez Caba y Gemma Cuervo.