Estos trece relatos de John Langan, autor de clásicos contemporáneos de terror como El Pescador y Bocadáver, enmarcan el horror a través de elementos como el cine, el mundo académico o las leyendas familiares.
En Zenda reproducimos el arranque de uno de los relatos presentes en Perdidos en la oscuridad y otras excursiones (La Biblioteca de Carfax), de John Langan.
***
Madame Painte: en venta
—¿Esto? —dice el hombre detrás del mostrador—. Ah, esto es Madame Painte.
—No me refería a su nombre —te apresuras a decir.
—Claro que no —responde el hombre. Es más bien bajito, más fibroso que delgado. Por la proporción de canas en el bigote y el cabello, dirías que está en plena mediana edad—. Usted se refería a la advertencia —añade.
—«Debe mantenerse afuera» —lees—. ¿Por qué?
—La razón oficial es que está cubierta de pintura a base de plomo.
Te alejas del mostrador y te limpias las manos en los vaqueros.
—¿Hay alguna razón extraoficial?
—Hay una historia —dice el hombre—. ¿Le gustaría escucharla? Es breve.
—Eh…, claro —respondes, pero sin acercarte.
—Madame Painte —continúa el hombre— proviene de Holanda, vía Guam y vía Australia. Formaba parte de una gama de adornos de jardín elaborados por una fábrica a las afueras de Ámsterdam en la década de 1980. No sé muy bien cómo llegó al Pacífico occidental, posiblemente en un buque de carga. Sé que en 1995 decoraba el jardín delantero de una casa en Yigo. Era la residencia de un coronel destinado en la base de la Fuerza Aérea estadounidense. Ya lucía su distintiva pintura, aunque no tengo claro a quién se debe. Puede que fuese la esposa del coronel, que se llamaba Priscilla. Según tengo entendido, era artista y también una antropóloga aficionada. Que yo sepa, es la primera persona que insistió en que la figura debía mantenerse en el exterior. Fue entonces cuando se la vendió a una joven pareja australiana, Trudi y Lenard Niles, que andaban de visita por la isla. El coronel había sido transferido de vuelta a Estados Unidos. Su esposa y él habían decidido aprovechar la oportunidad para deshacerse de algunos de sus enseres. Los Niles (bueno, sobre todo Trudi) estaban fascinados con Madame. Priscilla se resistía a separarse de ella, decía que no podía dejarla ir con cualquiera. Los Niles pensaban que estaba tratando de subir el precio, pero no era eso: estaba dispuesta a regalarle la figura a la persona adecuada. Supongo que la joven pareja no era perfecta, porque aceptó su dinero, pero sí debían de ser lo bastante buenos para ella como para desprenderse de Madame Painte. Eso sí, solo después de que juraran mantenerla fuera de su casa. Y así fue como la figura viajó de Guam hasta Camberra.
—Déjeme adivinar —dices—. La pareja la metió en su casa.
—Al principio no —responde el hombre—, pero con el tiempo sí. En un primer momento, la colocaron en el jardín trasero, junto a un fresno alto. Los Niles tenían dispuestas en esa zona una pequeña mesa metálica y un par de sillas. Cuando hacía buen tiempo, se sacaban allí el café de la mañana. Trudi era escritora, escritora de viajes; Lenard ocupaba un alto cargo en una empresa de electrónica. Después de que él marchaba a la oficina, ella se llevaba a la mesa su cuaderno y su ordenador portátil y se ponía a trabajar en el artículo que tuviese que entregar ese mes. De hecho, escribió un artículo sobre el viaje a Guam, que es como sé todo lo que sé sobre Priscilla y la promesa que le arrancó.
—¿Qué cambió? —preguntas—. Quiero decir: ¿qué hizo que la pareja rompiera su promesa?
El hombre se encoge de hombros.
—No lo sé. No estoy seguro de que cambiara nada, es decir, no estoy seguro de que hubiera un instante en el que uno de ellos mirase al otro y dijera: «Ha llegado el momento de romper nuestra promesa». Sospecho que dicha promesa no fue gran cosa al principio, poco más que palabras pronunciadas para conseguir lo que querían. Entonces, un día, años después, decidieron redecorar la casa y pensaron que el adorno del jardín quedaría mejor en un rincón del salón. Si recordaban la conversación con la esposa del coronel, su promesa, era de una forma confusa, como diciendo: «¿Te acuerdas de…?». A Madame Painte la aliviaron de suciedad e insectos y la metieron dentro.
—¿Y?
—Al principio, nada. Como ya he dicho, estaban redecorando, pintando paredes, cambiando muebles, instalando una cocina nueva. Durante un tiempo, el interior de la casa fue bastante caótico. Madame Painte, sentada en su rincón, aguardaba.
—¿Aguardaba qué?
—El momento adecuado. Habían pasado meses. Todo se había calmado: la casa lucía su nueva cara. Una noche, Lenard se levantó para ir al baño. De regreso a la cama, vio algo en la pared del pasillo. Era una mancha blanca, como si alguien hubiera pasado un pincel por encima, o como si la luz de la luna se reflejase en un espejo del salón. Agitó la mano frente a ella, sin ningún efecto. Apoyó entonces la palma de la mano, pero tampoco notó ninguna diferencia en la textura. Que yo sepa, no reparó en el parecido entre la mancha blanca de la pared y el antifaz blanco que llevaba Madame Painte.
»A la mañana siguiente, después de tomarse el café y trabajar en su artículo, Trudi vio que un trozo de la pared junto a la puerta del dormitorio estaba descolorido, desvaído como la pintura tras años de exposición directa al sol. Tocó la mancha y esta se descascarilló entre sus dedos. Le pareció extraño, sobre todo porque hacía poco que habían pintado la pared, pero se convenció de que debía de ser algún tipo de hongo. Cuando lo comentó con Lenard durante la cena, él mencionó su visión nocturna, pero ninguno de los dos sacó ninguna conclusión al respecto. Decidieron llamar a un pintor.
»Un par de días después, Trudi vio la raya blanca. De nuevo, era de noche y la casa estaba a oscuras. Se había quedado hasta tarde terminando un artículo cuyo plazo de entrega se le había echado encima. Al entrar en el dormitorio, vislumbró algo blanco cubriendo las patas traseras de Toro, el gato de los Niles, que dormía a los pies de la cama. Estaba tan cansada que confundió la raya blanca con la luz de la luna que se filtraba a través de las persianas venecianas; solo más tarde se daría cuenta de que esa noche había luna nueva.
»Por la mañana, Toro no estaba en la cama, lo que no era nada raro, y tampoco acudió a desayunar, que sí lo era. Trudi se lo encontró en el jardín cuando salió a tomar el café. (Lenard se había marchado temprano a una reunión). En cuanto se sentó, oyó un gemido sordo procedente de algún lugar cercano. Reconoció al gato, pero era un sonido que nunca antes había emitido, a medio camino entre una queja y una advertencia. Se le erizaron los pelos de la nuca. Se levantó y lo llamó por su nombre. Él volvió a proferir ese extraño gemido. Trudi echó un vistazo a su alrededor. No fue difícil encontrarlo: lo que quedaba de él yacía bajo un arbusto (creo que una variedad de hakea).
—¿Cómo que lo que quedaba?
—Desde un poco más abajo del abdomen, el gato estaba acartonado; había perdido el pelaje, la piel se había ennegrecido y encogido hasta los huesos. Era lo que cabría esperar de un gato que llevase años muerto. Jadeaba, evidentemente dolorido, incapaz de comprender qué le había pasado. El primer impulso de Trudi fue llevarlo a la veterinaria, pero Toro no la dejaba acercarse, bufaba y arañaba cuando intentaba cogerlo. Tuvo que conformarse con llamar a la doctora, que prometió pasar después de cerrar la consulta. Para entonces, ya era demasiado tarde. Toro le había enseñado los colmillos a algún enemigo invisible y había exhalado su último aliento. La veterinaria estaba desconcertada, por decirlo suavemente. Ese grado de atrofia sugería algún tipo de veneno, pero la rapidez con la que había actuado era, de acuerdo con su experiencia, algo sin precedentes. Pidió llevar los restos de Toro a su consulta para practicarle la autopsia, a lo que Trudi accedió. Sin embargo, cuando la veterinaria lo levantó, el gato… se desintegró. La parte inferior se desmoronó y las entrañas cayeron al suelo. La veterinaria hizo lo que pudo, pero no fue tarea fácil.
—¿Encontró algo? —preguntas.
—No exactamente —contesta el hombre—. Llamó a Trudi un par de días después. Por lo que había podido observar al microscopio, las células del gato habían colapsado, habían perdido su integridad y se habían disuelto unas en otras. Es el tipo de efecto que ejercen ciertos venenos de araña en los tejidos de sus víctimas. Pero había más. Las partes más afectadas de Toro estaban por completo secas, sin la menor gota de humedad. Por supuesto, Trudi quería saber qué araña u otro tipo de criatura le había hecho eso a su gato. La veterinaria no lo sabía. Es una broma muy extendida eso de que Australia está repleta de fauna salvaje y mortal, pero nada de lo que ella conocía actuaba de esa manera en mamíferos de ningún tamaño. Es posible que se tratase de una especie invasora. Iba a hacer algunas llamadas, a preguntar si algo nuevo se había colado en los jardines del vecindario. Mientras tanto, Trudi debía tener cuidado y decirle a su marido que también lo tuviera.
»Al día siguiente, Trudi miró por un momento a Madame Painte, a la franja blanca que cubría el rostro sonriente de la figura, y le llamó la atención el parecido entre ese motivo decorativo y la raya blanca que había visto en Toro. ¿No había mencionado Lenard una marca blanca en la pared del pasillo junto al dormitorio? Recordó la promesa que le había hecho a Priscilla. Por un instante, los detalles amenazaron con unirse en un todo extraño y horrible. Sin embargo, conforme le vino la idea, la rechazó. Era ridícula, absurda, como algo sacado de una vieja historia de terror. Esa noche, durante la cena, compartió el pensamiento con Lenard. Él asintió ante la coincidencia, pero también la descartó.
[…]
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Autor: John Langan. Título: Perdidos en la oscuridad y otras excursiones. Traducción: Alberto Chessa. Editorial: La Biblioteca de Carfax. Venta: Todos tus libros.


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