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Nueve novísimos poetas españoles, de José María Castellet

Nueve novísimos poetas españoles, de José María Castellet

En la literatura española del siglo XX, la antología que firma Josep Maria Castellet, Nueve novísimos poetas españoles (Península), no es la única que ha servido para fechar la aparición de una generación poética, pero sí es la más discutida. Empezó a ser polémica algunos meses antes de aparecer y la distribución del volumen, en abril de 1970, fue saludada por un coro de voces más o menos amistosas con el antólogo y con los antologados, y también por más de un escándalo. Hoy, cuarenta y ocho años después, esta antología tiene una novísima edición de la que Zenda adelanta las primeras páginas.

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UNA NUEVA SENSIBILIDAD

La herencia que ha recibido la generación joven ha sido un montón de escombros: además de ciudades, de ideologías; y la fe de los padres (la genuina y la fingida) se ha convertido en una humareda de grandilocuencia… Ernst fischer

Recuerda Manuel Vázquez Montalbán unas palabras de Antonio Machado en su fallido discurso de ingreso en la Academia de la Lengua—por aquel entonces ya no Real como la califica M. V. M., en un lapsus hijo de las actuales circunstancias—, en las que dice que cuando una «pesadilla estética» se hace insoportable es señal inequívoca de que se anuncia un cambio. Bien, lo menos que puede decirse es que, en un momento dado (que se sitúa alrededor de 1962), los postulados teóricos del «realismo» empiezan a convertirse en pesadilla para muchos, incluidos algunos miembros de la generación que con más virulencia los predicó: a partir de este año, más o menos, la generación del «realismo» entra en crisis y se producen abandonos y deserciones que coinciden, en general, con los casos de escritores menos valiosos, quizás aquellos que habían creído que escribir consistía en aplicar unos esquemas previos que, sea dicho de paso, algunos de nosotros habíamos trasladado bastante mecánicamente desde experiencias foráneas al empobrecido panorama español de la posguerra.

Y, sin embargo, creo que algunos planteamientos—los más elaborados desde la propia perspectiva española— eran válidos y, en algún sentido, lo son todavía. Por otra parte, el desinterés o la injusticia con que han sido considerados, posteriormente, muchos autores y obras de los años 50—al que ha contribuido un estado de opinión, en parte provocado por el derrotismo masoquista de ellos mismos—, no demuestran sino que se puede producir,entre los más jóvenes, un fenómeno de dogmatismo à rebours, equiparable—en su ignorancia del funcionamiento de los procesos culturales y de los condicionamientos históricos de los mismos—al de quienes predicaban, desde la otra generación, un determinismo mecánico que vaciaba a la literatura de su inalienable carácter de experimentación creadora.

No todos los miembros de la nueva generación comparten esos juicios tan desfavorables: el citado trabajo de Vázquez Montalbán y algunos fragmentos de las poéticas incluidas en este libro muestran una notable comprensión del desarrollo histórico de los hechos. Lo que sí es innegable es que la «pesadilla estética» anunciaba un cambio y que éste se ha producido más como ruptura que como evolución. La evolución, en todo caso, se estaba produciendo dentro de la generación incriminada: en novela, por ejemplo, la publicación de «Tiempo de silencio», de Luis Martín-Santos (1962), las últimas obras de Juan Goytisolo o la tardía aparición de Juan Benet, nos pueden dar la medida de cómo la «pesadilla» ha operado liberadoramente dentro de la misma generación. Y, en poesía, la «evolución» no era más que un proceso natural entre los mejores poetas.

La voluntad de ruptura, en cambio, procedía de gente muy joven, nombres que en los primeros años 60 eran totalmente desconocidos oque, quizás, nos sonaban como autores de algunos artículos, especialmente sobre cine, ya quienes avizorábamos en algunos actos culturales con una expresión entre tímida e irónicamente desafiante frente a sus mayores.

Ahora bien, es imposible comprender el sentido de la ruptura con la generación anterior si nos limitamos alas habituales consideraciones de conflicto generacional, de revuelta contra los padres o, incluso, simplemente, al cansancio producido por unos postulados estéticos cuyo ciclo histórico ha periclitado. En la Justificación, he mencionado dos hechos sociológico-políticos que ayudan a la configuración del grupo generacional más joven. Cabría ahora, además, mencionar el cambio de gusto literario sobre la base de la evolución de la moda en las lecturas, las resurrecciones de autores olvidados—hecho característico de cada generación—, el afán más o menos snob de novedad que exige la necesidad de afirmar una personalidad en agraz, etc. Pero aunque el análisis de cada uno de estos hechos nos acercaría a la comprensión de algunos aspectos del cambio, ninguno de ellos nos llevaría a la conclusión de la ruptura—bien es cierto que nunca absoluta—generacional.

Por ello, las bases de la ruptura hay que buscarlas, entre otros factores extraliterarios, en los supuestos socioculturales que intervienen en la formación—y en la educación sentimental—de la nueva generación. Porque, aunque algo desfasado respecto a los de otras sociedades occidentales, el grupo generacional al que nos estamos refiriendo es, en España, el primero que se forma íntegramente desde unos supuestos que no son los del «humanismo literario», básico en la formación de las generaciones precedentes, sino los de los mass media,aunque en un medio histórico, político y sociológico distinto del de los equivalentes extranjeros.

La creación de una nueva sensibilidad, de la que nos han dado testimonio teórico desde Marshall McLuhan hasta Umberto Eco, tiene en el ámbito peninsular unas peculiaridades propias, que podríamos resumir diciendo que, mientras en los países occidentales más próximos el cambio se produce de forma gradual por la coexistencia del humanismo literario y una polémica ideológica abierta y libre con la creciente presión de los medios de comunicación de masas, en la España de los últimos años cincuenta y los primeros sesenta, huérfana de una información cultural completa y de la polémica ideológica que ha tenido lugar en las democracias liberales, se impone un tipo de cultura basada en unos mass media de muy baja calidad, pero que por lo mismo obtienen un enraizamiento popular de considerable extensión demográfica (radio, TV,publicidad,prensa, revistas ilustradas, canciones,tebeos,fotonovelas, etc., a un mero nivel de cultura futbolística). Se trata de una cultura popular alienadora por alienada, pero prácticamente la única existente—y quizás la única real— dada la también baja calidad de la cultura considerada aristocrática y de la ausencia de vanguardias estéticas,bloqueada su aparición por las presiones ideológicas de algunos de los grupos dominantes en la época.Por otro lado, estos grupos, ideológicamente partidarios de una revolución que acercara la cultura a las masas, ignoraban voluntariamente el fenómeno de la existencia de una cultura popular—tan vulgar como se quiera, pero viva, operante e influyente—y se dedicaban a la especulación polémica sobre si lo que más convenía al pueblo era una vuelta al folklore—fiel guardián de las genuinas esencias de una sociedad agraria—o la implantación, es un ejemplo, de las teorías didáctico-distanciadoras brechtianas.

Entretanto,pues, se estaba formando una nueva sensibilidad, ignorada por la mayor parte de los escritores, en cuya elaboración intervenían, paralelamente con los programadores de una información deformadora y alienante, los equivalentes españoles de los que Susan Sontag llama «determinados pintores, escultores, arquitectos, planificadores sociales, cineastas, técnicos de televisión, neurólogos, músicos, ingenieros de electrónica, bailarines, filósofos y sociólogos. (Unos pocos poetas y escritores en prosa podrán incluirse)».

En todo caso, la nueva generación, consciente o inconscientemente—esto es lo de menos—se formaba más que en contra, de espaldas a sus mayores. Y ahí residía no la polémica, sino la ruptura que había de traducirse en las obras que, de pronto, en una modesta aunque sorprendente irrupción, rompían una continuidad de tradición de la palabra escrita.

En esta historia, tan rigurosamente contemporánea, habría que considerar múltiples factores, todavía extraliterarios. Por ejemplo, el vacilante despegue económico; la tentativa de acercamiento a Europa; la tímida, pero efectiva, evolución de las costumbres; la Ley de prensa de 1966;las polémicas «sindical» y «asociacionista»; la explosión universitaria; la crisis del clero; la ascendente preponderancia cultural pequeño-vanguardista de una Barcelona amilanesada y con capacidad para soportar dos culturas lingüísticas diferenciadas; etc.

De toda esa complicada confusión de los años 60,surge quizás la doble interpretación que la nueva generación dará de su educación sentimental, de su formación ajena al viejo humanismo.

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Autor: Josep Maria Castellet. Título: Nueve novísimos poetas españoles. Editorial: Península. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro