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Diario de un mal nadador

Escribo mientras ando, o nado, y luego dejo que las palabras se sequen en la memoria como una sábana tendida sobre al hierba al sol. Podría ocurrir que estallara una tormenta y empapara la sábana (y la hierba, y el aire, y a mí), que me olvidara (de la hierba, del aire, de mí), que me durmiera (y que todo fuera un sueño). Puede.

Pero la molestia, la preocupación sigue ahí. El hombro, su indolencia, el dolor está aquí para recordarme que no vivo en una nube sino en medio de una pesadilla. Sí, he vuelto a nadar cinco o seis meses después de que un miércoles me levantara con el brazo, el antebrazo y la mano medio paralizados. Tras la ducha supe que yo no era una invención de Kafka y me vestí con la vergüenza del acusado al que todos le encuentran culpable y no puede demostrar nada a su favor.

"Alcé la vista hasta el mirador por si desde allí alguien seguía con sorna mis esfuerzos pero no me llegué a quitar las gafas para comprobarlo y para evitar que si fuera así la humillación me anulara del todo."

Demasiadas semanas después hoy he vuelto a la piscina donde fui moderadamente feliz sin que, claro, entonces lo supiera. Encontré el agua espesa, gruesa. Me sentí lento, pesado, extraño. Se debatía en mí un gozo esperado de bienestar y la constatación de ser ya otro. Incapaz de recuperar la frescura de entonces, la alegría de un braceo sostenido, de ganar metros con una constancia débil, de inercia.

Aun así llegué al final de la calle, mérito más que aceptable cuando apenas tres meses atrás no pude ni dar dos brazadas y tuve que salir de la piscina con la humillación de un hombre vencido, descuadernado. Probé nadar a espaldas tal y como una chica tan tierna como una adolescente que me estira los nervios me había recomendado; imposible. Volví a intentarlo diez calles después; tampoco. Recurrí a la braza, que tanto he rechazado, y apenas podía avanzar. Alcé la vista hasta el mirador por si desde allí alguien seguía con sorna mis esfuerzos pero no me llegué a quitar las gafas para comprobarlo y para evitar que si fuera así la humillación me anulara del todo.

"El dolor ha regresado. Y temo que si el cansancio y el sueño me vencen puedo levantarme otra vez con el brazo, el antebrazo y la mano paralizados."

No sé si he de sentirme orgulloso de haber completado veinte largos a crol y diez a braza en mucho más tiempo de lo que invertía en otoño. Para entonces la luz que entraba como una lanza en el abdomen de unas aguas espejeantes y en calma en una tarde semivacía y festiva se había diluido y una sombra iba apaciguándolo todo. Ahora, ya en casa, no puedo dormir. El dolor ha regresado. Y temo que si el cansancio y el sueño me vencen puedo levantarme otra vez con el brazo, el antebrazo y la mano paralizados. O que acabe siendo una invención de Franz Kafka.

Así que velo mi dolor en la noche en que el invierno deja de ser invierno, en que marzo está a punto de ser cruel. Espero soñar que todo ha sido un sueño.

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