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Un paseo por la Feria del Libro del Retiro

Imagen de la cuenta de Twitter de la Feria, @FLMadrid

Con menos de dos semanas de diferencia respecto a la feria del libro antiguo de Recoletos, las veredas del Retiro madrileño se abren estos días al paso alegre de los amantes del libro nuevo. Cualquiera diría que Madrid es la capital de la lectura, pero no: a la del libro antiguo vamos siempre los mismos, ya no sabemos cómo esquivarnos los unos a los otros y hasta los propios libreros se aburren de vernos y nos terminan regateando el saludo; mientras que la del Retiro es ecuménica, democrática, campechana, masiva, y no te encuentras con un conocido ni por casualidad. Y, misterios de la condición humana, en este caso se echa de menos alguna compañía, siquiera sea porque el trayecto hasta el metro es largo y se suele ir algo cargado de bolsas.

Naturalmente, el bibliófilo de Recoletos desdeña un tanto esta exhibición de bestsellers –tinta fresca, vaya asco– y de firmantes; todos ellos, qué remedio, autores vivos, y alguno hasta joven. Lo desdeña, aunque no por eso deja de ir. Casetas y casetas rebosantes de volúmenes es un atractivo irresistible, y siendo hábil para esquivar las librerías de comics y no tocando inadvertidamente un ebook, por aquello de la alergia, se puede hasta pasar una buena tarde. Pero no es su feria. La feria del Retiro es para paseantes, editoriales y escritores

Los paseantes son el alma del invento, su razón de ser. ¿Qué porcentaje de ellos no pisará una librería el resto del año? Muchos, sin duda, y por eso este tinglado tiene sentido. Una tarde de primavera madrileña se presta al amable deambular, y hacerlo entre libros es grato. Si, además, de vez en cuando se echa un vistazo –sin compromiso– a alguna caseta, pues mejor. Comprar es otra cosa. El español es duro para eso de adquirir libros, y suele necesitar una excusa, como obsequiar a la pareja o hacer un regalo de cumpleaños. Es común también ver a padres que, displicentes, consienten en adquirir un cuento al niño al que llevan arrastrando de la mano, y lo hacen como quien cumple un rito de iniciación: te voy a comprar un libro, fíjate bien en el procedimiento porque no lo voy a hacer más; el siguiente te lo tendrás que pagar tú cuando ganes un sueldo.

Las editoriales son igualmente protagonistas. La cercanía con el lector propiciada por la feria conlleva un elemento perturbador, inexistente cuando se adquieren los libros en la librería, dado que ésta es, al fin y al cabo, un simple intermediario al que no se le puede adjudicar responsabilidad sobre el producto. Por eso muchos lectores guardan sus quejas para estos días, y no es infrecuente encontrar a algún individuo vociferando sobre cómo es posible que tal o cual libro haya sido descatalogado, o protestando por el tamaño de la tipografía. Claro que atendiendo en las casetas editoriales no suele estar el señor Planeta ni la señora Plaza Janés, sino modestos, aunque empeñosos empleados, quizá hasta temporales, cuya receptividad a ese tipo de discurso es necesariamente limitada. Uno recuerda hace tres o cuatro temporadas, en la caseta de una editorial especializada en literatura italiana, a un pelmazo que, portando un ejemplar subrayado y lleno de papelitos marcapáginas, intentaba explicarle a la joven que lo atendía los múltiples errores que había encontrado en la traducción de una novela de Elsa Morante. La pobre vendedora, a la que los compañeros habían abandonado a su suerte, no atinaba a dar con una disculpa a gusto del impertinente señor que, en el fondo, sólo quería lo mismo que cualquier español en su caso: tener razón y que te la den, pero no rápidamente.

Y los escritores. El fenómeno de la firma es quizá lo más arquetípico del evento, y un entretenimiento añadido. Uno va de caseta en caseta pensando en las musarañas y, de repente, se topa con un tumulto tras el que Ibáñez, o Reverte asoman malamente la cabeza mientras intentan conjurar a base de dedicatorias los impulsos mitómanos de la masa. Más frecuente, sin embargo, es contemplar el busto apesadumbrado de algún escritor, enmarcado entre pilas de sus libros que, ay, nadie reclama, en lo que constituye la imagen más rotunda del desamparo. Con la cercanía de los restos de la Casa de Fieras –los madrileños de cierta edad saben qué nos referimos– es inevitable la evocación de tristes animales enjaulados. Pero, a diferencia del célebre oso que, aunque mínimo, disponía de un cierto espacio para andar y desandar sus pasos, los de las casetas ni siquiera pueden moverse.

Y ya, tras este quizá largo preámbulo, no queda más remedio que iniciar el recorrido mencionando a algunas de las estrellas de la feria, sin disimular favoritismos. Pondremos los números al lado, para facilitar su localización. Empezamos por las editoriales tradicionales como Espasa (259), Plaza & Janés (244), FCE (289); Alfaguara (242), Taurus (243) a la que tanto debemos; Grijalbo (244); Crítica (263), con el SPQR de Mary Beard como reclamo; Anagrama (274); Alianza (207); Cátedra (206); Akal (343); Penguin (246) y su amplísima selección de clásicos de todos los tiempos… con los cambios empresariales, no sabemos el futuro de algunas marcas, pero sí el pasado. Gredos (365), por ejemplo, a cuya caseta acudíamos religiosamente año tras año a por el catálogo de los libros azules de la Biblioteca Clásica, y nos daban esos maravillosos resúmenes críticos, del 1 al 150, luego hasta el 300… que guardamos con cariño, en las estanterías de los clásicos. Gredos, que era una de las visitas obligadas de cada feria, ahora lo es algo menos.

Otras más recientes: Acantilado (227), hoy en la cumbre; Abada (142) con su solidísimo catálogo; Trotta (290) para filosofía; Valdemar (166) y sus inquietantes títulos; Catarata (314), adonde hay que mirar para ciencia y medio ambiente; Gadir (229) con italianos; Nevski (357), rusos; Fórcola (355); Gallo Nero (146), compartiendo espacio con Sajalin; Salamandra (152) donde reina Camilleri …y, finalmente, cinco editoriales ejemplares agrupadas como en constelación: Libros del Asteroide, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso (252-254). Para niños, Kalandraka (317).

Las casetas de librería ofrecen, por lógica, menos interés. Antonio Machado (52); Rafael Alberti (321); La Central (90); Visor (327)… si con cierta frecuencia las visitábamos antes y seguiremos haciéndolo después de la feria, ahora lo único que cabe es acercarse a saludar al librero amigo. Caso diferente es Áurea (75), la librería especializada en el mundo clásico, cuya extraña ubicación en un piso de Cuatro Caminos no facilita el contacto personal, y por ello conviene aprovechar estas ocasiones. Un rápido vistazo a su mesa y tendremos el panorama de lo mejor que se ha publicado en esa temática. Ahí hemos adquirido una preciosa historia ilustrada de la Roma Antiqua; todo sea por practicar latín.

Y para los rojos irredentos, para los irreductibles, es obligada la visita a la caseta de la Fundación Federico Engels (256, pero ya nos compramos todos esos libros hace tiempo) y a la Fundación Pablo Iglesias (153) donde, además de pedirle al espíritu del viejo tipógrafo que le dé un par de sustos a Pedro Sánchez, a ver si espabila, nos encontramos con una de esas obras maestras que debería lucir en cualquier biblioteca: la Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet, que hace unos años apareció casi clandestinamente por una editorial difícil de recordar, y hoy apenas se encuentra. Son tres tomazos por el módico precio de 40 euros.

El ojo experto tampoco dejará de asomarse a las casetas de los organismos oficiales y universidades. Bajo nombres adustos –tal, Instituto de Estudios Económicos– o francamente desacreditados –Ministerio de Educación– a veces se esconden pequeños tesoros editoriales que si no es ahí, en la feria, son imposibles de localizar. Precisamente el Ministerio de Educación (116) lleva cada año, desde hace décadas, una joya que se vende al precio ridículo de 2,35 euros. Se trata de De la urbanidad en las maneras de los niños o, en su título original, De civilitate morum puerilium, de Erasmo de Rotterdam, edición bilingüe, traducido y comentado nada menos que por Agustín García Calvo. Es un tratado de buenas maneras dirigido a un niño, el príncipe Enrique de Borgoña, en el que a lo largo de veinte capítulos se abordan los principales aspectos de la vida cotidiana, desde el momento de levantarse hasta el de acostarse, detallando la forma apropiada de conducirse en cada uno de ellos.

In cubiculo laudatur silentium et verecundia… cómo se paladea, y qué nutritivo es para el alma este elegante latín. Además, con la traducción de García Calvo, unánimemente reconocido como el mejor en estas lides, ¿qué más se puede pedir por menos de lo que vale una horchata en cualquiera de las terrazas del entorno?

Dicho esto, confieso al amable lector que me lo he pensado mucho antes de dar esta referencia, por aquello de, como dice el tango, no avivar giles. Me explico: es una anomalía que un ministerio de Educación como el que sufrimos, para el que la religión tiene la misma categoría educativa que las matemáticas, comercialice este libro. Están en la Edad Media, y Erasmo es posterior. Cabe suponer que una quintacolumna de funcionarios ilustrados, a espaldas de sus jefes, lo edita y almacena en la clandestinidad. Luego, llevarlo a la caseta no ofrece riesgos: la probabilidad de que un alto cargo ministerial pise la feria es insignificante, y menos en esta edición, no sea que se les pegue algo del país invitado, Francia, donde la cultura se cuida y al sector se le subvenciona.

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2016Continuando en la línea oficial, resulta muy recomendable no dejar de acudir a las casetas del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1) y la UNE, Unión de Editoriales Universitarias (19). Es difícil encontrar catálogos con mayor cantidad de obras cuya publicación parece un sinsentido y que, al mismo tiempo, guardan títulos de lo más interesantes. Ahí va a parar mucho de lo que no quiere editar nadie, como tesis universitarias o investigaciones, pero también libros caros de producir, o de venta muy limitada. Rebuscar en estas casetas es lo más entretenido de la feria, porque el elemento sorpresa está siempre presente, como en una librería de viejo. Al CSIC le agradeceremos eternamente la edición completa del Cosmos de Humboldt, y la estupenda colección de libros científicos ¿Qué sabemos de…?, que supera los cincuenta números, y es una buena costumbre acercarse cada feria a ver qué títulos han aparecido en el año; que interesarse por el bosón de Higgs no resulta incompatible con la lectura de las odas de Horacio.

Concluye nuestro paseo. Perdónennos los libreros no mencionados –su descubrimiento queda para otros paseantes– y los otros muchos libros que hubiéramos comentado con gusto, pero falta espacio y tampoco hay por qué decirlo todo.  Guías encontrarán ustedes donde se les recomienden muchos y variados títulos, por géneros y editoriales, y a ellas les remitimos. Nosotros, con Erasmo y Michelet, nos sentimos más que cumplidos. 

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