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Pablo Velarde: «Tengo una fe en el ser humano próxima a cero»

Pablo Velarde: «Tengo una fe en el ser humano próxima a cero»

El Arte flota en la atemporalidad, es decir, en el instante de la simultánea creación y destrucción del Mundo.

(Félix de Azúa)

El genial artista sevillano que viene hoy a Zenda no solo tiene instinto, y talento. Tiene ese algo más, un don especial que lo hace diferente. Posee esa fibra universal que nos hace vibrar a todos en resonancia. Pablo Velarde, que firma sus ilustraciones como Judas, nos lleva de lo cómico a lo serio en fracciones de segundo. Es divertido, sagaz y brillante. Con un trazo limpio y relajante que transluce su formación como arquitecto, juega con unas perspectivas cinematográficas sobre sus viñetas.

Pablo Velarde inició su carrera profesional como historietista en 1994, incorporándose a Ediciones El Jueves. Sus series más conocidas son Rafalito Matador (Dude Comics, 1999), Quintín Lerroux (Dude Comics, 2001), Amigas las tres (El Jueves), Porca Miseria (El Jueves), Custodia Compartida (Dibbuks, 2017). En esta última atractiva creación conocemos a la pequeña y cínica Custodia, cuya niñez es difícil de sobrellevar por la incompatibilidad de sus progenitores divorciados, con una madre caprichosa busca-amantes y un padre vegano abraza-árboles.

Ha ilustrado cientos de libros infantiles y de texto, y realizado trabajos de ilustración para un gran número de periódicos, revistas y agencias de publicidad. Merece una mención especial su novela gráfica Quinielas para conmemorar los 70 años de Quinielas y Apuestas del Estado, que escribió y dibujó junto a José Luis Ágreda, y su más reciente obra, Epílogo (Nuevo Nueve, 2019), una verdadera obra maestra tanto por la historia en sí, que narra la investigación de un periodista sobre la verdadera identidad de la figura de su padre fallecido, un antiguo jefe de la censura durante la dictadura franquista, como por la increíble puesta en escena de cada viñeta, que asemeja el storyboard de una buena película de espías: el elegante trazo, el manejo impecable del claroscuro, la contundencia de los silencios y la precisión de las palabras. 

—Estimado Pablo, ¿cómo y cuándo dejaste la arquitectura para convertirte en Judas?

—En septiembre del 91 terminé 6° de Arquitectura y me marché a Nueva Zelanda, que en aquel momento atravesaba una gran crisis económica. Trabajé algo como arquitecto, pero pronto me quedé sin nada que hacer. En aquel momento —supongo que para eso sirven las crisis— decidí colgar los trastos de la arquitectura e intentar vivir de lo que siempre me había gustado: el cómic y la ilustración. Con una carpeta de patéticos garabatos bajo el brazo empecé a visitar publicaciones, agencias de publicidad y editoriales. Conseguí mis primeros trabajos… y casi 30 años más tarde aquí sigo. Ganándome el jornal con mis monigotes.

—¿Cómo construyes tus historias? He escuchado que no sueles tomar notas…

"Tengo la estúpida sensación de que cuando escribo seguido y sin corregir los diálogos fluyen con mucha más naturalidad"

—En efecto. No sé si eso es bueno o malo. Del mismo modo que no he recibido una sola clase de dibujo en mi vida (lo poco que sé lo he aprendido estudiando autores que admiro y hablando con compañeros a los que respeto). Tampoco tengo más formación en el terreno de la narración que los quintales de libros, películas y tebeos que he devorado. Mis historias, largas o cortas, florecen como hierbajos en el barbecho de mi cerebro, sugeridas por cientos de estímulos. Algo que veo en las calles del barrio. Una historia que escucho y que se engarza extrañamente con otra que flotaba por ahí… pero todo se almacena en mi memoria. Tomar notas me resulta inútil. Puedo escribir el diálogo de una página sentado en un banco del parque y al volver a casa picarlo en el ordenador sin mirar lo que he escrito. A veces lo consulto más tarde y me sorprende que en unas ocasiones es exactamente igual y otras no se parece en nada. Pero tengo la estúpida sensación de que cuando escribo seguido y sin corregir los diálogos fluyen con mucha más naturalidad.

—Todo en tu obra me parece estilizado, el uso de las líneas y del color. Hay algo de libertad y también mucho control. ¿Siempre ha sido así, o hay algún momento en que dijiste «este es mi estilo»?

—Eso resulta halagador. Creo que es de Saint-Exupéry la cita: «Perfecto no es cuando no se puede añadir más, perfecto es cuando no se puede quitar nada más». Para mí la elegancia tiene mucho que ver con la sencillez, con la desnudez, con usar el mínimo de elementos y dar la sensación de que no falta un detalle. Ha sido una obsesión desde siempre, y está presente en todo lo que hago y todo lo que me gusta, del cine y los libros a las matemáticas o los tebeos.

¿Quiénes han sido, y son, tus maestros? ¿Hay algún dibujante de cómics que te haya influido especialmente?

—Hay que empezar siempre con Joan Rafart (Raf), cuyas historias de Sir Tim O’Theo me hicieron desear este oficio desde que era un crío. Luego, en orden cronológico estarían Vázquez y Coll, Quino, Hergé y Uderzo con Goscinny. Luego ya vinieron Moebius, Will Eisner, Prat, Loustal y todos los franceses del Metal Hurlant y más tarde, cuando decidí dedicarme profesionalmente a esto, Tha, Prado, Loisiel, Mignola, Russell Patterson, Hank Ketcham, Mac Nelly, Winsor McCay y varios miles más. Pero si hay alguien que me devolvió al camino de los tebeos desde la arquitectura, ese fue Bill Watterson. Los diez años de la serie Calvin y Hobbes son una de las obras maestras del siglo XX, y no me refiero solo a tebeos y tiras de prensa.

—Cuéntanos cómo te gusta trabajar tus historias.

"Mis historias son siempre autobiográficas, tienen mucho que ver con lo que oigo o pasa a mi alrededor"

—Todas las semanas, desde hace casi 25 años, tengo que pensar en escribir y dibujar al menos una historia. Esto es una mili que te hace, si no un sargento de hierro, por lo menos un cabo de hojalata. Mis historias son siempre autobiográficas, tienen mucho que ver con lo que oigo o pasa a mi alrededor. Una vez tengo una idea, me empeño y me peleo para contarla usando las herramientas únicas y especiales que me proporciona el medio del cómic. Esos 25 años me han permitido experimentar y desarrollar cientos de recursos que se han convertido casi en una segunda naturaleza a la hora de narrar. Tengo clarísimo lo que NO quiero hacer (cabecitas parlantes, planos efectistas que no cuentan nada, etc.) e intento siempre que puedo buscar nuevas formas de contar.

—¿Que paleta de colores te gusta usar?

—Soy muy mal colorista. Uso el color como los malos realizadores de cine usan la música: para crear ambiente y poco más. Los autores que saben utilizar el color de forma narrativa me hacen llorar de rabia y de envidia.

—¿Qué se necesita para dibujar historias con ese humor algo salvaje que viertes en tus historias?

—No tengo la menor idea. Tengo una fe en el ser humano próxima a cero, supongo que eso ayuda.

—Hablemos de Custodia compartidaPara los lectores que aún no conozcan a Custodia, ¿por qué decidiste hacer la historia Custodia compartida?

—Soy padre separado, he vivido el calvario y la vergüenza de las leyes de familia de este país, unas leyes que dicen proteger al menor pero que son un auténtico desastre —al menos en su aplicación—. Con el tiempo me di cuenta de que quienes de verdad peor lo pasan en este quilombo son los críos, que en la mayoría de los casos se convierten en una moneda de cambio y una baza para chantajear al otro padre. Para crear un héroe para una historia no hay nada mejor que un mundo tan adverso como éste.

—La serie parte de una historia personal, pero ¿con el tiempo se ha convertido en otra cosa? Te lo pregunto porque estoy pensando en esto que dijiste precisamente sobre esta obra: «Expongo lo que pienso y me río de mis propias opiniones, a la vez que me explico a mí mismo por qué en general triunfan las contrarias».

En general todas mis historias son autobiográficas. En todas ellas cuento y de alguna manera doy mi punto de vista sobre algo y, generalmente, mi punto de vista sale siempre mal parado. El egoísmo desmedido, la irresponsabilidad y la imbecilidad suelen funcionar mejor en el humor que la sensatez.

—Custodia ¿es víctima o condena?

"Cuando descubrí a E. A. Poe, me di de baja de la adolescencia y sus frustraciones"

—Tengo un profundo problema con el término «víctima» y con el victimismo. Hace años que tengo en mente una idea para una historia breve sobre el tema, pero me temo que no lo publicaría nadie y que si lo sacara a la luz en medios sociales me lincharían antes de leerlo. No, Custodia no puede ser una víctima, menos aún considerarse como tal. Custodia es una cría, como una vez fuiste tú, y como puede que yo fuese alguna vez, aunque no me acuerdo, porque no tengo memoria de absolutamente nada antes de los 12 años. Cuando descubrí a E. A. Poe me di de baja de la adolescencia y sus frustraciones y me tiré de cabeza al charco de la literatura y la ficción. Hace poco me regalé una edición de los Cuentos extraordinarios traducidos por Cortázar. En el prólogo dice don Julio que ningún crío que lea «El escarabajo dorado» se librará del hechizo de la literatura. ¡Qué bien me conocía don Julio!

—Custodia, en mi opinión, no se parece a su padre, confiado y algo inocentón, ni tampoco a su madre, más bien frívola y egoísta. ¿Se parece a ti?

—¡Ni de lejos! Tiene algo del ADN del Calvin de Watterson, aunque respira por otros lados. No tiene ni la hiperactividad de Calvin ni su desbordada imaginación, es mucho más perezosa, como eso que se ha dado en llamar «nativos digitales». Tiene el egoísmo inocente y casi de supervivencia que muestran la mayoría de los niños, mezclado con otras protovirtudes cívicas que si no ahoga su padre por exceso de riego, ni seca su madre con su desidia, harán de ella una ciudadana más o menos pasable.

Custodia tiene algo de Mafalda, por su inteligencia y conclusiones demoledoras de un adulto lúcido. Pero hay algo más. Hay un leve poso de amargura, a pesar de lo descacharrantes e hilarantes que sean sus vivencias con sus peculiares padres. ¿Estoy en lo cierto?

Mafalda es una obra maestra, pero ni Mafalda, ni Miguelito, ni Susanita, ni Manolito, ni Felipe, ni Libertad (sobre todo Libertad) son niños. Los personajes de Quino están emparentados con los Peanuts de Charles Schultz. Carlitos, como le llamábamos aquí. Es cierto que el recurso al lenguaje adulto en boca de un niño puede remitir a la Mafalda de Quino. Pero Calvin sostiene con su imaginario amigo el tigre de peluche Hobbes los más serios debates sobre ética o política, mientras se lanzan a toda chufa ladera abajo en trineo o con su vagoneta. En ese sentido sí, me acuso de haber usado y seguir usando a menudo el recurso de hacer que Custodia hable con un lenguaje cinco tallas más grande que ella, pero en la medida de lo posible sí intento que el proceso mental sea bastante infantil. Quiero decir que en muchísimas ocasiones he escuchado a niños proponer reflexiones increíblemente lúcidas, porque provenían de un aplastante sentido común.

—Me gusta mucho el personaje de la madre. Sus contornos y esa debilidad que enmascara alguien que parece haber perdido demasiados trenes. El padre es más estable, creo que hace todo lo que puede, pero la granujilla de Custodia no se lo pone nada fácil… Es un poco injusta con él. No sé si compartes esa opinión.

"Lo que más juego da a la historia es la lucha denodada y continua de Custodia para que la dejen en paz"

—Lo que más juego da a la historia es la lucha denodada y continua de Custodia para que la dejen en paz. Hay muchos lectores que piensan que hay una dicotomía mala madre / buen padre entre los dos personajes. A mí los dos me parecen igualmente egoístas, ninguno mira lo que Custodia quiere o necesita, los dos intentan que se ajuste a su particular forma de entender la vida. Cuando el padre la lleva a museos, exposiciones y conferencias, al bosque a plantar pinos o a hacer camping, no es mucho mejor que la madre cuando la arrastra a los centros comerciales o a las terrazas donde toma café y copas con sus amigas pijas. Se podría argumentar que en un museo se aprende más que en un shopping mall, pero no sé si esto es válido a cualquier edad. A mí me llevaron de pequeño a ver dos o tres partidos de fútbol y no he vuelto a ver un solo segundo de balompié en mi vida.

—Hablemos un poco de EpílogoEpílogo entra dentro de muchos géneros: novelas de espías, de misterio, histórica… pero para mí es un viaje emocional hacia los recuerdos, los remordimientos y la verdad. ¿Qué ha supuesto para ti esta obra, qué te motivó a escribirla?

—En la gestación de la historia hay varias patas. Una fue la propuesta de mi entonces socio José Luis Ágreda de hacer algo que fuera más allá del trabajo comercial que hacíamos a cuatro manos para libros de texto, agencias publicitarias, etc. En cuanto a la historia en sí, fue como tantas historias mías: tres o cuatro fragmentos inconexos que llevaban meses o años flotando en mi cabeza (ya te digo que jamás tomo notas) y que una noche, después de ver una película que, como tantas veces ocurre, yo recordaba de una manera y era otra cosa totalmente diferente, coalescieron, o chocaron, o hicieron carambola, y mientras volvía esa noche a casa desde mi estudio, parado en una esquina esperando, como siempre, a mi perra, todos los pedazos cayeron en su lugar, y así nació Epílogo. Poco más o menos como Palas Atenea surgiendo de la cabeza de Zeus con loriga y casco, gracias a los dioses, sin que mediaran ni Hefesto ni el Hacha. En cuanto a la paliza de escribir y dibujar doscientas cincuenta páginas sin cobrar un duro, ha sido una apuesta personal. Me considero una persona profesionalmente muy afortunada. Llevo más de 25 años viviendo muy bien de dibujar y de contar historias, pero inevitablemente el mismo éxito te encasilla. Si llevas toda la vida haciendo humor, nadie te va a proponer que hagas ciencia ficción (quiero decir que me lo proponga y me lo pague). Aun así, yo siempre he defendido que quien sabe contar historias sabe contar cualquier cosa. Ocurrió el milagro y, a través de una agencia publicitaria nos encargaron a José Luis Ágreda y a mí una novela gráfica para Quinielas, que cumplía su 70º aniversario. En tiempo récord escribí, planifiqué y dibujé aquella historia de 70 páginas compuesta de 7 historias costumbristas que sucedían cada una en una década distinta desde los años 40 hasta la segunda década de este siglo, con un estilo naturalista y en un tono que no tenía nada que ver con el humor y se aproximaba bastante más a una visión a lo Capra o a lo Becker (hijo) del mundo. Quedó un trabajo soberbio, pero se publicó solo en internet y se imprimieron (con muy poca fortuna) solo 200 copias en papel. En todo caso, la pasta y la experiencia ganadas con aquello me animaron finalmente a darle el empujón final y a dibujarme la novela.

—Es sensacional la recreación de los personajes. ¿Te has inspirado en algo o alguien en particular? ¿Tal vez tengas alguna influencia cinematográfica? Juraría ver algo de cine negro ahí. Y de Hitchcock, por los ángulos que él usaba en sus filmaciones.

"Detesto los personajes planos. Netamente buenos o malos"

—Todo el ambiente de Epílogo es autobiográfico en gran medida. La época histórica en la que se desarrolla coincide con mis primeros años de universidad. Los personajes de la familia de Rodrigo son muy parecidos a la familia que me tocó en suerte. La biografía de Rodrigo es muy próxima a la mía. Escribir, como decía Faulkner, de lo que pasa en el patio de atrás de tu casa simplifica mucho las cosas a la vez que te permite entender mucho mejor a los personajes y situaciones que describes. Detesto los personajes planos. Netamente buenos o malos. Sin luces ni sombras ni más dimensiones que una silueta de cartón. En cuanto a la narración gráfica solo sigo un principio: NI UNA SOLA LÍNEA, NI UNA SOLA MANCHA QUE NO SIRVA PARA NARRAR LA HISTORIA. Lo que más detesto en cualquier obra de ficción es el virtuosismo, los autores que como Orson Welles o Nabokov no pueden hacer nada sin subrayar con rotulador MUY GRUESO su habilidoso manejo de las herramientas de su oficio me aburren hasta la náusea. Intento con modestia seguir el axioma que se atribuye a Flaubert: el autor en su creación ha de estar como Dios en la suya, presente en todos sitios y visible en ninguno. Intento, sin conseguirlo, que mi trabajo sea como una película de Hawks, como un solo de Parker o una bulería de Camarón. Algo que parece que surgió ahí al mojar el celuloide o al pasar el disco bajo el grifo.

—Ahí se combinan partes en las que el dibujo habla por sí solo, y otras muestran más diálogo. Su alternancia es soberbia, me has recordado a Hergé. Esos momentos, que tú defines como remansos, son de una gran expresividad. ¿Los tienes ya meditados, o surgen a medida que la historia crece?

—Escribo, planifico y compongo a vuelapluma. Es mi obsesión por la frescura en todo: en la línea, en el diálogo, en la narración. Las obras que se ven manoseadas, donde se puede leer claramente la batalla del autor con el medio y sus herramientas, me interesan poco. No quiero decir que no me interese la forma. Al contrario, me interesa muchísimo. Una vez, muy al principio de mi carrera, conocí a Tha, un dibujante soberbio con una capacidad de diseño de la página alucinante. Pero su trabajo, a pesar de lo sofisticadísimo que es, parece hecho todo al primer intento, sin borrar nada. Cuando le pregunté cómo se conseguía eso me dijo: «Repitiendo cien veces el dibujo hasta que sale perfecto». Yo no puedo permitirme el lujo de repetir tanto, pero dispongo de una herramienta como la tableta digital, que me permite trabajar casi directamente desde el primer boceto al arte final sin intermedios. Esto es algo que yo soñaba al comienzo de mi carrera: poder conservar la frescura de un boceto en el dibujo acabado. Hoy día, gracias a la tecnología digital, eso es posible y yo lo exploto todo lo que puedo. Planifico y organizo a gran velocidad y supongo que los años y los miles de páginas que llevo hechas ayudan en algo a que este tipo de cosas salgan rápido y sin pensar mucho. Gracias a las herramientas digitales, puedo editar, cambiar, cortar, tirar, añadir… No lo hago mucho, pero saber que tengo esa posibilidad me da una enorme libertad a la hora de componer y narrar.

—Hay viñetas a las que solo les falta ponerles música de suspense. ¿Te inspira la música para dibujar, y si ese es el caso, qué tipo de música?

—Escucho música barroca o jazz en las sesiones de trabajo de la mañana, o cuando me voy a trabajar al río o al parque con mis libretas o en la tableta. El resto del tiempo consumo miles de podcasts y cientos de conferencias en YouTube sobre toda clase de temas. Me apasionan las historias bien contadas, me da igual que sea sobre las misiones Apollo, sobre las matemáticas en el Islam o sobre el sentido de la justicia en los primates.

—¿Por qué has elegido el blanco y negro?

"Franco palmó de facto cuando yo tenía 13 años, pero su sombra se alargó sobre este país y sobre mi vida en particular muchos años más"

—Por dos cuestiones fundamentales, tiempo y dinero, y por una cuestión personal: pensaba que el blanco y negro le iba mucho mejor a esta historia. Franco palmó de facto cuando yo tenía 13 años, pero su sombra se alargó sobre este país y sobre mi vida en particular muchos años más. Todos mis recuerdos de ese tiempo son en un blanco y negro cutre y sin contraste. De ahí también la elección.

—Conflictos familiares. Palabras no pronunciadas a tiempo. Rencores y silencios que condicionan una existencia. Eso también es Epílogo, ¿verdad?

—Fundamentalmente, y en lo que toca a lo que de mi biografía hay en la historia, sí. Aunque mi biografía no tiene nada de trágica ni yo me lamento de nada.

—¿Vas a escribir nuevas historias con este juego tan magistral que has demostrado en Epílogo? A petición personal, te diría que lo hicieras sin dudarlo. Creo que con esta obra demuestras un talento para afrontar cualquier tipo de historia.

—Por desgracia, esto es un experimento, un único disparo que puedo permitirme. Dibujar esta historia me ha costado muchos miles de euros en trabajo que no he cogido para poder hacerla. Ese es un lujo que no puedo permitirme otra vez hasta que de alguna manera me recupere de la enorme inversión que ha sido éste. Tengo otras historias de diferente clase y calado. Desde una amarga screwball comedy que se ambienta en el mundo de los grafiteros hasta un proyecto para hacer unas historias de cómic de divulgación científica que muy probablemente sea lo siguiente en lo que me gaste mi dinero.

—El maldito presente o el presente maldito… Si la situación actual fuera una de tus tiras ilustrativas, ¿cómo la dibujarías?

—Dibujar actualidad ha sido siempre algo que me habría encantado hacer. Soy un fan de los grandes editorialistas norteamericanos, capaces en un solo dibujo de hacer análisis de una finura y una profundidad increíbles con un sentido del humor descacharrante. La dibujaría como Oliphant, MacNelly o Wiley Miller.

¿Esta situación te está afectando creativamente, o todo lo contrario?

"Visto lo bien que le sentó al planeta el primer confinamiento, yo estaría por confinar a todos lo que no fueran imprescindibles"

—Mi vida normal no se diferencia en gran cosa de lo que ahora vive (y parece sufrir mucho) todo el mundo. Quiero decir que mi vida social siempre ha sido muy íntima, detesto los grupos de más de cuatro personas, el jaleo y el guirigay. Me encanta recibir a mis amigos en casa y de uno en uno, cocinarles y agasajarles y disfrutar de buena comida y buena conversación durante horas. Tengo una familia gigantesca con la que corté amarras hace siglos, por tanto no tengo problemas en ese departamento, y llevo teletrabajando desde hace 30 años, con lo que mi situación laboral no se ha visto afectada tampoco. Me afecta la gilipollez humana que ahora se manifiesta en la falta de civismo visible en las etiquetas sociales del alejamiento, pero que antes se materializaba en otras, y en el futuro adquirirá aspectos novedosos, que no nuevos. Visto lo bien que le sentó al planeta el primer confinamiento, yo estaría por confinar a todos lo que no fueran imprescindibles para mantener esto a flote, y tirar la llave.

—El sentido de la vida… Como artista, ¿qué es lo que más te gusta abordar? 

—Yo no soy ningún artista. Soy un modesto artesano, Un pintamonas y un cuentacuentos. Recibo encargos e intento resolverlos con la mayor dignidad posible, y quiero pensar que cuando Velázquez se cascó Las meninas lo hizo respondiendo a Felipe IV que le dijo: «Diego, a ver si me haces un retrato de mis niñas. Una cosa sencillita».

—¿Te sientes más cómodo en el humor, o en lo circunspecto?

—Gracias a Juan de Mairena y a Machado aprendí muy pronto que se pueden tratar los temas más enjundiosos con el más fresco de los sentidos del humor. Desde entonces huyo de la gente campanuda y rimbombante. Me aburre la épica y quienes se toman a si mismo en serio, y frecuento a gente que como Azúa, por ejemplo. Me hacen reír a la vez que me muestran algo de una profundidad intelectual considerable.

—El dibujo y la escritura, ¿te ayudan a conocerte mejor?

—Soy un fue, y un será, y un es cansado. Más allá de esa sensación de cansancio, debida a décadas de exceso de trabajo, me conozco poco más. Ni siquiera me sorprendo a mí mismo… Me hago tan poco caso que no doy ni para eso.

—Pablo, ¿qué sientes cuando la historia cobra forma en tu mesa de trabajo?

—¿La verdad? Me siento privilegiado, porque esa historia se va a publicar, porque la va a pagar alguien, lo que me permitirá vivir y escribir y dibujar otra historia, y si alguien la paga será, supongo yo, que porque alguien la ha leído y la ha disfrutado. Cuando el círculo se cierra y un lector se llega hasta cualquiera de mis páginas en la web, o me escribe un correo para decirme lo mucho que ha disfrutado con una historia, con un chascarrillo o con un dibujo, entonces el círculo se cierra como un abrazo. Muchas noches, cuando voy a cerrar la sesión del día, miro el tablero y veo los monigotes que he producido ese día, y pienso que ESO que quería hacer cuando tenía ocho o nueve años y miraba los tebeos de RAF, ESO, es mi trabajo, y me siento el tipo más afortunado del mundo.

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