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En las montañas del Atlas, de Emilio Salgari

En las montañas del Atlas, de Emilio Salgari

En las montañas del Atlas (Ático de los libros), de Emilio Salgari, cuenta la historia de Michele Cernazé, un noble húngaro que tras dilapidar su fortuna en los casinos de Montecarlo, decide unirse a la Legión Extranjera francesa para redimirse. Después de demostrar su valor como soldado en la guerra de México, Michele es destinado a África, donde añora su alegre juventud en Europa. Cansado del desierto, el húngaro trata de desertar, pero el mariscal del campamento lo captura y ordena que se celebre un consejo de guerra. Michele escapará de las garras del mariscal y emprenderá una huida por las peligrosas montañas del Atlas.

En esta novela de aventuras, Emilio Salgari, maestro de la literatura universal y creador del célebre personaje de Sandokán, nos adentra con una narración repleta de acción en un mundo exótico donde todo es posible.

Zenda ofrece las primeras páginas de esta obra. 

Capítulo 1

El infierno del bled

—Adelante, ¡por la muerte de Mahoma y de todas sus huríes!

—No podemos más, sargento.

—¡Cómo! ¡Os atrevéis a replicar, bribones!

—Queréis matarnos, sargento.

—Reventad de una vez, canallas. ¿Por ventura creíais que encontraríais en las legiones disciplinarias argelinas abanicos, refrescos y palmeras bajo cuya sombra poder dormir la siesta? Adelante, por la muerte de Mahoma; de lo contrario, os envío a todos ante el consejo de guerra.

—No podemos más, sargento —repitieron varias voces roncas que no parecían tener nada de humano.

—El mariscal nos observa y no quiero que me encierren por vuestra culpa. Unas cuantas carreras más, si no queréis que os haga arreglar los huesos por el querido Steiner, que, como sabéis, no tiene los puños delicados.

Entonces alguien gritó:

—A ese infame lo mataré. ¡Lo juro, sargento!

—¿Quién ha hablado? Nadie respondió.

—Adelante y a la carrera, os he dicho. El mariscal nos vigila. Veinte hombres, vestidos de lienzo blanco, descalzos, sin armas y cargados con las monumentales mochilas que llevan los soldados de la Legión Extranjera que Francia desparrama por sus colonias africanas y asiáticas, corrían desesperadamente, desalentados, llenos de sudor, ennegrecidos por la pólvora y el humo, mientras una explosión de blasfemias y amenazas salía de los labios del sargento instructor.

¡Sargentos instructores! ¡Qué ironía! Tiranos, verdugos, lo peor que uno pueda imaginar, menos instructores, puesto que solo cumplen con una orden: martirizar a los desgraciados que el consejo de guerra de Argel o de Constantina ha condenado a las compañías disciplinarias bajo el sol ardiente de Argelia, en los llamados infiernos del bled.

El bled es el sitio destinado a acoger a los infelices alistados en la Legión que, en un momento de exaltación, sin duda producido por la férrea disciplina o el clima abrasador, se han insubordinado contra sus superiores. Se encuentra alejado tanto del mar Mediterráneo como de la ciudad, y puede decirse que plantado en pleno desierto. Se trata de un campo inmenso, rodeado de cobertizos y tiendas, con un edificio completamente blanco que sirve de alojamiento al capitán de la compañía y a los oficiales a sus órdenes, al que está agregado un pequeño hospital.

Sobre este campo polvoriento, expuesto al ardoroso sol, sin un palmo de sombra, los legionarios hacen sus maniobras, que no son más que inacabables carreras cargados con la mochila a la espalda, y que no tardarán en llevar a la tumba al pobre condenado.

Hay, sin embargo, una variante: el tiro de la carretilla, que consiste en correr mientras se empuja un pequeño vehículo colmado de arena, que el soldado debe cargar y descargar según las órdenes de sus superiores, y que acaba cuando cae extenuado por la fatiga o muerto de insolación. Los veinte hombres, excitados por los gritos y blasfemias del sargento instructor, vigilados por un fuerte destacamento de espahíes que se resguardaban del sol a la sombra que proyectaba el edificio, continuaron su veloz carrera con unos ojos que parecían saltar de las órbitas, la respiración acelerada, los rostros congestionados y los vestidos empapados de sudor.

Los guiaba un legionario de unos treinta años de piel morena, ojos negrísimos y relucientes como el carbón, barba espesa y amplia frente surcada de precoces arrugas. Sus formas, en extremo vigorosas, revelaban una fuerza sobrehumana. Habían ya dado aquellos desgraciados tres vueltas completas bajo la implacable lluvia de fuego, el polvo sofocante que levantaban y el cegador reflejo de las blancas paredes del edificio, cuando el sargento fijó perversamente la mirada sobre el legionario que iba al frente y gritó:

—Al galope el número uno.

El que iba delante, ante aquella orden, partió a toda velocidad, como un caballo lanzado a la carrera, para alcanzar la cola del pelotón. El soldado de piel oscura que le seguía, en lugar de obedecer, se detuvo de golpe, se separó de sus compañeros para no obstaculizar el paso y avanzó bajo el azote del sol con la cabeza baja y jadeando.

—¿Qué haces, maldito húngaro? —exclamó el sargento, que se adelantó hacia él con los puños cerrados.

El legionario le esperó fríamente y, con una voz ronca que traslucía una furiosa cólera que a duras penas podía reprimir, dijo:

—Me faltan fuerzas, pero, si usted no fuera Ribot, quién sabe lo que podría ocurrir.

—¡Cómo! ¿Te faltan fuerzas a ti, que tienes músculos para atemorizar a tu compatriota Steiner?

—Sí —afirmó el húngaro.

—¿Y crees tú que, con estas palabras, te librarás de la pena? No, querido, es necesario galopar como los demás. El otro hizo un enérgico gesto de negación.

—Basta, lo que hacéis es inhumano.

—No hago más que acatar el reglamento, querido.

—Destrozándonos el pecho y rompiéndonos las piernas —respondió el húngaro con voz sorda.

—Culpa a mis superiores —contestó el sargento con más suavidad en la voz y alzó los hombros con indiferencia—. Ocupa de nuevo tu lugar, Michele Cernazé, y procura cumplir lo que te mandan. No te quiero mal; me ha contado Steiner que, antes de que te reclutara la Legión, eras un poderoso y noble señor, y que luchaste como un león en México. Que fuiste uno de los cuatro valientes que cruzaron todo un ejército.

—Razón de más para no matarme con carreras inútiles —respondió el húngaro, mientras sus ojos negros relampagueaban de rabia.

—El reglamento es así; adelante, pues, y ponte a la cola. Otro ocupará tu sitio.

—Antes de que un compañero me sustituya, pediré un último esfuerzo a mis músculos. Mejor sería, sargento, que nos enviaran a hacernos matar por cabilas o tuaregs del desierto, en lugar someternos a estos bárbaros tratamientos. En fin, hemos derramado nuestra sangre por Francia, una nación que ni siquiera es nuestra patria.

Y, dicho esto, bajó la cabeza, apretó los puños contra el pecho y se lanzó a una desenfrenada carrera mientras el pelotón emprendía la marcha alrededor de la amplia plaza del bled.

—¡Pobre conde! —murmuró el sargento con voz conmovida, y siguió con los ojos al legionario, que corría como una gacela perseguida por galgos—. ¡Qué resistencia tienen estos magiares!

El húngaro terminó su vuelta y se incorporó a la cola del pelotón; el sargento mandó correr al número dos, un joven pálido, delgado como un faquir indio y roído al parecer por las fiebres que atormentan a los que viven en climas ardientes.

La endiablada carrera continuaba, dificultada por el calor que aumentaba sin cesar y por la polvareda, cada vez más espesa, que levantaban los cuarenta pies de aquellos desgraciados.

De cuando en cuando el sargento, a fin de romper la monotonía del espectáculo, detenía bruscamente el pelotón y gritaba:

—¡Rodilla en tierra! ¡Apunten! ¡A la carga! Compréndase que fingían apuntar, pues todos iban desarmados. Por fin resonó el deseado mandato:

—¡Descansen!

Los veinte legionarios, completamente exhaustos, sedientos, sudorosos, cubiertos de polvo, con las piernas destrozadas, se detuvieron con los miembros rígidos, en actitud de atención, mientras el sargento pasaba revista y rectificaba con voz imperiosa la posición de cada uno.

El descanso duraba unos minutos, tras los cuales continuaba el feroz tormento, hasta que los infelices no podían sostenerse sobre sus piernas temblorosas. Cuando el sargento terminó de revistar la compañía, se oyó una voz estentórea proveniente del edificio blanco:

—¿Qué estáis haciendo, holgazanes?

Poco después aparecía un hombre vestido de blanquísimo lienzo, cubierta la cabeza con un casco de bambú, pequeño, patizambo, con bigotazos y larga perilla, que salió de la puerta principal y avanzó hacia el pelotón.

—¡El mariscal! —exclamó el sargento—; ¡que el diablo lo lleve! Estamos listos. Debe de estar hoy de mal humor; algo malo le habrá hecho Afza.

El comandante provisional del bled (habitualmente, un capitán) se detuvo a cinco pasos del sargento y, tras lanzar una torva mirada al húngaro, le espetó:

—¿Es esta, Ribot, la manera de hacer bailar a estos canallas?

—En este momento he ordenado descanso, mariscal—respondió el sargento, que se cuadró.

—¡Qué descanso! —rugió el bigotudo comandante mientras hacía chasquear la fusta que traía en la mano—. No lo necesitan los legionarios, querido. ¿Hace falta que te explique cómo deben ser tratados estos renegados de todos los países de Europa? ¿Acaso creen que han venido aquí a comer pan francés sin hacer nada? ¡Ah, no!

—¡Nos insultáis, mariscal! —gritó una voz.

El comandante se retorció los bigotes, adoptó una postura funesta y, mientras temblaba de ira incontenible, preguntó:

—¿Quién ha osado hablar sin permiso? El húngaro salió de las filas.

—Yo, mariscal —respondió.

—¡Ah! ¡Michele Cernazé, de los condes de Sawa! —dijo con ironía el comandante—. ¿No dejaste tu nobleza allí, en el Danubio?

—En la Legión en que me he alistado no soy más que Michele Cernazé —contestó el magiar, que lanzó al mariscal una mirada de fuego—. Mi nobleza la he dejado en Hungría y no debe ser mencionada en esta África maldita.

—Dejémosla, pues, en los precipicios de los Cárpatos o en los lodos del Danubio —dijo, sarcástico, el mariscal—. ¿Qué me querías decir, al interrumpirme cuando me disponía a dar comienzo al verdadero baile, muy distinto del que os ha organizado el sargento Ribot?

—Que no somos los bribones que creéis; nos hemos batido hasta la muerte por Francia, la nación que hoy nos cubre con su bandera —respondió fieramente el magiar.

—¿Qué gran acción has realizado tú en favor de Francia?

—¿Que qué he hecho? —exclamó, furioso, el húngaro, cerrando los puños—. Yo soy uno de los setenta y dos legionarios que, hace tres años, en julio de 1863, resistieron en México, rendidos de hambre y sed, hasta beber la sangre de los heridos, y combatieron diez horas contra dos mil mexicanos.

—Gran proeza —dijo el mariscal.

—Soy también uno de los cuatro, ya que los otros fueron asesinados por los mexicanos —prosiguió—, que se lanzó contra dos mil asediantes armados con bayonetas.

—¡Qué lástima que no te mataran!

—No nos mataron porque el comandante mexicano, atónito ante tanta valentía, ordenó a sus oficiales que nos dejaran libre el paso y no nos hicieran el menor daño. Así pasamos a través del ejército que aniquiló a nuestro regimiento. Por otra parte, en vuestro país se dice que, si un soldado francés va al hospital, es para volver a casa; si va un tirador, es para que le curen, y si es un legionario, para morir. Vos lo sabéis —agregó el húngaro con voz sibilante, y sus compañeros aprobaban con la cabeza.

—Lo que yo sé es otra cosa —replicó el mariscal—. Que tú hablas más que un papagayo americano y que, en el tiempo que descansáis, yo me estoy cociendo al sol.

—¡Y a mí!…

—¡Cállate! ¿Quieres que te envíe a Argelia? El consejo de guerra no bromea con los legionarios, y mucho menos con los disciplinarios.

El húngaro, o, mejor dicho, Michele Cernazé de los condes de Sawa, hizo un esfuerzo tan grande para contenerse que todo su cuerpo vibró como sacudido por una descarga eléctrica.

—¡Por Afza! —murmuró con ronco acento. La voz del mariscal, comandante del bled en ausencia del capitán, de misión en Constantina, resonó silbante como un latigazo.

—¡Atención! ¡Paso gimnástico! ¡Adelante el pelotón! ¡Más deprisa, vive Dios!

Los disciplinarios reemprendieron su vertiginosa carrera alrededor del bled.

Las pocas palmeras que había en aquella arena permanecían inmóviles y extendían sus largas hojas sin esparcir un palmo de sombra en la intensa claridad del día. De las lejanas montañas del Atlas, cuyo horizonte se desvanecía ardiente y luminoso, no llegaba el más ligero soplo de viento. Reinaba la calma ardiente del desierto en el bled. Era el infierno, como lo habían justamente llamado los condenados a hundir allí sus penas, en el sur de la baja Argelia. Los veinte legionarios corrían de nuevo sin atreverse a protestar. El consejo de guerra les infundía demasiado terror, pues temían los terribles castigos del bled. Recibían órdenes sin cesar. El mariscal, inmóvil bajo aquel sol implacable, gritaba sin parar mientras chasqueaba su fusta:

—¡Apresurad el paso!… ¡Echaos al suelo!… ¡De pie!… ¡Todos quietos!… ¡A la carrera!… ¡De rodillas!… ¡Apuntad!… ¡Que avance el número uno!… ¡Adelante el dos!… ¡Voy a enseñaros el verdadero baile de los disciplinarios, malditos holgazanes!

En la angustia de la desesperación, ante el terror del más horrible de los castigos, los disciplinarios parecían hallar nuevas fuerzas y obedecían como fieras bajo el látigo del domador.

Estaban pálidos como cadáveres, tenían espuma en los labios, la barba y los bigotes relucientes por el sudor, y de sus pechos salían, de cuando en cuando, roncos silbidos.

—Veis, sargento Ribot, ¿cómo manejo a estos canallas? —dijo el mariscal con una sonrisa triunfante—. Así tenéis que mandar. ¡Adelante, furia del infierno! ¡Más deprisa! ¡Oye, conde de los condes de Sawa, no creerás que estás en un café de Budapest! ¡Aquellos tiempos pasaron, querido, ahora estás en África, entre ladrones! Alarga más esas piernas.

—Mariscal —dijo de pronto el sargento, con voz tímida—, ¿queréis matarlos?

—¡Que revienten! Hay siete u ocho en este pelotón que quisiera ver desaparecer —contestó el mariscal, y agregó en voz baja—: Especialmente el maldito húngaro. Pero ¡el baile no ha terminado!

Luego, elevó el tono:

—¡Descanso! Sargento Ribot, ordenad que traigan una carretilla. Quiero ver cómo construían estos legionarios las trincheras en México. El magiar se estremeció al oír la orden. Comprendió que el comandante quería empujarlo a uno de esos actos de rebelión que conducen directamente al consejo de guerra y que terminan con fusilamiento.

—¡Maldito seas! —murmuró mientras se esforzaba por reprimir la cólera. El disciplinario delgado, pálido, roído por las fiebres, miró con angustia y piedad al húngaro y se acercó a él poco a poco, sin que el temible mariscal se percatase, tras dar una vuelta por detrás de sus compañeros.

—Michele —le dijo en voz baja—, no te dejes atrapar en las redes que te tiende este infame. Acuérdate de la joven árabe y de la promesa de su padre.

—Resistiré —respondió el magiar.

—En todo caso, contad conmigo. Los toscanos no conocemos el miedo.

—Gracias, Enrico, pero te suplico que no intentes nada. Bastará una víctima.

—Ni esa siquiera. El mariscal estaba ocupado liándose un cigarrillo y no prestaba atención a los dos amigos. Dos disciplinarios, acompañados por el sargento Ribot, habían salido de uno de los extensos cobertizos y empujaban dos carretillas cargadas de picos y palas.

—He aquí lo ordenado, mariscal —dijo el sargento con cierta emoción.

—Muy bien —respondió, y encendió el cigarrillo.

Aspiró dos o tres bocanadas de humo, que lanzó en todas direcciones, y luego, mientras aparentaba la más completa indiferencia, dijo:

—¿Quién es el número uno?

—Michele Cernazé.

—Entonces podremos ver cómo trabajan sus tierras y construyen sus trincheras los magnates húngaros, que, según dicen, son muy hábiles.

Un murmullo hostil acogió las palabras del mariscal, que, lleno de furor y rabia, exclamó:

—¡Voto al diablo! ¿Quién osa murmurar en mi presencia? ¿Acaso ignoráis, asnos, que, hasta el regreso del capitán, yo mando en el bled? ¡Ira de Dios! ¡Voy a mandar informes a Constantina y Argel para que os hagan comparecer ante el consejo de guerra y os fusilen como conejos! ¿Comprendéis, bandidos asquerosos? Os las veréis conmigo si no hacéis lo que digo. ¡Adelante el número uno!

El noble húngaro salió de las filas con paso grave y mesurado. Todos los ojos estaban puestos en él y los rostros transmitían inquietud. En sus ojos negrísimos brillaba, sin embargo, una ardiente llama impregnada de amenazas.

—¡Presente, mariscal! —dijo mientras hacía terribles esfuerzos para no revelar la ira que se le agolpaba en el pecho.

—Coge esta carretilla y da una vuelta a la carrera. Has descansado bastante y necesitas movimiento para que no se te entumezcan las piernas. El húngaro pareció dudar, pero respondió con voz plácida:

—Sí, mariscal. Cogió la carretilla y, con gran ímpetu, empezó a dar la vuelta, mientras le llovía una serie de órdenes reiteradas y contradictorias:

—¡Coge el pico!… ¡Déjalo!… Coge la pala…, ponla en el suelo…, carga el carrito…, quieto…, échate…, levántate…, saluda al comandante…, cava el suelo…, firmes…, de rodillas…, a la carga como el día que pasaste a través de dos mil mexicanos…, ¡alto!… Coge de nuevo la carretilla…

El húngaro resistía tenazmente; parecía que hubiese hecho el juramento de no caer en la trampa que, con una brutalidad inaudita, le tendía el mariscal. Con el corazón lleno de rabia, desconcertaba a todos por su docilidad en obedecer a su verdugo, y al recibir una orden respondía con una sonrisa forzada:

—Por supuesto, mariscal… Me alegra satisfacer vuestros deseos… Si queréis, os enseñaré cómo se construyen trincheras en Hungría y en México… Ya está la carretilla cargada…

En algún momento, sin embargo, su voz tenía extrañas inflexiones y se asemejaba al rugido de un león. El mariscal abusaba del desgraciado y profería horribles blasfemias, pero el magiar se mantenía firme y no se rebelaba contra el estrafalario comandante. Así que este se cansó antes.

—¡Descanso! —gritó finalmente—. Te concedo el tiempo de liarme un cigarrillo.

—¡Ah! ¿No han terminado aún mis trabajos de sirviente? —preguntó el magiar, iracundo.

—No, querido Michele Cernazé de los condes de Sawa —contestó el mariscal mientras se sacaba la bolsa de tabaco del bolsillo—. Hoy es un día de mucho trabajo para todos. Antes de marcharse, el capitán me ha recomendado que procurase no teneros desocupados, y, como no soy hombre que desobedezca las órdenes de un superior, me veo obligado a divertiros más de lo necesario.

—¡Te ha mandado también que nos mataras, verdad! —replicó el magiar.

—¡Eh!, cierra el pico. Aunque seas un magnate húngaro, no tienes derecho a levantarme la voz. Aquí no estamos en los Cárpatos ni en Budapest. Un alarido de fiera herida escapó de los labios del magiar.

—¡Esto es demasiado, miserable! ¡Tampoco tú tienes derecho de insultar a un magnate! ¡Toma!

Con una ligereza asombrosa, el legionario se había quitado de la espalda la pesada mochila y la había descargado con una fuerza brutal contra el mariscal. Este recibió el golpe en pleno pecho y vaciló sobre sus piernas, pero, antes de caer, recibió otro en la nariz. El segundo ataque procedía del joven delgado, pálido y roído por las fiebres que todos conocían con el nombre de Enrico el Toscano.

Mientras el mariscal caía en brazos del sargento y perdía sangre en abundancia de la nariz rota, el húngaro se dirigió al italiano y le dijo:

—¿Qué has hecho, amigo? Bastaba con una sola víctima.

—Que sean dos si quieren —respondió tranquilamente el toscano—. Estoy harto de la Legión Extranjera y del bled. El consejo de guerra me hará un favor si me agujerea la piel.

—¡Quien se mueva es hombre muerto!

Michele Cernazé se cruzó de brazos con un gesto soberbio de desafío.

—¡Yo soy el culpable! —exclamó—. Podéis arrestarme; no opondré resistencia.

—¡Arrestad a estos dos bandidos! —rugió furioso el mariscal mientras contenía con un pañuelo la sangre que salía a borbotones de su nariz—. ¡Atadlos de manos y pies, y al calabozo de castigo hasta que vuelva el capitán! ¡Canallas! ¡Os fusilarán en tres semanas!

Los espahíes se precipitaron sobre el magiar y su compañero y los ataron fuertemente mientras el irascible mariscal gritaba como un endemoniado:

—¡Cargadlos de cadenas! ¡Que no tengan más que pan y agua! ¡Ribot, te hago responsable! ¡Consejo de guerra! ¡Fusilamiento!

—¡Espero que te quede la nariz aplastada para siempre! —dijo el toscano—. ¡Ya era hora de acabar con tus maldades, antropófago!

Los dos legionarios fueron conducidos hacia el edificio blanco mientras sus compañeros emprendían de nuevo, blasfemando, la terrible carrera en torno al bled.

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Autor: Emilio Salgari. Título: En las montañas del Atlas. Editorial: Ático de los Libros. Venta: Amazon y Fnac 

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