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Pedro González-Trevijano: «Leer siempre implica un esfuerzo»

Pedro González-Trevijano: «Leer siempre implica un esfuerzo»

Pedro González-Trevijano fue elegido hace unos meses presidente del Tribunal Constitucional. Allí me recibió para hablar de sus libros; concretamente, de su obra más literaria y periodística, dejando de lado en esta ocasión sus ensayos jurídicos.

Pedro González-Trevijano es un escritor sumamente interesante. Yo lo conozco desde que publicó La mirada del poder (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, y Temas de Hoy), su primer libro no estrictamente jurídico, sobre las diez figuras políticas más importantes, a su juicio, de la Historia del segundo milenio en paralelo a las representaciones artísticas de las mismas, sobre todo las de carácter mayoritariamente pictórico. Es un libro, de historia, política y arte, que a mí me gustó mucho, y que en buena medida es responsable de que le entreviste en la presente ocasión, pues aunque luego publicara otros libros no menos interesantes, éste fue, en mi caso, el primero de todos.

Por otra parte, entre sus libros de Derecho se pueden citar: La costumbre en Derecho constitucional, Libertad de circulación, residencia, entrada y salida de España, La inviolabilidad del domicilio, La cuestión de confianza, El refrendo, El Estado autonómico: Principios, organización y competencias, Código de las Comunidades Autónomas, El Tribunal Constitucional y La Constitución pintada.

Sus libros de artículos de prensa también merecen ser leídos más allá de los periódicos en que fueron publicados por primera vez: La España constitucional, Entre güelfos y gibelinos: Crónica de un tiempo convulsionado, El discurso que me gustaría escuchar y Yo, ciudadano.

Tiene asimismo una obra de aforismos, El purgatorio de las ideas (Galaxia Gutenberg), profunda y variada, siendo su último libro publicado una original y sugerente obra de teatro, Adonay y Belial: Una velada en familia (VdB siglo XXI), que va a ser representada este otoño. Un entretenimiento divertido e iconoclasta, al tiempo que profundo y versado, sobre el papel de Dios y el diablo en su relación con el hombre a lo largo de la historia.

—Esto me produce respeto —me dice, mientras me dedica la obra de teatro.

Pedro González-Trevijano me parece un escritor muy valioso, de pluma rigurosa, pero amena, un escritor que se documenta cuidadosamente en los temas que elige, que sabe fijar bien sus objetivos en cada libro y cómo conseguirlos. Sus obras —como él dice— son muy distintas, aunque todas lleven su sello, en cuanto a la exigencia y elegancia de su escritura, ofreciendo al lector, en cada una de ellas, algo novedoso y diferente.

En este diálogo traté de hacer un recorrido por sus obras literarias, de tal manera que sus respuestas pudieran orientar a los lectores que quisieran adentrarse en ellas. La obra literaria de González-Trevijano es, como hemos apuntado, muy atractiva, pues no sólo nos proporciona  goce, sino también una considerable aportación cultural.

En mi conversación con González-Trevijano nos hemos detenido, sobre todo, en las siguientes obras, todas recomendables por diversos motivos; aunque será la conversación, seguramente, la que acabe por llevar al lector, a su conveniencia, a una u otra. Aparte de los más jurídicos y periodísticos, éstos son los libros en los que hemos centrado prioritariamente la presente entrevista. A saber: La mirada del poder, Dragones de la política, Magnicidios de la Historia, El dedo de Dios: La mano del hombre, y Adonay y Belial: Una velada en familia.

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—¿Cómo sintió la necesidad de hacer un libro que no fuera jurídico?

"Me parecía que para escribir había que haber realizado previas lecturas y gozar de cierto poso personal"

No recuerdo cómo fue. No sabría decirle. Yo creo que fue algo natural, sobrevenido y sin estridencias. Como apuntaba Picasso, eso sí, “que las musas te pillen trabajando”. Sí esperé a tener unos años, porque me parecía que para escribir había que haber realizado previas lecturas y gozar de cierto poso personal. No sé cómo sucede en el resto de la gente que escribe, pero pienso que una persona a la que le guste leer llega un momento en que inexorablemente toma la pluma, con mayor o menor frecuencia y fortuna. Pareciera que van ligadas ambas actividades casi indisolublemente de la mano.

—La lectura es muy importante.

Leer es, por encima de cualquier otra consideración, una satisfacción personal. Todos los días trato de sacar media hora o tres cuartos de hora para leer, según lógicamente el trabajo y la actividad profesional del momento. Ahora, por ejemplo, tengo menos tiempo. Pero los fines de semana siempre encuentro un rato largo y pausado. Un deleite, ya que mientras “el corazón tiene deseo referenciaba Chateaubriand la imaginación conserva ilusiones”. Trato, en palabras de Marañón, de ser “un trapero del tiempo”. Éste es un hábito que tengo desde joven y que he mantenido. Pienso que el hábito de la lectura, si no se adquiere pronto, después es problemático. Pero, por otra parte, también es cierto que leer siempre implica un esfuerzo, sobre todo en el caso de los libros de ensayo y pensamiento, al tiempo que lleva aparejado, se quiera o no, una cierta involucración. Es, si se me permite, como realizar diariamente una tabla de gimnasia. Al igual que acontece con la tabla de gimnasia, cuando te has aficionado a leer, el cuerpo te pide seguir haciéndolo.

¿Primero escribió los libros de Derecho y luego los demás?

No exactamente. Como todo Catedrático de Derecho Constitucional publiqué en su momento artículos en revistas y escribí varias monografías, sobre la denominada Parte Dogmática (los derechos y libertades públicas de los ciudadanos) e Institucional (los diferentes poderes del Estado) de la Constitución española de 1978. Pero a partir de La mirada del poder, que es de 2004, cuando tenía 45 años, simultaneo los contenidos, pues he publicado paralelamente unos y otros, los propios del Derecho y los de temática más variada: literaria, de historia, de arte… que es, como sabe, mi gran pasión. Eso sí, sin orillar los libros en que he ido recopilando mis colaboraciones periodísticas en los medios de comunicación.

—Usted es una persona de intereses muy amplios y variados.

"Vivimos en un mundo excesivamente especializado, con conocimientos herméticamente impermeables y pretendidamente cerrados"

Soy una persona a la que le gusta casi todo, y cuando digo casi todo, es casi todo. De algún modo, y sin querer ser petulante, tengo una visión que se puede decir renacentista: me interesan muchas cosas. Hay poco que no llame mi atención, de lo que no quiera saber más. Vivimos en un mundo excesivamente especializado, con conocimientos herméticamente impermeables y pretendidamente cerrados. Pero la realidad no es tan sencilla de encorsetar en compartimentos estancos y aislados, como tampoco lo somos las personas. Una personalidad a la que admiro mucho desde mi juventud es Gregorio Marañón, que además de haber sido un médico de incuestionable referencia escribía polifacéticamente, y con extraordinaria solvencia, sobre historia, sociología, política y arte. Yo tengo asimismo queridos y admirados compañeros en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España, como Luis Cazorla, Encarnación Roca o Alfredo Montoya, que son excelentes juristas, al tiempo que brillantes escritores. Mi caso no es, pues, tan raro aunque, es verdad, no es hoy lo más frecuente.

¿Cómo elige los temas de sus libros?

No lo hago de forma especial. Suelo tener, de entrada, varios temas, dos o tres, y luego me quedo con uno, el que más me apasiona, y creo que voy a hacer mejor, o menos mal (sonríe).

—¿Y los temas de los artículos cómo los elige?

Los artículos están escritos al hilo de la rabiosa actualidad, sobre temas políticos e institucionales, aunque también abordan cuestiones culturales. Los escribo según lo que voy viendo en los medios de comunicación. Son fruto de la inmediatez y están escritos con las características propias del artículo periodístico, sin mucho convencionalismo y con un sesgo más incisivo.

(Estos artículos, antes de aparecer en un libro, Pedro González-Trevijano los fue publicando en ABC, La Voz de Galicia y la Gaceta de los Negocios)

—Usted pone mucho cuidado en los títulos.

"Cuando he dirigido una tesis doctoral recomendaba también a los doctorandos que buscaran, para su posterior publicación, un buen título"

Sí, una de las mejores cosas que tengo (sonríe otra vez) son los títulos. Siempre me resultaron relevantes. Nada secundarios. Cuando he dirigido una tesis doctoral recomendaba también a los doctorandos que buscaran, para su posterior publicación, un buen título, un título atractivo, porque el que habitualmente se recogía en el acto de la defensa de la tesis no iba a ninguna parte.

—Me gusta mucho el título de La mirada del poder.

Muchas gracias. Este es un libro importante para mí, porque fue el primero de estas características.

(La mirada del poder es un libro muy interesante sobre los diez personajes políticos más sobresalientes, a juicio de Pedro González-Trevijano, del segundo milenio. Un ensayo histórico y artístico, en el que se analizan la biografía de los personajes, así como sus representaciones pictóricas y de otros tipos —aunque sobre todo pictóricas— que se hicieron de ellos, uniendo de esta suerte el arte con la política. Es un libro que está, por tanto, entre lo académico y lo literario. Es el primer libro que leí de González-Trevijano)

—También me gusta mucho el título de la colección de aforismos El purgatorio de las ideas.

Ese libro me lo pensé mucho antes de entregarlo a la imprenta. Hace unos años el editor Joan Tarrida, al frente de Galaxia Gutenberg, me preguntó si tenía algún libro para su publicación, y yo le dije que no. Me replicó que no se lo creía, porque casi siempre, le constaba, estaba escribiendo alguna cosa. Entonces le hablé de un cuaderno donde iba apuntando pensamientos que se me iban ocurriendo de forma desordenada desde hacía años. Me dijo que se lo enseñase. Lo sopesé bastante, porque no soy un literato, ni tampoco un aforista, y porque me di cuenta de que en tales libros de máximas uno se desnuda. Se muestra la propia visión del mundo y de sí mismo, como también pasa en la poesía. Creo que algunos aforismos no están mal.

—Es un libro que me gusta de forma especial.

A mí siempre me han llamado la atención las obras de aforismos (Montaigne, Mazarino o Gracián) y tengo una buena biblioteca de este género. Entre ellas quiero resaltar las Meditaciones de Marco Aurelio, que es casi un libro de cabecera.

—¿Qué le aporta el escritor al jurista?

"Hay que saber poner término a la labor de documentación previa. De no ser así, se distorsiona y desfigura la obra"

No lo había pensado nunca, pero creo que le aporta una visión quizás más rica y transversal. Y una escritura más ágil y menos formalista, incluida la actividad más profesional. Por ejemplo, si uno explica los partidos políticos, no es lo mismo hacerlo de forma mayoritariamente teórica y positivista que realizarla exponiendo su aparición histórica, su estructura y funcionamiento práctico, la personalidad de sus dirigentes y simpatizantes…

—¿Y qué le aporta el jurista al escritor?

Le añade una solvencia añadida a la hora de afrontar los temas, aunque hay que tener cuidado, pues se corre el peligro de convertir un ensayo histórico en un tratado académico. Hay que saber poner término, en suma, a la labor de documentación previa. De no ser así, se distorsiona y desfigura la obra.

—La mirada del poder es un libro que quizá tenga el rigor del jurista, sin dejar de ser un gran libro. Magnicidios de la Historia, por su parte me parece muy ameno, aunque no sea el que más me gusta, paradójicamente.

—Magnicidios de la Historia tiene un tono periodístico que no tienen otros. Yo he visto a amigos míos leer en vacaciones Magnicidios de la Historia y no otras obras de mi autoría. Dragones de la política creo que también se lee bien, al ser más literaria y creativa. Menos vinculada al excursus más docto y académico. Este libro es especial además para mí, porque se lo mandé a Mario Vargas Llosa y me dijo que le había encantado. Además, tuve el privilegio de que me hiciera un precioso prólogo. Todo un lujo.

Quizá Magnicidios de la Historia gusta mucho también por el tema.

Sí, el tema es atractivo, aunque yo nunca he sido muy aficionado a las lecturas de magnicidios y conspiraciones. Es un libro que tampoco es un epílogo de La mirada del poder, pero que puede considerarse que está, con sus evidentes salvedades, en una semejante línea temática.

—¿Le costó mucho documentarse para estos libros?

Para La mirada del poder ya tenía mucho avanzado, ya que había leído bastante sobre casi todos esos personajes. De ellos tenía una buena biblioteca, y aunque eso no significa que no tuviera que investigar más, lo hizo más fácil. Hubo algunos personajes, sin embargo, como Gengis Khan, que eran prácticamente nuevos para mí, y que sí requirieron un esfuerzo añadido.

—Estuve en un desayuno para periodistas de Temas de Hoy, en el que se presentaba este libro, y allí dijo que había tardado en escribirlo dos años, “los fines de semana”. Me pareció poco tiempo para un libro tan ambicioso.

"Los médicos dividen a las personas en alondras y búhos. Yo soy claramente una alondra. Rindo mucho más por las mañanas"

—Aprovecho todos los ratos que puedo para trabajar. Aunque sea poco más de media hora seguida. Me gusta exprimir y aprovechar el tiempo disponible. Me lo inculcó mi padre. Por otro lado, no necesito dormir muchas horas. Los médicos dividen a las personas en alondras y búhos. Yo soy claramente una alondra. Rindo mucho más por las mañanas. Las tardes no son mi momento (sonríe) más glorioso, si tengo alguno. Me despierto todos los días sobre las 6 de la mañana de forma natural, así que todas las semanas le dedico unas horas a tales pasatiempos de escribidor. Lo que, si las sumas unas a otras, te da un número elevado de horas al cabo del año. Especialmente durante los fines de semana y las vacaciones de verano.

—El libro de El dedo de Dios: La mano del hombre, publicado en 2019 por Galaxia Gutenberg, se ve que es un libro más escrito para usted mismo.

Sí, es posible que sea un libro más intimista, más pensado para mí mismo. Yo creo que se escribe por la necesidad de contar algo, por satisfacción personal y también por vanidad. Además, es una obra que fue cambiando durante su gestación y desarrollo. Fue un reto escribir un libro eminentemente de naturaleza estética y simbólica, en el que me asesoré, no obstante, de algún buen amigo catedrático de arte. Es un libro, pienso, original.

—¿Le gusta también leer literatura?

Pues le confieso que con el tiempo la he arrinconado un poco. Como todos los lectores, tengo mis preferencias. Quizás lo que más lea sean ensayos y libros de memorias y biografías. Y cuestiones vinculadas con el arte. Leo muy pocas novelas. Pero si me dicen que ha aparecido una novela excelente, por supuesto que lo hago. Y siempre hay alguna todos los años.

—En otra entrevista me dijo que había leído bastantes novelas clásicas.

"Cuando leo una novela tengo a veces la sensación de que estoy perdiendo un poco el tiempo"

Bastantes. Pero en otra época. De novela clásica he leído mucho. Y también de teatro. Seguramente por ello me he animado a escribir una obra teatral: Adonay y Belial: Una velada en familia. Un diálogo desenfadado y ácido entre Dios y el diablo en Santiago de Compostela. Me apetecía, era un desafío personal el género. Pero cuando leo una novela tengo a veces la sensación de que estoy perdiendo un poco el tiempo. Lo que no quiero que se malinterprete: es una apreciación meramente personal y nada peyorativa, que he comentado con algunos amigos, que me han confesado que les ocurre algo semejante. Pero cuando era más joven no tenía esa perspectiva, y desde luego que leía asiduamente novelas. Por otra parte me acuerdo que en una ocasión Alfonso Guerra, que participó en la presentación de un libro mío, me decía que había poco tiempo para leer y demasiados lanzamientos en el mercado editorial. Hay que saber de este modo elegir, y yo me quedo con los clásicos: Stevenson, Maupassant, Balzac, Zola, Baroja, Galdós…

—También sé que no le gustan mucho las novelas históricas. ¿Podría explicarlo?

No soy muy partidario de la novela histórica. Es cierto. Prefiero leer una buena biografía académica o un estudio más sesudo, digamos, que un libro que está a caballo entre el ensayo y la novela, y que al final no es ninguna de las dos cosas. Aunque hay extraordinarias excepciones. Guerra y paz de Tolstói es una novela histórica. Y es una novela fantástica. Pero no entraría, claro, dentro del género de las novelas históricas que no me atraen. También es excelente La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Pero lo que digo: tiene asimismo sus excepciones. Es el caso de las novelas más actuales, por ejemplo, de Gore Vidal.

—¿En qué está trabajando ahora?

Estoy terminando otra obra de teatro. Se llama El juicio. En ella se recrea un ficticio juicio de revisión de la historia tanto de Bruto, coautor activo en el asesinato de Julio César, y de Poncio Pilatos, en este caso por inacción, en la muerte de Jesucristo. Se la he dejado a leer a algunos buenos amigos y excelentes juristas para que me dieran su opinión y me realizaran sus observaciones. Siempre se mejora con ello. Y les ha gustado. En cualquier caso, dejo un tiempo los libros en la nevera. Mi experiencia es que mejoran.

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