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La noche en la que volvió a fumar

La noche en la que volvió a fumar

El médico era un viejo amigo y no le anduvo con paños calientes. Te quedan seis meses, dijo. Sé que no enciendes un cigarrillo desde hace veinticinco años y que has procurado llevar una existencia sana, pero te ha tocado. De todas formas, quien no se consuela es porque no quiere: la tuya no ha sido una mala vida, cumpliste los setenta, tus hijos se ganan la vida y a tu perrita Penélope tuviste que sacrificarla por vieja hace diez meses. No dejas nada detrás, así que puedes liar el petate sin dramatismos. Ordena tus asuntos y tómalo con calma. Los cuidados paliativos ayudan mucho.

Decidió, en efecto, tomárselo con calma. Regaló libros a los amigos más queridos, llevó flores a la tumba de su mujer, pasó un fin de semana con sus hijos, nueras y nietos. De lo otro no dijo nada a nadie. En cuanto al futuro inmediato, hizo averiguaciones. Conservaba contactos de su antiguo trabajo, así que fue fácil reunir información: lugar, día, hora y circunstancias. En determinados ambientes, ciertas cosas eran secretos a voces. Por fin obtuvo los detalles necesarios. Sonreía al anotarlo y planearlo todo: una sonrisa de lobo cansado, dispuesto a morder no por hambre, sino por placer. Por darse el gusto. Durante esos días comprendió muchas cosas, incluida la verdadera libertad, que es la de quien nada espera. Un recuerdo escolar acabó por llevarlo a la vieja Eneida que conservaba desde que la tradujo de jovencito. Abrió el libro y allí estaba el párrafo subrayado cincuenta y cinco años atrás: Una salus victis nullam sperare salutem. La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna. Arrancó la página y se la metió en un bolsillo.

El día señalado, temprano, fue a la armería y compró cuatro cajas de cartuchos de postas del calibre 12. De vuelta a casa estuvo aceitando las dos escopetas y cambiándoles el cargador convencional por otro más largo –no era cazador y odiaba matar animales, pero vivía en un chalet de las afueras y siempre le pareció oportuno tomar precauciones–. Cuando estuvieron listas, cargó las escopetas, que eran una Remington y una Mossberg, ambas de corredera: seis cartuchos en cada cargador y uno en las recámaras.  Después sacó del armario, envuelta en trapos aceitados, la pistola Astra del 9 largo que su padre había usado en la Guerra Civil, con el cargador largo de 16 balas, a las que añadió una en la recámara. Lo metió todo en una bolsa, hizo una comida ligera y durmió dos horas y media de siesta.

Condujo al anochecer hasta el lugar señalado, que era un almacén casi en ruinas en una barriada marginal. Detuvo el coche, apagó las luces y aguardó con un termo de café. La información era exacta y los vio llegar poco a poco. Casi todos eran hombres, y sólo dos o tres mujeres. Varios tenían aspecto peligroso y se había informado bien sobre ellos: posiblemente alguno fuera armado. Aguardó en la oscuridad hasta que consideró llegado el momento, y entonces se metió la pistola en el cinturón, se colgó una escopeta al hombro, empuñó la otra después de quitarle el seguro a las tres armas y con paso tranquilo se dirigió al almacén.

Disparó primero a los que estaban de guardia en la puerta. Un sólo taponazo de postas a bocajarro los reventó a los dos. Cruzó el umbral y vio, en el interior, a una treintena de personas en torno al círculo de arena donde dos perros se mataban a dentelladas entre gritos de entusiasmo e intercambio de apuestas por parte de los espectadores. Había una mujer con un manojo de billetes arrugados en alto, animando el espectáculo. Le disparó primero a ella y a los que estaban cerca –el desparrame de la andanada de postas resultó devastador–, y luego, accionando la corredera, disparó los otros cuatro cartuchos a mansalva, moviendo el arma en semicírculo. Tiró la escopeta vacía, se descolgó la otra y repitió la operación sobre los que huían despavoridos: con seis disparos alcanzó a muchos por la espalda, y el último cartucho lo empleó en arrancarle media cabeza a un fulano que había sacado una pistola. Luego dejó caer la segunda y ya inútil escopeta, empuñó la Astra y se paseó por la escabechina rematando a los heridos que gemían y se arrastraban en charcos de sangre. También, entristecido, tuvo que sacrificar a los dos perros, que habían sido alcanzados en el tiroteo. Con una última mirada hizo balance: dieciséis muertos no era una mala cifra. Se habría dado por satisfecho con menos.

Salió a respirar el aire de la noche. Nunca en su vida se había sentido tan aliviado, tan bien. Tan en orden con la vida y la muerte. Estuvo un momento inmóvil ante la puerta del almacén, disfrutando de la sensación. Al cabo sacó un paquete de tabaco, encendió un cigarrillo, el primero en veinticinco años, y aspiró el humo con deleite mientras escuchaba acercarse las sirenas de la policía.

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Publicado el 30 de julio de 2022 en XL Semanal.

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Basurillas
Basurillas
3 meses hace

Es lo que se llama irse con ellos bien puestos y por la puerta grande, librando de paso de bazofia al mundo. A lo Taxi Driver, vamos. A éste le dio por los maltratadores de perros; otros prefieren los magnicidios de políticos lustrosos e infames, o por amansar definitivamente a la colección de los amantes de la ex. La cuestión es dar matarile, ante el seguro y vaticinado fin de tus días, a quien consideras gentuza cuando consideras que mejor estaría la humanidad sin ella; sin pleitos eternos, abogados, judicatura, papeleos, recursos infinitos y sentencias dudosas. Y, sobre todo, saltarse las tontadas proteccionistas de la salud y averiguar con delectación si es cierto lo de las leyendas impresas de las cajetillas de tabaco: «el tabaco mata». Pues en este caso va a ser que si…

guillermo barceras
guillermo barceras
3 meses hace

Genial D.Arturo!!! Sueños húmedos

Javier
Javier
3 meses hace

Aunque coincido con Pérez-Reverte en el 99% de casi todo… en el caso de los perros disiento otro 99%, porque después de estúpida raza humana, los perros me parecen la especie más retrasada mental que ha parido la Madre Naturaleza. Suelo ir a leer a un parque cercano y les sufro ladrando sin ton ni son: porque una brizna se ha desprendido en Vladivostok, porque ven un congénere a lo lejos, porque pasa a su lado y se enzarzan con él en un admirable ejemplo de fraternidad perruna, porque pasas tú y creen que eres Ricardo III… En casa cuando los vecinos sacan a su perro-rata a la noche (muchas veces rondando las 12) lo primero es soltar unos ladridos estridentes, que como estés en la fase de adormecimiento, date por jodido. Cuando se van durante el día y le dejan solo, no para de ladrar hasta quedarse afónico y tú de los nervios porque el muy subnormal echa de menos a sus amos, porque ladra uno a 100 metros y todos los demás le contestan… etcétera, etcétera, etcétera. Y si es verdad eso de que «el perro es el mejor amigo del hombre ( y también de la mujer)»… pues el bicho ya queda retratado.
P.D. Los perros bien educados (y los niños bien educados) me encantan.

Alpispa
Alpispa
3 meses hace
Responder a  Javier

Seguramente si pidieran su opinión a todos esos perros vecinos, serían mucho más compasivos con usted, cuya presencia no les debe de resultar muy agradable. Espero que algún día alguno le de un buen susto. No daño, no, pero un buen susto. Por su bien; para que tenga motivos verdaderos y no esa fobia irracional de paleto.

Luis
Luis
3 meses hace
Responder a  Alpispa

Es probable que d. Javier no ladre cuando se queda solo, o cuando ve pasar a otra persona o, incluso cuando sube o baja el ascensor, no veo por qué su presencia debería desagradar a nadie, incluido esas «agradables mascotas» cuyos dueños nos imponen a los demás nos gusten o no, porque, entiendo que puedo decir que a mí personalmente no me gustan sin que nadie me desee un susto, acarree o no daño.
Por otra parte, el que no me gusten no significa que disienta con el contenido del artículo, hay barbaridades que nunca estaran suficientemente castigadas

Miguel Ibiza
Miguel Ibiza
3 meses hace
Responder a  Javier

Cuando escribe «Los perros bien educados (y los niños bien educados) me encantan.», se responde usted solo. Ante la evidencia de un nivel exiguo de inteligencia por su parte, le explico a qué me refiero.
Como he dicho, se responde usted con esa frase porque el problema no es de los perros no los niños sino de los padres y dueños por no saber o no querer educarlos.

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
3 meses hace

Escribir en ficción, lo que piensa uno muchas veces, cuando ve a tanto de hijo de puta suelto. Excelente Jefe.

Lobo
Lobo
3 meses hace

Tanta paz lleves como paz dejas. Sin duda este señor se fue al otro lado dejando un mundo mejor, encontrase la suya o no, irse dejando escritos unos hechos de tan alto calibre moral hace que uno se replantee cuáles son las verdaderas guerras justas que deberíamos estar ahora mismo librando.

Dedalo
Dedalo
3 meses hace
Responder a  Lobo

¿Un mundo mejor asesinar a 16 seres humanos porque están maltratando dos perros? Supongo que matar a 7 por que en el chalet de al lado hacen ruido te parecerá ya lo más ¿no?

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace

Viejas historias, tan viejas como el mundo. Pero perfectamente actuales. Conceptos antagónicos que no deberían serlo: la ley, la justicia. Y qué decir de la sana, placentera y reconfortante venganza: el bíblico ojo por ojo. Y qué decir de que el sacrosanto estado monopolice la aplicación de la ley para impartir su justicia, monopolio no cuestionado y ejercido bajo criterios políticos totalmente cuestionables. Y qué decir de la proporcionalidad o improporcionalidad de penas, sanciones, delitos y faltas. Sistema desestructurado que aplica proporcionalmente más sanción a una velocidad excesiva que a un desfalco o a un asesinato. Y persecución máxima del sistema a quien ataque esa monopolización por el estado. Ese es el mayor delito que conceptualmente se puede cometer.

Samuel
Samuel
3 meses hace

No es país para perros.

Carmen
3 meses hace

Yo creía que se iba de juerga……..el buen señor.

Sergio
Sergio
3 meses hace

bravo! una muerte mas lenta merecieran… pero aqui ha contado mas cantidad que calidad.. un bravo completo igualmente

Alpispa
Alpispa
3 meses hace

Genial. Yo hubiera deseado hacer lo mismo.

ricarrob
ricarrob
3 meses hace

No paro de pensar en su artículo, don Arturo. Es una mezcla de incomodidad y de placer soterrado en el que me he instalado. Me da la impresión de que parte del éxito de sus novelas es ese cumplimiento de deseos de los sueños freudianos que todos tenemos. Y me ha recordado, no sé si por asociación de ideas, a una de las muchas novelas suyas que he leído y a una de las que más me han gustado y que recomiento encarecidamente: «El asedio». Además de una impecable trama detectivesca en la excelsa Cádiz de nuestra primera Constitución, el final te deja un regusto placentero, una sensación de inconmensurable bienestar, una reafirmación en la idea de dónde está realmente la justicia y dónde termina o no llega la ley, aunque nunca se restituya el daño causado. Y me han dado ganas de releerla, de recordar su excelente trama y de experimentar los reconfortantes sentimientos que despierta. Lo dicho, a quien no la haya leído, para mí es una de las mejores. Don Arturo describe magistralmente en varias de sus novelas el siglo XIX español. Se nota que se lo ha machacado y que domina la materia porque se mueve por él como pez en el agua, o, je je, como perroflauta por Nueva York.

basurillas
basurillas
3 meses hace
Responder a  ricarrob

Coincido con Vd. El Asedio es de lo mejorcito de APR. Yo lo he leido ya tres veces, y en cada lectura se encuentran cosas y aspectos nuevos respecto a la anterior. Mi volumen lo tengo anotado con datos, llamadas, coordenadas, y referencias manuscritas de mi propia mano, de resultas de sucesivas visitas, paseos, comidillas e historias localizadas en la ciudad de Cádiz; intentando reconstruir las andanzas de los protagonistas en el Cádiz actual, rememorando lo citado en el libro. Es una obra que me apasiona y que, también, recomiendo a los amantes de la guerra de la Independencia, del proceso constituyente de «La Pepa», de la navegación y sociedades mercantiles y navieras en esa época y ubicación, y de los relatos costumbristas de esa ciudad, de la cual, como no podía ser menos, me declaro enamorado. Como Vd., supongo…

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace
Responder a  basurillas

Gracias. Por supuesto que estoy enamorado de esa ciudad. La visité y me alojé en la parte antigua justo al poco tiempo de haber leído la novela. Fue un viaje muy gratificante acordándome de todos los lugares, visitando los famosos torreones… Los paseos por la bahía son irrepetibles. Me hicieron rememorar la novela y sentirme, un poco más, dentro del relato. Leer «El asedio» es como viajar a Cádiz; viajar a Cádiz es como leer a APR.

Pum
Pum
3 meses hace

Un relato que debería cambiar la ubicación por la sede de la Real Academia Española, o la casa de los muchos que comentando se ven sus sonrisas. Ahora ya no hace tanta gracia, seguro que no.

Paula
Paula
3 meses hace

“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón.”

― Borges

Pum pum
Pum pum
3 meses hace

Mucho matoncete de boquilla se ve por aquí. Pérez-Reverte el primero

Palomares
Palomares
3 meses hace

Miguel estaba sentado en el sofá, jugando con la playstation. Se fijó en sus manos. Todavía tenían restos de grasa por haber ayudado a su padre en el taller mecánico. Solo le faltaba un curso para acabar el grado de Mecánica, pero Miguel ya ayudaba a su padre en el negocio.
Junto a él, en el sofá, estaba Fernando, la pareja de su madre. El gitano, como le llamaban sus amigos, estaba bebiendo cerveza de una litrona, viendo como jugaba Miguel. El gitano era un gandul sin oficio ni beneficio que se pasaba días fuera de casa. Cuando ya pensaba Miguel que no volvería nunca, regresaba. A veces dejaba un fajo de billetes a su madre. Otras veces, la mayoría, no. Era entonces cuando empezaban los gritos.
El gitano invitó a Miguel a que le acompañara a un lado.
-Como veo que te gusta jugar con las maquinitas a peleas, te va a gustar donde vamos a ir.
Miguel, por no decirle que se fuera a la mierda y lo dejara en paz, salió de casa con el gitano.
En un coche que Miguel no había visto nunca, acompañó al gitano hasta un barrio marginal, donde se metieron en un almacén abandonado. Había mucha gente dentro, humo, olor a humanidad y a algo indefinido, metálico.
Se asomó entre la gente que formaba un corro y vio que había un ruedo en el centro, en el interior, dos perros encadenados eran azuzados por los que parecían sus dueños.
A Miguel no le gustaban las corridas de toros, ni la caza, menos todavía las peleas de perros. El imbécil del gitano pensaba que porque le gustara las luchas en los videojuegos, le gustaría también esa mierda a la que le había llevado.
Los dueños soltaron a los animales y ambos se lanzaron furiosos buscando el cuello del otro. Se oían las dentelladas, los gemidos cuando uno de ellos era alcanzado por el otro y le clavaba los dientes, o le desgarraba la carne. Era algo repugnante para Miguel. Se alejó de la gente que gritaba a los animales y buscó al gitano. No lo veía por ningún lado. Seguro que estaba apostando.
Se retiró junto a una maquina abandonada. No entendía porqué aquel desgraciado lo había llevado a aquel lugar. Al apoyarse en la máquina escuchó los dos ruidos afuera del almacén.
Volteó la vista hacia la entada y en ese momento vio aparecer a aquel viejo cargado con escopetas. Tiro a tiro fueron cayendo hombres y mujeres. Miguel notó como se le escapaba su orina, sintiendo el caliente liquido bajando por las piernas, mojándole los pantalones que se había comprado con el pequeño salario que le daba su padre.
No lo pensó y salió corriendo, buscando algún lugar donde ocultarse. Los disparos sonaban junto a los gritos y chillidos de la gente. Algo le empujó al suelo. Intentó levantarse, pero las piernas no le respondían. Como pudo palpó su espalda y notó algo pegajoso y caliente. Al ver su mano la encontró bañada en sangre. No comprendía que le había pasado, pero empezaba a marearse y le costaba enfocar la mirada.
El almacén quedó vacío a excepción de los muertos y heridos.
El viejo de las escopetas se acercó al muchacho al que había disparado mientras corría. Pensó que era muy joven para andar apostando en peleas de perros. Se agachó y le palpó el cuello. No había pulso.

Stella
Stella
3 meses hace
Responder a  Palomares

Me encantó, me emocionó. Un placer leerlo

Ramon
Ramon
3 meses hace
Responder a  Palomares

Algo parecido se me ha pasado por la cabeza al leerlo.

Dedalo
Dedalo
3 meses hace
Responder a  Palomares

Las cosas ya no parecen tan molonas como nos las pone reverte ¿verdad?
Pero pensemos ahora: porque a un HP le diagnostican 6 meses de vida, se arroga el derecho a matar a 16 porque no le gusta lo que hacen… aunque, la verdad, no hacen daño a nadie (solo a perros).

Es curioso como la mayoría de los que aquí escriben ven con buenos ojos matar seres humanos por un perro.

Luego nos parece raro que se monten manifestaciones y follones por la muerte de un perro para evitar posibles infecciones de ébola y nadie se manifieste o haga nada por el asesinato por desidia y mentira (cuando dijo Simón que las mascarillas eran contraproducentes) de miles de personas.

Si por una pelea de perros se debe entrar con escopetas, por las ideas que tienen algunos por aquí (matar humanos por animales) deberíamos entrar con lanzallamas.

Martin
Martin
3 meses hace

Se lo digo con respeto, que H.D.P. es Don Arturo, que bien escribe.

Juan Luis Fernández
Juan Luis Fernández
3 meses hace

Épico, sin duda.
Ahora bien, si cambias la pelea de perros por una novillada… ¿A que ya no es lo mimo?
¿O sí?

Dedalo
Dedalo
3 meses hace

o por la casa de al lado que hacían fiestas… o por mil posibles tonterías similares.

Lo real es que pone que asesina a 16 seres humanos por dos perros.

Héctor
Héctor
3 meses hace

Exelente relato. Mis felicitaciones Señor.

Francisco Brun
3 meses hace

Muy bien escrito señor Arturo, como siempre.
Usted toca esa instancia en los hombres en la que ya no hay nada más que perder, y entonces, las decisiones pueden ser brutales.
Me atrevo a presentar un cuento propio en donde el personaje sufre algo similar.

Un día Brutal

Un cielo rojizo iluminaba con su última luz, el barrio con sus techos de chapas usadas; el calor del verano persistía implacable; ni siquiera una brisa aliviaba el ánimo del padre de Juancito. Ese día, como todos los días, se sacó la mesa afuera bajo una tela media sombra gastada y vieja. Juancito miraba a su padre sabiendo de antemano que la cena sería escasa para todos, sus dos hermanas menores se habían sentado en unos cajones, y su padre en el único banquito que podía soportar el peso de ese hombre rudo y enorme. La madre de Juancito trajo en una ollita todo lo que había para comer: fideos, algo de polenta y un trozo de pan; primero se les sirvió a sus hermanas; y Juancito, a pesar de tener hambre, dijo que no quería porque le dolía la panza; y entonces, la madre le sirvió todo el resto al padre, y luego ella, de pie, tomó un pedazo de pan, lo pasó por el fondo de la olla, y se lo llevó a la boca.
El silencio en la mesa aturdía. Juancito fue a buscar con los jarros agua para tomar; por lo general su padre, después de comer fumaba; pero esa tarde, cuando introdujo su mano pesada en el bolsillo de su camisa, solo sacó un paquete vacío, al que arrugó con molestia y lo tiró con violencia al piso de tierra.
La madre de Juancito dijo en voz baja, sintiéndose culpable de tanta miseria:

-Hoy fui al comedor de Laura, pero llegué tarde y no quedaba nada.

El padre de Juancito miró a su mujer; y el mismo diablo tomó su cuerpo cuando descargó ese puñetazo sobre la mesa que a Juancito le dolió en el alma; después, su padre se levantó y se fue. No regresó esa noche.
El papá de Juancito era albañil, hacía changas cuando lo venían a buscar; pero Juancito notaba que últimamente esto ocurría solo dos o tres veces por semana; el resto de los días su padre juntaba cartones, y su madre cocía para un negocio que fabricaba almohadones; pero él notaba preocupado, que estos trabajos sus padres lo realizaban cada vez con menos frecuencia.
Juancito les decía a sus padres que iba al colegio; pero la mayoría de los días preferiría no ir, y se pasaba la tarde jugando a la pelota en la canchita del ferrocarril; a pesar de que le gustaba leer y escribir, la muralla imposible de superar era la de sus compañeros de colegio; que se burlaban de él, por llevar los pantalones remendados.
Algunas veces, después de clase, la señora de la biblioteca lo dejaba leer algún libro, le gustaban los de aventuras; Juancito se olvidaba de sus problemas y se convertía en un héroe que luchaba contra gigantes. La señora que atendía la biblioteca era muy buena; y cuando Juanito se presentaba, le preparaba una taza de té con leche bien dulce más una factura exquisita.
Los viernes eran los mejores días de la semana para Juancito, porque su padre cobraba y venía contento, de buen humor; Esas noches de viernes su casa era una fiesta; toda su familia comía en abundancia: falda a la parrilla, pan, y papas fritas.
Pero ese último viernes, su padre no llegaba; juancito sabía que la fiesta de fin de semana hacía rato, que no se disfrutaba en su casa; el sol empezaba a caer; Juancito se sentó en la vereda a esperar a su papá; de pronto, desde el bajo, comenzaron a pasar frente a su casa muchos hombres; hombres como su padre; a algunos, juancito los conocía, a muchos otros no; sus caras estaban muy serias y sus puños curiosamente cerrados. ¿Qué habrá pasado? Se preguntó Juancito; de pronto, su padre pasó caminando junto a todos aquellos hombres; cuando sus miradas se cruzaron, el papá de Juancito le envió un beso con la mano, y le gritó:

-¡Quédate con mamá hijo, ahora vengo!

Ese día ocurrió lo que nadie quería que ocurriera jamás; miles y miles de padres de juancitos salieron a la calle, en busca de algo; en busca de soluciones; en busca de pan; en busca de trabajo; en busca de poder cambiar su destino de miseria.
Cuando el hartazgo, el hambre, la injusticia, la impotencia, se sube a la cabeza de los hombres, surge como un huracán la cruda brutalidad. Y eso ocurrió: primero avanzaron a las casas bien conocidas de los que contaminaban a sus Juancitos; los colgaron como chanchos sin compasión alguna; luego siguieron los que controlaban los depósitos de polenta con gorgojos, de un lado y del otro de la política sucia y tramposa; vagos, inservibles; trataron de defenderse, pero también los colgaron sin escuchar sus gritos.
En las proximidades del puente, trescientos patoteros muy bien armados, enviados por los que se autoproclamaban representarlos, avisados del levantamiento, quisieron detenerlos con sus armas; pero no pudieron a pesar de matar a los primeros de las filas; detrás venían cien por cada uno de los caídos. Cuando quisieron escapar los muy cobardes, del otro lado del puente, una pared humana los encerraba; se los vio caer uno a uno, desde lo alto, como higos maduros.
A esta altura la violencia estaba descontrolada, muchas otras filas de hombres se sumaban, venían de los bajos, de aquellos lugares en que nadie piensa y ni siquiera alguien se imagina.
Un batallón de soldados protegía el refugio del caudillo; pero mil fusiles frente a un millón de almas no bastan; ni siquiera diez mil fusiles cuando la causa es noble.
Muchos murieron esa tarde; muchos papás de juancitos, y de Lauritas; caían, sin gritar ni llorar; solo caían; pero con la convicción de romper las cadenas que los ataban a una manga de sinvergüenzas.
El papá de Juancito cayó malherido, pero detrás de él venían millones; nadie podía imaginar aquello; el caudillo y sus secuaces, al verse acorralados quisieron huir; pero ya era muy tarde; estaban rodeados, el estampido de las armas fueron menguando hasta terminar. El refugio de estas ratas fue ocupado, y por fin, la muchedumbre brutal, no les brindó, ni juicio ni clemencia.
Fueron atados de los pies de a cinco en carros tirados por caballos, el final para ellos no fue muy heroico, pedían ser perdonados, ¡por Dios y todos los Santos!; tal vez fueron perdonados; pero por los hombres no.
Juancito por el alboroto en el barrio y la cara de su mamá, comprendió que algo muy importante estaba ocurriendo, y lo vio en la televisión, las escenas eran dantescas: fuego; muertos; violencia; gritos y desesperación.
Cuando su mamá lo llevó a ver a su papá que agonizaba; Juancito se estremeció al verlo, y le tomó la mano, pesada y enorme, y solo le preguntó:

-¿Por qué lo hiciste papá?

Y el papá de Juancito con su último suspiro alcanzó a decir:

-Cuida mucho a tu mamá, y a tus hermanas; lo hice hijo, para que no vivas encadenado como yo, a la brutalidad y la ignorancia, quizás algún día querido hijo, lo comprendas mejor; me conformo con que recuerdes que tu padre, un día; algo bien hecho, hizo en su vida.

pedro
pedro
3 meses hace

literatura de alto voltaje , la alfabetización y enseñanza pueden lograr que un pueblo alcance la educación ,,aprendiendo un oficio ,me acordaría de mi madre q tanto tubo q parecer

Janos
Janos
3 meses hace

15 personas desarmadas, a sangre fría y la mayoría por la espalda. El protagonista no es el bueno de la historia.

Basurillas
Basurillas
3 meses hace
Responder a  Janos

Y los asistentes a semejante bestialidad…tampoco.

Janos
Janos
3 meses hace
Responder a  Basurillas

No lo sabemos y ahí radica el problema. Y si alguno había ido por primera vez, arrastrado por un conocido sin siquiera saber a dónde iba? Y si el que empuñaba la pistola era de hecho un Guardia Civil de incógnito? «Aunque un solo justo encontrare» dice la Biblia

Ser parte, juez y ejecutor es la marca del villano. Eso no es justicia, es satisfacción personal.

Pilar
Pilar
2 meses hace

Magnífico. Mi hora ya no está tan lejana, y esto es una inspiración.