Inicio > Blogs > Ruritania > Pasapoga resiste, o Madrid como excusa para seguir escribiendo

Pasapoga resiste, o Madrid como excusa para seguir escribiendo

Pasapoga resiste, o Madrid como excusa para seguir escribiendo

La anécdota es bien conocida. Luis García Berlanga se animó una vez a preguntar a un miembro del comité de censura por qué se le había tachado en un guion algo tan inocente como “Amanece. Exterior. Gran Vía” y el censor le contestó: “Conociéndote, ¿quién nos dice que en el plano no ibas a meter a tres obispos saliendo a esas horas del Pasapoga?”. Nunca lo hice, pero tengo edad para haber cruzado sus puertas porque, abiertas en 1942, se cerraron definitivamente no hace tanto, en 2003.

Sea por fanatismo berlanguiano o por el encanto innegable del nombre (iniciales de sus propietarios: Patuel, Sánchez, Porres y García), Pasapoga ni se ha borrado ni se borrará ya de mi memoria, y he vuelto a curiosear la historia de esta sala de fiestas al entrar en ella de la mano de Benjamin Smith, protagonista de la última novela de Andrés Trapiello, Me piden que regrese, formidable inmersión en el Madrid de 1945. En un Madrid en el que tener café-café, y no de achicoria, era un motivo para presumir. Un Madrid muerto de hambre para muchos y poblado de varones adornados con “bigotes largos y finos como lombrices”. Un Madrid de delatores y delatados, de niños vagando solos y prendas negras por doquier. Un Madrid que alojaba en su corazón la zona cero de la represión franquista, ese símbolo del terror conocido como la DGS. También un Madrid que se divierte bailando, se evade en las salas de cine, filosofa en las tertulias, celebra los goles de su equipo… y trata de soltarse un poco el pelo en los locales nocturnos como el Pasapoga, donde pululaban “chicas de vida disipada y poco edificante que se acercaban a los que iban solos”.

"El ambiente desinhibido de Pasapoga, los saraos para ricos en el Hotel Palace, los paseos por el Retiro, los cafés en el Varela, las películas en el Rex o los cócteles en Chicote"

La peripecia de Benjamin Smith —un estadounidense que regresa a España para cumplir una peligrosa misión— sería seguramente igual de absorbente en su desarrollo y de conmovedora en su tramo final si Trapiello se inventara sitios y nombres, y no citara y recreara el ambiente desinhibido de Pasapoga, los saraos para ricos en el Hotel Palace, los paseos por el Retiro, los cafés en el Varela, las películas en el Rex o los cócteles en Chicote. Pero felizmente es Trapiello de la escuela galdosiana, y como el autor de Fortunata y Jacinta él también pone a sus personajes en sitios concretos, procura el detalle exacto y domina el nomenclátor madrileño.

Me piden que regrese, publicada hace algo más de un año, empieza donde acaba otra novela que fue igualmente bien recibida por crítica y público. Me refiero a Castillos de fuego (2023) de Ignacio Martínez de Pisón, su última ficción hasta la fecha; de nuevo, con Madrid robando plano y erigiéndose en gran personaje de la trama. Hablamos de novelas recientes, pero es que el curso pasado quedará como el de la edición del Diario de posguerra en Madrid 1945-1946, de Rafael Cansinos Assens, medio millar de páginas que tienen al parque de El Retiro como punto neurálgico del paseante infatigable que fue el creador de La novela de un literato, incluso cuando el ambiente se pone glacial como en el antiguo país de los zares (“frío siberiano”, “nieve en proporciones rusas”) y es preciso arrimarse todo lo posible al brasero o dejarse unas pesetas en alguna de las muchas salas de cine que cita. Por cierto, cuatro pesetas le costó ver El mago de Oz en el Coliseum.

"Detalla novedades literarias, estrenos de películas y piezas de teatro, titulares de periódico, atracos, crímenes y ejecuciones, pero sobre todo muchas calles grandes y pequeñas"

No para Cansinos, como si tuviera un imán, de encontrarse con gente; encuentros que le dan casi siempre para entradas breves, de un párrafo, a lo sumo dos, que son más tristes que alegres, que a veces parecen ocultar una de esas novelas publicadas entonces y que hoy se citan como modélicas del tremendismo literario: “En el Metro encuentro a Mazo y me cuenta la desgracia que ha tenido Téllez en su familia. Uno de sus hermanos —no el que estuvo en la cárcel, otro más joven que él, casado y con hijos— se suicidó días pasados y lo encontraron ahorcado del techo del baño. Dejó una carta pidiendo perdón.

—Nadie se explica por qué hizo eso —comenta Mazo, que está en plena euforia y acaba de cobrar 50.000 pesetas por un guión de cine…

Pero tales seres no comprenden que en este mundo siempre hay motivo para suicidarse, y ahora no digamos…”.

Detalla novedades literarias, estrenos de películas y piezas de teatro, titulares de periódico, atracos, crímenes y ejecuciones, pero sobre todo muchas calles grandes y pequeñas. Se permite algunos gestos socarrones (para Ortega y Gasset) e incluso alguna que otra colleja (para Cela, Valle Inclán) en una obra que viene del pasado a la actualidad, una edición de verdad extraordinaria —entre tanta falsa obra maestra casi diaria— que se lee sabiendo que concluye con la muerte de su amada Josefina. Acude también a los teatros que, con alguna excepción como el Albéniz, que se inaugura en 1945, ya funcionaban antes de la guerra civil como el Maravillas, el Lara o el Alcázar. Cuando menciona estas salas o consigna la muerte de la Argentinita (“Fallece en Nueva York Encarnación López de peritonitis y después de hacerle diecisiete transfusiones de sangre de otros tantos amigos voluntarios. Pobre mujer, joven aún, célebre y rica… pero por lo menos tenía diecisiete amigos de verdad, ¡dispuestos a dar su sangre por ella!”) resulta entonces inevitable acordarse de otro libro reciente, del 2025, atravesado mayormente por el Madrid de los años veinte y treinta del siglo pasado: Cabaret Iberia, de Alfonso Domingo.

"Dirán que hay sitios que ya no están. No están, pero están. Lo que hay es que saber buscarlos"

No tengo ninguna duda: tomarse hoy algo en el tablao que fue el Villa Rosa, degustar un Gin Fizz en el Museo Chicote o bajarse con calma un Dry Martini en el Cock es mucho más gozoso después de leer el vibrante retrato que hace Domingo de la vida nocturna en la década y media previa al estallido de la guerra. Y es que nunca está de más echarle al cóctel algunos chismes y datos y así saber que el dictador Miguel Primo de Rivera se citaba con sus amantes en lugares flamencos como el Villa Rosa o que Perico Chicote desde 1934 gestionaba asimismo el bar del Congreso de los Diputados, a propuesta de Julián Besteiro, presidente del PSOE. La efervescencia de los golfos años treinta es la protagonista de un libro que traza un mapa asombroso de teatros, music-halls y cabarés, donde se mezclan los nuevos ritmos venidos de América con la milonga, la copla, el flamenco y las canciones sicalípticas, esas que navegan entre lo picaresco y lo casi pornográfico.

Dirán que hay sitios que ya no están. No están, pero están. Lo que hay es que saber buscarlos. Efectivamente, no encontraremos el café Pombo en la calle Carretas, pero podemos apreciarlo en toda su plenitud en el Museo Reina Sofía gracias al lienzo que José Gutiérrez Solana dedicó a la tertulia de Ramón Gómez de la Serna. El café rival, también cerca del kilómetro cero, fue el Colonial, liderado precisamente por Cansinos Assens. Quien quiera conocer el choque entre ambas personalidades seguidoras de las vanguardias debería acercarse a otro libro de hace poco, De fuego cercada: Geografía secreta de Madrid (2024) de Servando Rocha, enfocado a demostrar que las desapariciones nunca lo son del todo, que con lecturas podemos apreciar lo que no se ve pero está ahí, en el detalle de un edificio, en las huellas de una piedra, en el rastro que aún queda en el asfalto de lo que fue un burdel o una iglesia. Todo con especial atención a la Puerta del Sol, que como dice Trapiello, es el salón de pasos de perdidos de la ciudad.

"Hay instantáneas de unas cuantas ciudades españolas y también de fuera, pero no se engañen: es, como todos los mencionados en este texto, otro gran libro madrileño"

Donde estuvo el Colonial hoy hay una zona peatonal conocida como el pasaje de la Caja de Ahorros. Ni tan mal. Más pena daría que en su lugar hiciera caja alguna de esas franquicias que decoran ya todas las grandes capitales europeas. Que al menos queden todos esos sitios en los libros buenos, en los viejos y en los nuevos por llegar. O en el cine. Hace unos meses Juan Cavestany estrenó Madrid, Ext., pantallazos animados de la ciudad por su lado más modesto, pero igualmente en riesgo de extinción: una sucesión entrañable de imágenes de pequeños comercios, bares sin pedigrí, letreros de autoescuelas o peluquerías, pero también de salas de cines. Coincide la cinta en ese homenaje nostálgico —“¡aquí antes había un cine!”— con la impagable edición de hace solo unos meses que ha hecho This Side Up con el título de Última sesión, recopilación de fotografías que desde mediados de los setenta hasta finales del siglo pasado hizo Javier Campano cuando el arte del cartelismo se pintaba con las manos subido en un andamio y no lucía en las redes o en los laterales de una marquesina sino en las fachadas de los propios cines a escala imperial.

Hay instantáneas de unas cuantas ciudades españolas y también de fuera, pero no se engañen: es, como todos los mencionados en este texto, otro gran libro madrileño. Una suerte además que mi fotografía preferida, que no me canso de mirar, esté en la tapa de delante, con mi añorado cine Benlliure y el dibujo del Popeye (1981) de Robert Altman protagonizado por Robin Williams y Shelley Duvall. Siguen en pie las dos columnas de la entrada, pero dentro no hay butacas y no huele a nada. En algunas de las fotografías se adivina el Madrid inconfundible de los ochenta, ese Madrid convulso y violento, libre y promiscuo, con mucha vida de barrio y mogollón de pandillas y tribus urbanas, cada una con su disfraz. Un Madrid retratado de forma impecable por Arturo Lezcano e Iñaki Domínguez en dos obras post-pandemia: Madrid, 1983 y Macarras interseculares, respectivamente.

"Madrid, más que un género literario, es un personaje que está vivo, una excusa para seguir escribiendo libros que merecen la pena. Por eso es inagotable"

Hablando de barrios, uno querría un libro por barrio. Sirva de ejemplo de lo que quiero La Fuente de la Fama, de José María Goicoechea. Cierto es que no todos los barrios tienen tanta historia como el Barrio de las Letras. Con fotografías de Antonio Tiedra, Goicoechea nos pasea por el suyo de siempre, por las mismas calles que vieron airearse a Lope y a Cervantes, a Góngora y a Quevedo. Lo hace siguiendo la pista de la churrigueresca fuente del título, la misma que hoy localizamos cerca de la calle Fuencarral, pero que una primavera de hace casi tres siglos (10 de mayo de 1732) fue inaugurada en la Plaza de Antón Martín como parte de un “plan de embellecimiento” puesto en marcha por Felipe V. Recorrido muy personal con paradas en el cine de Edgar Neville, la excursión por la zona de David Bowie, el renacimiento no tan lejano del Ateneo, la visita a algún vecino ilustre como el gran autor de cómics Carlos Giménez Paracuellos o el recuerdo de algunos hitos históricos, como el motín de Esquilache o la matanza de Atocha.

Justo lo contrario que apreciamos en el último en llegar a mi mesilla de noche. Porque Alfonso J. Ussía pasea la ciudad actual con afán panorámico. No hay barrio que no le interese, y a todos va con ganas de sacarnos una sonrisa, descubrirnos un bar auténtico y quejarse si ha lugar (también siempre con gracia: la invasión de las hamburguesas ganadoras de concursos, la cara más fea de la globalización como si todos los comercios hubieran contratado al mismo arquitecto de interiores, los zombis del móvil, los que arrastran maletas de ruedas…). A Ussía le duele Madrid, y si no fuera por eso seguramente no tendríamos el tipo de crónicas que dan forma a Bajo el cielo, la enésima demostración de que, como dice el autor dándole la razón a Paco Umbral, Madrid, más que un género literario, es un personaje que está vivo, una excusa para seguir escribiendo libros que merecen la pena. Por eso es inagotable.

Dice Ussía también que no hay rincón de la ciudad que no tenga su trozo de historia. Y hay miles de libros de todo tipo que nos lo cuentan o recuerdan. Sin ellos el paseo sería más pobre. En su monográfico sobre Madrid, Trapiello lamenta que, a diferencia de lo que pasa ahora, hace no mucho más de cuarenta años uno aún podía deambular por los barrios de la capital creyéndose en una página de Moratín, de Larra, de Galdós, de Baroja, de Azorín, de Corpus Barga, de Ramón, hasta de Ruano. Por lo que a él respecta, sus lectores, al menos de momento, podemos todavía imaginarnos vagando felices por una página suya si nada ni nadie se lleva por delante la Plaza de las Salesas, el Rastro, el Botánico, el Museo Romántico o la Cuesta Moyano.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios