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‘Para decir amor sencillamente’, homenaje a Rafael Guillén

‘Para decir amor sencillamente’, homenaje a Rafael Guillén

«Para decir amor, sencillamente» es el segundo verso del soneto que abre Pronuncio amor, tercer libro de Rafael Guillén. Sesenta años después de su edición en Veleta al Sur, más de cien poetas se han reunido alrededor de su poesía para entablar una conversación confidencial con el autor y su obra. Poetas coetáneos y contemporáneos de todas las corrientes y tendencias, unidos por el respeto y consideración que les merece una obra intemporal, se congregan en este libro en homenaje a una de las pocas voces señeras de la generación de los 50, como Francisco Brines, María Victoria Atencia, Antonio Gamoneda o Julia Uceda, entre otros, quienes también han participado en el presente volumen.

Zenda adelanta el prólogo de Juan Carlos Friebe a esta antología publicada por la Diputación de Granada y cuya edición y selección ha corrido a cargo de Juan José Castro Martín, Javier Gilabert, Fernando Jaén y Gerardo Rodríguez Salas.

***

Presente discontinuo

Las prisas en el amor nos generan, a veces, pequeños contratiempos, y algún malentendido. A la poesía le convienen aún menos las premuras. Tras invitarlos a participar, habíamos urgido a un centenar de autores a enviarnos un poema para regalarte este libro en un homenaje a tu poesía –sin que solo tú no lo supieras (gracias a todos por haber mantenido el secreto)– pero hasta hoy, doce de junio, solo hemos conseguido recopilar, aproximadamente, un sesenta y cinco por ciento de los trabajos. El encargo consistía en que colaborasen con un poema, de preferencia inédito, que glosara algún verso de cualquiera de tus más de cuarenta poemarios, de tu prosa viajera o tus ensayos. Sin embargo, la poesía rara vez brota por generación espontánea, ni los versos corren a raudales como el agua por un grifo abierto. Además, el de los poetas no es el gremio más disciplinado del orbe, y solemos tomarnos nuestras licencias que, al fin y al cabo, también forman parte de nuestros recursos. Por otro lado, les hemos pedido un regalo, y su generosidad no merece que les achuchemos demasiado porque aún no se ha cumplido el plazo que les marcamos… De cualquier forma, aunque nadie nos hubiera enviado su texto, al menos habrías tenido nuestro humilde obsequio.

Por nuestra parte, queríamos llegar puntuales a nuestra cita contigo, a las doce de este hermoso sábado todavía primaveral, pero apareceremos pasadas las y cuarto. Quizá resulte irrelevante y, sin embargo, esta pequeña demora no viene mal para recordar «que en la tardanza dicen que suele estar el peligro», como concluyó Don Quijote ante la menesterosa princesa Micomicona. En puridad, llegamos con meses de antelación a tu encuentro con un ligero retraso, pero no podemos evitar cierto apuro tanto por lo primero como por lo segundo. Lo primero, trataré de explicarlo. Lo segundo fue culpa mía, y mejor que no.

Aunque los achaques de la edad no acortan nuestras vidas, las malas rachas nos empeoran el ánimo y queremos levantártelo, por si te hiciera falta. No hablamos de ello en el ascensor que nos sube –ni demasiado rápido ni demasiado despacio– hasta tu piso en la planta décima, aunque apostaría todo al rojo a que estamos pensando lo mismo: la importancia de que te haga feliz el presente que te llevamos y que nuestra presencia te alegre, a pesar de que el trabajo que te vamos a entregar no esté aún completo: ni siquiera yo he comenzado a escribir aún este prólogo que me permitirá defraudarte con solvencia, a tu familia odiarme sensatamente y a todos los partícipes usar cerbatana sobre este proemio, lo sé, discutible. Es un privilegio que no merezco, una responsabilidad que me abruma y un honor que agradezco a los compañeros que han ideado y coordinado un proyecto que, como ya se habrá entrevisto, por la parte que me toca me supera. Cabía la opción de incluir un excelente estudio sobre tu obra, escrito por un experto en ella, pero lo habíamos concebido como un regalo «de cumpleaños»: más que para decirte cuánto admiramos al poeta, o recordar el inmenso valor de tu producción poética, cuánto queremos a la persona. Por las prisas, y luego por los retrasos, se fue convirtiendo en algo similar a una larga carta de amor, muy parecida a esta, que no sabes si entregar o no, no vaya a ser que para decir amor sencillamente te enredes en tus propios sentimientos y, de forma innecesaria, te quedes al final compuesto, sin novia y lo que es aún peor, sin su amistad.

No hay que desdeñar, sin embargo, la idea de que a las demostraciones de cariño les convenga una prudente tardanza para que no se entiendan como ligerezas del corazón: en ocasiones el amor hay que pensárselo dos veces antes de expresarlo, aunque no tanto que se pase su ocasión. Festina lente, aconseja una juiciosa máxima latina.

Y algo tiene que ver todo ello con tu poesía, si se piensa de una forma amplia, incluso transversal, desde el deleite que produce su lectura en voz alta. Para gozarla en su sazón no se debe decir demasiado deprisa ni demasiado despacio, ni enfatizar con timbre engolado una cadencia traspuesta, pues todos tus versos parecen pensados como un sutil mecanismo de ingeniería de la emoción antes que como un riguroso aparato metrónomo al servicio de la composición. Transmiten contención y, no obstante, contienen tal energía poética que se expanden durante su lectura en una suerte de controlada explosión continua, como una estrella que implosiona por la presión que ejerce la masa contra su propio núcleo hasta romper las leyes de la física, por no decir de la poesía, convencional, y al estallido de una imagen deslumbrante sigue un silencio atronador que reverbera, conformando poemas articulados en distintas dimensiones. Porque hay más realidades en el universo de tu poesía que la anchura de los campos semánticos, la altura de la voz o la profundidad de quien la escribe. La poesía es, sobre todo, tiempo sublimado del tiempo que nos fue dado disfrutar: la tuya, una decantación de la existencia humana y de nuestra común experiencia vital: amor, tiempo y verdad. No sobreviene cuando la esperábamos, sino de pronto, con su aquel de amor a primera vista. E igual que este, ya en su madurez, la poesía, tu poesía, conforma un cosmos que escapa a sus propias dimensiones para abarcar cuanto somos, entrañar cuanto eres y desentrañar ese extraño misterio de ser y estar siendo aún. No siempre tu poesía ha sido exactamente así, claro. Has tocado muchos, si no todos los palos de la lírica en tu extraordinaria carrera literaria –aunque tú nunca hayas sido de carreras ni velocista de la poesía– durante casi setenta años. En cualquier caso yo procuro leerla siempre igual: como un aficionado a la astronomía que se pregunta, admirado, cómo caben tantos prodigios, tantos misterios, tantas estrellas en la lente de su pequeño telescopio.

La última vez que estuve en tu casa fue hace diez años, aunque nos hemos visto después en alguna puntual celebración familiar, y en algunos eventos literarios. Hoy nos recibe una de tus nietas con los ojos sonrientes. Lamentamos nuestra descortesía por haber llegado con demora y, encima, interrumpir su visita pero nos acompaña a tu despacho con una sonrisa radiante. Pocas certezas más claras que las del amor cuando el alma nos sucede en las miradas. Y el amor que siente tu familia hacia ti brilla siempre en sus ojos, ahora en los míos, al advertir cómo miran por ti tu compañera de toda una vida, Nina, tus hijos –Auri, Esperanza, Marina, Jorge– y tus nietos.

Y como comprobarás dentro de unos minutos, cuánto te quieren y admiran tus amigos. Y tus colegas de la Academia de las Buenas Letras de Granada que tú mismo cofundaste, numerarios, supernumerarios, correspondientes. Y los poetas y poetisas más relevantes de tu ciudad. Y los escritores y lectores más jóvenes, incluso aquellos que no te conocen apenas o no tuvieron nunca relación personal contigo, pero sí con tu obra. Amor con amor se paga, Rafael: y tú, que pronunciaste amor, eres querido a manos llenas. Por más prestigiosos premios y espléndidos reconocimientos que hayan concedido a tus obras (Premio Nacional de Literatura por Los estados transparentes, Premio de la Crítica Andaluza por Las edades del frío, Premio de las Letras Andaluzas por toda tu obra, Premio Internacional Federico García Lorca y tantísimos más) ese es el mayor honor que una persona puede recibir en vida, y la mayor gloria a la que podemos aspirar. Pero ahora, mientras Nina me recuerda la última vez que nos vimos en la casa de una amiga común –«¡hace tres o cuatro años, creo!, ¡ay, cuánto tiempo ya!», exclama– tú nos invitas, amablemente, a sentarnos a tu alrededor.

Fernando Jaén se acomoda a tu derecha, Javier Gilabert a tu izquierda, y yo frente a ti. Excusamos la presencia de Juan José Castro y Gerardo Rodríguez Salas, que no han podido venir con nosotros a entregarte algo en lo que llevamos trabajando –Javier en particular, ellos en especial– meses. Sobre todo Javier: él alumbró la idea, hizo la propuesta a Diputación y escribió a muchos de los invitados, con la ayuda de los demás, para pedirles su desinteresada participación en el librillo que trae de la copistería todavía bajo su brazo. No fue fácil localizar a tantas personas, de las que no teníamos dirección o teléfono de contacto. A veces buscábamos intermediarios para conseguirlas y lograr que nuestro propósito final permaneciera en secreto. Es la primera maqueta de un homenaje que nos gustaría que consideraras, aunque esa no era la idea inicial, ya dije: queríamos que fuera una sorpresa para ti, y aunque me contradiga ahora, hay amores tan urgentes que mejor no dejarlos para mañana, porque hoy ya son para ayer.

Sin embargo, el sencillo bloc anillado quedará –ahora Javier lo coloca sobre sus rodillas– para mejor momento. Nos encontramos en el despacho de tu piso en Poeta Manuel de Góngora, el mismo lugar donde diez años atrás me convenciste de que debía cambiarle el nombre al libro que, con tanta generosidad, reseñaste después. La verdad es que tras contarme que Blas de Otero te había convencido de que tu primera obra se llamase Antes de la esperanza, y no como tú habías concebido, me hizo ilusión que tú bautizaras mi aún inédito poemario. «Memorial de la desolación», propusiste: lo querías más solemne aunque, a pesar de tu ascendencia, el editor se negó y Poemas a quemarropa se quedó como estaba, con todas sus balas cargadas en el tambor del título. Recordamos juntos esa anécdota, que te ha dado pie a comentar los títulos también de nuestros poemarios, las virtudes de nuestros poemas, durante un buen rato. Te escuchamos, embobados, maravillados por tus observaciones sobre nuestros versos, que tus palabras, sin lisonjas, engrandecen, y tus sabios y pertinentes consejos, con gracia, vuelven a poner en el sitio que les corresponde. Siempre has sido generoso y sutil con la poesía de los más jóvenes, aunque de jóvenes nos vaya quedando cada día menos a quienes hoy te rodeamos. Eres ecuánime, juicioso, no sentencioso, y con tanto talento para el tacto como genio para la poesía, con tanta agilidad y puntería para la crítica como dulzura en tu retranca. Hilas fino y llegas hondo. Enseñas sin impartir y, además, repartes divertidos coscorrones, con tu excepcional sentido del humor, a discreción: halagas la hondura de Juan José Castro, aplaudes el debut poético de Gerardo, el ritmo en toda la poesía de Javier. A mí me pones a caldo por no haberte hecho caso con el destino de un poema que en tu opinión debería haber publicado en una separata y no en ese libro de título tan poco afortunado. La palma de oro se la lleva Fernando Jaén: «El libro es magnífico, Fernando, magnífico, intenso, necesario… pero ese título, por Dios, Las reparaciones… Cuando lo leí pensé que me ibas a meter en un taller de recambios o que te habías vuelto fontanero». Si el tiempo erosiona el amor, no, en absoluto, tu tierna malafondinga.

Todo transcurre en armonía, con serenidad civil, seguramente porque siempre has sido un poeta civil e independiente, forjado a sí mismo a través de la lectura –nunca demasiado deprisa, nunca demasiado despacio– fuera de universidades y otras religiones, alejado de corrientes y contracorrientes, de dimes y diretes. Eres poeta de pasarlas moradas durante nuestra guerra fratricida, de conocer las hambres canallas de la posguerra, del pan racionado a partir entre demasiadas bocas; poeta de conocer calabozo en un país gobernado por dragones y alacranes que acorralaban a los poetas en redadas; poeta de levantar con Nina un hogar y una familia, trabajando de sol a sol aun en las peores circunstancias; y al fin, poeta bien viajado, de insaciable curiosidad por el mundo en el que vive. Todo transcurre en calma. La mañana trajo un sol suave y lento y de un inesperado, caprichoso y dulce añil como de antiguos caramelos de violetas. Ahora se posa sobre tus sienes con una luz cariñosa, con la complicidad de una mano tibia que sabe que puede cogerse de otra. Tu nieta pide permiso para entrar. Dispone un mantel de hilo y trae algunos aperitivos. Nina entra poco después en el despacho con cuatro cervezas y con una sonrisa que, como en aquel poema de José María Álvarez, como la Luna, ilumina las ruinas del mundo. Y la conversación deriva, durante unos minutos, de tus sabrosísimos recuerdos al jamón serrano, de la literatura nutricia al queso curado, de la poesía local a la aceituna sin hueso.

Terminado el aperitivo, ha llegado el momento de entregarte nuestro «presente discontinuo», así lo entendemos nosotros, una obra aún en curso, incompleta, pero que deseamos que examines antes de seguir adelante. Sin intercambiar palabra Javier te acerca el bloc que contiene todos los poemas enviados hasta la fecha por los autores invitados y la lista del centenar que ha querido participar con un poema en tu honor, uno por cada año que deseamos que cumplas. Nuestra intención inicial era que fuesen 89, por los que cumplirás el año próximo, pero nos decantamos por desearte cent’anni aunque tengo la certeza de que preferirías cumplir, como mucho, la mitad. Te encuentras demasiado limitado y te quejas con razón, y con sorna, de ello. Todos nos sentimos más jóvenes de la edad que, descarnadamente, nos recuerdan el espejo y las limitaciones que conlleva cumplir años, el paso del tiempo, esa substancia misteriosa que recorre toda tu obra, esa arcilla frágil y efímera que nos parece eterno mármol.

Javier te explica el motivo de nuestra visita, aunque todo el mundo, menos tú, sabía que se te estaba preparando un homenaje, con la intención de presentarlo en la feria del libro de Granada, que este año está prevista en octubre, si nada lo impide. Pero como tú, con tanta gracia, dijiste en una ocasión, «lo más probable es que ya veremos». Dada la pandemia mundial que nos azota y las medidas para paliar sus oleadas sucesivas, quién sabe: mañana es siempre un ojalá, la vida un quizá todavía. La intención del proyecto original era que los invitados glosaran algún texto tuyo, ya dije. Te comentamos que uno de nuestros propósitos, además, era que fuesen próximos a ti, próximos a tu vida, cercanos; también representativos de la mejor poesía española; y de la poesía de tu ciudad, y de los poetas jóvenes. Te explicamos que algunos habían declinado la invitación, por diversos motivos personales. Pero que tampoco habíamos cursado invitación a todos los poetas conocidos porque entonces el libro igual tendría tres mil doscientas páginas, lo que nos obligaría a un giro de ciento ochenta grados en el diseño de producción, o a publicarlo por fascículos. Rien ne va plus. Ya no hay margen de maniobra.

Abriste el bloc y allí, en primer lugar, encontraste a Francisco Brines. Su poema llegó apenas siete días antes de que falleciera, el 20 de mayo, a escasas tres semanas antes de nuestra cita en tu casa. Te tembló la voz al decir su nombre. Te emocionó encontrar a Antonio Gamoneda, a Luis Alberto de Cuenca… Te demoraste en el texto que Jenaro Talens dedica a Nina.

Todos los agradeces, todos te conmueven. Todos te abrazan el corazón o te rozan el alma, y nos gustaría hacer partícipes de tu alegría a quienes han colaborado en este libro de homenaje de manera entusiasta y altruista; también a quienes no llegaron por cuestión de plazo; a quienes no conseguimos localizar y que no han podido incluirse; y, sobre todo a cuantos no están, que a buen seguro te estiman tanto o más que nosotros mismos, en una obra que –con más tiempo– tendería al infinito.

Nos había movido el sentido de la urgencia. Llegamos tarde a nuestra cita pero llegamos antes. Una paradoja difícil de asimilar, pero que como tú bien sabes, no se contradice con las leyes de la física teórica: hoy hemos llegado a tiempo de quién sabe qué.

Te vemos gozando, Rafael Guillén, y nos sentimos dichosos por ello: misión cumplida. Qué hermoso ha sido este trabajo para decir amor, sencillamente.

Cent’anni.

Granada, 26 de julio de 2021

***

FRANCISCO BRINES

Al lector

En las manos el libro.
Son palabras que rasgan el papel
desde el dolor o la inquietud que soy,
ahora que todavía aliento bajo tu misma noche,
desde el dolor o la inquietud que fui,
a ti que alientas debajo de la noche
y ya no estoy.
Crees que me percibes en estas manchas negras del papel,
en ese territorio, ya no mío, de la desolación.

Las saqué del vacío,
pude mudarlas por silencio,
y ahora serían ellas el espejo de mí, no de vosotros.
Ésta es mi herencia sórdida,
fue un gesto que amé en otros, y en ellos aprendí
este vicio secreto que os transmito,
por si el dolor que padecéis no os fuese suficiente,
o acaso preciséis de un dolor que pervive sin carne.

Agotadme, cegadme con vosotros, en la muerte que os
habrá de llegar,
y decidme, si acaso lo sabéis, ¿quién nos hizo?

***

AURORA LUQUE

Glosa

esta locura
de ser sólo por ser.

En las redes de luces soleadas

del mar de tus veranos,

en las frases de hojas con sintaxis

de vientos del otoño,

en la dicción edénica

de los mundos inéditos de mayo,

en la espina que hiere y acompaña

del frío y del deseo,

tus palabras.

***

JENARO TALENS

NINA

Vengo de no saber de dónde vengo,
para decir amor, sencillamente.

Aún no era verano, pero en los arriates construidos sobre las aceras de la ciudad, los plátanos y los granados ya comenzaban a acariciar el germen de su florecer. Una niñez que apenas si recuerda sentía su presente como una gris variante de la eternidad. Jugar al escondite, a las afueras, por las calles del barrio, era una forma ingenua de sobrevivir. Allí, casi en el límite, junto a la carretera donde un antiguo cine desconchado poblaba en sesión doble los sueños infantiles en technicolor, vivían Nina y Rafael. «Ella es joven y hermosa», murmuraban los viejos con sana envidia, «es algo comprensible que en sus poemas él hable con pasión de un mundo inesperado donde nada agoniza, un mundo en que los años tal vez nunca transcurren cuando pronuncia amor». El niño que crecía con el miedo a la muerte, siempre quiso, al oírlos, tener la certidumbre de la infinitud. El tiempo, sin embargo, carcomió las migajas de un ayer improbable que aún hoy, como un vilano que el viento mueve a la deriva, ya muy lejos de allí, se nutre de otros días y otras noches, recurrente y sin pausa, sabiéndose mortal.

***

CARMEN CANET

Conversamos con el tiempo

Detenido en una espiga
me mira volver el tiempo.

Ya siempre será tarde para todas las cosas,
—me dices—. Tú, el poeta que escribe:
Mañana no será otro día; a no ser
por el designio de algún destino.
El tiempo, en un hilo
hilvanado, puede alejarse o
puede que baste con la cercanía.

Recuerda, ya sabes que
los momentos que asisten al prodigio
de las amanecidas, existen. Y yo
no sé qué espero, ni por qué. Es un modo
de decir que aguardo. Comprende que
te esperaré buscando no el silencio,
sino las palabras en soledad.

La vida sigue andando al fondo
de algunas profundidades del alma,
con la estructura del quejido
quizá, porque siempre
el tiempo es un conjunto
de instantes que debemos cuidar, aunque
en las puertas del tiempo martillean
los miedos. Por eso
si en llegando el futuro ya es pasado,
este presente nos sumerge en músicas.

Proseguirá la danza, sin espacio,
con su justa huella sobre la tierra,
sin tiempo, suspendida sobre el vértice
de palabras para el recuerdo.

Cuando, de pronto
apareces.
Y de nuevo la lluvia.
Y de nuevo tu voz.

***

JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

La plaza del lino

(…) mientras exista el tiempo.

¿Te acuerdas de la plaza del Lino?
Estaba en el callejero de tu ciudad
y se decía su nombre, pues lógicamente,
como se dice cualquier nombre,
o porque a ella llegaba
un autocar y el conductor
daba una voz: ¡La praza eh Liiinoo!

Pero hay nombres
que parecen prometidos
a otro momento. Y resulta un tributo
al necesario misterio
de todo el no prestarles atención «todavía».
¿Ha llegado ese momento, ahora que
ya poco existe y pronto nada existirá?

Tu familia. Vivía cerca de aquella plaza
cuando…, ¿te acuerdas?;
bueno, tú no te puedes acordar
porque aún no vivías, lo recuerdas
porque alguien te lo habrá contado.
Pues resulta que se coló un ratón
y tu madre chilló subida a un taburete
y tu abuelo se despertó creyendo
que había fuego:
«¡Fueeeego!». Y que no queme
las hojas diminutas de las acacias,
recortable japónico, como decía
una poeta local de la que nadie nunca
se acuerda.

Recordar, acordarse,
y su perfección: olvidarse, olvidar.

Recordar la acequia que se dejaba acariciar…
¿Cómo? ¡¿Pero cómo que cómo?!
¿Es que no te acuerdas? La carretera
tenía pendiente y la acequia,
que debía regar una finca, discurría
un buen rato a la altura de la mano
en un lecho perforado a la roca.
Río de pulsera, que ¡cómo sonaba!
Y cuánto le gustaba beber allí a tu
abuelo. Casi tanto como recitar
las variedades de almendra:
marcona y desmayo,
nombres que ni siquiera una
trombosis le arrebató.

Era maestro en aquella época
en que los niños tenían clases de canto
en un país sólo de oteros y sierras
en que, por lo demás, había mañanas,
mañanas que se precipitan como cascadas
a un silencio que no será sepulcral
hasta que alguien, ¿tú?, lo olvide,
sí, del todo para siempre.

—————————————

VV.AA. Título: Para decir amor sencillamente. Homenaje a Rafael Guillén. Editorial: Diputación de Granada. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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