Ya conté en mi reseña anterior —correspondiente a Madres e hijos (2020)— que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). Otra vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a continuación de Madres e hijos.
Igual que ocurría en Madres e hijos, Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese momento eran dos jóvenes guardas del puerto» (pág. 41).
También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de los otros.
En otra vida por vivir sabremos que uno de los dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero, al igual que ocurría en Madres e hijos, es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía de manera alarmante» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases o ideas.
En Otra vida por vivir se habla de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y que, en el pasado, también albergó una base militar.
Al escribir la reseña de Madres e hijos, cité a Philip Roth y ese temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En Otra vida por vivir es el propio Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”», y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.
Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal, Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio local. En el pasado ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo», escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.
El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal. Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos, así que no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y hermoso libro.
Kallifatides empezó publicando en sueco, y en este idioma, como nos dice en las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento. Sin embargo, Otra vida por vivir va a ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas obras es Selma Ancira.
Como ya he apuntado, leer Otra vida por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.


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