Llega a las librerías el primer título de Luz de Fondo, una editorial que, en palabras de su directora, reivindica “el libro que conmueve”. Este libro inaugural es una colección de relatos sobre el deseo, la familia, la pareja, la precariedad y las relaciones de poder.
En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos presentes en La culpa de todo la tiene Gordon Lish (Luz de Fondo), de Pablo Escudero Abenza.
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Media docena de bombones de licor
Y los comentarios de las personas mayores le hacían estremecerse hasta los talones.
Carson McCullers
En casa éramos modernos y yo no tenía ni padrino ni madrina. Mi padre llevaba barba y no usaba corbata en las bodas, solo pajarita. Mi madre decidió que se casaría con él cuando notó que estaba embarazada, y en vez de esconderlo en una boda tempranera en la iglesia de otra ciudad, esperó a estar de seis meses para que no hubiera dudas. Y por si quedaban algunas, en casi todas las fotos del día de su boda estaba de perfil o de medio perfil y desde siempre me había recordado que aquella barriga, esa curvatura bajo su vestido blanco, era yo.
Un día le pregunté a mamá que quién era mi padrino y me dijo que yo no tenía. No me desanimé y le pregunté por mi madrina. Me dijo que tampoco. Le pregunté que por qué parecía que todos tenían de uno o de otra, o de ambos, y yo no.
Mamá me miró muy seria, como siempre se ponía ante mis preguntas más importantes, y me dijo que nosotros no creíamos en eso.
Yo tenía como siete años y asentí. Nosotros, que esencialmente éramos mamá y yo, aunque papá de alguna manera también parecía invitado al pronombre, no creíamos en eso. No voy a decir que lo entendí. Lo asumí. Yo ya sabía, con siete años y acostumbrado a las declaraciones solemnes de mamá, que nosotros no creíamos en eso, fuera lo que fuera en lo que no creyéramos, no era la clase de declaración que tenía que hacer en el colegio.
Así que una de las tardes de ese curso en las que Olivia vino a recogerme, le dije a mis amigos que ella era mi madrina. Hoy me recoge mi madrina, les dije porque estaba avisado de que no venía mamá. Y me va a llevar a merendar a una pastelería.
Yo solo tenía que decirle a Olivia que me llevara a una pastelería a merendar y ella lo hacía. Las gestiones con Olivia eran sencillas. Con ella no había negociaciones ni burocracias. Ella me preguntaba qué quería hacer, yo se lo decía y así se hacía. Si ella no me preguntaba, yo se lo decía de todas maneras, y se hacía.
Aquella tarde tomábamos un vaso de leche con un par de ensaimadas. Bueno, yo tomaba eso. Porque es que me perdían las ensaimadas. Hasta esas horribles que venían en paquetes de plástico del supermercado me hacían perder la cabeza. Mucho más las de aquella pastelería. Yo me pedía una y luego otra y, si la tarde estaba loca, Olivia me preguntaba si no quería una tercera. Yo le decía que no porque tampoco quería reventar. Y ella se pedía uno o dos cafés y media docena de bombones de licor artesanos. Le chiflaban los bombones de licor de la pastelería a la que me llevaba. Siempre los pedía a media docena por visita.
Si hubiéramos sido de esa gente a la que le gusta competir, un niño y su falsa madrina compitiendo nada más que por el gusto de competir, nos hubiéramos preguntado si a mí me chiflaban más aquellas ensaimadas o a ella los bombones de licor caseros.
Yo le preguntaba si podía probarlos y ella se ponía muy seria para decirme que no. ¿Y por qué?, insistía yo. Porque son para chicas mayores y tristes, respondía siempre, como una broma que ya se ha repetido mil veces. Yo me callaba y no insistía.
Cuando acababa con su media docena de bombones siempre me decía que era hora de irnos. Espero poder salir de aquí sin trastabillarme después de tanto licor, bromeaba. Y cuando llegábamos a casa le decía lo mismo a mamá. Mamá se reía y la llamaba boba. Olivia decía que una vez había preguntado cómo los hacían y que el licor era de verdad. Le dijo a mi madre que el maestro pastelero le contó que usaban un kirsch que les traían de Suiza. Tenía un primo que se había ido allí hacía veinte años y se encargaba de las gestiones. Mamá preguntó qué era eso de kirsch. Pues licor de cerezas, contestó Olivia, como si la pregunta, de tan obvia, sobrara.
Y si podían se quedaban un rato hablando en la cocina, mientras mamá adelantaba trabajo de la cena. Y si mamá estaba ocupada, Olivia se venía a mi cuarto a leerme un poco, o a admirar mis dibujos, o a echar una partida a las cartas.
Olivia me enseñó a jugar a la brisca y a las siete y media. Un poco más adelante también me enseñó una versión simplificada del póker de Texas y del blackjack. Y se le ponían los ojos soñadores, casi como cuando comía bombones, al hablarme de las noches que había pasado con su primer y único novio en el casino desafiando a jugadores mucho mayores que ellos al póker, con las gafas de sol puestas durante toda la noche, para que no le adivinaran los faroles. Ese novio que tuvo Olivia era un idiota, dijo un día mamá.
No me contó si ganó o perdió en el casino. Pero me parecía lo de menos. Bastaba con imaginarse esa noche de humo y focos blancos, esas amenazas en forma de apuestas engañosas, a todos esos buitres acechando su dinero y sus manos. Creo que a ella tampoco le debía de parecer lo más importante si había palmado cinco mil pesetas o si se había llevado un pequeño fajo sudoroso de billetes de vuelta a casa, como souvenir inesperado.
Olivia vivía a cuatro portales del nuestro, en la casa de sus padres. Y era algo así como la mejor amiga de mi madre.
Mamá, le pedía yo de vez en cuando, cuéntame la historia de cómo te hiciste amiga de Olivia. Olivia me había contado todo aquello doscientas veces, pero a mí me gustaba poner a prueba a mamá. Me gustaba contrastar su torpeza contando historias con la ligereza y gracia con la que Olivia lo contaba todo. Mamá daba clases particulares en nuestra casa. Siempre lo había hecho. Sigue haciéndolo, muchos años después de que perdiéramos a Olivia, años después de que yo ya no viva allí. Olivia era su alumna. Una de las peores que había tenido nunca, decía Olivia. Para nada, explicaba mamá, acostumbrada a lidiar con alumnas verdaderamente difíciles e incapaces.
Aquel verano, me decía Olivia, yo tenía dieciséis años y había suspendido hasta el recreo. Así que mi madre preguntó por el barrio y le hablaron de tu madre. Mamá era joven, estaba muy embarazada, acababa de casarse e instalarse allí, había perdido algunos trenes, ganaba lo que podía dando clases en la salita de mi casa, sobre una mesa grande en la que se agolpaban cuatro o cinco alumnos y sus dudas. Mamá tenía una paciencia infinita, según me decía Olivia. Yo no había aprendido nada en todo el curso, y si no aprendía algo, iba a repetir. En mi colegio repetían los chicos con verdaderos problemas. Los que no eran capaces de atarse los zapatos solos con ocho años. Esos, por ejemplo, repetían. Pero no la gente como Olivia.
¿Y aprobó?, le pregunté a mamá. Aprobó, me dijo ella. Pero fue difícil. Porque tú naciste y tuve que dejar de dar clases unos días y casi le cuesta los exámenes. Nací el 22 de agosto y faltaba poco más de una semana para los exámenes. Mi madre le dijo a sus alumnos que iba a estar unos días sin dar clases. Eran los lejanos años ochenta. No había bajas ni conciencia alguna. El 26 volvió a las clases. No sé cómo podía darlas conmigo al lado, encargándose de la teta, el puerperio y las dudas que la iban asaltando sobre sistemas de ecuaciones, luego sobre formulación inorgánica.
Olivia decía que yo era como uno de esos gatitos sin pelo que valen mucho dinero. Arrugado, enrojecido, muy feo. Yo me hacía el ofendido cuando ella me decía eso. Aprobé todas menos Inglés, me contaba. Pero es que mi madre no daba clases de Inglés. No sé si se habían inventado por entonces las profesoras de clases particulares que supieran dar esa materia. Durante el curso siguiente su madre la siguió mandando a las clases con la mía. Para que no se despistase. No volví a suspender como aquel año de los dieciséis, decía Olivia. Mi madre tenía veintidós, casi veintitrés. Se hicieron amigas. Olivia se quedaba un rato conmigo después de sus clases, para que mi madre pudiera dar las siguientes horas sin demasiadas complicaciones.
Desde pequeño me recuerdo en mi habitación, con la puerta entornada, recibiendo visitas clandestinas de mi madre para preguntarme si todo estaba bien e indicarme que se volvía a la clase, que siguiera tranquilo. Si quería podía irme a la cocina y ponerme allí la tele pequeña. Pero no me gustaba ver la tele pequeña. La grande del salón no podía usarla, porque se oía demasiado desde la salita.
Olivia usaba los tacones que mamá no se ponía nunca. Zapatos de tacones muy finos, de colores, arriesgados zapatos sobre los que romper las aceras de la ciudad. Olivia se pintaba como mamá no lo hacía. Mamá no se pintaba, o cuando lo hacía, se pintaba como una señora, y Olivia sabía maquillarse como una actriz de cine.
Olivia olía a hornada de magdalenas y a flores de azahar y desafinaba como no he oído desafinar a nadie después cuando intentaba cantarme una canción que le gustaba para que yo adivinara allí un rastro de música.
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Autor: Pablo Escudero Abenza. Título: La culpa de todo la tiene Gordon Lish. Editorial: Luz de Fondo. Venta: Todostuslibros.


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