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Tres padres sevillanos

Tres padres sevillanos

Los padres literarios son difíciles de clasificar. Hay muchos y de muy diversa índole, cada uno de ellos arrastrando un contexto histórico, una biografía compleja, un deleite por plasmar no tanto la relación de amor con el hijo como la necesidad de reflexión cuando ya se tiene el pie en el estribo y se desea, a través de lo vivido, ahorrar sinsabores y crudezas a alguien en quien la vida ha depositado la continuación biológica; ese joven guerrero cuyos pies se posarán, ligeros, sobre las huellas del olvido.

De esta manera, a lo largo de la literatura encontramos diferentes padres y diferentes herencias literarias que hoy podemos seguir usando para nuestra prole, pues la inteligencia, lucidez y reflexión con las que se engendraron han conseguido que éstas trasciendan el tiempo y sean tan frescas y actuales hoy como cuando fueron escritas.

Queremos recuperar la memoria de tres de ellos, nacidos en Sevilla. Y es que tal vez sea verdad aquello de que “es más difícil perder el Norte cuando se tiene unos padres del Sur”.

"Un escrito que emociona, alimenta, instruye y cumple múltiples facetas de placer lector que van desde el bello contexto histórico, el lenguaje culto y la sabiduría más amorosa, hasta la felicidad que da el saber."

En primer lugar recordamos al Capitán Andrada (más conocido como Andrés Fernández Andrada), autor de la Epístola moral a Fabio, obra ingente de este sevillano desconocido del S.XVI que en el cauce de sesenta y siete tercetos encadenados vuelca un río de experiencia, vida, amor y sensatez a modo de consejos hacia un supuesto pupilo, recuperando (es pleno Renacimiento) la tradición latina de los consejos o advertencias del Pater Familias a su descendiente primogénito. Un escrito que emociona, alimenta, instruye y cumple múltiples facetas de placer lector que van desde el bello contexto histórico, el lenguaje culto y la sabiduría más amorosa hasta la felicidad que da el saber hoy que las bases del sentido común permanecen imperturbables desde hace 500 años, más o menos. Emociona además comprobar que, independientemente de influencias y escuelas, un libro así era más que posible en aquella Sevilla renaciente, estética, luminosa y formal; la Sevilla de Herrera, Arguijo, Medrano y Rioja, esa que memorizaba a Horacio y discutía sobre los Estoicos. Esa Sevilla que, a pesar de todo, tanto  amó Cervantes.

Saltamos dos centurias, hasta el S.XVIII, tan sorprendentemente desconocido aún, tan poco estudiado en España, a pesar de habernos dado una nómina de grandes logros y mejores hombres en la ciencia, la arquitectura, la filosofía, la pintura, la política… y de habernos ofrecido, entre otras, la figura que quizá mejor condense todo lo anterior: Antonio de Ulloa, sevillano de nacimiento pero ante todo un hombre del Dieciocho: hijo de prestigioso economista, marino desde los 13 años, miembro de la Real Academia de Guardiamarinas de Cádiz, destinado con el grado de teniente de fragata junto con su colega Jorge Juan (ahí es nada), a formar parte de la expedición científica dirigida por Pierre Bouguer, y patrocinada por la Academia de Ciencias de Francia para medir el arco de un meridiano en las proximidades de Quito, con un tornaviaje que ya por sí solo merecería una superproducción de Netflix: su navío es apresado por corsarios británicos, mas en Londres es presentado al presidente de la Royal Society, quien reconoce la valía del joven y le propone como miembro del cuerpo, del que entra a formar parte, aunque esto sólo sería el principio de una carrera naval y científica tan rica, diversa y apasionante que parece increíble que haya sido vivida por un solo hombre. 

"Palabras que hoy leemos como quien mira a través de un cristal empañado en un día de niebla."
Me pregunto si, en vez de español, Antonio Ulloa hubiese sido inglés o francés  su figura, su obra, sus hazañas y su memoria no habrían caído tan en el olvido. Sin embargo nos dejó algo por lo que hoy queremos recordarlo aquí. Como colofón de su vida singular y riquísima escribió un delicioso librito dedicado a sus hijos varones, que tituló muy detalladamente Conversaciones de Ulloa con sus tres hijos en servicio de la marina, instructivas y curiosas, sobre las navegaciones y modo de hacerlas, el pilotaje y la maniobra: noticia de vientos, mareas, corrientes, páxaros pescados y anfibios. Un libro ciertamente técnico, pero que también se puede leer en clave de metáfora de las situaciones vitales a las que un joven ha de enfrentarse y que encuentran sorprendentes paralelismos en tierra firme como en alta mar: con él Ulloa insiste en que, ciertamente, sosteniendo determinadas actitudes, dignidades, silencios u órdenes precisas en el momento adecuado se puede salvar la vida, la memoria, el honor. Palabras que hoy leemos como quien mira a través de un cristal empañado en un día de niebla. Quizás releer a Ulloa e incluir su librito en la biblioteca de nuestros hijos sea el comienzo adecuado para ir devolviéndoles poco a poco su brillo inicial.

Andrés Fernández de Andrada

El tercer padre literario que hoy recuperamos es, claro está, el sevillano Manuel Chaves Nogales. Periodista y escritor, llegó al siglo de la modernidad cargado de talento y lucidez, poniendo ambos al servicio de la realidad más palpitante. Vital, inquieto, curioso, profundamente dotado para la observación y el análisis, comenzó a caminar con sus bloc y su estilográfica en un momento crucial para la historia de España y del mundo. Dotado con una voz nueva, buscó en los días de su juventud la forma de comprender lo que le rodeaba y esa obsesión fructificó en un oficio de reporter que defendió por encima de todo, pagando el precio ineludible del odio de los necios de todos los bandos, así como la soledad, la muerte en el exilio lejos de su familia y el posterior y doloroso olvido de su obra, que fue como morir doblemente.

"La Guerra Civil española primero y la amenaza negra de la Segunda Guerra Mundial después impidieron que las cartas que escribiera a sus hijos estuviesen firmadas por el autor. "

La Guerra Civil española primero y la amenaza negra de la Segunda Guerra Mundial después impidieron que las cartas que escribiera a sus hijos estuviesen firmadas por el autor. Al poco, cuando las calles de París se llenaban de abrigos grises, el fuego de la chimenea de los Chaves Nogales hizo desaparecer para siempre, para no comprometerlos, estos escritos de amor a su familia.

Chaves Nogales

A este reportero en guerra alejado de la vida hogareña le habían ido naciendo hijos por las distintas ciudades donde el trabajo iba  acunando a sus miembros. Hoy sólo le vive uno de los cuatro hijos que tuvo, su hija Pilar, la primogénita, que insiste en que la principal herencia que su padre les dejó fue su ejemplo de amor a la verdad y al trabajo, así como una educación cosmopolita como vacuna frente a la estupidez y los radicalismos políticos. Pero además les legó otra cosa: se trata de un texto inédito recientemente recuperado por la editora y biógrafa de Chaves Nogales, Maribel Cintas: El hombrecito de la limalla de oro.  Posiblemente sea este cuento lo más cercano a una carta de sabiduría, justicia y lucidez de un padre a sus hijos. Todo un auténtico testatemento de amor que se libró del fuego por obra y gracia de la literatura. Léanlo, pero sobre todo léanselo a sus hijos. Es una auténtica obra maestra.

Disponen del texto completo en este enlace: http://manuelchavesnogales.info/cuentos_ineditos.html