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Pérez-Reverte y la historia

Glosa leída en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, el 6 de noviembre, durante el acto de entrega a Arturo Pérez-Reverte del premio Internacional Barcino de Novela Histórica.

Señor teniente de alcalde, regidores, comisario del Festival Barcelona Novela Histórica, miembros del jurado, señoras, señores.

Más allá de las palabras del jurado, no hace falta justificar mucho este premio.

En buena medida, Arturo Pérez-Reverte es responsable de que la historia, la historia amplia, la gran historia, reapareciera en la narrativa española.

Su primera novela, El húsar, fue publicada en 1986. Hace 31 años. La fecha es importante. Los 80 fueron los años de la amnesia. La gente estaba harta de recordar hechos pasados, muy especialmente la guerra civil española, que había sido el tema estrella de la Transición. Se levantaba un país nuevo. Todos aspirábamos a vivir el presente. La narrativa de estos años es muy inmediatista. Historias de bares, de movidas, de gente moderna. Y de repente aparece Arturo Pérez-Reverte con un relato  ambientado en las guerras napoleónicas. Un relato antiheroico, y una sorpresa.

"En los años ochenta reconstruir narrativamente la España del siglo XIX constituía una rareza."

En su siguiente novela, El maestro de esgrima, el foco se desplaza al Madrid decimonónico, donde las formas tradicionales están a punto de cambiar. Apareció en 1988. Y también resultó sorprendente. Marcaba un mundo. Propio, original y que había venido para quedarse.

En la actualidad estamos viviendo un boom de la novela histórica, como demuestra el presente festival. Cada mes se publican unas cuantas y los novelistas casi tienen que rifarse las épocas que describen. Tú te encargas de los romanos, yo de los cartagineses. Tú la Cuenca medieval, yo la Zaragoza de Agustina. Pero en los años ochenta reconstruir narrativamente la España del siglo XIX constituía una rareza.

No se trataba únicamente de los escenarios. También los valores que Pérez-Reverte utiliza en esas dos obras parecían sorprendentemente fuera de época. Aquellos eran los tiempos de la transgresión, el noctambulismo y la vida urbana, con Nueva York como referencia. Reverte en cambio nos habla en esos textos, y en los siguientes, de las cuestiones que a él le interesan: valentía, heroísmo, aventura, compañerismo a veces resuelto en trifulcas, nobleza de espíritu.

Y recupera, junto a la intriga histórica, el misterio bibliófilo, los rituales, los duelos, la pompa militar, toda una serie de ganchos de la novela popular decimonónica que parecían olvidados.

Eso va acompañado de una visión de la historia, crítica y con voluntad ecuánime, ya que para el autor en este mundo hay gente noble, pero sobre todo encontramos muchos malvados y canallas, en todas partes, bajo todas las banderas, independientemente de la ideología que profesen.

"Contenidos aparte, cabe destacar que la obsesión por el lenguaje que el acta del galardón señala estuvo en la base de su elección como miembro de la Real Academia Española."

Su consagración como novelista histórico tiene lugar sobre todo con la publicación en 1996 de la primera aventura de El capitán Alatriste, un antiheroe de la España imperial, veterano de los tercios de Flandes, del que han aparecido después otras seis entregas. En Alatriste se detecta de forma especialmente clara esa “mirada pesimista y galdosiana” remarcada por el jurado. Y por lo que respecta al sentido de la historia de España, ampliamente tratado en esta serie, para el autor consistiría en una trayectoria de buenas intenciones,  mal encarrilada o echada a perder por hombres de poder malvados o incompetentes, y por secuaces chapuceros.

Contenidos aparte, cabe destacar que la “obsesión por el lenguaje” que el acta del galardón señala estuvo en la base de su elección como miembro de la Real Academia Española. Su discurso de ingreso, el 12 de junio de 2003, versó en consecuencia sobre “El habla de un bravo en el siglo XVII”.

“El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del lenguaje –señaló– me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes del habla de germanía; esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética”.

Un experimento especialmente interesante lo componen sus dos novelas de no ficción, para usar la terminología de Truman Capote. En realidad crónicas de dos momentos de relevancia histórica, Cabo Trafalgar y Un día de cólera , reposan  sobre la documentación y apenas hay lugar para lo imaginado (sobre todo en la segunda, sobre el 2 de mayo de 1808 en Madrid), aunque sí para la recreación de los diálogos. Aquí el trabajo de nuestro autor enlaza con el  género de la historia narrativa antes que con la narrativa histórica. Con protagonismo colectivo: para Un día de cólera dice haberse limitado a reunir “medio millar de pequeñas y oscuras historias particulares registradas en archivos y libros”, con el objetivo de “devolver a la vida a quienes, durante doscientos años, sólo han sido personajes anónimos en grabados y lienzos contemporáneos, o escueta relación de víctimas en los documentos oficiales”.

Si en El asedio Pérez-Reverte vuelve al entorno de las guerras napoleónicas, en Hombres buenos imagina un episodio de la Ilustración española y desarrolla uno de los conceptos clave de su narrativa histórica, el de la dignidad. Esos dos académicos ya mayores que viajan a Francia y deben sobrellevar penurias y aventuras son ante todo personas dignas, para las que la capacidad de sostener una posición de honor y el compromiso con una causa constituyen prioridades vitales.

"Con Falcó se pondrá de manifesto una de las características claves en su narrativa, que podríamos denominar hiperrealismo atmosférico. Pérez- Reverte nunca ha olvidado al periodista que fue durante mucho tiempo."

El tango de la guardia vieja se asoma a escenarios de los años veinte y treinta, y puede entenderse como un pórtico a su serie más reciente, la protagonizada por el espía Lorenzo Falcó.

Con Falcó se pondrá de manifesto una de las características claves en su narrativa, que podríamos denominar “hiperrealismo atmosférico”. Pérez- Reverte, que nunca ha olvidado al periodista que fue durante mucho tiempo, se documenta minuciosa y obsesivamente para sus tramas. Se sumerge en vielos manuscritos, mapas, memorias; rehace los caminos y recorre los callejones que sus protagonistas anduvieron siglos atrás. Se rodea de los objetos históricos que sus personajes manejaron. De ese material, siguiendo a Hemingway, asoma luego la punta del iceberg: unas referencias lo bastante significativas para despertar en la mente de un lector criado en la cultura audiovisual una inmediata evocación general de lo relatado.

En cierta ocasión declaró que la lectura de Umberto Eco le abrió el camino de lo que se podía hacer en materia narrativa. Y en 1998, en la feria de Frankfurt, en el curso de un debate con Ken Follett, Pérez Reverte analizaba la vía europea al best seller. Y señalaba que el futuro de la novela popular continental pasaba por recuperar nuestra memoria cultural más antigua y trabajar sobre ella con vivacidad y ritmo”.

“Solo dispongo de una vida —dice por su parte su Lorenzo Falcó— Y el mundo es una aventura formidable que no estoy dispuesto a perderme”.

La combinación de memoria cultural, vivacidad narrativa y aventura como norma de conducta brindan las claves de su enorme y merecido éxito. Muchas gracias.

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