Oscar Wilde

— ¿Tiene usted algo que declarar?

—No tengo nada que declarar, excepto mi genio— respondí.

El gesto despectivo del funcionario de aduanas no reflejó un “Oh, cómo me ha impresionado este caballero respondiéndome con las mismas palabras que empleó el fallecido, pero sin embargo inmortal, Oscar Wilde, en su entrada a los Estados Unidos para realizar un ciclo de conferencias que debió resultar harto interesante para los afortunados asistentes”…no, más bien fue un: “Vaya, ya me ha tocado el clásico españolito gilipollas”.

Media hora después continuaba en el aeropuerto de Londres, desvistiéndome bajo la atenta mirada del airado funcionario, que miraba con hastío su reloj mientras yo me despojaba del sombrero, del monóculo, del bastón, los guantes, la capa, el abrigo de piel de grandes solapas, el pañuelo de finísima seda, el chaleco, el…

—Pare, pare, por Dios, ya puede irse, no hace falta que se quite esos pantalones de terciopelo

Ya era libre, pues, de dirigirme al castillo de Canterville. Mis fuentes me habían informado de que allí podría hallar una redacción escolar de Oscar Wilde, pero también de que ésta se hallaba custodiada por un fantasma que podría ponerme las cosas difíciles. No estoy acostumbrado a enfrentarme a fuerzas paranormales, no sé cómo acabará esta empresa. Estoy a las puertas del castillo, observado por una terrorífica aldaba con cabeza de león que aún no me he atrevido a accionar. Cuando lo haga, la suerte estará echada: o leeréis este relato junto a la redacción del pequeño Wilde…o bien el espectro de Simon de Canterville habrá cumplido con su misión y en ese caso os agradecería una oración en favor de mi alma.

Tiemblo.

Pero he de hacerlo.

TOC, TOC