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Mi París y otros amores

Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo.

De ese segundo grupo, mi favorita es París. Hay ciudades que me gustan más —en ninguna soy tan feliz como en Nápoles—; pero la capital francesa es el amor intelectual de mi vida. Quizá porque fue la primera y fueron muchos los libros que me llevaron allí. Nunca fui fetichista en el sentido de buscar la huella de los autores; por el contrario, siempre procuré evitarlas. Me da igual que Scott Fitzgerald se emborrachara en el Ritz o Hemingway fanfarroneara en el Harry’s Bar de Venecia. Lo que me interesa es el rastro de sus personajes, el eco de la ficción. Por aquel París anduve de jovencito, buscando lugares descubiertos en Los tres mosqueteros, en El conde de Montecristo, en La comedia humana, en Los misterios de París o en El fantasma de la Ópera, y frecuenté innumerables librerías a la caza de tesoros tempranos que conservo en mi biblioteca. Allí, en cafés hoy desaparecidos, como el de Cluny —que era mi favorito—, y en librerías de viejo como las de la rue Odéon o en las ya inexistentes de Saint-André des Arts, me sentí lector contumaz, buen cazador de libros, mucho antes de soñar siquiera con un día escribir novelas. Cuando, sin haber cumplido los veinte años, a lo único que aspiraba era a vivirlas.

He vuelto a París, como hago de vez en cuando. Hace un par de semanas recorrí otra vez los lugares habituales: un trayecto que, a estas alturas de mi vida, podría hacer con los ojos cerrados. Ni el café de Cluny, ni la gran librería de la esquina de Saint-Michel, ni la tienda de cómics de esa misma calle, ni la anticuaria de Fabrice Teissèdre, ni la náutica de Michéle Polak existen ya —el inconveniente de vivir demasiado tiempo es que ves desaparecer demasiadas cosas—, y los buquinistas del Sena tienen más recuerdos baratos para turistas que libros, grabados y revistas antiguas —¿qué habrá sido de aquella librera pelirroja de la que me enamoré hace medio siglo?—. Sin embargo, aún quedan lugares como L’Écume des Pages, próxima a mi hotel, la magnífica Gibert-Joseph, casi frente a La Sorbona, muchas de la rue Odéon y viejos cafés —Départ Saint-Michel, Les Deux Magots, Le Bonaparte— para sentarte a revisar el botín del paseo diario. Lugares donde, con esos libros recién comprados sobre la mesa, y ahí está la magia última del asunto, seguir imaginando.

Porque a eso me refiero con lo de ciudades que estimulan. Cada vez que regreso a París creo recuperar aquella inocencia original, la del joven lector para quien los libros eran un formidable camino que conducía directamente al futuro; cuando todo era posible porque aún estaba por leer y descubrir con una intensidad que proyectaría los libros leídos en la existencia vivida o por vivir. Y también en esta ocasión, como cada vez que vuelvo allí, sentí la inocencia del autor de mis primeras novelas, escritas hace más de treinta años: cuando narrar no era todavía una actividad profesional, sino una nueva forma de aventura, un modo de mezclar lo vivido con lo leído y lo imaginado. Y mientras caminaba con mi bolsa de libros en una mano y el paraguas en la otra —nada es del todo perfecto, y en esa ciudad llueve siempre—, en busca de un café donde hojear tranquilo el fruto de la jornada, me sentía otra vez, de nuevo y como de costumbre, capaz de urdir más historias que me hagan feliz mientras trabajo en ellas. Era, o es, como si cuanto tengo en la cabeza se airease y pusiera al día, llenándose de ideas y tramas inéditas, de nuevos personajes y puntos de vista, de relatos hermosos todavía por escribir, para los que no bastará —y no hay dramatismo alguno en esta certeza tranquila—, mucho o poco, lo que aún me pueda quedar de vida.

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Publicado el 31 de diciembre de 2022 en XL Semanal.

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Ricarrob
Ricarrob
29 ddís hace

¡oh, las ciudades! Y nuestros recuerdos. Y los escritos premonitorios y nostálgicos como el de usted hoy, don Arturo. Porque he tenido que leer esto hoy, justamente hoy, un día tremendamente significativo para mi, por ser aniversario de alguien que me falta. Porque mi nostalgia, que me acompaña normalmente, hoy, justo hoy, alcanza cotas inusitadas, nostalgia desesperada.

Porque, de inmediato, se me ha representado en mi mente un viaje, una ciudad y un libro. El libro es suyo, don Arturo, es «El asedio». La ciudad es Cádiz. El viaje es mío, mío y de mi memoria.

El libro lo leí primero; una de sus mejores obras, a mi modo de ver. ¡Qué bien describe la preciosa ciudad vieja de Cádiz! Pocas conservan ya la mágia, el encanto, el espíritu y el duende. Ciudad eterna, encaramada sobre el precioso mar y con su inigualable vista de la bahía.

El viaje lo hice después. Y la imaginación ne hizo revivir el relato paseando por la ciudad a la vez que por las páginas de lo leído. Y en compañía de lo mejor que tuve, en compañía de parte de mi vida, que se quedó atrás.

Y si lo que escribo lo estuviera haciendo en papel, este estaría ya empapado y la tinta corrida.

Gracias, don Arturo, por este involuntario escrito que, hoy, justamente hoy, ha sido un enorme regalo… Hoy, justamente hoy.

Saludos.

Blas
26 ddís hace
Responder a  Ricarrob

Pues sí, «El asedio» es para mí una de las mejores novelas.

Josey Wales
Josey Wales
29 ddís hace

Qué razón tienen los santos cuando dicen que el hombre ha de aprender a amar en su primera edad, porque en la vida adulta, el espíritu ya no cambia sustancialmente y los enemigos del alma llenan de obstáculos el camino corto. En la vejez, el hombre es tal como quiso ser, sin capacidad para elevar la mirada más allá del plano en el que transcurrió todo. ¿De qué sirve ganar el mundo cuando se pierde el alma? Al final de la jornada se demostrará que sólo es sabio quien se salva.

Ricarrob
Ricarrob
29 ddís hace
Responder a  Josey Wales

Si todo lo que transcurrió fue pleno, fue vida, fue amor, si todo ello está lleno de vivencias, de recuerdos, de experiencias, no hace falta levantar la mirada. Eso si, lo único que queda, cuando todo ya casi ha terminado, es la nostalgia que, si se sabe llevar, si se asume, si te regodeas en ella, es el sentimiento más puro que nos queda… después del amor. Quizás la sabiduría, quizás ser sabio en la vejez, es dejarse llevar… por el recuerdo, por lo vivido y por la nostalgia, sin resentimientos, sin odio, sin arrepentimientos de lo que hicimos y de lo que pudimos haber hecho.

Y, efectivamente sr. Wales, el cielo está lleno de sabios.

Ricarrob
Ricarrob
29 ddís hace
Responder a  Josey Wales

Por cierto, sr. Wales, porque no falte hoy por mi parte, mi puntito crítico aunque sin ganas. Cuando se refiere usted a aprender a amar solo en la primera edad, me ha parecido una implícita crítica a ciertas momias egipcias que en su absurda vejez penetran en un orgiástrico camino de frenesí erótico. Mi conclusión es que, quien no es sabio en la vejez, tampoco lo ha sido de joven.

Saludos.

Josey Wales
Josey Wales
29 ddís hace
Responder a  Ricarrob

Sólo puedo asentir a lo que usted dice. Creo que ambos estamos hablando de lo mismo, pero al expresarlo con palabras, nos dejamos una parte por decir. Usted le llama nostalgia, pero es más. Yo le llamo levantar la mirada, pero también se puede decir mirar atrás, mirar adelante o simplemente, ver. Si estuviéramos en el tiempo de la escolástica, tal vez diríamos usar las potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad) para alcanzar nuestro fin. Tal vez. El anciano del que usted habla es de nuevo un niño. Tal vez por eso los abuelos se entienden tan bien con los niños. Tal vez por eso Nuestro Señor dice que «si no os hacéis como niños…». Son ideas y sentimientos que aparecen aquí y allá, como faroles en la oscuridad, pero que guardan una maravillosa armonía en una realidad que sólo podemos ver parcialmente. Feliz día de Reyes!

basurillas
basurillas
29 ddís hace

Bueno, yo las ciudades las divido en dos grupos: aquellas a las que vuelves -o te imaginas que vuelves- y es como si fuera la primera vez que las visitas por la magia con que te deslumbran, y… todas las demás. Es una sensación extraña, acogedora, amigable, que envuelve como un abrazo y, al mismo tiempo, como un amanecer.
Siento esa sensación en Granada y en Cádiz en España; y en Oporto, en Bergen, El Cairo y también en París fuera de nuestra patria. En todas ellas vas de maravilla en maravilla, de color en color, de sentimiento en sentimiento. Y en cualquiera de ellas podrías vivir toda una vida sin hartarte; donde lo ínfimo en objetos y vivencias colma el deseo y el hambre de nuevas experiencias, de sentir cada día como el primero y el último, donde la apetencia de seguir viviendo es tan intensa que quema por dentro.

Ricarrob
Ricarrob
28 ddís hace
Responder a  basurillas

Granada, ¡oh, Granada! Recuerdos. Quizás, demasiada gente, siempre.

Y qué me dice usted de Córdoba donde perderse por sus estrechas y acogedoras calles es una verdadera maravilla. Donde, en determinadas épocas, puede uno pasear solitario, acompañado únicamente del espíritu de Maimónides.

Y Florencia, eterna, que si haces el esfuerzo de madrugar, después de una copiosa cena a las orillas del Arno, puedes pasear a solas por el puente Vecchio con el espíritu de Lorenzo el Magnífico paseando a la vez por encima de ti, buscando eternamente la sombra maldita de los Pazzi. Y tantas y tantas ciudades donde el tiempo transcurre más lento hasta incluso detenerse, ficción que nos hace felices aunque sea por breve espacio. Pero, en ese pequeño instante, somos también eternos…

basurillas
basurillas
28 ddís hace
Responder a  Ricarrob

Tiene razón, asumo también los dos ciudades, la divina Córdoba, en especial las callejuelas de la judería y, allí, el mejor salmorejo que he probado nunca. Y que decir de Florencia, donde se respira Renacimiento en cada rincón. Recuerdo allí las vueltas que dimos hasta situar la frase y el dibujo de Hannibal Lecter en la carcel, en la película El silencio de los corderos: «es el Duomo visto desde el Belvedere». Subimos, bajamos y volvimos a subir hasta dar con el portentoso fuerte/castillo y la hermosa vista desde él. Y comparto también con usted, como creo que ya le dije en otra ocasión, las andanzas por Cádiz con un plano en una mano y el libro «El Asedio» de don Arturo en otra. Que magnífica guía del Cádiz de «la Pepa» es esa novela. Un saludo y que los Reyes Magos hayan sido propicios. En ilusiones y esperanzas, en especial…

Josey Wales
Josey Wales
28 ddís hace
Responder a  basurillas

A mí se me fue una parte de la vida coleccionando experiencias, recorriendo ciudades y mujeres como un peregrino. Pero un día fui de los que quemaron las naves y no volví al camino, porque me harté de fondas y mesones. Una ciudad me conquistó (¿o la conquisté yo?) e hice morada en ella. Luego conquisté un continente ignoto, y ahora soy rey. Un rey pobre, sin criados, pero al fin, feliz, porque encontré lo que buscaba, y buscaba lo mejor, siempre lo mejor. Con vosotros lo comparto y os ofrezco la mejor de mis barricas, que siempre será poco. ¡Es la vida! ¡Feliz día de Reyes!

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
29 ddís hace

Peor es para los que tuvimos que emigrar por trabajo, cuando al cabo de los años volvemos a la ciudad que nos vio nacer, casi todo a cambiado y no precisamente a mejor, te conviertes en un extraño en tu tierra, todo ha cambiado, incluso la gente es otra, no ves los rostros conocidos que te cruzabas a diario, las generaciones son diferentes, los lugares comunes de tu juventud, son sólo un recuerdo, una nostalgia y simplemente adivinas tras aquella conocida esquina al chaval que fuiste. Es lo que tiene ver pasar el almanaque, para lo bueno o lo malo. Buena reflexión jefe.

Ricarrob
Ricarrob
29 ddís hace
Responder a  Pepe Cuervo

Si. La experiencia es ingrata. Para los que volvemos a la que creíamos nuestra ciudad. Han derruído lo que había que conservar, han conservado lo que había que derruir y han construido con cemento y hierro, bajo la dirección de arquitectos de relumbrón, los engendros más cutres y desprovistos de espíritu. Porca miserua política…

Josey Wales
Josey Wales
28 ddís hace
Responder a  Pepe Cuervo

Esa sensación de ser extraño en tu tierra es como quedarse sin hogar. Ahora le llaman ‘zona de confort’, hasta el lenguaje tienen que cambiar para convertirlo en una cursilada. Supongo que todo ayuda a despegarnos suavemente de las cosas que dejaremos aquí cuando nos vayamos de verdad.

Nora Greco
Nora Greco
29 ddís hace

Tienes razón Arturo vivir mucho tieneel riesgo de perder seres

Alfredo
Alfredo
29 ddís hace

He aprendido que visitar lugares donde una vez fuimos felices nos lleva al desencanto. No fuimos felices x los lugares en si, sino por los afectos y recuerdos de lo vivido. Solo encontraremos fantasmas del pasado. Hay un tema, «Cancion de las simples cosas» que explica muy bien ese vacio.

Pablo75
Pablo75
29 ddís hace

«Y mientras caminaba con mi bolsa de libros en una mano y el paraguas en la otra —nada es del todo perfecto, y en esa ciudad llueve siempre…»

Llevo muchos años viviendo en París y nunca he tenido paraguas, dado lo poco que llueve en esta ciudad.

En cuanto al París de Pérez Reverte, se reduce al Barrio Latino, que los parisinos que aman los libros apenas frecuentan (salvo para ir a Gibert Joseph, que es la mejor librería de París). Yo la librería de ocasión que más frecuento es Gilda (36, rue des Bourdonnais) y sobre todo las de dos de los tres Rastros de París: el de Clignancourt y el de Montreuil (en el otro, el de Vanves, a veces hay vendedores interesantes – y está muy cerca del Marché du livre ancien et d’occasion, situado en el Parc Georges Brassens, 104, rue Brancion – interesante pero muy caro. Es en ellos donde se pueden encontrar verdaderos tesoros a precios irrisorios (pero para eso hay que ir cada semana).

Manuel Bullas Vidal
Manuel Bullas Vidal
29 ddís hace

Maravilloso artículo, libros y ciudades, paseos por calles bajo la lluvia con los tesoros que uno ha cazado y lleva en una bolsa colgada al hombro. Así le veo a usted Arturo, a Lucas Corso y a mí mismo.

Sandra Quintero
Sandra Quintero
28 ddís hace

Excelente su lectura como siempre

Silvia
Silvia
28 ddís hace

«El inconveniente de vivir demasiado tiempo es que ves desaparecer demasiadas cosas»
Gran verdad, escrita con crudeza y exquisitez; quizá para mí. He visto desaparecer demasiado (más que cosas). Me ha llevado por el camino de la nostalgia amigo. Gran abrazo desde Uruguay.

Silvia
Silvia
27 ddís hace
Responder a  Silvia

Perdón: la prisa (el apuro, decimos aquí), con la que escribí me llevó a cometer toda clase de errores de puntuación.

Antonio
Antonio
28 ddís hace

En primer lugar, quiero felicitar el año a usted .Señor Pérez Reverte? La narrativa de las ciudades que son un poco suyas por lo que ha vivido en ellas cada cual con sus peculiaridades, está bien hecha en mi humilde opinión, un poquito ñoña pero bueno es comprensible. La pasión por la lectura a ninguno nos sorprende e incluso nos agrada porque nos estimula también a nosotros. Lo que es un poco imperdonable es: que sea una lástima que la lluvia en una ciudad sea un fenómeno imperfecto ,debería replantearse ese pequeño matiz. Sepa y se lo digo con los ojos vidriosos ,que a la hora que es es» es el único regalo que me ha traído los reyes , pero para mí no es poco. Supongo que su paraguas tiene que ser de los que a mí me gustan,clásico de hombre y de varillas redondas ,con un destacable mango ,con la pátina de un color adecuado.
Feliz año, feliz día de reyes,y gracias por todo.

Claudia
Claudia
28 ddís hace

Bellísimo

Francisco Brun
Francisco Brun
28 ddís hace

Las ciudades posiblemente sean las creaciones por excelencia del hombre; allí converge no sólo nuestra riqueza material, también: nuestra cultura, nuestra ciencia, nuestras creencias, nuestras virtudes y nuestras miserias.
Poder descifrarlas o catalogarlas es un desafío imposible, porque cada uno de nosotros posee en su mente esa creación humana que nos sorprende, o incluso nos aplasta.
Hace un tiempo me interesó un artista que se llama Xul Solar, que imaginaba ciudades y las plasmaba en sus cuadros, son ciudades opulentas algunas, y caóticas otras en donde se observan a pocas personas solitarias transitando, y ese es en mi opinión el punto; podemos estar muy solos en una ciudad con millones de almas que nos rodean.

Hace un tiempo escribí esto:

Interpretar a la ciudad en la cual habitamos parecería un ejercicio simple porque nuestra memoria guarda casi todas las imágenes de aquellos lugares que reconocemos, nuestra casa, nuestro barrio, nuestra plaza, nuestra escuela, los transportes que utilizamos; en un primer momento nos parece que podemos definir a nuestra ciudad con precisión, sin duda puede ser, porque conocemos muchas cosas de ella, pero esa ciudad que conocemos a la perfección es solo una ciudad entre miles y miles, porque esa ciudad es sólo la ciudad que guardamos en nuestra mente, arriesgar a decir que conocemos a nuestra ciudad deja de lado la experiencia de los millones de contemporáneos que conviven con nosotros.Xul Solar. Ciudad Lagui,
¿Cómo es entonces esa otra ciudad que desconocemos?.Difícil es responder a una pregunta que posee millones de respuestas, tantas respuestas como ciudadanos, pero resulta interesante arriesgar una respuesta, no particular, me refiero a una respuesta global.
Artistas como Xul Solar, han arriesgado una respuesta que dejaron plasmada en sus pinturas, son ciudades que no existen en realidad, son pura creación imaginativa, pero entonces, ¿esas creaciones imaginarias no son acaso aproximaciones más reales, incluso a las de nuestras propias experiencia de ciudad?.
Tal vez una respuesta más acertada a nuestra pregunta sería que existen dos ciudades, una real y otra imaginaria, pero curiosamente la ciudad real es aquella que desconocemos y solo la imaginaria es la conocida por nosotros. Pero para perfeccionar la respuesta deberíamos decir que son millones las ciudades imaginarias, y solo existe una real, que desconocemos.
La verdad es que desconozco absolutamente como es la ciudad real en la que vivo, y menos aún en la que viven ustedes, tal vez deberíamos de empezar a reconocer a nuestra ciudad, caminando por sus calles, recorriendo sus plazas, detenernos para hablar con los transeúntes y preguntarles qué opinión tienen, subir a los medios de transporte y observar quien viaja en ellos, que les preocupa, porque ríen o porqué lloran.
Quizás gracias a esta expedición de investigación, descubramos parte de esa ciudad real, que desconocemos, y tal vez, porque no, descubramos lugares misteriosos, ocultos, sombríos, y también seguramente, otros tantos lugares luminosos y amplios. Difícil es saberlo sin intentar la aventura. No se si podremos llegar a conocer esa ciudad real que habitamos, pero sí les puedo asegurar con seguridad que la investigación nos resultará apasionante.

basurillas
basurillas
27 ddís hace
Responder a  Francisco Brun

Todas esas ciudades, lugares y experiencias que citamos entre todos por aquí están contenidas en un Aleph, el de Jorge Luis Borges en su manuscrito. Sería buena idea contemplarlas todos juntos en el lugar donde se encuentra éste, cerca de aquí.

Luis Orlando Molina Reinaldo
Luis Orlando Molina Reinaldo
26 ddís hace

Mis respetos Don Arturo. Soy cubano bisnieto, como tantos, de asturiano y gallego. No sé si alguna vez habrá estado en La Habana, al menos nunca le leído mencionando. Ojalá algún día la visitara y le inspirara alguna historia, o parte de ella, inolvidable que transformara en libro. Mis respetos y admiración.

Carlos David
Carlos David
24 ddís hace

Alguna vez leí un texto de don Arturo en que habla de un viaje a La Habana y de unas monjitas españolas que izaban la bandera cada vez que venía un buque de la Madre Patria. Aquí mismo.