En Deadwood, Peter Cozzens vuelve a adentrarse en el territorio mítico —y minado— del Oeste norteamericano para demostrar que, tras la pátina de pólvora, oro y celuloide late una historia mucho más compleja, contradictoria y humana de lo que la tradición hollywoodiense nos ha acostumbrado a ver. Si en La tierra llora abordaba con pulso firme y descarnado las guerras indias y el choque brutal entre las naciones nativas y el expansionismo estadounidense, y en Tecumseh descendía al estudio minucioso de uno de los líderes indígenas más fascinantes y trágicos de comienzos del siglo XIX, en Deadwood concentra su mirada en un microcosmos que condensa todos los excesos, ambiciones y violencias del Salvaje Oeste.
Uno de los mayores logros de Cozzens —ya perceptible en La tierra llora— es su capacidad para sostener la tensión entre el relato épico y el análisis crítico. En aquel volumen no rehuía las sombras de las tribus indígenas ni idealizaba su resistencia, al tiempo que señalaba con contundencia las brutalidades del ejército estadounidense y las miserias de sus mandos. Esta mirada equilibrada, incómoda para quienes buscan héroes impolutos, vuelve a aparecer en Deadwood. Aquí tampoco hay buenos absolutos ni villanos de opereta: figuras como Wild Bill Hickok o Calamity Jane emergen con sus contradicciones intactas, lejos del molde cinematográfico que los convirtió en arquetipos.
Y es precisamente ahí donde la obra resulta especialmente apasionante: en la investigación del trasfondo histórico de unos personajes que creíamos conocer. El lector se descubre dudando constantemente: ¿cuánto de lo que sabemos procede de los archivos y cuánto del guion de una película? ¿Dónde termina la crónica y empieza la leyenda? Cozzens no ofrece respuestas simplistas; por el contrario, invita a recorrer las fuentes, a confrontar testimonios, a advertir cómo la prensa sensacionalista de la época contribuyó ya a la mitificación de sucesos y protagonistas. El Oeste fue, en cierto modo, un espectáculo desde su mismo nacimiento.
En este sentido, Deadwood dialoga de forma natural con Tecumseh. Si en aquella biografía Cozzens rastreaba pacientemente la construcción de un líder indígena cuya figura oscilaba entre la admiración y el temor de sus contemporáneos, aquí aplica una metodología similar a un espacio urbano y a sus habitantes más notorios. La diferencia radica en la escala: de la gran estrategia política y militar pasamos al detalle cotidiano, al barro de las calles sin pavimentar, a las disputas por concesiones mineras o por la autoridad en un territorio oficialmente ilegal. Pero el trasfondo es el mismo: la construcción de Estados Unidos como proceso conflictivo, contingente y profundamente humano.
La prosa de Cozzens, sobria y precisa, evita el barroquismo sin renunciar a la fuerza evocadora. Describe tiroteos, juicios improvisados y maniobras empresariales con un ritmo que roza lo novelesco, aunque siempre sustentado en una base documental sólida. Esa combinación, que ya brillaba en La tierra llora al narrar campañas militares en escenarios inhóspitos, convierte la lectura en una experiencia absorbente. No se trata solo de conocer datos; se trata de comprender cómo se vivía, cómo se decidía y cómo se sobrevivía en un entorno donde el orden estaba aún por definirse.
Investigar el Oeste, parece sugerir Cozzens, es aceptar que el mito forma parte de la historia. Hollywood no inventó desde cero a sus héroes; amplificó relatos que ya circulaban, exageró rasgos y limó aristas. Pero tampoco la historiografía puede permitirse el lujo de ignorar esa dimensión simbólica. Deadwood demuestra que la frontera fue un laboratorio de identidades: masculinidad, violencia, emprendimiento, marginalidad y poder se entrelazaron allí de manera explosiva. Comprender ese mundo implica bucear en archivos judiciales, correspondencia privada y crónicas periodísticas, pero también en el imaginario colectivo que terminó por fijar una versión —no siempre fiel— de los hechos.
Al contextualizar esta obra junto a La tierra llora y Tecumseh, se aprecia con claridad la coherencia del proyecto intelectual de Cozzens. No nos encontramos ante libros aislados, sino ante distintas aproximaciones a un mismo proceso histórico: la expansión estadounidense y sus consecuencias. Cada volumen ilumina un ángulo distinto —la guerra, el liderazgo indígena, la ciudad minera—, pero todos comparten una voluntad desmitificadora que, paradójicamente, hace el relato aún más fascinante. Porque descubrir que detrás de la leyenda hay seres humanos de carne y hueso no resta grandeza; la transforma.
En definitiva, Deadwood es mucho más que la crónica de una ciudad turbulenta. Es una invitación a explorar el Oeste con mirada crítica y curiosa, a distinguir —cuando sea posible— entre el disparo documentado y el eco cinematográfico, y a disfrutar del viaje intelectual que supone rastrear la verdad entre capas de mito. Como en sus obras precedentes publicadas por Desperta Ferro, Peter Cozzens logra que el pasado no sea un decorado polvoriento, sino un territorio vivo, complejo y apasionante, donde la historia y la leyenda se disputan, todavía hoy, el dominio del relato.
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Autor: Peter Cozzens. Traducción: Ricardo García Herrero. Título: Deadwood: Oro, revólveres y whisky en el salvaje Oeste. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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