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Origen y presente, hacia una mutación de la conciencia moderna

Origen y presente, hacia una mutación de la conciencia moderna

El origen siempre está presente. Pero no es comienzo y, por tanto, no debemos entenderlo ligado al tiempo. El presente tampoco es ahora, ni hoy ni instante, sino el momento que lo integra todo: un momento originario.

Ya en 1932, cuando comenzó a escribir su obra maestra, Origen y presente, el filósofo alemán Jean Gebser atisbaba una crisis monumental, una “catástrofe global” derivada de una serie de mutaciones o transformaciones de la conciencia, que ya entonces se veían determinadas por el incremento de las posibilidades técnicas, directamente proporcionales a la disminución de la conciencia responsable del ser humano.

Su intenso, perseverante y titánico esfuerzo por comprender cómo había mutado esa conciencia a través de la historia le permitió describir, indicar y proponer cuál era el factor más eficaz que podría llevarnos a superar esa crisis empleando toda la inteligencia posible para lograr una auténtica transformación que asegurara la subsistencia de la tierra y de la humanidad.

Es lo que Gabser ofreció en ese viaje a través del conocimiento que representa Origen y presente (Atalanta), uno de los corpus reflexivos más penetrantes del pensamiento moderno, a la altura de los expuestos por autores como Hegel, Marx, Nietzsche, Heidegger, Sartre, Jung o Freud, y al que apenas se le ha dedicado atención por parte de academias y universidades, a pesar de haber sido publicado por primera vez en 1949 y, más tarde, en una versión revisada por su autor para una segunda edición, en 1966, siendo su afán, en todo momento, dirigirse no solo a quienes producen saber, sino sobre todo a quienes viven el saber.

"Gebser usa una escritura que conversa sin postular verdades irrefutables ni monólogos enunciativos, sino diálogos expositivos que tratan de comunicar la probable exactitud de cada idea fundamental"

Mediante una escritura que conversa sin postular verdades irrefutables ni monólogos enunciativos, sino diálogos expositivos que tratan de comunicar la probable exactitud de cada idea fundamental, Gebser (1905-1973) propone que pensar, entender, vivir el presente solo como instante confinado en el tiempo impide que dicho presente pueda integrarse con el origen, que solo así puede liberarse del yugo del tiempo para convertirse en una plenitud sempiterna y en una fuente de la vida y del espíritu desde las cuales realizar la auténtica transformación que necesitan con una urgencia imperativa nuestras sociedades, débiles y decadentes a pesar del brillo de neón que parece refulgir en la abrumadora materialidad de nuestro mundo, a pesar de la estúpida arrogancia con que de forma absurda confiamos nuestros destinos al progreso tecnológico.

Gebser escribió otras obras, entre ellas las tituladas Rilke y España, La transformación de Occidente, A prueba, Diez indicaciones sobre la nueva conciencia o Cartilla de Asia, en las que se va fraguando su análisis del espíritu del tiempo en sus facetas más variadas. Nacido en Prusia, fue discípulo de Romano Guardiani, y la poesía del Rilke dejó muy pronto una profunda huella en su pensamiento, siendo un autor imprescindible para la interpretación de su obra, así como Schopenhauer y Freud. Tras un breve periodo en Florencia, recala en España a comienzos de 1930 y entabla amistad con Lorca, Aleixandre, Cernuda, Guillén y Alberti, publicando traducciones de Hölderlin y Novalis en la revista Cruz y Raya. Al estallar la Guerra Civil Española (1936), es casi fusilado en Valencia, de donde huye a París con un pasaporte mexicano provisional con el nombre de Juan Gebser Clarisel. Allí se relaciona con Picasso, Eluard, Malraux y Aragon, pero como se negaba a volver a Alemania por su rechazo del régimen nazi, se traslada a Suiza, donde residirá el resto de su vida, encontrando no sin ciertas dificultades el reposo para acometer su ambiciosa obra, viviendo algunos años de artículos, traducciones y reseñas sobre temas culturales acerca de España, Francia y México. Más tarde mantiene un estrecho contacto con el Círculo Ernanos, cuyas reuniones eran frecuentadas por personalidades como Carl Gustav Jung, Rudolf Otto y Gershom Scholem, y se hace amigo de los científicos Adolf Portmann y Werner Heisenberg. Desde 1950 fue miembro del Centro Europeo de la Cultura de Génova, dirigido por Salvador de Madariaga y Denis de Rougemont. Ya en los años 60, en el ocaso de su vida, es nombrado profesor honorario de la Universidad de Salzburgo para enseñar “Teoría cultural comparada con especial énfasis en el presente”.

El mérito de Gebser, como apunta Rafael Hernández Arias, su traductor, “reside en aceptar el desafío de revalorizar las ciencias humanas o del espíritu al acoger dentro de ellas el pensamiento científico, al intentar destilar de éste sus componentes culturales, ideológicos y espirituales”, pues una de las claves de su pensamiento, agrega el traductor, es que su concepto de mutación de la conciencia no queda reducido al aspecto biológico, sino que adopta un sentido cultural, como el acontecimiento único, en sí irrepetible, que constituye el curso lineal, que no cíclico, de la historia, superando así los sistemas de Comte, Hegel y Spengler, por citar a tres titanes de la filosofía de la historia en cuya tradición se inserta Gebser, quien cosechó los elogios de gente como Hermann Broch o Lama Anagarika Gouinda.

Es importante aclarar que la obra de Gebser, que por desgracia ha permanecido en los resquicios de la historia de las ideas, debe expurgarse de toda esa literatura pseudocientífica y neomística en la que algunos sincretismos pseudointelectuales la hayan podido sepultar, mezclando asimilaciones equivocadas en corrientes New Age, la moderna Cábala o la cultura pop con sus interpretaciones filoesotéricas de la historia de la cultura.

"En Gebser hay una actitud totalmente abierta y crítica, que entiende el saber como sabiduría"

Gebser, en cambio, integra biología, química, física y matemáticas en la historia de la cultura y el espíritu, en el mismo plano que la literatura, el arte o la filosofía, con un sentido poético que está en el fondo y que representa una de sus grandes virtudes, aplicando una extrema sensibilidad para el lenguaje, otorgando gran importancia a la etimología, al saber fonético y al sentido semántico, todo lo cual se resume en un talento filosófico incuestionable.

Hoy que están de moda los estudios “transversales”, “holísticos” y “sistémicos”, hay que reconocer en Gebser su postura avant la lettre, pues hace ya bastantes décadas plantó cara a la ciencia especializada y fraccionada que pronunciaba sus anatemas sobre cualquier interés interdisciplinar, por estimarlo una aproximación pseudocientífica, y cuyas disciplinas se arrogaban el derecho a explicar el mundo y la existencia desde la estrechez de miras de su propio rincón.

En Gebser, en cambio, hay una actitud totalmente abierta y crítica, que entiende el saber como sabiduría; es decir, de un conocimiento enciclopédico, que apila y recopila y compendia, que solo suma, un saber acumulado y masificado que solo puede tener, postula un saber cualitativo que permite ser.

Es en ese contexto donde encontramos los pilares de la teoría-filosofía-sabiduría de Gebser, su propuesta de una serie de estructuras que van definiendo la conciencia humana a lo largo de la historia. Así, en primer lugar, propone cuatro mutaciones de la conciencia, que transitan de una estructura arcaica a una estructura mágica, una estructura mítica y una estructura mental.

Gebser recalca que cada uno de nosotros está constituido por todas esas estructuras, que son un fenómeno integral. No solo somos una suma, un mero resultado de las mutaciones de cada estructura, sino su completa encarnación, un todo que también contiene de manera latente la posibilidad de la siguiente mutación, que en Gebser sería la que nos llevaría a la estructura integral.

"El corpus teórico de Gebser, como hemos apuntado, se sustenta en la minuciosa y detallada caracterización de las mutaciones de la conciencia humana"

En la amplia y profunda exposición que hace el pensador a lo largo de casi mil páginas, sustentando cada pequeño paso con ideas, reflexiones, análisis comparativos y una extensa, sólida y variada bibliografía comentada, el texto arroja un potente corpus de conocimientos para la vida. Como cuando dice: “Son siempre las posibilidades inherentes a nosotros las que configuran nuestras circunstancias vitales y nuestro modo de vivir, de tal manera que estas posibilidades pueden llegar a producir efecto. Con otras palabras: aquellos componentes en nosotros que deben volverse mentalmente conscientes crean también los presupuestos para que puedan producir sus efectos. Mientras seamos incapaces de ver esto, atribuiremos nuestra propia disposición y latencia irrealizada —que aspiran a su necesario despliegue— a una intromisión en nuestra vida del «azar» o del «destino», cuando el azar y el destino solo desempeñan el papel desencadenante de las intensidades dispuestas a manifestarse en nosotros. Son estas intensidades las que «nos caen en suerte» o las que nos «envían» los acontecimientos decisivos, o las que dejan que nos sucedan. Ellas son las que disponen el azar y el destino de modo que se den las posibilidades para su manifestación. Con otras palabras: nosotros mismos somos el azar y el destino (y mientras se trate de acontecimientos «positivos» nadie objetará nada contra esta definición; solo cuando se trate de «negativos» serán pocos los que reconozcan que fueron ellos los que los desencadenaron)”.

El corpus teórico de Gebser, como hemos apuntado, se sustenta en la minuciosa y detallada caracterización de las mutaciones de la conciencia humana, todas las cuales nos constituyen hoy. Pero hay otras categorías que le sirven de puntales en su elaboración teórica, y tienen que ver con la concienciación del espacio y el tiempo: la diferenciación de tres épocas que refleja con claridad el mundo del arte. Una, denominada “aperspectívica”, arranca en el postcristianismo y concluye en el Renacimiento; la segunda surge como consecuencia de la presencia de perspectiva (“perspectívica”) y llega hasta nuestros días; y todo apunta a una nueva época (la “aperspectívica»), que debe surgir, señala nuestro autor, como respuesta a un tiempo, el actual, donde la angustia del tiempo y la impotencia frente a él se mezclan con la “sensación de dicha” que produce el dominio material del espacio y el incremento de poder consiguiente, lo que en ambas situaciones se traduce en aislamiento y masificación y la tensión entre estos polos, que debe conducirnos, según Gebser, a un punto en el que o perecemos o nos liberamos.

Ese “liberarse” implica, primero, establecer una posición muy crítica respecto a las ciencias de la naturaleza y las humanidades, por un lado, y a las llamadas “ciencias ocultas” por otro. “La intolerante pretensión de exclusividad de ambas”, acusa, “es lamentable”. Unas solo se orientan al futuro; las otras, al pasado; unas acentúan el aspecto cuantitativo y las otras supuestamente el cualitativo; unas son predominantemente materialistas, las otras predominantemente psiquistas. “Las unas ven la salvación en la síntesis o en cualquier tercero, ya sea un “Tercer Reich” o una “Tercera Vía” (Röpke) o un “Tercer Humanismo” (Thomas Mann), otras divisan la salvación en una unificación orientada al pasado, activando hasta tal punto las formas deficientes de lo mítico y lo mágico que la mayoría de los adeptos de los tradicionalistas de Occidente, como consecuencia de su mentalidad, quedan reducidos o devaluados a un estado psiquista y mágico, que en el mejor de los casos supone un engullimiento cósmico. Por una parte, se renuncia a la soberanía de lo mental —una soberanía que caracteriza a nuestra civilización y que se adquirió a través de siglos— mediante un hundimiento retrógrado en lo irracional, es decir, mediante una disolución irracional, que produce un efecto desmentalizador y atomizador en la psique y en lo mental”.

"Tomemos, pues, distancia para el salto. Y otorguemos, como nos plantea Jean Gebser en última instancia en su magnum opus, la oportunidad a aquello que no está ligado ni a lo vital, ni a lo psíquico ni a lo mental"

Gebser no cree que ninguno de esos caminos sea transitable, pues solo nos harán dar vueltas en círculo, confinados, desconcertados, sin salida, yendo de un lado a otro de forma compulsiva en busca de la síntesis. Así, lo que sugiere es un salto. ¿Cómo? Solo un apunte, para que el lector abra su mente y se permita la inquietud, la chispa de curiosidad que le lance al mundo gebseriano, este universo fabulosamente culto, incitador, espoleante y crítico donde el mundo, las cosas, el conocimiento, la vida misma, se torna sabiduría en movimiento: “Donde se supera el mundo de lo mental racional lo mágico vuelve a hacerse audible, lo mítico visible y lo mental se ve reducido a su ámbito de validez de lo representable, visible, palpable, demostrable, y ya no puede obstruir, sino dejar libre el camino para que se dé el salto a la veritación: lo audible, intuible y concebible del mundo quedan sobredeterminados por la transparencia libre del tiempo”.

También en lo político es imprescindible un salto y no una voluntad transformadora de corte racional que solo implica medidas correctivas de limpieza burocrática, parches y entuertos a corto y medio plazo. No basta atajar la corrupción, pues todo esfuerzo, incluso sincero, advierte Gebser, incrementa el interés de ciertos círculos políticos y sociales por aumentar los malentendidos, y hará crecer la avidez de poder y ganancias, y no se verá que en realidad se cava una tumba que es también la propia de quien hace esos esfuerzos, pues evidencia una carencia de sentido común. En materia social, política y económica, indica Gebser, se deben tomar en consideración los elementos estructurales de las distintas esferas culturales como las estructuras sociológicas y espirituales, pues hay que distinguir tres corrientes principales en el acontecer de la humanidad: la de lo material, la de lo social y la de lo espiritual, “que se superponen e influyen mutuamente sin que ninguna de ellas pueda determinar enteramente a las demás”.

Esta postura permite una visión integral y admite una consideración de interdependencia frente al mero sistematismo.

¿Pero qué más nos empuja a dar ese salto? “La confusión en la vida del individuo de nuestros días —responde Gebser hoy, desde 1952—, su insatisfacción en el trabajo, su aislamiento en la masa, su impotencia frente a la marcha incontrolada de los poderes anónimos, ya sea de esta máquina o de la burocracia, su inseguridad y falta de libertad, son solo un reflejo de la situación general”. Esta situación pone de manifiesto los límites del intelectualismo y revela “la posibilidad de una comprensión del mundo metacausal, extraespacial y extratemporal”.

En esta tarea, el tiempo es una de las claves de la solución, pues de lo que se trata, precisamente, es de “desatarnos” del tiempo material, mesurado, cuantificado, y liberarnos, permanecer abiertos, no buscar, no enfrentar, sino encontrar un mundo deslimitado, sin barreras, que nos revele la plenitud y riqueza de conexiones del todo integral. “La técnica actual no es tiempo dominado, ya que produce movimiento descontrolado, es el ejemplo más impresionante del fracaso del hombre racional en la tarea de resolver el problema del tiempo”, insiste Gebser.

Tomemos, pues, distancia para el salto. Y otorguemos, como nos plantea Jean Gebser en última instancia en su magnum opus, la oportunidad a aquello que no está ligado ni a lo vital, ni a lo psíquico ni a lo mental, y que se trasluce en su eficiencia vivenciable, experimentable, representable o concebible como una nueva posibilidad de conciencia perceptible para toda la humanidad: lo espiritual, que ya no será solo realizable en la oscuridad emocional de lo mágico, ni en la penumbra de la imaginación de lo mítico ni en la claridad mental de la abstracción, sino que procederá de la percepción de todo ello como un presente “antes” del tiempo y del espacio, y que se trasluce en todas las cosas, un vacío que se torna plenitud, una transparencia perceptible: el lugar donde confluyen origen y presente.

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Autor: Jean Gebser. Título: Origen y presente. Editorial: Atalanta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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