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Leopoldo María Panero

Le llamaban por megafonía. Repetían su nombre despacio, más de tres veces. Leopoldo María Panero, Leopoldo María Panero, por favor, Leopoldo María Panero, le están esperando. Tenía permiso de 10 a 19. Nueve horas desde que Juanita le recogía en su taxi y le volvía a dejar en la puerta del psiquiátrico de Mondragón, en el monte de Santa Águeda. Nueve horas para pasear por un pueblo que, según decía, “era una mierda”, pero que lo acogía con una ternura de toda la vida.

Durante ese tiempo, y sin tener en cuenta quién le acompañaba, iba de bar de bar bebiendo Coca-Colas compulsivamente. Atrás quedaron los años de las borracheras feroces. La medicación que llevaba enganchada a la parte baja de la barriga le provocaba espasmos si ingería cualquier tipo de alcohol. Pero su cabeza de mil vientos se había acostumbrado a alimentar la lucidez con cafeína.

"La historia de Leopoldo María Panero es la de un padre alcohólico y una madre resignada a la invisibilidad. Pero es, sobre todo, la historia de la poesía"

Así pasó más de 30 años. Dando paseos solo o con aquellos periodistas que asumían el riesgo de quedarse a su cargo durante algunas horas. En Mondragón o en Las Palmas. Leopoldo María Panero tenía la costumbre de prevenir a las visitas de que aquellos sitios estaban “llenos de locos”.

Él, hijo de uno de los grandes poetas del franquismo, gran poeta a la vez, genial hasta el delirio, ejerció una extraña libertad. La de quien ha pasado más de media vida pidiendo permisos.

La historia de Leopoldo María Panero es la de un padre alcohólico y una madre resignada a la invisibilidad. Pero es, sobre todo, la historia de la poesía: la de su padre, la de su tío, la de su hermano mayor y la suya.

Nació en una familia severa, católica, descompuesta. Leopoldo Panero, su padre, era un poeta ligado al régimen muy bien entrenado para beber hasta no ver nada. Su madre, a la que la literatura también dejó su poso en forma de cuentos y narraciones breves (recuperadas ahora por la editorial Renacimiento), se instaló en una sombra cálida que no le resguardó de sufrir más de lo debido.

Como muchos de su generación, la ideología familiar llevó a Leopoldo María Panero al otro extremo. Ya en el colegio empezó a interesarse por la izquierda, entre otras extravagancias para un casi niño, y en la universidad (donde estuvo de una manera errática) se vinculó a los movimientos estudiantiles antifranquistas. Sería esa lucha, en la que algunos compañeros miraban desconfiados sus modales de niño bien, la que le provocó el primero de sus muchos quiebros y el primer ingreso en la cárcel de Carabanchel.

En 1968, después de acabar sus estudios en el Liceo Italiano de Madrid, se largó a Barcelona. Allí Pere Gimferrer le sirvió de valedor. Allí, gracias a él, publicó su primer conjunto de poemas, Por el camino de Swan. Mientras, su obsesión con Peter Pan, su amor desatado por Ana María Moix, las madrugadas de alcohol y drogas, la depresión, dos intentos de suicidio y el Instituto Frenopático de Barcelona.

Unos dicen que fue en la adolescencia cuando las crisis psicóticas empezaron a hacerse visibles; otros que durante la carrera, cuando estudiaba Filosofía y Letras. Su madre, que en la niñez. En lo que todos coinciden es que al cabo de poco tiempo el desquicie se apoderó de él.

"Escribía con la lucidez extrema que manejan solo algunos locos"

Escribía con la lucidez extrema que manejan solo algunos locos. Sin límites. Era brutal. Obsceno. Atroz. Desconcertante. Te obliga a mirar lo que no quieres ver. En aquella época publicó Así se fundó Carnaby Street (1970) y Teoría (1973) y entró en la polémica nómina de la antología Nueve novísimos poetas españoles, de José María Castellet.

Allí escribió: “Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo, y no sólo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos”. Mientras el resto de su generación tomaba posiciones, él se volvía aún más loco. Los ingresos en psiquiátricos aumentaban. También las entradas y salidas en la cárcel. Mientras los demás se instalaban como el relevo generacional de la poesía española, Panero andaba descalzo por Madrid, iba a la cervecería Santa Bárbara de Alonso Martínez, insultaba a los camareros, increpaba a la gente en las calles de Malasaña. En muchos bares le prohibieron la entrada. Pocos sabían que aquel excéntrico era uno de los grandes poetas españoles de los años 80. Tanto desorden se estaba comiendo su verdadera figura.

Se dejó ver por dentro en el documental El desencanto, de Jaime Chávarri. Allí, con su padre ya muerto, él, sus hermanos y su madre mostraban, a finales de los años 70, la realidad más siniestra de una familia que había sido concebida como ejemplo durante el franquismo.

Hablaban de un padre borracho, de una madre esquiva, incapaz y frágil. De un Leopoldo María loco, de un Michi tan cuerdo como diletante, de un Juan Luis esnob y altivo. Todos con una tara profunda, visible, cruel. Desmontando un mito y generando cuatro.

"Estaba despierto dentro de su locura, incluso algunos afirman que de algún modo supo explotar su enfermedad"

La película impulsó su obra. Su nombre sonaba con más fuerza. La crítica aplaudía sus traducciones, sus ensayos, sus poemas. Pero cada vez estaba más «encerrado». Trastorno Múltiple de la Personalidad (TAP). Llegó al sanatorio de Mondragón a finales de los 80. Pasó diez años con aquellos permisos de 9 horas. Diez años en los que aparecieron periodistas, fotógrafos, editores. En los que no aparecieron amigos.

Todo el pueblo sabía quién era Leopoldo María Panero. El poeta loco. El devorador de palmeras de chocolate, el fumador de mil camel seguidos, el campeón mundial de coca-colas. Al que recogía Juanita, el que hablaba en la radio en una prodigiosa tertulia de tarados capitaneada por Xavier Sardá. El que era poeta inagotable. De esta época son los Poemas del manicomio de Mondragón (1987), donde avanzaba con esa escritura tan propia, con su repertorio de citas, como si las voces de su cabeza fueran las de poetas, filósofos y escritores. Estaba despierto dentro de su locura, incluso algunos afirman que de algún modo supo explotar su enfermedad. “Buscaba la autocontemplación y la autodestrucción”, aseguraron.

Un día decidió largarse a Las Palmas. Las islas tienen un atractivo natural para los locos, para los enfermos. Y allí encontró Panero la tranquilidad. Comenzó a ir a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Las Palmas. Hizo amigos entre profesores y estudiantes —y algún aprovechado—. Mientras, salía su poesía completa en Visor, gana el Premio Estaño de Literatura y el Premio Quijote de Poesía. Pero Leopoldo María Panero se iba oscureciendo. Demasiados años regulado por pastillas. Demasiados desarreglos. Demasiado infierno dentro.

En 2014 murió en el manicomio de Las Palmas. Cuando los médicos preguntaron qué hacer con su cadáver descubrieron que no había nadie para hacerse cargo. Ese fue su final. La soledad más desamparada. Tan solo y tan desequilibrado que los periódicos lo bautizaron como el último poeta maldito, quizá el único auténtico.

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