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Pensamientos al vuelo, de Yoshida Kenkō

Pensamientos al vuelo, de Yoshida Kenkō

«En medio del ocio, en este océano de paz, paso los días inclinado sobre el tintero, tratando de recoger en el papel las descabelladas ocurrencias que cruzan por mi mente.Yo mismo me he quedado sorprendido de tantos desatinos». Yoshida Kenkō (1283) era hijo de un alto funcionario del Gobierno. Tal como se esperaba de él, se convirtió en un hombre importante y poderoso dentro del Palacio Imperial. Pero entonces ocurrió algo. Nadie sabe qué fue. Tal vez una decepción amorosa, tal vez una desavenencia política, tal vez una súbita visión que lo cambió todo. Decidió alejarse de la corte y hacerse con una cabaña en los bosques. Y comenzó a escribir, sin mayores pretensiones, sin plan alguno, lo que se le ocurría, lo que recordaba, lo que veía cuando paseaba por las montañas o cuando regresaba por unos días a la ciudad y reencontraba el ajetreo de sus calles. Cada idea la fijaba en un papel y, a su vez, cada papel lo fijaba en un muro de su cabaña. Así hasta los 243 textos que conforman este libro y componen no sólo un volumen luminoso y apasionante, sino uno de los ensayos más importantes de la historia de la literatura, auténtica semilla de un género plantada hace ocho siglos.

Zenda publica las primeras páginas.

1

En fin, es algo que no se puede evitar. Todos los que hemos venido a este mundo estamos cargados de deseos.

La posición del emperador, por supuesto, es demasiado augusta. Los vástagos nacidos en el Jardín Imperial, desde el tronco hasta la última de sus ramas, no proceden de semilla humana, sino de origen divino. Los nobles que nos gobiernan, ni que decir tiene, rebosan dignidad, pero el hombre de barro no puede llegar a ese estado. Los que sirven en palacio son hombres excelentes, y también sus hijos y nietos; aunque haya menguado su fortuna, conservan una elegancia que los distingue.

Las personas que se encuentran en rangos inferiores y que, de acuerdo con su situación familiar, gozan de la gracia del emperador y se consideran a sí mismas grandes, no dejan de ser insignificantes.

Finalmente, no hay posición más baja que la del monje. La gente, como escribió Sei Shonagon, considera a los monjes «ramas secas de un árbol». ¡Qué gran verdad! Aunque prediquen a voz en cuello, nadie creerá en su grandeza. El venerable Soga dijo que la fama sólo trae consigo sufrimientos y que al ocuparse de ella nuestra mente se aleja de Buda. El hombre que me sirve de ejemplo es el que renuncia y se retira del mundo.

¡Qué envidia me dan los hombres que destacan por su belleza y sus acciones! No me cansaría de escucharles; a condición, por supuesto, de que no hieran mis oídos con su elocuencia, sean sencillos y de pocas palabras. ¡Pues cuánto desalienta encontrar un defecto en una persona que uno daba por perfecta!

Tal vez sea verdad que la forma y la figura nos vienen dadas y no las podemos cambiar, pero ¿tampoco podremos conseguir la iluminación progresiva de nuestra mente?

El hombre dotado con bellas facciones y buenos sentimientos, si no tiene entendimiento, se rebajará, alternará con gente odiosa y pronto quedará subyugado por ellos; cosa, en verdad, digna de lástima.

Lo imprescindible es tener unos conocimientos básicos, escribir prosa y poesía chinas, conocer la poesía y la música japonesas y, por lo que se refiere a los anales y las ceremonias de la corte, es deseable que uno encuentre en ellos modelo y espejo.

2

Aquel que olvida el modo de gobernar de los sabios emperadores del pasado, aquel que no presta oídos a las querellas del pueblo y no reconoce el daño que está causando a la nación, aquel que busca el lujo en todas las cosas, estimándolo como lo más grande, y que actúa como si todo le perteneciera y todo fuera poco para él, ¡qué hombre más fatuo!

Kuyoo, ministro de la Derecha, dejó escrito en sus Preceptos: «Haced uso de las cosas sencillas que tengáis a mano, tanto en lo que tiene que ver con el vestir como en lo relativo a los caballos y las carrozas, y sobre todo no busquéis nunca el lujo». Asimismo, el retirado emperador Yuntoku escribió en su libro de ceremonias: «Las cosas que use el emperador han de ser simples y sencillas».

El hombre que aspire a la excelencia ha de manejar el pincel con soltura, cantar bien en los banquetes y, aunque ha de hacerse rogar, debe demostrar que no es abstemio.

3

Por más que uno sobresalga en todas las demás cualidades, el hombre que no ama con pasión carece de algo. Tendrá la sensación de ser como una copa preciosa, pero sin fondo.

¡Qué divertido es ver a un hombre con las ropas empapadas por la escarcha, yendo y viniendo de aquí para allá, sin domicilio fijo, temeroso de los reproches de sus padres o de las habladurías de la gente, que no le dejan un instante de reposo, ocupada su mente en nuevas estratagemas y, a fin de cuentas, durmiendo solo la mayor parte de las noches, sin conciliar apenas el sueño!

Ahora bien, es mejor que uno no se deje llevar del todo por la pasión y que las mujeres no lo consideren una presa fácil.

4

Aquel que no deja en el olvido la vida futura y cumple con los preceptos de la enseñanza de Buda es un hombre admirable.

5

El hombre que, debido a alguna desgracia, cae en el abismo de la tristeza, no debe, a la ligera, rasurarse la cabeza y apartarse del mundo. Mejor sería que cerrase bien las puertas de su casa y, sin que nadie sepa si está dentro o fuera, pasara allí tranquilamente los días y las noches, sin esperar ningún consuelo humano.

Dicen que el consejero imperial, Akimoto, dijo una vez que deseaba contemplar «la luna del destierro estando libre de crimen».

No me extraña.

6

Muchos nobles y pudientes (más los que no gozan de tanta abundancia) desean que su vida continúe sin hijos.

El príncipe Kaneakira, el ministro Fujiwara no Koremichi y el ministro de la Izquierda Minamoto no Arihito, deseaban que su árbol genealógico terminase con ellos.

El ministro Fujiwara no Yoshifusa, según consta claramente en el Okagami, dijo: «Procura no tener descendencia; es indigno y muy triste que los hijos sean inferiores al padre».

Cuando el príncipe Shotoku mandó hacer su propio mausoleo, dicen que cada tanto repetía: «Hacedlo un poco más pequeño; acortad por allá, que yo no quiero dejar descendencia».

7

Si nunca desaparecieran las gotas de rocío en Adashino, si se mantuviera siempre inmóvil el humo sobre la colina de Toribe y viviésemos eternamente, sin cambio ni transformación, ¿nos conmovería el frágil y delicado encanto de las cosas? Las cosas son bellas precisamente porque son quebradizas y pasajeras.

La efímera no llega a ver la noche del día en que nació. ¿Y no muere la cigarra del estío sin conocer la primavera ni el otoño?

¡Qué afortunados los que puedan vivir despacio y despreocupados aunque sea un solo año! Pero si uno no se siente insatisfecho y no se conforma con el paso de las horas, todo el tiempo, aunque viva mil años, le parecerá tan breve como una noche, como un sueño.

No podemos vivir para siempre en este mundo. ¿Qué sentido tiene, por tanto, esperar la decrepitud de la vejez? Cuanto más larga es la vida, tanto mayor es la confusión. Morir antes de cumplir los cuarenta es el mejor modo de vivir sin tener que saborear la vergüenza. Pasada esa edad, uno ya no se ruboriza de su fealdad y no ve objeción para alternar con uno u otro. En el ocaso de sus días uno mima a sus hijos y nietos, y desea algunos años más para verlos prosperar. El apego al mundo es cada vez mayor, más arraigado, mientras se va perdiendo la capacidad para sentir el encanto de las cosas frágiles y efímeras. ¡Qué lástima!

8

De todas las cosas, la que causa mayores extravíos en el corazón del hombre es el deseo sexual.

¡Cuánta insensatez en un solo corazón!

Aun sabiendo que ese perfume se desvanece al poco y que el incienso quemado para impregnar los vestidos es una esencia pasajera, cuando lo olemos sentimos de inmediato cómo el corazón comienza a latir con más fuerza.

Se dice que en el instante mismo en que el venerable Kume vio las pantorrillas blancas de una mujer que estaba lavando la ropa, perdió toda su virtud. Y no me extraña, porque la belleza natural de unas manos o unas piernas turgentes y sensuales no se puede comparar con el color y la belleza de lo artificial.

9

Me parece que, de la mujer, lo que más atrae el corazón del hombre es el cabello. En cuanto a su carácter y temperamento, se pueden vislumbrar con la primera palabra que pronuncie, aunque nos hable desde detrás de un biombo. Cuando una mujer sabe que ha atraído el corazón de un hombre, aunque se esfuerce por obrar como si nada hubiera pasado, no podrá dormir en paz, no escatimará en nada, soportará todo aquello que antes le parecía imposible de soportar, y todo por amor.

Las formas del amor tienen profundas raíces en nosotros. Los incentivos que estimulan nuestras pasiones son varios, seis en total, y muy variados, pero podemos distanciarnos de ellos. Sin embargo, hay uno que es imposible exterminar: la llama de la pasión. Y en esto no se diferencia el viejo del joven, ni el sabio del mentecato. Por eso se dice que con el cabello trenzado de una mujer se puede subyugar a un elefante, y que con el reclamo confeccionado con un viejo zueco usado en su día por una muchacha se seduce al venado del otoño.

Hay que estar sobre aviso. Más nos vale temer y evitar este tipo de engañifas.

10

La casa, creo yo, es la morada temporal del hombre. ¡Y qué agradable es vivir en una que reúna las condiciones necesarias y se alce con armonía!

La luz de la luna, cuando entra en el hogar lleno de calma de un hombre refinado, se hace más íntima. No hay nada lujoso ni reluciente, y sin embargo la arboleda rehecha por el paso de las décadas, las plantas del jardín que crecen a su antojo por la veranda y el cañizo, y dentro de la casa unas pocas cosas distribuidas aquí y allá, le darán al lugar un aire de tranquilidad y desapego.

Una morada en la que hayan trabajado con esmero gran número de carpinteros para pulirla, adornada por valiosos objetos llegados de China y de Yamato, todos ellos colocados en un orden impecable, y en donde las plantas del jardín tienen un aspecto forzado y poco natural, es desagradable y hace sufrir al ojo que la ve. ¿Se podrá vivir en ella durante mucho tiempo? Nada más verla uno desearía que se convirtiera en humo.

Tokudaiyi, ministro de la Izquierda, mandó poner un cordel sobre el tejado de su casa para que no se posaran en él los milanos. Cuando lo vio Saigyō, dijo: «¿Qué mal le van a hacer los milanos? Ya conocéis la valía de vuestro príncipe».

Y me dijeron que Saigyō no volvió a visitarlo.

Recordé este incidente cuando visité el palacio de Kosaka, donde vivía el príncipe Ayanoko, y vi otra cuerda en el tejado.

«La hizo colocar», me explicó alguien, «porque el príncipe no puede soportar la pena de ver cómo los cuervos vienen en bandadas, se posan en el tejado y se lanzan desde allí a cazar las ranas de la charca».

Sus palabras me conmovieron y me puse a pensar en la razón que tendría Tokudaiyi para mandar poner el cordel en el suyo.

11

Debió de ser durante el décimo mes. Dejé atrás el lugar conocido como Kurusuno y fui a visitar a una persona que vivía en un pueblo de la montaña. Me fui abriendo paso por una senda estrecha cubierta de musgo hasta llegar a una choza solitaria.

Sólo se oía el ruido de algunas gotas de agua cayendo del bambú que servía de conducción para el agua, casi cubierto por las ramas de los árboles.

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Autor: Yoshida Kenkō. Título: Pensamientos al vuelo. Editorial: Errata Naturae. Venta: Amazon 

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