Poda

Días confusos en Frankfurt por culpa del dichoso Coronavirus. Me llegan noticias del confinamiento en España. Hablo con familiares y amigos, les ruego que hagan caso a las autoridades y me llevan los demonios por estar tan lejos de ellos. Nunca he deseado tanto abrazar a mi madre, a mis hermanos y a mis amigos. Es la primera vez en seis meses que me siento lejos de España.

En Alemania las medidas no son tan restrictivas, al menos por el momento. Se han cerrado las escuelas, las tiendas que no se consideran de primera necesidad y los gimnasios, y se aconseja no salir de casa a menos que sea imprescindible. Las calles están algo menos concurridas de lo habitual, pero de no ser por las mascarillas y los guantes que llevan algunos apenas se notaría que estamos ante una pandemia.

"Para retratar una ciudad no basta con citar los nombres de sus calles, plazas y barrios; hay que ir más allá y capturar la esencia de cada rincón"

Las cifras oficiales de muertos por Coronavirus en Alemania son escandalosamente bajas. Con casi el doble de población que España y un número similar de infectados, apenas hay cincuenta bajas. Dicen que se debe a que el sistema sanitario alemán está mucho más preparado y tiene más músculo para hacer frente a una situación como esta, aunque también he oído decir que no están haciendo bien las cuentas. Egal, como dicen por aquí.

Me tomo la cuarentena como un aliciente para darle un empujón a mi nueva novela.

La trama avanza a un ritmo bastante aceptable y calculo que en un mes, más o menos, tendré listo el primer borrador. He empezado con las correcciones y me he fijado un objetivo: captar el alma de la ciudad, sin que parezca que se trata de una guía turística.

Para retratar una ciudad no basta con citar los nombres de sus calles, plazas y barrios; hay que ir más allá y capturar la esencia de cada rincón. Lo que lo hace único. Si hablo de la estación de tren, por ejemplo, tengo a la fuerza que hablar de los carteristas que se dejan caer por allí de forma ocasional, o de la organización benéfica que da cobijo a los indigentes para que pasen allí dentro las crudas noches de invierno en vez de dejarlos dormir al raso.

Eso es Frankfurt.

Al tratarse de una novela negra debo prescindir de todo lo accesorio. Nada puede entorpecer la narración. Si hay un misterio sobre la mesa, no puedo entretener al lector con bagatelas ni descripciones extensas, por muy orgulloso que esté de ellas. Debo ir al grano y mostrar la ciudad a base de pinceladas muy breves.

"La lectura y relectura de algunas obras de John Connolly, Dashiell Hammett y Benjamin Black me ayudan en este propósito y me proporcionan la perspectiva necesaria para encarar el trabajo con garantías de éxito"

El proceso es doloroso y reconfortante al mismo tiempo. Después de una buena revisión, hay capítulos que pasan de diez páginas a tan solo cinco. Cuanto más tiempo llevas en este oficio, menos cuesta identificar y extirpar lo que sobra. El esfuerzo compensa cuando compruebo que, tras una buena poda, lo que queda es lo que verdaderamente quería transmitir, ni más ni menos.

Así frase a frase, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo.

Cuando estoy inmerso en la escritura no leo para desconectar, sino para formarme e imbuirme de lo que otros hicieron antes que yo. La lectura y relectura de algunas obras de John Connolly, Dashiell Hammett y Benjamin Black me ayudan en este propósito y me proporcionan la perspectiva necesaria para encarar el trabajo con garantías de éxito. Acabo de terminar de leer Sesión nocturna, de Michael Connelly (ed. Alianza de Novelas), donde presenta un nuevo personaje: la detective Renée Ballard. Es una novela muy procedimental, en la que la investigación prima por encima de la acción. Connelly siempre consigue que los procesos más tediosos y aburridos del trabajo policial parezcan apasionantes, a base de guiños muy sutiles y pistas que va dejando al lector para que él mismo saque sus propias conclusiones y pueda compararlas después con las de los protagonistas.

Si no lo habéis leído, hacedlo de una maldita vez.

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